Sunday, July 20, 2014

A VECES HAY UN PÁJARO CANTANDO POR NOSOTROS...




 
*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
 
 
 
Cuando la vida insiste poco a poco en vencernos*
 
 
 
Cuando la vida insiste poco a poco en vencernos
y en nuestra piel desnuda clava sus negras uñas.
 
 
Cuando la pena encharca la noche interminable
y el tic-tac insufrible va llagando las almas
sin conceder la gracia de un sueño navegable.
 
 
Cuando los días nacen cubiertos de ceniza
y el húmedo rocío es tan sólo un pretexto
para hundir sus cuchillos en la quietud marchita.
 
 
Cuando la zarpa horrible del crudo desencanto
implacable se cierra en torno a la garganta.
 
 
Cuando todo converge hacia un vórtice ciego
y en el aire viciado sólo quedan palabras
que una voz clandestina pronunció en otro tiempo...
 
 
Entonces, cuando nada, cuando el otoño apenas;
entonces, cuando nadie, ni siquiera la sombra,
cuando sólo el olvido, cuando ni alba ni lluvia
ni música en el aire ni brisa, ni el reflejo
de un minuto precioso anclado en el recuerdo...
 
 
Entonces, cuando Nada, a veces hay un pájaro
cantando por nosotros; una flor que dispara
la risa de sus pétalos, una breve fragancia,
un rumor de pisadas, como un salvoconducto.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
De Por si mañana no amanece
 
 
 
 
 
 
 
 
A VECES HAY UN PÁJARO CANTANDO POR NOSOTROS…
 
 
 
 
 
 
 
 
El lenguaje de las mariposas*
 
 
 
*Por Miriam Cairo. cairo367@yahoo.com.ar
 
 
Dice que todavía no está lista para andar, medio ebria, medio loca entre los astros, aunque ya ha tenido sus visiones y ha enterrado el miedo en un puñado de polvo.
Recuerda que hasta hace poco tiempo la reconocían como la mujer desnuda en la playa, y antes, como la muchacha de los caballos, y más atrás como la niña que tocaba el piano. Ahora soy el oráculo de la boca cerrada, dice.
Yo recordaré siempre sus promesas: lo haremos juntas; yo te acompaño; voy a volver a caminar.
Por momentos sus gestos y sus palabras se van lejos, nos desamparan. Emigran los recuerdos con sus alas cargadas de semillas y nos quedamos mirando a través de la ventana mientras la soledad del mundo pasa por la calle en silla de ruedas.
Dice que toda la vida emplumó uno a uno sus pájaros y lo que dice comienza a rodar lentamente en el centro de la habitación, confundida de invocaciones. Todo se va arremolinando, todo va hacia adentro. Las paredes tiemblan. Algo gira y gira, sale a veces del centro, se estrella contra el pecho y vuelve al eje del huracán. Todo está hermosamente dado vuelta, todo nos hace pensar que nosotras somos los astros y entre medio de las dos da vuelta la memoria medio ebria, medio loca.
No termino de ordenar mi vida, dice, mientras toma con las dos manos su trozo de tiempo y se lo lleva a la boca. No lo puede tragar.
La salud es más avara de lo que se cree cuando se trata de sanar.
Un estado imposible.
La salud camina por su cuerpo como una mariposa sin alas hasta que un viento diminuto sale por su boca y la mariposa vuela hasta los pies de la cama, se hace gigante, mueve la cola, ladra en el lenguaje de las mariposas y se echa a dormir.
Que la noche caiga, una vez más. No me importa, dice. La miro mucho. Pienso que eso está bien. Que sólo es otra noche cayéndose. Y yo sé que voy a escribirlo como si ese fuera el principal favor que pudiera hacer por ella.
La cola de la mariposa cuelga desde la cama y por allí sube un aire dorado que le ilumina el rostro y los ojos se le abren como dos flores furiosas por vivir.
La salud está llena de fosforescencias.
Quisiera darle mis dedos para que escriba, que me dé sus brazos para que descanse. Quisiera darle mis piernas para que se vaya, que me dé las suyas.
Más recuerdos llegan con sus alas llenas de semillas a esa habitación que por momentos toma el aspecto de un hospital, pero también de un templo, pero también de un barco, pero también de un pájaro.
Sostener un cuerpo se convierte en una experiencia situada en el límite, la piel, un elemento transparente, estrecho, con frecuencia azulino.
El aire se impregna, no de dulzura sino de un analgésico olor a Colubiazol que alivia las llagas. Inmediatamente después nace la promesa del tequila acá, o entre los astros. Prometámoslo, dice. En cuanto termine de decir lo que me quema la boca.
La enfermedad no es la marca de un dolencia divina, susurra entre hilos medicamentosos. Ya que todas las cosas están en nosotros, y nosotros en todas las cosas, lo que me quede por decir será divulgado en el lado iluminado de las estrellas. No diré ahora lo que no quiero. Sabrán todos que no estoy obligada a decir lo que no quiero. Y lo que no quiero es parte de lo que no puedo. Todos los que andan sobre sus dos piernas y tragan saliva en vez de Colubiazol, tampoco hacen más de lo que pueden. Que no se sientan más sanos que yo. Que no se crean que van más lejos que yo, porque también tienen sus llagas y sus sillas de ruedas.
Dice esto.
Y lo dice en el lenguaje de las mariposas.
Luego cierra los ojos porque necesita regular la luz. Un pequeño arcoíris nace de una punta a la otra de la habitación, del templo, del navío, del pájaro. La mariposa mueve la cola entre dormida.
Curiosamente, una hemorragia dulce comienza a fluirme de la nariz y pierdo mi estructura de no convaleciente, y empieza a actuar una lógica impensada que une a la salud y la enfermedad. Buscamos algodones, taponamos fosas nasales, reímos, miramos las enormes gotas de sangre sobre la blusa blanca. La estratagema da resultado.
Púrpuramente descendemos a lo que llamamos el ungüento dorado de las canciones. Dejamos que ellas digan sus llagas mientras la sombra de Dios va y viene por la habitación, pergeñando su plan maestro. La mariposa lo sigue caminando sobre sus cuatro alas que nacieron en medio del alboroto por alguna delicada razón.
Cuando escribas todo esto, dice, no te olvides de decir que la mariposa que duerme a los pies de mi cama se llama Odín y que no es un perro ni un dios ni una mariposa. Es un lenguaje inventado para vos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Carta de amor*
 
 
Querida Ana, ¿o debería decirte querida yo? Fíjate, estoy sentada debajo de la palmera enana, escribiéndote esta carta de amor.
Puedo contarte que mis días saltan de encanto en encanto. Recordarás el prado de duraznillos silvestres que se ve, únicamente, desde este lugar mágico. Sé que los recuerdas de memoria. Se podría decir que los hemos contado, uno a uno, viéndolos florecer.
¿Recuerdas el monte de talas que rodea la casa por el lado sur? Hemos trepado tanto a esos árboles. Pareciera que formáramos parte de la copa y que nuestros pies, les habrán de quedar marcados para siempre en la corteza.
Aquí la vida es bella. Por la mañana correteo a la vera de la laguna. Cuando me ven llegar, los patos levantan vuelo y las ranas se ocultan detrás de las totoras. Mamá sigue regañándome por venir con barro en los zapatos y abuela continúa defendiéndome, mientras prepara mi tazón de leche con tortitas recién horneadas.
¿Recuerdas el mosquitero de la cama de matrimonio? Cuando puedo juego a la novia y después, tienen que volver a colgarlo para que no nos molesten los mosquitos. ¡Menudo lío de tules encima de la manta de hilo!...si no fuera por abuela no me salvaría, tú sabes, de la penitencia: no debo…cien veces, no debo…escrito en el cuaderno de castigo.
Antes de dormir me ubico, como siempre, a leer recostada sobre los almohadones que tienen ése olorcito de los jazmines naturales, que abuela coloca entre las sábanas y dentro del baúl de ropa blanca.
Creo que te encantaría volver aquí. Nuestro retrato de bebé sigue colgado en la sala de los libros ¿qué habrá sido del vestidito celeste que teníamos puesto? Mamá dice que lo heredó a la prima que nació último.
Mañana regresamos a casa, las clases comienzan. No puedo omitir la explicación de por qué, mi misiva, es una carta de amor. Bien, te lo diré: La he escrito, sencillamente, porque es verdad que te quiero, a pesar de las arrugas y de los golpes que llevas a la espalda. Estoy orgullosa: has sorteado al infortunio con ventaja y también me enorgullezco porque siempre se te ha visto serena, aún, en medio de las lágrimas más amargas. Sé que siempre pensaste que la felicidad no es solamente algarabía y buenos momentos. La felicidad es ese conjunto de experiencias, que hacen que la vida resulte plena. Es el jugarse por lo que uno ama y…si es por eso, lo has hecho correctamente y has sabido hacerte cargo de las consecuencias, para mal o para bien y del modo como lo hacen, las personas que lo son de verdad: con valentía y a cara descubierta. Has podido volar bajo y has sabido elevarte en el momento preciso.
Bien, dejaré de alabanzas, faltaría que ahora te crezca la soberbia. A tu edad nada, que no sea maravilloso, debe ocupar espacios.
Mientras los primos me buscan, vuelvo a ocultarme en el recodo que sólo nosotras conocemos pero, antes, te enviaré mis palabras con las palomas mensajeras que atraviesan los tiempos. Haré que las depositen en tus manos como si, en sus palmas, florecieran los jazmines, que brotan perfumados sobre la almohada de abuela.
 
Ana
 
 
*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
República Argentina - Villa Gesell
 
 
 
 
 
 
 
 
ERRANTES*
 
 
 
Trizada. Como castillo en las arenas del recuerdo.
 
 
Huye la tarde clara por la ventana abierta del cansancio.
Ya ha partido el Hombre.
Se ha llevado la precaria sombra de sus huesos.
Se ha llevado mi primer latido, la llave de oro y mi valija.
La bendición del pan y la rosa sangrante
Mi resolana y la frescura del sombrero de paja.
Con él se ha ido el silbido de un tango que se aleja
 
 
Se ha llevado mis zapatos de cristal.
Se ha llevado, Ay, se ha llevado mis anillos de agua.
 
 
Nadie ha llegado todavía.
Nadie des cubre la máscara de hierro.
Los perros ladran al eclipse solar.
Los cerezos revientan, lujuriosos, sus brotes.
Los errantes miran los errantes pasos de una luna coral.
 
Se acerca un barco. Un barco de papel y el tango “Sur”
Y yo, sin mis zapatos de cristal, sin mis anillos.
Ay. Sin mis anillos de agua.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
NOGXA *
 
 
 
 
La conversación fue derivando.
 
Kalman actuaba como un informal divulgador científico:
 
"Se esta trabajando para crear una máquina que permita pesar el pasado".
 
(...)
 
A Miguel le surgían preguntas:
 
¿Hablás de pesar la materialidad tangible de los objetos que son puro pasado?
 
 
-Si, pero no sólo de objetos.
 
 
¿Una forma de balanza?
 
 
-Si, de algún modo es una imagen pertinente...
 
Miguel ofreció su casa a probar "ese" aparato que supone dará medidas en kilogramos.
Imagina una experiencia extraña, recorrer ambiente por ambiente e ir pesando todo aquel objeto o mueble cuya utilidad no fuese algo “presente” para el sujeto.
Objetos cuya presencia en una casa solo pueda atribuirse a la nostalgia, a un puro apego desligado del valor de uso.
 
 
Miguel se permite volar con una pregunta más que osada:
 
¿Y como medir la presencia de lo pasado en el cuerpo psíquico de una persona?
 
 
-Con NOGXA.
 
- ¿?
 
-Digamos que permitirá dar materialidad a lo emocional -y por que no- darle un peso tangible.
-El futuro nos brindara maneras de estudiar la carga de los traumas en el cuerpo y, lo más importante... comenzar a aprender sobre la fuerza de la resiliencia en la vida humana.
 
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
VICKY*
 
 
 
La mujer teñida de rubio fumaba casi con desgano, recostada contra el caño del cartel indicador de calles. Todo en ella resultaba llamativo: su pose vagamente desafiante, sus nalgas prominentes, su cabello largo recogido en una cola, su minifalda roja de lycra. Sin embargo, cuando el señor Silvestre
la vio, calle de por medio, ese lunes por la noche al regresar del trabajo, el único pensamiento que atinó a formularse fue un mudo lamento por el modo escandaloso en que se visten ciertas mujeres hoy en día. Nada más. Luego, subió hasta su departamento del primer piso y, apenas encendió el televisor para ver el noticiero, la olvidó por completo.
Sólo cuando la vio por tercera noche consecutiva parada en el mismo lugar, cayó en la cuenta de que aquella mujer no estaba ahí para esperar ningún ómnibus. Se sintió un poco tonto por no haberlo advertido antes, sobre todo porque la señora de García ya se lo había anticipado el sábado anterior en la verdulería, anunciándole con enfático dramatismo que el barrio ya no era el lugar tranquilo y familiar de años atrás, que las costumbres se estaban degenerando, que ahora las esquinas estaban plagadas de mujerzuelas descaradas cuya presencia ofendía la moral de los vecinos decentes como ellos, que...
Esa tercera noche, apenas entró a su departamento, un inexplicable pero irreprimible impulso llevó al señor Silvestre hasta la ventana de su dormitorio. Sin encender ninguna luz, subió la persiana unos centímetros, descorrió un poco la cortina y, amparado en las sombras de su escondite, se puso a observar a la mujer parada en la vereda de enfrente. Tenía puesto un top negro ajustado que resaltaba la redondez contundente de sus senos y unas calzas color crema que la luz de sodio suspendida sobre su cabeza tornaba aún más brillosas. En su flanco derecho descansaba una carterita fucsia cuya delgada correa le cruzaba el torso en diagonal. El señor Silvestre la estuvo mirando durante un par de minutos, en cuyo transcurso la mujer no hizo otra cosa que permanecer apoyada en el caño azul, desviando cada tanto la vista en una y otra dirección, acomodándose el cabello a intervalos regulares. De pronto, lo asaltó la sensación de estar cometiendo un acto imperdonable, y una súbita vergüenza lo obligó a interrumpir su contemplación. Decidido a retomar su rutina, se alejó avergonzado de la ventana, encendió el televisor y se sentó a mirar el noticiero.
Desde entonces, y prácticamente sin excepción, cada vez que el señor Silvestre volvía a su casa después del trabajo -a las ocho y cuarto de la noche, minutos más, minutos menos- veía a la mujer teñida de rubio apostada allí, justo enfrente de su edificio, como un elemento más del paisaje. El señor Silvestre, no obstante, se preocupaba por esquivarla casi pudorosamente. Apenas distinguía desde lejos su silueta insinuante clavada en la esquina, cruzaba la calle por mitad de cuadra y continuaba su aséptico recorrido por la vereda opuesta, casi sin mirarla. Se sentía seguro haciéndolo, como si mediante ese calculado distanciamiento físico cumpliera con una estricta regla sanitaria que era indispensable no violar. A lo sumo, una vez en el palier, se permitía atisbar fugazmente la figura de la mujer a través del vidrio mientras cerraba la puerta; apenas eso. Sin embargo, después remontaba la escalera hasta el primer piso, entraba a su departamento, dejaba el portafolios sobre la mesa del comedor, iba hasta la ventana de su dormitorio a oscuras y dedicaba unos minutos a la tarea de quedarse mirándola.
El señor Silvestre no sabía bien a qué atribuir esa actitud que él mismo calificaba de malsana. A veces pensaba que lo movía el interés detectivesco de ver si podía reconocer a algún vecino entre los hombres que se acercaran a la mujer (estaba seguro de que, en este sentido, la señora de García envidiaba rabiosamente la privilegiada ubicación de su departamento). Otras veces pensaba que lo movía la curiosidad meramente intelectual de conocer cómo funcionaba ese mundo tan ajeno a él, poblado de sórdidas transacciones concretadas en voz baja junto a la ventanilla de un automóvil. Sea como
fuere, sus observaciones clandestinas solían sumirlo en cierto grado de insatisfacción, ya que no era mucho lo que ocurría ante sus ojos. Más allá de algunos autos que frenaban y arrancaban después de un inaudible cruce de palabras, más allá de las miradas hambrientas de algunos transeúntes que volteaban la cabeza atraídos por las caderas ampulosas de la mujer, más allá de los piropos obscenos emanados de alguna camioneta, lo cierto era que nunca había presenciado ningún suceso digno de destacar y, quizás sin ser plenamente consciente de ello (porque no sabía bien qué era lo que esperaba ver), tanta inacción lo hacía sentirse levemente decepcionado.
Tan desmoralizante ausencia de emociones se prolongó durante las primeras tres semanas, hasta que una noche de abril, volviendo a casa, el señor Silvestre se encontró con la desagradable novedad de que la Municipalidad estaba realizando unos arreglos en el pavimento, lo cual le impedía cruzar por el lugar habitual. Luego de un rápido análisis de la situación, comprobó que no tendría más remedio que seguir caminando hasta la esquina donde estaba parada la mujer teñida de rubio. Resignado, se puso en movimiento y, al cabo de unos segundos que se le antojaron terribles, pasó a medio metro de ella. Fue entonces cuando escuchó su voz por primera vez. "¿Querés que hagamos algo, mi amor?", le disparó ella a quemarropa, con una modulación insinuante que rezumaba lujuria profesional. Fue casi una violación.
Súbitamente ruborizado, sin terminar de creer lo que acababan de preguntarle -o el hecho de que se lo hubiesen preguntado a él- el señor Silvestre apresuró su marcha y cruzó la calle casi sin prestar atención al tráfico. Cuando entró a su departamento estaba transpirando. Esa noche no se atrevió a espiarla, como si temiera que la mujer tuviese la capacidad de afectarlo aún a la distancia. Menos aún se animó a pensar que era la primera vez en más de treinta años que una mujer le decía "mi amor".
El sábado siguiente, a la salida del supermercado, el señor Silvestre se encontró con la señora de García, quien, muy indignada, lo puso al tanto del terrible incidente que había coprotagonizado días atrás con la mujer de la esquina. Según explicó con lujo de detalles, el jueves a la noche había tomado la resolución de acercarse a ella en representación de la gente decente del barrio para exponerle sus quejas, repudiar su presencia en el lugar y, en nombre de la moral y las buenas costumbres, conminarla a retirarse. Sin embargo, la mujer teñida de rubio, lejos de aceptar dócilmente los términos de semejante petitorio, había tenido el desparpajo de responderle que no la molestara, que ella estaba trabajando. La señora de García, azorada, había hecho un comentario sarcástico sobre los respectivos conceptos de trabajo que ambas tenían, y la mujer había incurrido en la osadía de reírsele en la cara, tras lo cual la había cubierto de improperios, utilizando un lenguaje procaz, plagado de términos descomedidos cuyo cabal significado la señora de García desconocía pero que, según suponía dado el contexto semántico en que habían sido pronunciados, estaban impregnados de indecorosas alusiones sexuales. Quizás a raíz de lo ocurrido la noche anterior, el señor Silvestre fue sincero al manifestar su solidaridad con la vecina damnificada. Sin embargo, al mismo tiempo, una minúscula parte de él se alegró ante la evidencia de que la señora de García hubiese encontrado al fin la horma de su zapato.
El lunes siguiente, superada la impresión del traumático episodio, el señor Silvestre se animó a retomar su rutina de observaciones nocturnas. Más aún -y aunque no fue consciente de ello hasta un par de semanas después-, a partir de entonces empezó a prolongar cada vez más sus estadías junto a la ventana, como un vicio que se va adquiriendo de modo imperceptible.
Una noche, una lluvia torrencial tomó por sorpresa al señor Silvestre en su trayecto de regreso. Luego de bajarse del colectivo, corrió una cuadra azotado por el aguacero y comprobó con fastidio que, tal como solía suceder en ocasiones como esa, su calle se había inundado de vereda a vereda, por lo que resultaba imposible cruzar sin tener que hundirse en el agua hasta la altura de las rodillas. Hecho sopa, decidió que lo más prudente era refugiarse bajo el toldo metálico de la pinturería que quedaba a mitad de cuadra y aguardar que la lluvia amainara, de manera que caminó hacia allí con premura, tan concentrado en la tarea de esquivar charcos y baldosas flojas, que sólo cuando llegó y alzó la mirada advirtió, horrorizado, que la mujer teñida de rubio había tenido la misma idea que él. Superado a duras
penas el sobresalto inicial, evaluó con urgencia la posibilidad de largarse a cruzar y no tuvo dudas: cualquier alternativa le parecía preferible a tener que compartir un refugio con esa mujer, aunque ello significara tener que sumergirse en aquel río urbano y arruinar la mitad de su ropa. Dio unos pasos hacia adelante, hasta llegar al cordón de la vereda y, justo cuando estaba a punto de internarse en el agua, sintió que una mano lo retenía tomándolo del brazo. "¡No, no cruces por ahí, que del otro lado hay un cable suelto!", lo urgió la voz temida. El señor Silvestre giró su cabeza hacia la mujer teñida de rubio y la miró durante un segundo con expresión de absoluto desconcierto. "¿Ah, sí?", balbuceó estúpidamente, y volvió sobre sus pasos hasta quedar de nuevo a salvo de la lluvia. Se mantuvo callado un momento, sin saber qué hacer. "Gracias", dijo, de pronto, con una voz tan débil que no supo si la mujer lo había escuchado o no. Después, clavó la vista hacia el frente, como si jamás antes en su vida hubiese visto llover. Sólo después de permanecer un buen rato amarrado a ese incómodo mutismo se animó a
mirarla furtivamente: la mujer fumaba con expresión neutra, perdida en insondables pensamientos, tratando infructuosamente de protegerse del frío, arrebujada en su campera de jean empapada. Fue una visión efímera -una mujer sola temblando en una noche de lluvia, no más que eso (después de todo, no la había mirado más que de reojo)- pero el señor Silvestre sintió que descubría en ella un costado inimaginado, como si -paradójicamente- hasta entonces jamás hubiese pensado que ese ser que lo desvelaba era, antes que nada, una mujer. Su cadena de sensaciones se hizo trizas cuando un taxi se detuvo en forma imprevista justo frente a la pinturería, levantando una ola considerable que salpicó sus pantalones y acabó con todos sus pensamientos abstractos. La puerta trasera del auto se abrió y de ella emergió la cabeza de una mujer morocha que gritó "Dale, Vicky, subí". La mujer teñida de rubio aceptó la invitación de inmediato y el auto arrancó, dejando al señor Silvestre solo, mojado y envuelto en el eco dulzón del nombre revelado.
Un par de semanas más tarde, mientras se dirigía hacia el trabajo, el señor Silvestre escuchó en el colectivo una conversación plagada de alusiones obscenas entre dos hombres que viajaban sentados a sus espaldas. Así fue como, sin querer, se enteró de que en los avisos clasificados de los diarios existía un rubro hasta entonces impensado para él. La novedad le causó un notable asombro, tanto que a la hora del almuerzo, llevado por la curiosidad, le dedicó una atención especial a esa sección del diario que él jamás leía. Comprobó conmocionado que el rubro en cuestión contenía muchos más avisos de los que él hubiera podido imaginar. Los revisó con una mueca de pudor y sorpresa crecientes, hasta que se topó entre los últimos con uno en el que una tal Vicky prometía "inolvidables placeres para hombres muy exigentes" y daba luego un número de teléfono celular. Apenas terminó de leerlo, se formuló la pregunta obvia. Pensó en las carteritas que solían componer el atuendo habitual de Vicky -una fucsia y otra negra- y constató que un celular cabía perfectamente en ellas. Como un relámpago pecaminoso, se le cruzó por la mente la inconveniente idea de llamar y sacarse la duda.
La desechó de inmediato. Abandonó el diario diciéndose que era una locura y continuó abocado a asuntos del trabajo. Sin embargo, la cuestión siguió dando vueltas en su cabeza durante el resto del día. Para refrenar tan perturbadora tentación, pensó en la infinita cadena de consecuencias a que su llamado podía dar lugar. Imaginó y repasó todas las alternativas, desde hipotéticos diálogos hasta las derivaciones más extremas e insólitas. La mayoría de esas posibilidades lo intimidaba. Básicamente, lo aterraba que la mujer teñida de rubio -en caso de que fuera ella la del aviso- lograra identificarlo y que al día siguiente le dijera algo comprometedor, poniéndolo en evidencia delante de todo el barrio. Preocupado por el carácter obsesivo que estaba adquiriendo el tema, se juró a sí mismo cortar el problema de raíz: no llamaría. Esa noche, no obstante, después de espiar a Vicky, un indescifrable impulso lo condujo a hacerlo. Consumido por sus propias contradicciones, marcó el número con una febril alienación, sintiéndose un poseso. "Hola", lo atendió una voz sensual y sumamente joven.
"¿Con quién hablo?", preguntó él, impersonal. "¿Con quién querés hablar?", llegó defensiva, desde el otro lado, la voz de la mujer. "Con Vicky", dijo él, controlando a duras penas el temblequeo de su voz. "Soy yo. ¿Te conozco?". "No, no", se apresuró a aclarar él, sin saber si era cierto, y se quedó cortado, sin saber qué agregar. "¿Qué andás necesitando, mi cielo?", lo ayudó la voz de ella. En medio de su embarazo, el señor Silvestre fue consciente de que era inviable preguntarle a esa desconocida lo que realmente quería saber, pero tampoco sabía cuáles eran las palabras adecuadas para acceder a otro tipo de diálogo. Estuvo a punto de cortar pero una frase salvadora lo sacó del embrollo que él mismo se había construido.
"El precio", dijo un poco cortante y, acto seguido, recibió avergonzado el menú completo de servicios y sus respectivas retribuciones. Tragó saliva, hizo un esfuerzo inmenso para que su voz no delatara el nerviosismo que lo colmaba, se excusó diciendo "bueno, en otro momento te llamo" y colgó con brusquedad. Quizás como inconsciente castigo, recordó que desde los celulares se puede rastrear llamados, y se le heló la sangre temiendo que, en adelante, la mujer se dedicara, con perversa fruición, a acosarlo sistemáticamente. Sólo el lentísimo paso de los minutos siguientes y una ducha tibia lograron calmar sus nervios.
El sábado siguiente volvió a encontrarse en la verdulería con la señora de García. Semejante coincidencia hizo nacer en él ciertas especulaciones levemente paranoicas. Absurdamente, supuso que su vecina estaba al tanto de sus contemplaciones secretas y deseaba desenmascararlo. El señor Silvestre no estaba en condiciones de precisar si sus sospechas eran fundadas o si sólo ocurría que su vecina lo consideraba un adalid de su cruzada moralista.
Lo cierto era que, cada vez que se cruzaban, la señora de García aprovechaba la oportunidad para arremeter a gusto contra la mujer teñida de rubio, dedicándole venenosas diatribas. Esa vez no fue la excepción y la señora de García se puso a despotricar contra el pésimo ejemplo que la presencia de esa viciosa representaba para los niños del barrio que, con toda inocencia -como ya lo había constatado alarmada en uno de sus propios nietos-, se veían incitados a formularle incómodas preguntas a sus mayores.
Después, deploró que la policía no hubiera hecho nada a pesar de la vibrante denuncia que ella en persona había radicado días atrás en la seccional.
Culminó contando entusiasmada que había empezado a levantar firmas para presionar a las autoridades y lograr así, al fin, que se llevaran a la mujer de la esquina de una vez por todas, para poder restaurar en el barrio la paz perdida. Acto seguido, la mujer extrajo una carpeta y una birome de su bolsa de compras, e instó al señor Silvestre a sumarse a la iniciativa. El señor Silvestre se limitó a asentir en todo, un poco por cortesía, y otro poco por miedo a que una intervención demasiado amplia de su parte en la conversación le infundiera a su vecina nuevos bríos para continuar su discurso abrumador.
Aún así, cuando finalmente logró desembarazarse de ella, se sintió ligeramente irritado y no supo explicarse por qué.
Los propósitos de la señora de García parecieron cumplirse en el transcurso de la semana posterior. El señor Silvestre no vio a Vicky en la esquina ni el martes, ni el miércoles ni el jueves. A la cuarta noche, esa ausencia persistente e inédita que parecía exceder los márgenes de lo casual hizo nacer en él una vaga sensación de contrariedad. Le llevó un buen rato llegar a sospechar que la causa de su malestar estaba en la posibilidad concreta de no volver a verla. Le llevó varias horas más terminar de aceptar que la sospecha era cierta: él no quería que Vicky se fuera. Recordó que había consentido en firmar la nota de la señora de García y el ardor de la traición le recorrió el pecho. Se preguntó enojado consigo mismo por qué siempre aceptaba todas las cosas pasivamente, sin rebelarse, y no encontró respuestas razonables. Sólo una humillante sensación de pusilanimidad.
Paradójicamente, la ausencia de Vicky agudizó su adicción. Durante los días siguientes, la mujer teñida de rubio adquirió en su pensamiento una hegemonía despótica. El señor Silvestre ya no se limitaba a sus -ahora infructuosos- espionajes nocturnos. A menudo se descubría pensando en ella también por la mañana y por la tarde. Abatido por la culpa, ansiaba comprobar que nada le había sucedido. Pero Vicky no volvía y su desaparición le resultaba preocupante. Mal predispuesto como estaba, diseñó mentalmente un ominoso repertorio de eventuales desgracias, sustentado tanto en lo que escuchaba a diario en los noticieros como en las amenazas de la señora de García. Se alarmó imaginando a Vicky detenida en una seccional, internada después de una golpiza, estrangulada por algún loco suelto, embarazada sin
desearlo por un hombre anónimo al que jamás volvería a ver. No entendía qué le pasaba, no entendía por qué una desconocida como esa provocaba semejante grieta en su reiteración casi maniática de actos cotidianos. Hacía años que no lograba interesarse en algo ajeno a su insulso carrusel de días solitarios. Era como un deshielo vital, como si sus emociones largamente entumecidas se estuvieran desperezando. Sólo para ver la nada, sólo para constatar un aluvión intolerable de días mal vividos. Porque, ¿qué quedaba sin Vicky? Quedaba su propio encierro, el vacío de sus horas, su cabeza gacha al caminar, la monotonía oficinesca, el peso de su portafolios gastado, su vestimenta ajada y gris, su apego compulsivo a la rutina, la estrechez asfixiante de su mundo y sus prejuicios, la falta absoluta de calor humano en su vida.
Una noche de fines de mayo, mientras miraba con desgano una película en el cable, el señor Silvestre advirtió que había olvidado sacar la basura. Miró la hora, comprobó que todavía faltaban unos minutos para que pasara el camión recolector y se apresuró a cumplir con la tarea omitida. Cuando llegó al palier, la imagen que apareció ante sus ojos a través del vidrio lo dejó paralizado: Vicky había vuelto. Estaba en la esquina de siempre, hablando con un hombre de campera negra que parecía haberse bajado de un automóvil que aguardaba sobre la avenida, con el motor en marcha. Ganado por el alivio de saber que no le había pasado nada, el señor Silvestre salió a la vereda y depositó su bolsa de residuos en el canasto correspondiente. En ese momento, un agrio intercambio de insultos proveniente de la vereda de enfrente le reveló que el presunto diálogo entre Vicky y el desconocido era en realidad una discusión de creciente intensidad. Inmóvil y espantado, el señor Silvestre vio cómo el hombre estampaba una enérgica cachetada en el rostro de la mujer, haciéndola caer. El hombre se agachó, le arrancó la carterita negra de las manos, la abrió, sacó algo de su interior y se la arrojó a la cara. Luego subió al auto, que se perdió por la avenida. El señor Silvestre permaneció quieto durante unos segundos sin saber qué hacer. Finalmente, luego de comprobar que no había nadie a quien recurrir, se animó a cruzar la calle. Con una indecible mezcla de temor y pudor, se acercó a la mujer. "¿Se siente bien?", le preguntó, con incorregible formalidad. Resoplando de furia, o de indignación, o de dolor, ella lo miró a través de una niebla de lágrimas apenas contenidas y masculló un "sí" que no podía convencer a nadie. Tenía la mejilla colorada y un hilo de sangre le corría desde el labio inferior hasta el mentón. El golpe le había desordenado los cabellos y ese detalle le confería a su imagen un aura mayor de desamparo. Además, notó el señor Silvestre, era más joven de lo que él siempre había pensado. Vicky se puso a juntar los objetos que habían quedado diseminados a su alrededor y los guardó nuevamente en su carterita (el señor Silvestre contabilizó algunas monedas, una cajita cuadrada, un lápiz labial, pero no alcanzó a
divisar ningún teléfono celular). Después, lentamente, como si todavía se sintiera algo aturdida, se fue incorporando hasta ponerse de pie. Se pasó el dorso de la mano por la boca y descubrió que todavía estaba sangrando. En medio de su confusión, el señor Silvestre atinó a prestarle un pañuelo, que ella aplicó sobre el labio herido mientras él permanecía a su lado, guardando prudente distancia. "Te lo ensucié todo", le dijo un instante después al devolvérselo, observando las manchas bermejas de sangre y de rouge plasmadas sobre la tela. "No importa", dijo él, tomándolo con la punta de los dedos. "Gracias", dijo Vicky, y el señor Silvestre quizás algo aturdido por la infrecuente experiencia de sentir desde tan cerca el perfume de una mujer (aunque fuese tan espantosamente barato) no pudo evitar que sus
ojos tristes terminaran estrellados contra la ondulada silueta de sus pechos. La expresión de Vicky al notarlo cambió súbitamente. Como si de golpe retomara conciencia de un límite que por unos segundos se había borrado, se alisó los cabellos, se acomodó el escote y preguntó, melosa: "¿Qué pasa? ¿Querés jugar un ratito conmigo?". El señor Silvestre retrocedió espantado. Envuelto en una oleada de rubor que surcaba sus mejillas, tropezó con las palabras tratando de explicar que él de ninguna manera había intentado sacar provecho de la situación, que su auxilio había sido meramente humanitario, que... "Pará, ¿por qué te ponés así?", inquirió Vicky, incrédula, y no encontró respuesta. Una ráfaga feroz de remordimiento y vergüenza transportó al señor Silvestre de vuelta hacia su departamento, encarcelado en una atadura de infinitos miedos.
El día siguiente le resultó asfixiante. La certeza horrenda de haber hecho el ridículo mantuvo su ánimo ensombrecido a lo largo de toda la jornada. Mortificado por haberse comportado de manera tan infantil, revivió el episodio docenas de veces, detalle por detalle, ensayando estériles modificaciones mentales de imposible aplicación retroactiva. No sabía bien qué tendría que haber dicho o hecho, pero estaba seguro de que esa conducta deseable estaba muy lejos del papelón que había perpetrado la noche anterior. Hasta la alegría culposa de saber que seguiría viendo a Vicky resultaba insuficiente para rescatarlo, quedaba aplastada por el terror de tener que enfrentar su mirada noche tras noche -una mirada a la que él, neuróticamente, le adjudicaba una carga crítica descomunal y devastadora, como si de allí en adelante la actividad central en la vida de Vicky fuera a consistir en enjuiciarlo-.
Supuso, no sin argumentos, que le resultaría tremendo tolerar semejante humillación. Por eso se pasó todo el viaje de regreso diseñando estrategias para poder entrar en su casa sin que ella lo viera. Cuando se bajó del colectivo, las había descartado a todas, tal era el grado de desatino que las caracterizaba. Divisó a lo lejos la esquina temida y comprobó que, efectivamente, la mujer teñida de rubio estaba allí. Intentó caminar con la mayor naturalidad posible; sin embargo, le pareció sentir que esa noche el portafolios pesaba mucho más. Resignado a afrontar el silencioso oprobio, cruzó la calle por el lugar habitual y continuó avanzando con esa inercia algo suicida de quien presume inminente un desastre y quiere acelerar el final para detener la agonía. Tal como sucedía con frecuencia, la figura de la señora de García asomaba vigilante en el umbral de su casa. El señor Silvestre pasó frente a ella temiendo algún comentario incriminatorio de su parte, pero nada de eso ocurrió. "¿Qué me cuenta? Parece que volvió la fulana", dijo su vecina, acompañando su ponzoñosa declaración con un ligero movimiento de la cabeza en dirección a la esquina. Fue casi una violación.
El señor Silvestre sintió unas profundas, inexplicables ganas de hacer a un lado sus buenos modales e insultarla de pies a cabeza. Sin embargo, no lo hizo. Se mordió los labios, improvisó una mueca ambigua a modo de saludo y siguió adelante sin detenerse siquiera un instante. Caóticos fragmentos de imágenes y sonidos acompañaban ahora su marcha: una boca sangrante, una campera empapada, un papel infame firmado en una verdulería casi sin pensarlo, un departamento triste, una voz sensual, un niño viejo y asustado negándose el derecho a confesarse que sólo quería que le volvieran a decir "mi amor". Lo acompañaba también el parloteo exasperante de la señora de García que, ajena por completo al estado de ánimo que lo aquejaba en aquel momento, seguía caminando a su lado, infligiéndole, como quien descarga una metralla, una interminable retahíla de frases indignadas a las que él no podía ni quería prestar la más mínima atención. "Hay que hacer algo urgente, ¿no le parece?", dijo la señora de García cuando llegaron finalmente a la puerta del edificio. El señor Silvestre no contestó. Sólo la miró como si una enorme distancia los separara, la contempló desde el fondo de un hartazgo histórico que ya a duras penas podía controlar. Una revelación feroz, rabiosa, surcó su alma cansada y le permitió comprender lo que necesitaba. "Sí, hay que hacer algo urgente", se dijo mentalmente a sí mismo. Entonces, en vez de abrir la puerta, dio media vuelta, dejó a su vecina hablando sola y salió disparado hacia la calle. Atravesó el asfalto con decisión, en busca de la mujer teñida de rubio que -ahora podía comprobarlo- fumaba recostada en el caño azul y seguía sus movimientos con una expresión de recelo y curiosidad al mismo tiempo. Se paró frente a ella y la miró con firmeza.
"¿Qué tal, Vicky?", le preguntó en voz exageradamente alta, mientras se dejaba envolver por su perfume barato.
Después, desentendiéndose de una vez y para siempre de los ojos azorados de la señora de García clavados en su nuca, agregó, con incorregible formalidad: "¿Se siente mejor hoy?".
 
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Sin destino en la ciudad*
 
 
 
Caminar sin destino en la ciudad
es una forma de recuperar estampas,
vacíos antiguos, veladas ruinas.
 
La luz de una vidriera nos dice quienes fuimos,
ajustamos el paso a las baldosas
blanquinegras que adornan las aceras,
todo retorna a su vieja asimetría.
 
Caminar sin destino entre las gentes,
bajo el ruido que reina en la ciudad,
es una forma de saber que estamos vivos.
 
A nuestro alrededor los rostros deambulan,
en los gestos hay un rastro de armonía,
puede sentirse el calor entre las calles.
 
Pero alguna vez todo calla de repente:
cesan las conversaciones que nunca sucedieron,
se apaga el brillo de los escaparates,
nadie ríe, nadie celebra, nadie canta,
nadie grita sobre el silencio del asfalto.
 
Y entonces uno sabe que todo forma parte
del mismo sueño que incesantemente se repite
(como una siniestra tortura de los dioses)
sobre las turbias almohadas de la noche.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De Metropolicromía
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El hombre que creyó ser*
 
 
*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com
 
 
Caminaba el hombre por  las calles adoquinadas del viejo poblado con la lentitud que el peso de los años exigía a  los pasos. Cada mañana, cuando el sol se acomodaba sobre el cielo y las aves saludaban con trinos de colores el despertar imprescindible para que la vida transcurriera solemne, rutinaria,  creía ser la reencarnación de algún personaje de esos que bailotean, marcando presencia,  por las hojas amarillentas del libro que acumula retazos de  la historia del mundo.
Así fue que un día dijo haber sido Zeus, en otro tiempo,  y salió a juntar hojas de olivo para hacerse una corona. Pero las hojas se secaban. No logró que alguien le temiera y tampoco tuvo hijos para poder deglutir.
Entonces, dejó a un costado de su casa la rama seca que creyó su cetro y cambió el personaje, a la mañana siguiente.
Amaneció otro día creyendo haber sido Atila, pero se dio cuenta que no era azote de nadie. No tenía caballo y por donde pisaba seguía creciendo el pasto. Le faltó fuerza, le faltó coraje, le sobró cobardía y entonces dijo:
-Mejor cambio, me dedico a otra cosa. Este mundo está muy loco y ya nadie respeta a nadie. Se murieron los códigos, se perforan los sueños, esto se está poniendo demasiado extraño.
Fue cuando se le ocurrió  que mejor era ser santo y al no encontrar a nadie que se hincara a su paso;  o que se asustara con sus órdenes que sonaban tragicómicas  y al carecer de un espíritu gregario capaz de aglutinar voluntades, de buenas a primeras cambió el rol asumido por unas horas y se borró del santoral donde creyó estar ubicado. Fue bajando despacito hacia la entraña de una tierra partida donde volvía a ser el hombre gris que fuera hasta ese día de su revelación final.
Una vez allí, acosado por una realidad que abofetea cuando menos te das cuenta, el tipo creyó ser distintos entes en poco tiempo.  Pero no fue ninguno.
No pudo ser Napoleón, como pensara. Le faltaron batallas y teoría expansionista. También le faltó un 18 de Brumario, lo que le impidió hacer un Golpe que descuajeringara la historia. Cambió de rumbo, buscó por otro lado.
Se imaginó siendo Apolo pero volvió a derrumbarse su sueño por no tener belleza. Tampoco Cíclope, pues le sobraba un ojo. Ni qué hablar de ser Caronte, ya que no tenía barca y por más intentos que hizo tampoco llegó a ser Cerbero por tener tan solo una cabeza.
Tampoco  pudo ser filósofo como creyó  que podría ser, porque no le interesó el principio fundamental del universo y además le estaban sobrando mitos y no tuvo forma de acceder a la escuela de Mileto. No la encontró en la guía.
Quiso ser Anaxímenes, pero le faltó aire. El poco que había estaba contaminado.
Se sintió Heráclito, pero estaba incompleto y le falló el juego de los opuestos que no supo iniciar.
Trató de ser Pitágoras, pero le faltaron números y cuando quiso ser Parménedis  se le mezclaron todos los seres creando un caos infernal en su pobre cabecita alucinante.
Entonces, inició un viaje acercándose a un pasado más  reciente creyendo que sería más fácil encontrar un personaje donde poder alojarse. Intentó ser Franco,  por un rato, pero enseguida se dio cuenta que para eso, le haría falta un Guernica.  Además, si bien era un hombre gris con su cerebro medio volado, mantenía pedacitos de alma enamorada. No podía así nomás, por propia voluntad, dejar su esencia herrumbrándose en el margen de su vida.
Pensó que bien podría ser un Jesús contemporáneo. Multiplicar los peces y los panes. Sanar a los enfermos. Redimir a las putas, ayudarlas a ser mujeres aceptadas porque ellas también tienen alma, como todos. Quiso ser transgresor. Quiso expulsar los demonios que habitaban en él mismo, los que no le permitían ser lo que quería sino  parte de otra extraña vida que no aceptaba como suya. Como si todo eso fuera poco impedimento,  no encontró a Poncio Pilatos y vio una imagen de Jesús ubicada muy lejos de donde el hijo de Dios,  cuentan que había nacido. Y vio manchones de sangre, sintió ruidos que parecían partirle los tímpanos. Huyó de ahí, había alrededor demasiado espanto. Demasiado odio. Demasiado escarnio. ¡Ya no quería ser judío!
La realidad, sacudiéndolo por sus hombros,  se encargó de demostrarle que no podría ser Jesús de ningún modo. No había cerca leprosos, no encontró la Decápolis  así como tampoco pudo encontrar a un “demonio mudo” en este mundo donde los demonios se reúnen en ágapes festivos. Y hablan en todos los idiomas, dan órdenes y se reparten los pedazos de tierra y riquezas que generan los pobres.
Se convenció a duras penas que ser Jesús no era para él, que además no soportaba los genocidios y allá por donde el Cristo anduviera,  eran moneda corriente.
Todo esto lo descolocó mucho más y ante cada desorden el tipo huía buscando otra figura que lo reemplazara. Apostaba a la elección por descarte.
Quiso ser Hitler y le faltaron judíos, homosexuales, gitanos, negros y comunistas. Y le seguía sobrando amor y eso resultaba excluyente.
Cuando trató de ser pintor notó con tristeza que había perdido un color y que sin ese, su obra quedaría incompleta. Arrojó su paleta de cartón y la ramita con la punta deshilada que creyó era un pincel de trazo desparejo incapaz de filetear bordes.
Una mañana, cansado de tantas frustraciones, eligió ser astronauta y nuevamente fue invadido por una terrible sensación de fracaso. Además, la luna estaba llena y tuvo miedo de ahogarse en esa panza de hielo. Y tuvo miedo de quedar ensartado en las puntas de las estrellas que cumplían el papel de custodios de la luna en un cielo amorfo, oscurecido.
El hombre gris, con el pelo alborotado y el alma en estado de transformación continua, quiso sentirse rey pero tampoco lo logró pese a realizar ingentes esfuerzos. Para ser rey, pensó, primero debía convertirse en parásito, esa es la ley y las leyes no se rompen así nomás. Y no hay rey cuando se tiene alma como tenía el tipo. Y no hay rey si sobra el sentimiento. Y no hay rey si se mantiene un poquito de cordura y mucho menos hay rey si sobra el sentido más común de los comunes.
-¡Ya se quién soy! Exclamó una mañana nublada ni bien abrió los ojos.  ¡Yo soy Ícaro y puedo volar, acariciaré el sol y besaré la luna! Llegaré tan alto como nunca, seré grande, intocable. Seré un hombre sin sueños abortados.
Subió a la parte más alta del techo de su casa; abrió sus brazos imaginando que eran alas y comenzó a agitarlos.
El hombre gris cayó al vacío de su propia existencia. Remontó un vuelo efímero para acabar su proeza estampado contra el piso adoquinado del viejo poblado.
En el mismo lugar donde naufragaran sus sueños de alas rotas carcomidas por la realidad más descarnada,  el hombre  se despidió de la vida sin haber llegado a saber quién fue realmente.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
 
es en el bosque
 
donde se tocan los verdes
 
y el corazón
 
se desarma
 
 
 
*De alejandra alma. almaalma3h@gmail.com
 
 
 
***
 
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