Thursday, July 17, 2014

COMO UN PÁJARO QUE BUSCA CIEGAMENTE EL CIELO...


 


*Obra de FREAK-ARTS. Katrin Thomsen
https://www.facebook.com/freakarts.leydel
 
 
 
 
 
*
 
 
no todos.
pero algunos corazones hacen ciertos ruidos.
uno se acerca a ellos y los oye resoplar.
escucha oleajes
cucharas de metal que se golpean
el chirriar acompasado de una hamaca en movimiento
un tren atravesando la húmeda pampa
unos dedos apurados sobre el teclado sustancioso
de una máquina de escribir.
uno se acerca y escucha el ruido de la guerra dentro.
máquinas produciendo barcos automóviles
progreso civilizador andariego
se oyen mugidos de animales extraños
lámparas que se caen al suelo
aleteos de gorriones que se marchan
párpados de mujer venciendo el aire
criptas que se abren al mediodía.
no todos pero algunos corazones hacen ruidos
si uno se acerca lo suficiente
puede oír la marcha de los explotados del mundo
con las banderas en alto
cambiando los colores pintando nuevos pájaros
se escuchan las bocas de los enamorados
destrozando el firmamento
creando nuevamente el mar y la tierra/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
COMO UN PÁJARO QUE BUSCA CIEGAMENTE EL CIELO…
 
 
 
 
 
 
 
Laura*
 
 
 
La última vez que la vi, la vi incómoda. Sentada entre dos viajeros, derecha, la espalda siguiendo el ángulo, del mugriento y deteriorado asiento. La envidié. Lo mío era mucho peor, viajar, sosteniéndome como pudiese, entre los traspirados pasajeros de pie. La edad no le había hecho perder ese perfil precioso de princesa criolla, ni su piel aceitunada había opacado la lisura, ni su cabello ya canoso, el brillo y aunque había empezado a usarlo recogido desde hacía algunos años, yo seguía admirando su belleza como el primer día en que la crucé, en este mismo vagón y en este mismo recorrido.
Su rutina… siempre la misma, subir en Ramos, bajar en Flores. Yo subía al tren en Paso del Rey, unas antes de Ramos Mejía.
Siempre esperaba en el mismo lugar del andén, muy abrigada en invierno y de ahí deduje que es friolenta, porque se envolvía con una bufanda oscura, como si estuviese en el polo norte.
En verano usaba camisas livianitas con flores delicadas y unos zapatos abiertos que dejaban ver sus uñas cuidadas y pequeñas.
El vernos todos los días, a la misma hora y en el mismo recorrido, nos daba la confianza necesaria para dedicarnos un saludo, al pasar uno junto al otro, buscando en los asientos, el lugar que difícilmente encontrábamos.
Su perfume contrastaba con los olores que, sin piedad, acosaban a los usuarios.
Viajábamos cuidándonos de los carteristas y confundidos por los gritos de los innumerables vendedores de CD de Reaggeton y de Cumbia villera y entre los de los que ofrecían estampitas de san Expedito, el Santo de los imposibles. Luego venían los vendedores de golosinas y los niños limosneros, fumadores de Paco. Un tumultuoso desorden propio de una película grotesca.
Cruzamos mudos saludos de cortesía, una inclinación de cabezas y ya me alcanzó para el enamoramiento.
Por esa época yo no andaba bien de salud y por eso pensé que lo mejor sería intentar acercarme a ella cuando hubiese superado mis dolencias, además estaba seguro, de que una chica de Ramos, jamás miraría a un habitante de donde vivo.
Después empezó a viajar acompañada de un pelicorto que le pasaba el brazo por los hombros y le hablaba al oído y ahí perdí la esperanza de acercarme. Creí morir, me había ilusionado y había perdido la oportunidad.
A medida que pasaron los años la vi cargar sus panzas de embarazo y luego con los niños de la mano y siempre hizo lugar para dedicarme la sonrisa que fue más afectuosa, a medida que pasaba el tiempo.
Un solterón empedernido. Me cargaban los compañeros de oficina- ¿Cuándo vas a levantarte una mina?, ¿Cuándo te vas a casar?
Vinieron las canas. Tal vez por sus evidentes dificultades para caminar, ella dejó de viajar en el tren y yo me jubilé y sigo soltero. Nunca intercambiamos una sola palabra. La llamé Laura, simplemente la llamé Laura.
 
 
 
*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
República Argentina
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Renuncia*
 
 
 
He renunciado a nombrar los días que no vienen.
He renunciado a sorber la  espuma de tus belfos.
He renunciado al obstinado silencio de tu cuerpo.
A ser huésped de los platos vacíos.
A lamer las manos furibundas del hambre.
A no mirar los calendarios tristes de la muerte.
A los retratos, a espejos que han caído.
Al jinete ruidoso del corcel oscuro.
 
No he renunciado, sin embargo a las ruedas de carro.
Al olor de la rosa té de china.
Al agua de las albas cenicientas.
A los desnudos faunos que me nombran.
Al ritual del silencio escondido en la parra.
 
He renunciado a ser mortal. Pedregal. Espectro del oeste.
A ser ritual de duelo de pañuelos.
A la umbría virgen que yace en la espesura.
Y a ser tu sombra. Tu puñal. Tu sombrero.
He renunciado a que me broten violetas de los ojos.
 
No he renunciado, sin embargo al grito.
Ni al rumor del aura que contesta, llorando.
Llorando. Que contesta llorando.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
si notás a veces cierta ausencia
del estímulo y respuesta
de tu mano sobre la mía
no partas tu cabeza
ni te deprimas
no caigas desabrida por la hendija de la puerta
es esa
mi tristeza
la entrometida
no tiene que ver con vos o conmigo
es desobediente como un gato
adherida a mí como mis piernas.
si notás de pronto cierta urgencia en mi sombra
por dejar la casa sola
el corazón en el viento
pequeña giganta mía dulzura estertorosa grácil primorosa
vos
mi bien estrella única flamante rosa
no partas tu cabeza
ni te deprimas
no caigas desahitada en la ranura de una hoja
es que soy un hombre triste
se me cierra la boca a veces
y se me quedan en los ojos los paisajes
más lejanos
más terribles que el hambre
no tiene que ver con vos o conmigo
es la tristeza que rasca las piedras
silenciosamente
desde que el mundo es mundo
desde que yo te miro parir mis alegrías/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Crónica de hombres y noche*
 
 
 
*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com
 
 
La noche atesora, en su negro edificio, todas las formas para sí: cada partícula somnolienta de la atmósfera, cada movimiento y balanceo que las lentas sombras, sus insustanciales subordinadas, apenas nos dejan entrever. La noche también es dueña del búho, del perro y del grito, ya que ellos presienten en el silencio ese antiguo rito que precede al alarido. La noche, en su oficio, es también dueña de los hombres, su alimento predilecto, a los cuales viste de mortajas grises como una gigantesca araña, que los va atrapando en su insondable tela para devorarlos en el secreto olvido.
Invisible hasta para sí misma, la negra noche, despliega su manto y cubre los confines que el hombre teme y desdibuja. La gigantesca noche escucha, siempre, extiende sus sentidos sobre un pequeño lugar del mundo, presta atención, apoya su codo sobre el horizonte y mira hacia la profundidad del alma de los seres incautos, dejando al descubierto sus miedos y sus casi olvidados y recurrentes sueños, los gritos de la niñez en duermevela, un dolor de dientes ancestral que no permite dormir. La noche misma teje su crónica, su tapiz de hombres y noche. La noche cuenta una historia que una y mil veces repetirá en trazos de ébano u oscuro polvo, el olvido.
 
 
***
 
 
La Banda, Santiago del Estero, ramal C-7 del Ferrocarril General Belgrano.
¿Cuántas veces, Cornelio Bass, pasaste frente a la solitaria estación que es una tachuela de zinc en tu trayecto? ¿Cuáles pensamientos se agolpan en tus sienes cada vez que, raudamente, corre ante ti el cartel amarillo y negro que nombra las paredes olvidadas por el tiempo? Tenías cuarenta años  de caminos y de vías cuando contemplaste por primera vez el polvoriento edificio y lo has observado mil veces y tal vez, mil más. El cartel, las maderas descascaradas, la pintura gris de obra, los tanques de agua, el viejo vagón abandonado en la enterrada vía paralela, la pirámide irregular y oxidada de rieles en descanso eterno y los sonidos: el crujido familiar de los viejos durmientes, dominio de la carcoma y su voraz tenacidad, y el lamento de los grandes clavos de hierro ¿No estás harto Cornelio Bass, de todo esto? ¿No estás cansado?
Te preguntabas lo mismo esa noche, el viento roía suavemente tu piel curtida y envolvía tus pocos cabellos desordenados. No prestabas atención a los movimientos automáticos de tus manos conduciendo el carguero. El vaivén cansino de la lucha de los metales y el rezongar de los bogies remolcados contra el sendero imperturbable de hierro te sumía en la conocida somnolencia. Mirabas el paso de lo aromos que iluminaba el fanal de la inmensa locomotora Fiat-Transfer y te decías a ti mismo: ¡He visto un arbusto, dos, cien, ya no importa, ellos me han visto también, aunque soy uno y soy todos, como ellos, una filosofía de aromos y noche! ¡He pasado tantas veces en ambos sentidos, y deben estar tan cansados de mí como yo de ellos!
¿No es hora de que te detengas Cornelio Bass y digas adiós a este mundo de aromos? Estas viejo Cornelio y la noche ha comenzado a asustarte ¿Verdad? Conoces la respuesta, no la digas, el viento nocturno puede desplazarla en muchas direcciones y ella se enterará, viejo amigo, y te buscará. ¡Pero no te rías Cornelio! Sonrisa de enano, peor que carcajada de un coloso ¿Dónde leíste eso? Es de Hugo ¿Recuerdas? Lo sacaste del viejo libro que encontraste en los Talleres de Alta Córdoba, el libro te atrajo siempre porque su título era un número ¿Lo terminaste de leer? ¿O terminaste por ignorarlo y lo dejaste olvidado y roto en algún banco de estación? No entiendes aún el poder que vigila tus pasos, pequeño hombre. Arrastras tu vida con esfuerzo ¿O ella te arrastra a ti?
Las dispersas y escasas luces de la estación te salieron al encuentro, te rodearon, te atrajeron como a un insecto alucinado. Hoy no pararías, no detendrías tu marcha, no lo habías hecho nunca. Disminuirías la velocidad del convoy por instinto y mirarías el cartel y esos terrenos áridos donde nunca pondrías un pie, solo recorrerías con la mirada cansada, como siempre, como ahora. Cada vagón visita por turno el viejo edificio de estilo inglés y luego se retira con quejas de metales torturados dando lugar a otro vagón, es un juego repetido incansables veces. Tu ayudante se asoma por la pequeña ventana y mira hacia atrás, hacia el furgón de cola, un viejo Brake Van británico, que en la noche parece como distante y difuminado, cuya única indicación de vida es la diminuta linterna verde que balancea el solitario guarda ya después de haber divisado la señal mecánica del solitario apeadero Antonio Talbot.
Luz verde, eso significa vía libre para ti y tu seccionado gusano de treinta segmentos idénticos, y también para la noche que ahora devora en su negro atuendo, toda la longitud del carguero. Trasvasada la estación, la rutina retoma su presencia entre los hombres y sus miedos. El freno suelto, el acelerador ya en posición abierta. El monstruo metálico, el moderno dios trueno avanza confiado, los motores diésel ganan cada vez más velocidad, la tierra vibra y se desgrana. La brisa rápida los mece y los adormece en un sueño suave y extraño, lleno de recuerdos e historias mientras a sus pies el corazón de la máquina despliega su monótona vibración y calienta todos los metales.
¿Qué pensabas, Cornelio Bass, cuando sucedió lo insólito? Tal vez ya lo presentías, con ese conocimiento que algunos animales poseen y en la antigüedad nos legaron ¿Fue por eso que te despediste de tus amigos, uno por uno, y te quedaste mirándolos desde el andén? Quizás ¿Pero si lo sabías, porque elegiste la oscura noche, tan fría y solitaria como tú para olvidar, para alejarte? Solo tú conoces las respuestas.
El faro delantero volvía a iluminar los eternos aromos y a los insectos rasantes que semejantes a estrellas fugaces van desapareciendo al paso del carguero. De pronto, él estaba allí. Y es casi seguro que tú lo viste primero, tu ayudante adormecido cabeceaba, conocías instintivamente el momento exacto en que aparecería. Aun así te sorprendiste y dejaste salir de tu boca un grito ahogado y sentiste el sabor de la saliva amarga. Echaste, como ordena el manual estoy seguro, el freno a fondo, con casi desesperación, apretando tus gastados dientes, con los ojos dilatados. La máquina acaso protestó como un animal antediluviano por la brusca desaceleración, todo el metal luchando intentando continuar su inercia, todas las calzas se cerraron aún más y los patines generaron un calor creciente al detener el movimiento de las ruedas de acero.
Creo, estoy seguro, que pensaste que era muy tarde ya. Te habías demorado demasiado, tu movimiento había sido lento, letárgico, condenado al destiempo. El tren se había deslizado más allá del lugar en que vieras la fugaz figura. También pensaste que lo habías atropellado, tu corazón se encogió como un puño y el dolor te hizo tambalear sobre el piso metálico de la locomotora. Y a la luz mortecina de la cálida cabina dejaste escapar el ahogado grito del reconocimiento, cuando observaste los largos cabellos del niño, su vestido de noche y el lienzo blanco agitándose frente a ti. Viste sus ojos y en ellos la misma emoción de los tuyos, el mismo estremecimiento.
¿Por qué estabas, a pesar del delirio, tan contento? ¿Por qué abriste la pequeña puerta de acero y vidrio de la locomotora Transfer y te lanzaste decidido a la los elementos de la noche fría? Tus exiguos pasos de hombre cualquiera tomaron la dirección del niño que tenue y flotante comenzó también a alejarse. El faro delantero, penetrante en la oscuridad, te siguió con su ojo blanco Cornelio, hasta que tus ropas grises se perdieron en la noche. Mientras, tu ayudante salía de su estupor y te llamaba, te pedía llorando que volvieras, pateaba la tierra al costado de los durmientes, se estrujaba las manos. Pero tú no oías Cornelio Bass, estabas lejos ya, o quizás no tanto, solo lejos de los hombres y de las máquinas. Te habías ya inmerso en un mundo de sonrisas, niños y sombras, y continuabas caminando, lo hiciste durante toda la noche y al amanecer el paisaje ya era otro, maravillosamente otro. Entre los rieles, solo quedaban las huellas del hombre que temía a la noche y que al despuntar el alba comenzaron a disolverse en el entretejido de las pasturas y el rocío de este mundo.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
como Dalton
creemos en la poesía
que se reparte
como trozos de pan
como el pescado
como la carne
nos duele la poesía indolora
la que no sucede
la que se calla
la que no dice otra cosa
que el estado anímico
del tiempo interno del poeta
como Dalton
creemos en la poesía
que grita y vocifera
verdades inclaudicables
que no por fuerza de no ser conquistadas
deben tomarse por falsos silogismos
cuando decimos
para todos todo
estamos diciendo
que para todos debe ser todo
que nadie puede gozar de la poesía
con el estómago en ascuas
con el periódico bajo el brazo buscando empleo
pero no por ello debe callar
no por eso debe recluirse en los cuarteles del otoño
y cesar su canto bajo el alero del silencio incómodo
como Dalton
creemos en la poesía urgencia
en la poesía ya
en la poesía ahora
en la poesía no como un fin en sí mismo
sino como un medio
para alcanzar la alegría postergada
la justicia postergada
la belleza postergada
como Dalton
creemos en la poesía
como un pájaro que busca
ciegamente el cielo/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
y ya no sabía
 
si era el día gris
 
o un claro murmullo
 
que caía en gotas
 
hasta ver el tiempo
 
desnudo
 
pasar con la gente.
 
 
 
*De alejandra alma. almaalma3h@gmail.com
 
 
 
***
 
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