Thursday, June 06, 2013

LO DE SIEMPRE. EMPEZAR DE NUEVO...



*Obra de Virginia Rivera.
Título: “Novia”. 40 x 30 cm. Acuarelable, grafito y collage.
 
 
 
 
 
 
Las cosechadoras de flores*
 
 
 
*De Paula Jiménez España.
 
 
En el campo, bajo el sol de la mañana, con sus sombreros de alas anchas cubriéndoles el pelo, las mujeres cosechan. Con delicadeza de orfebre le roban una a una sus flores a la tierra.
 
···
 
Sus voces, finas como los tallos, se escuchan en el tiempo del descanso, cuando se agrupan y dejan los canastos a sus pies, cuidados como niños de colores que asoman las manitos sobre el mimbre. En el trabajo son tan detallistas que incluso sus palabras parecen esculpidas con la misma atención. Juntas hablan de las hojas y los pétalos y comparten unos minutos de silencio antes de volver a la tierra, a su negociación con los terrones negros de donde salen juntos fortuna y desazón.
 
···
 
Ramilletes de novias, coronas para muertos, algunas solitarias en las manos de algún tímido, exuberantes ramos en un centro de mesa coronado de helechos, flores para tirar a los cantantes, para lucir en la solapa o en la oreja, todo eso llevan, como se lleva a dios, capaz de pronunciarse en cada dicha, en toda la tristeza.
 
···
 
Delgadas como tallos son las cosechadoras, no las empuja el viento, porque no es viento lo que hay sino ese suceder que empieza de mañana y continua deslizándose al sol hasta que cae con sus últimos rayos al Oeste. Las que cosechan van hacia delante como sopladas por el amanecer.
 
···
 
Es mínimo y enorme este trabajo que solo con la lluvia se termina.
 
···
 
Veían a sus madres agacharse en la tierra y apretar con sus dedos cada tallo, los canastos colmados bajo el sol, los pantalones grises manchados por la tierra, que es fría en los inviernos cuando cae el rocío, cálida en los veranos y neutra en los recuerdos. No es como la arena, como el agua o el hielo, la tierra no repele ni encandila y solo si se enoja produce algún estruendo. Su música es piadosa, imperceptible, las flores que cosechan las mujeres son notas, seminotas, silencios.
 
···
 
No hay verdad alguna en eso: no se cosecha jamás lo que se siembra. Se cosecha lo que al viento sobrevive, al agua, al fuego, a la torpeza humana, al robo, a las enfermedades de la tierra. Las mujeres cosechan lo que hay, lo que se deja llevar entre sus manos. Aunque sus hombres hayan dejado tiempo atrás, dispersas en la tierra, semillas que son a veces ilusiones, o sueños imposibles.
 
···
 
Para decir las grandes cosas las cosechadoras no necesitan de palabras ni voces ampulosas dispuestas a enunciar, simplemente las dicen. ¡Pero hay que decir pétalo, decir todos los días y tomar dimensión de todo lo que cae así, sin darnos cuenta, por el suave empujón que da una brisa!
 
 
-Paula Jiménez España. Acaba de publicar un libro de poemas: "La Vuelta", por editorial Simulcoop.
 
 
 
 
 
 
LO DE SIEMPRE. EMPEZAR DE NUEVO…
 
 
 
 
 
 
 
 
ARTISTA FRENTE AL MAR*
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
Lenta, muy lentamente, el hombre se fue acercando hacia el borde del acantilado. La mujer sentada en las rocas lo contempló con atención desde el fondo de un silencio profundo y expectante. Observó su respiración agitada, su barba naciente, sus cabellos descuidados, su camisa clara maltratada por
el viento. Había algo en él -cierta actitud de entrega a lo absoluto, la expresión desolada de sus ojos- que lo tornaba, al mismo tiempo, majestuoso e indefenso. La mujer reparó también en la firmeza con que cerraba una de sus manos y entrevió la causa, adivinó en ella la presencia de la pequeña joya en la que
-según contaban en el pueblo- el hombre había estado trabajando con obsesivo fervor durante los últimos meses.
Fue entonces que tuvo el presentimiento. Nada extraordinario estaba sucediendo, pero ella supo que algo inquietante se cernía sobre la momentánea quietud de la escena. Bajo las nubes grises e hinchadas que parecían aplastar al mundo, el olor penetrante del mar fue de pronto un presagio, y el viento un emisario del desconsuelo.
Sin atreverse a intervenir, comprendiendo que no estaba autorizada a modificar un acontecimiento que intuía irreversible, un rito que parecía establecido desde muchos siglos antes, la mujer siguió los sucesos con ojos fascinados: el torso del hombre y su brazo derecho arqueándose hacia atrás,
la tensión extrema del cuerpo, el feroz impulso hacia adelante, la maniobra de los dedos al abrirse en un gesto irrevocable.
No tuvo tiempo siquiera de abrir la boca para intentar un grito. La joya dibujó una parábola desesperanzada, refulgió contra el cielo por única vez -ella pudo vislumbrar su hermosura perfecta segundos antes del final- y cayó para siempre en una indiferencia infinita de sal y de espuma.
Hubo en la mujer un reflejo efímero de angustia; luego una mudez de asombro y espanto. En lo alto, un viento triste azotaba los rostros. Abajo, heladas, las olas se suicidaban furiosas contra la barranca.
- ¿Qué vas a hacer ahora?- se animó después a preguntarle, con un susurro quedo que fue casi una plegaria.
El hombre no desvió sus ojos hacia ella. Con la mirada vacía, perdida en algún punto indescifrable del océano, dejó pasar unos segundos antes de dar, con voz cansada, la respuesta que ella ya sabía:
- Lo de siempre. Empezar de nuevo.
 
 
 
 
 
 
 
Ante Mares Violetas.*
 
 
Como caracoles vacíos,
dejamos nuestras voces
en el hueco del silencio,
para que todo suene a viento.
 
 
*De Mauricio Escribano. mauricioescri@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
El lenguaje de las flores*
 
 
 
Las flores me miran desde la ventana cuando preparo el café. La lluvia les puso un vestido de gotas. Contentas con la lluvia y con el lugar en que las ubiqué, una regadera azul. Están intercambiando aromas con las otras habitantes del jardín. O quizá  cuenten algo. Termino el café y las voy a escuchar.
 
Aleph sonoro. Guardan un íntimo secreto, una historia de sabios pétalos desplegados en harenes. Harenes  donde la única tarea es el roce de la  flor con el -cuerpo, una anticipación del paraíso
Harenes donde vuelcan su jugo sensorial en la garganta de la que cuenta. Harenes donde la flor penetra la boca. Se vuelca, se transforma en palabras, habla, ella se salva.
 
 
Anda ahora las calles, olores de  mercado, hace compras, puso la flor cerca del alma, se mezclan en su cabeza los alimentos en la fiesta de Babette imaginada .Adentro de la blusa la flor, se mueve al respirar, sueña la mesa tendida, manteles blancos donde ella reinará, un rosa girando al rojo, abierta hacia el cielo, creciendo.
 
 
Sale del comedor, de la cocina, de los almohadones en el piso del harén, bordados,  relieves.
 
 
La flor se mezcla con los libros, los cafés, las discusiones, el diseño de otro posible mundo.
 
 
La flor  manifiesta, a veces sangre.
 
Se acerca al río. El río no tiene sirenas ni endriagos.
Alguien viene de arrojar su flor, se abrazan llorando, el llanto es hondo, tan hondo como el río, como el dolor, como los cuerpos que quedaron allí separados del nombre.
 
Cada lucha contiene la fuerza de  la vida  que no termina de ser abatida  con la muerte.
Esas obreras quemadas en la fábrica, hermanas de ayer pidiendo pan y rosas.
 
Flores en el interior de la cabeza, animando la belleza de pensar  lo nuevo, lo que casi no se puede.
 
Flores en el cuerpo, caricia, perfumes, flores como manos, como lápices para escribir con los tallos.
 
Para bien venir a los niños cuando llegan al mundo, para acompañar a los que se van, para honrar a los buscadores de justicia.
 
Flores, un lenguaje
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
COMO DE PIEDRA*
 
 
 
La imagen fija quedo grabada en mi memoria.
Aún puedo ver su gesto, su mirada
en el momento supe muy bien qué requería.
Con un brillo especial en esos ojos,
con un gesto sagaz en la sonrisa,
volteó hacia atrás, y yo
quedé atrapada
no atiné a nada
era mi dueño, era yo su esclava
allí quedé aprisionada
solo quería por siempre ser amada
sólo quería que deje de mirarme
o que dijera algo, cualquier cosa…
 
Como un insecto en la luz quedé fijada
solo por medio de esa, su mirada.
Como de piedra el rostro, como de granito
Y yo tan sola, vulnerable, frágil, por el mensaje aterrador que transfería.
Ahora sé a lo que viene, solo  espero.
 
 
*De Mirta Gaziano. mirtagaziano@yahoo.com.ar
-Marzo 2011
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Platito*
 
 
 
*Por Antonio Dal Masetto.
 
 
Parece que la crisis de pareja alcanzó niveles sin antecedentes y todo haría suponer que va en camino de agravarse. Tengo una clara señal del problema esta tarde, cuando me siento en una confitería y en la mesa vecina hay seis señoras tomando el té. Lindas señoras. Un ramillete de bonitas señoras.
Hablan en voz alta así que no puedo evitar escuchar la conversación. Más que hablar se quejan. Son voces acongojadas que terminan en llanto. Y la frase que aparece todo el tiempo es:
-Ya no hay hombres.
Cada una expone su drama, la última relación, la mala suerte, la indiferencia, el egoísmo y las canalladas del fulano. Se lamentan por los
fracasos pasados y se lamentan por la imposibilidad de establecer una nueva pareja. Probaron de todo: retomaron los estudios en la universidad, recorrieron los boliches de moda, acudieron a las academias de tango y de salsa. No les queda nada por intentar.
-Ya no hay hombres -repiten.
Lloran. Las lágrimas no se deslizan por las mejillas, sino que salen disparadas de los ojos como de un surtidor y van a caer en las tazas de té.
En realidad son cinco las que se quejan y lloran. La sexta permaneció callada todo el tiempo. Es una morena delgada y de expresión serena.
-Chicas, chicas, paren la mano -interviene finalmente la morena delgada-. Están haciendo mal las cosas, ustedes tienen una visión errada del tema; la ciudad está llena de hombres y la mayoría disponibles. Los hombres están donde estuvieron siempre, solamente hay que saber atraerlos. Hace muchos años, pero muchos, que prácticamente no paso un día y una noche sola, y les puedo asegurar que cambié y cambio muchos compañeros, se va uno y aparece otro.
-¿Cómo hacés? -preguntan las otras secándose los ojos con las servilletas.
-Presten atención que les paso la receta. Como primera medida, siempre tengo un cartón de leche en la heladera. Apenas quedo sola, quiero decir cuando el último hombre que pasó por mi casa acaba de partir, saco la leche y pongo a entibiar un poco. Luego la vuelco en un platito. Utilizo un lindo platito, de ésos con flores esmaltadas. Agrego una cucharada de azúcar y revuelvo.
Después entreabro la puerta y coloco el platito cerca de la entrada, del lado de adentro. A la manija le ato un piolín que mediante un dispositivo muy sencillo cerrará la puerta apenas le pegue un tironcito. Y me pongo a esperar. Nunca tengo que esperar demasiado. En cualquier momento uno asoma la cabeza, descubre la leche tibia, entra con pasos cautelosos y se pone a lamer. En ese momento tiro del piolín, la puerta se cierra y una vez que está adentro, listo. Te pueden tocar gordos, flacos, jóvenes, maduros.
Algunos vienen lastimados, otros son un poco ariscos. Yo les tengo cariño a todos. Lo que quiero transmitirles, chicas queridas, es que la ciudad está llena de tipos necesitados de que le rasquen un poco la cabecita y le hagan unos mimos. Pongan en práctica mi método y nunca más van a dormir solas. No es que les vayan a durar para siempre. Algunos se van solos después de un tiempo, a otros hay que llevarlos del brazo para invitarlos a salir por la puerta por la que entraron. Y después de nuevo a calentar la lechita.
-Ya mismo corro a casa a fijarme si me queda leche en la heladera y si no me voy al supermercado -dice una.
-Yo también -dicen las otras. Pagan, salen, las miro despedirse en la vereda con besos apresurados y partir veloces en distintas direcciones. Me quedo pensando que el método seguramente se difundirá y dentro de no mucho tiempo la ciudad brindará a los desangelados caballeros que la transitan la posibilidad de cientos, de miles de puertas entreabiertas con el plato de leche esperando un poco más allá del umbral.
 
-Publicado en contratapa de Página/12 el 12 de noviembre del 2002.
 
 
 
 
 
 
 
Detrás del brutal silencio.*
 
 
A Lorca
 
La noche estaba turbia y sola,
acallando tres disparos
en su vientre negro.
 
Cayó un cuerpo a oscuras,
amortajado por lágrimas tristes:
rodó por las hierbas,
y los despeñaderos.
 
La luna siguió callada
en su blanca aurora,
que no así era indiferente.
 
Así fue como cortaron
al zorzal sus alas,
su magia de duende,
su verbo.
 
No se esfumó con su vida:
emergió del cadáver,
como humo esbelto,
a eternizarse
sobre los deseos
de turbas,
de furibundas hienas,
que amputaron su vuelo
con intención de matarle.
 
Olvidaron que no hay silencio
para el verso:
una vez que cae
del labio del bardo,
abre heridas y cura tierra
pero nunca muere.
 
¡Hundieron Granada!,
¡la hundieron!
 
Fue el grito...
 
El pesar se adueñó de todo
sin espacio ni tiempo
para devolvernos aquel ángel,
coqueto y travieso,
que escondió su inocencia,
en hombros enemigos,
pensando que la muerte
respetaría su niñez,
su brillo de canario dócil...
 
Olvidó que las bestias
son bestias
y cuando las azuzan matan:
esa es su naturaleza maldita.
 
 
*De Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
La mujer se esconde en el ojo de tigre.
Su sombra es un rumor sin eco.
El castaño la cubre en un rumor decapitado.
Cuadratura de la soledad.
Hay un tragaluz en el corazón del vino.
La marea. Hace girar las hojas de la lanza.
Y llega el geómetra con sus puertas de cedro.
Con sus varas de incienso.
Reconstruye su casa de muñecas.
Descubre que sus lados opuestos son iguales
La longitud destiempo que no pasa.
Razón áurea de la supervivencia.
Pavimenta en gris el piso de su casa.
Hay un diván que espera.
Textura, trama, urdimbre.
Un latido de premura la estremece.
La lengua le recorre la espalda.
-Amor mío tan lejos esa luna-
La sacude. La agita Le zarandea el pecho.
Suben descalzos peldaños de la esfera.
Levantan sus ojos y se besan las manos.
Y se esconden en el ojo de tigre.
Y yacen. Se arrellanan. Se hayan.
Cuadratura compartida del deseo.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
* * *
 
 
 
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