Saturday, August 23, 2008

ESCUDOS QUE NOS PROTEGEN DE LA FINITUD...






*Ilustración de Ray Respall Rojas. tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "Para Ray" en el asunto del correo)




Dos y Tres Noches (o no hay ni dos ni tres)*




Nadie se suicida con un "punto y final",
Parecieran causar más daño
Las "comas" y los "punto y seguido";
Pero nadie usa ya,
Para morir tajantemente,
Un "punto y final"…


Ahora hay otras causas por qué morir:
Una televisión,
La partida del ser amado,
La democracia que reviste nuestro Estado
O la playera de moda,
Que combina con los zapatos…


Pero nadie lo hace ya por revertir el hambre,
Por las manos que se quiebran en la miseria
Y mucho menos lo hacen
Por un "punto y final"…


Parecen lejanos los días
Donde un "punto y final"
Era preciso para morir heroicamente;
Ahora se usan los brazos,
Las hordas de desempleados,
Los seguidores de películas de acción
Y a más de un funcionario…


El "punto y final" se evita:
Ha sido olvidado,
Hoy matamos con guerra industrial;
Ya nadie se suicida con signos de puntuación…
Mutilan sus manos y sacan sus ojos
Con latas de frijoles
Embasados al vacío…


Quien quiera seguir viviendo
Se le aborrecerá hasta la muerte:
¿Es verdad que nadie muere ya
por un "punto y final",
que desde el principio se ha evitado?


Nadie muere en paz sin que la lápida exhiba:
"Punto y Final"…


¿Nos habremos suicidado en vano?


Nuestra vida misma:
¿Alcanzará para dejarnos morir?


El "punto final"
Ha llegado.



*de Hugo Ivan Cruz-Rosas. quetzal.hi@gmail.com






ESCUDOS QUE NOS PROTEGEN DE LA FINITUD...






Despertar*



Vengo del castillo donde reina la niebla,
Donde el musgo escribe en sus paredes mi historia.


Vengo del lugar donde surge la noche,
En su estela lleva el cometa mi muerte.


Vengo del universo a donde viajo en sueños,
En brazos del viento se alejan mis miedos.


Vengo de la fuente donde bebo a escondidas,
Donde crecen flores veladas al invierno.


Vengo del prado donde pastan los ciervos,
Y se ahueca a sus pasos la flor del embeleso.


Regreso, amado mío, de nuestro jardín secreto,
Vengo, amor de siempre. vengo de darte un beso.




*de Marié RojasTamayo tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA MARIÉ" en el asunto del correo)









Cacofonías*


Llevaba años dedicándose al estudio de los fenómenos paranormales con escaso éxito, por lo que aceptó inmediatamente el encargo de averiguar quienes eran los que, noche tras noche, susurraban mensajes en aquella casona ruinosa de la Avenida Plumkier con el fin de conseguir, de una vez por todas, obtener algún resultado positivo.

Era una oportunidad magnífica para reivindicarse frente a sus colegas de profesión, y más en estos momentos en los que algunos de ellos empezaba a mofarse de él. Además, en esta ocasión tenía una información añadida que le ayudaría a alcanzar sus objetivos. Se había puesto en contacto con un criado que había vivido en la casona en su momento de máximo esplendor y que conoció a la familia por lo que sabía como debía actuar. Si quería entablar una conversación con alguno de la familia -le había dicho - era indispensable que cuando le hablaran les respondiera enseguida, en caso de no hacerlo se irían y no le dirigirían la palabra nunca más.

Armado con su grabadora y dispuesto a registrar las mejores cacofonías de aquella mansión encantada, se adentró por los ampulosos pasillos dirigiéndose a la biblioteca, que era la estancia en la que se presuponía se habían manifestado los espíritus. Se sentó frente a una escribanía sobre la que colocó la grabadora y se dispuso a esperar. Pasaron una par de horas en las que únicamente las sombras que proyectaba la vela se movían por la habitación.

De pronto, una forma ectoplásmica apareció en un rincón del techo y con un susurro parecido a un soplido, desapareció. Era la señal que esperaba. Enseguida llegarían las manifestaciones sonoras. Se puso en tensión y aguzó todos sus sentidos hasta que empezó a oír un murmullo que iba creciendo parecido a unas voces que confluían en una estantería de libros.

Recordó la recomendación y se preparó para la conversación. Una voz fácilmente identificable como la de un varón de mediana edad dijo claramente: " ¿Quién me está esperando?". Intentó responder y no pudo, la lengua no le respondía y únicamente alcanzó a farfullar "Esto.. est… esto.. estoy…". La voz de ultratumba dijo: "Nadie responde tampoco hoy" y se fue, desvaneciéndose hasta desaparecer.

Cabizbajo abandonó la mansión y arrojó la grabadora al primer contenedor de basura que encontró en a calle. Se fue caminando lentamente, visiblemente contrariado después de haber constatado que no tenía que haberse dedicado a eso de las cacofonías siendo tartamudo. Le había pasado lo mismo que cuando quiso ser locutor.



*de Joan Mateu joan@cimat.es






Simuladores*


En el espejo cotidiano
Refleja el dolor
En el espejo de los demás
Simulo estar bien
Pero llevo a cuestas
Sobre mi espalda crujiente
El llanto.
No quiero mirarme
Solamente así
Con desdén y menosprecio
Invento excusas para mostrarme
Alegre vivaz
Solo excusas para no
Ahuyentar a los demás-


*de Azul. azulaki@hotmail.com






SUICIDIO*



El éxito del suicido depende del método elegido. Por supuesto, se ha de estar bien seguro de que se quiere dar ese paso, porque eso de quedarse a medias siempre da mala fama. Pero sigue siendo la forma de llevarlo a cabo lo esencial, nada de esos ahogos solitarios en la bañera, o ahorcamientos en hoteles de tercera clase con el pestillo pasado por dentro, para no hablar de las aberturas de venas en cementerios desolados, que sólo sirven para restarle poesía al momento supremo del suspiro de cierre, que jamás será escuchado por oído alguno, en este mundo o en el que tal vez nos espera. Nuestra última actuación debe ser digna, sin demasiadas alertas, prescindiendo de inútiles histerias que sólo promueven intentos de rescate - a veces exitosos -, eludiendo las multitudes, pero obligatoriamente ante un testigo, elemento imposible de obviar... quedaría todo en un vano performance si no se encuentra un espectador.

Había elegido aquella carretera, a las doce de la noche. Contenía todo lo imprescindible: iluminación suave, pero suficiente, soledad para meditar y, lo más importante, el testigo, que en este caso sería el mismo que llevaría a cabo la acción de dejarla sin vida.

Ya había dejado pasar dos autos, uno iba lleno de jóvenes bulliciosos, ajenos a toda angustia; el otro, conducido con demasiada precaución por una señora menopáusica. Ahora veía en la lejanía acercarse dos luces a la velocidad necesaria. Con los anteojos de visión infrarroja que había adquirido especialmente para la ocasión logró distinguir el rostro del chofer: un hombre maduro, tal vez casado y padre de familia... ¿qué haría en la carretera a esa hora? Quizás regresaba de una aventura extraconyugal,
motivo de más para que no prestara la suficiente atención a la carretera...

Fue sólo cuestión de un instante, la joven saltó literalmente frente al auto, con los brazos abiertos y más bien se dejó caer bajo las ruedas. Por más que trató de girar, frenar, intentar lo que fuera, el pesado armatoste metálico le pasó por encima, frenando a unos metros de distancia con un patinazo que casi lo hace volcarse, rugiendo con gañido de bestia enferma.

El hombre abrió la puerta y corrió. Estaba muerta, definitivamente ida. Su cuerpo exánime rebelaba a una mujer casi adolescente, delgada y de cabellos claros, que de no estar cubierta de sangre tal vez sería bella en su sueño eterno. Y ahora ¿qué hacer?... Llevarla a un hospital no le conduciría más que a una noche de papeleo interminable que terminaría en la prisión, para no hablar de sus hijos, de su esposa... del simple hecho de tener que declarar que estaba en esa carretera a esa hora cuando era obvio que no era el camino de regreso de su oficina, sino de la casa de ya se sabe quién...

"Adiós, muñeca", dijo apartando un mechón de la pálida frente de la muchacha. Y sin más culpas que saber que llevaría ese secreto para siempre consigo, encendió el auto y partió, a donde lo esperaba la cálida cena, la tarea escolar de los hijos, ensayando la expresión que asumiría cuando el noticiero del día siguiente anunciara la anónima víctima descubierta en una carretera solitaria.

Ella vio el auto perderse en la lejanía.
Pasados unos segundos, se incorporó, fue en busca del bolso que había dejado oculto entre los matorrales y con la ayuda de una toalla y una botella de agua se limpió las huellas de su propia sangre. Luego sacó una muda limpia, se cambió, amparada por las sombras y guardó en una bolsa plástica las ropas y la toalla, que luego se encargaría de botar en cualquier basurero lejos del lugar elegido para su vigésima muerte.

Había descubierto su extraño poder de resucitar, de regresar, de regenerarse, o de como diablos quisieran llamarlo, cuando hizo su primer intento de suicidio. Esta vez había escogido mal, una sobredosis en unos asquerosos baños públicos. Por suerte regresó a tiempo de enmendar el error.
Lo intentó de nuevo, con mejores píldoras, en un parque, al lado de un borracho, y regresó a tiempo de verlo huir aterrorizado... Desde entonces había tomado el hábito de presenciar su propia muerte, a modo de liberarse del estrés, de las presiones, al menos una vez por semana.

Había ido perfeccionando los métodos, escogiendo los lugares, descubierto la importancia de elegir un testigo, transitado desde una terminal de trenes en su último viaje hasta una noche de hotel junto a un desconocido. Lo que más le agradaba era observar las expresiones de los elegidos: culpa, remordimiento, repulsión, miedo, tristeza... éste último había sido casi tierno, por un momento sintió el temor de que cargara con ella hasta un hospital, todavía recordaba aquella noche en que tuvo que aguardar hasta
quedar sola en la morgue.

Acomodándose el pelo con las manos, comenzó a hacer auto stop. La idea de lanzarse desde el techo de un rascacielos le cosquilleaba la mente hacía unos días, pero le tenía cierto respeto a las alturas...




*de Marié RojasTamayo tgrafica@cubarte.cult.cu
(indicar "PARA MARIÉ" en el asunto del correo)









Inframundos*




*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona



UNO
Días atrás, los diarios y los noticieros del mundo titularon, con ligeras variantes, algo así como Descubren la entrada al inframundo maya. Está claro que, de un tiempo a esta parte, este es el tipo de novedades que más me interesan: las buenas o malas nuevas que llegan desde otro lugar, desde otro orden y estado de las cosas, desde mundos tan distantes que, sin embargo, están en este mundo.
Supongo que a todos los escritores les sucede más o menos lo mismo.


DOS
Y la noticia venía acompañada por una foto de cavernas subterráneas que parecían surgidas más de la mente de un animador particularmente excitable de los estudios Disney (alguien como ese Tim Burton pasó por allí en su juventud y fue considerado demasiado raro) que de las apetencias de dioses del abismo fanáticos de Lovecraft y de sus nombres de seres cósmicos, tan difíciles de pronunciar, como complicados son los nombres de los que moran allí abajo, en los sótanos de Yucatán, en el Xibalbá, en el mundo de los muertos. Leo lo que allí se cuenta –las teorías de los arqueólogos, la lectura comparativa de las páginas del Popol-Vuh con los mapas del terreno– y llego a la conclusión de que, para los que estamos todavía de este lado, el inframundo no es otra cosa que el pasado. Y que está lleno de puertas. Algunas cerradas, muchas abiertas.


TRES
Y por aquí se acaban las vacaciones y la gente se prepara a dejar –para siempre o por uno de esos eternos ratos largos– el inframundo. El inframundo español es, supongo, lo que ya fue y lo que ha dejado de ser. Una década dorada que ahora desciende, lenta pero inexorablemente, por las cuevas de la memoria mientras suben hacia los cielos los índices de inflación. Tiempos pasados y mejores en los que España era la Tierra Prometida que cumplía sus promesas: un modelo de esplendor y de lujo y de consumismo desmesurado. Ahora no. Ahora han dejado de construirse templos (muchos edificios y barrios y hasta ciudades artificiales han quedado a medio terminar como ruinas del presente), se acabó la euforia inmobiliaria y se avecinan los baldíos de la depresión. La prensa internacional de los últimos días no ha dejado de advertir sobre el terremoto o las grietas: el New York Times ha dicho que España será el país que saldrá peor parado de este crisis mundial, el francés Libération diagnostica que se han hundido los pilares que sostenían al milagro español después de disfrutar de una “insolente vitalidad”, The Economist dispara a quemarropa un “Declina la antigua estrella de la zona euro” y la revista Time da el tiro de gracia: “Los jóvenes españoles del Boom se enfrentan al pinchazo” donde, desde Madrid, se reporta la voluntad de muchachos y muchachas –demasiado jóvenes como para recordar aquella última crisis a principios de los ’90– de caer luchando al inframundo. Es decir: de seguir gastando y divirtiéndose hasta el fin del mundo. Mientras tanto, el impagable vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía y Hacienda Pedro Solbes –uno de mis personajes favoritos, siempre con esa voz tan parecida a la de alguien que acaba de despertarse de una siesta demasiado prolongada o a la de quien hace días que no duerme– apareció en televisión para decir que a él no le preocupa demasiado que se hayan disparado los números de morosos a la hora de pagar hipotecas y créditos y tarjetas. Oyendo esto, muchos se persignan y se encomiendan a San Woody Allen y a que el próximo estreno de su Vicky Cristina Barcelona (parece que –contra todo lo esperado– no está mal) traiga mejores aires a esta tierra en crisis y a esta ciudad que el director de cine norteamericano ha definido como “exótica”.


CUATRO
Peor, claro, están en otras partes. Las cuatro primeras páginas de El País de hoy (junto a la pila de diarios, en el kiosko, vi el último número de la edición española de la revista “para hombres” llamada, claro, Man, con una tapa en bikini donde se leía ESPECIAL ARGENTINAS y abundante carne patriota fotografiada, en algunos casos, creo, en los aledaños de la entrada al inframundo maya) titulan sucesivamente “Los talibanes matan a 10 soldados franceses”, “Feroz ataque contra un destacamento de EE.UU. en el sureste de Afganistán”, “Un hombre se hace estallar en un control policial en Turquía”, “Al Qaeda perpetra su atentado más sangriento en Argelia” y “Un suicida causa 24 muertos en un hospital iraquí”. Todo esto en el nombre de los dioses. Y yo me pregunto si no va siendo hora de que los diarios inauguren una sección llamada Terrorismo mientras uno baja las persianas y, en la penumbra, intenta pensar en cualquier otra cosa.


CINCO
Y en mi buzón encontré un ejemplar de Un hombre en la oscuridad (Anagrama), la nueva novela de Paul Auster que saldrá a la venta por estos días. En la portada hay una especie de silueta pompeyana –esa radiografía fósil que es lo único que queda luego de la erupción y de las cenizas– aferrando el trapo de una bandera norteamericana. Y lo abrí al azar, página 125, y leí: “Esa noche reservan un vuelo de ida y vuelta a Buenos Aires...”. Sorprendido, empecé a buscar nuevas menciones y descubro que uno de los personajes es una especial argentina “de negra melena, su compañera de lecho, su fierecilla, su mujer desde hace tres años” que “tiene mucho temperamento, y a veces se pone a gritar como una loca. Cuando nos peleamos, me da por pensar que sólo se casó conmigo porque quería la ciudadanía estadounidense”.
Y a mí vuelve a sucederme lo que me sucede siempre con Paul Auster más allá de sus aciertos y fallos: abro un libro suyo y no puedo cerrarlo hasta alcanzar la última página. Un hombre en la oscuridad –como La noche del oráculo– está compuesta por varias historias girando dentro de la cabeza de aquel que las piensa. Un tal August Brill, un crítico literario que se repone de un accidente automovilístico y que imagina unos Estados Unidos en los que el 11 de septiembre no tuvo lugar, donde Bush no es presidente ni lo será y donde Irak es nada más que un país que queda muy lejos. Pero esos Estados Unidos se encuentran desunidos en una especie de eco actual de aquella Guerra Civil con modales que recuerdan un tanto a El hombre en el castillo de Philip K. Dick. Para huir de la mala escritura de la realidad, Brill –tal vez como el ministro Solbes– busca y encuentra la entrada al consolador pero riesgoso inframundo de la ficción: “La noche aún es joven, y sin moverme de la cama, con los ojos clavados en la oscuridad, en una tiniebla tan impenetrable que no se alcanza a ver el techo, me pongo a recordar la historia que empecé anoche. Eso es lo que hago cuando no logro conciliar el sueño. Me quedo tumbado en la cama y me cuento historias. Quizá no sean gran cosa, pero siempre y cuando no me salga de ellas, me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar”.
Pero, claro, nada es perfecto. Y de pronto –como salida de la nada, ascendiendo desde lo más profundo, cuando todo parece venirse abajo, mientras estallan los hombres y las bombas y los aviones caen envueltos en llamas– la realidad grita como una argentina loca. Y habiendo encontrado la entrada al inframundo pensamos que, o.k., está bien, qué bueno; pero a ver si alguien, por favor, descubre ahora la salida.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-110148-2008-08-22.html









Sábado, 23 de Agosto de 2008
LITERATURA EDUARDO SACHERI, LOS HEROES Y ANTIHEROES DE ARAOZ Y LA VERDAD

"Al leer y al escribir, me gusta que todo termine bien"*



Aunque el escritor pone a su protagonista en una situación de vida "desértica", se resistió a condenarlo: en ese diálogo entre Aráoz, el viejo Lépori y el invisible Perlassi se dibuja, al cabo, algo parecido a una
redención.




*Por Silvina Friera


Un hombre se baja de un tren en la estación O'Connor, un pueblo pampeano que se cayó del mapa en los noventa. El también se desploma, pero intenta salvarse, aferrarse a algo. Lo primero que hace es cerciorarse de que los relojes -el de la estación y el que lleva en su muñeca- estén en hora.
Acaban de dar las nueve. Y miente. Dice que es ingeniero de Agua y Energía, la empresa del gobierno que no sabe si sigue existiendo o si fue privatizada, y que van a construir una represa hidroeléctrica. El pueblo está lejos, tiene más de seis o siete kilómetros; alguien se ofrece a llevarlo y le mencionan un apellido, Perlassi, ocho letras que le confirman que ha llegado finalmente a destino. En el camino, como si al desplazarse el pasado le mordiera los talones, comienza a recordar un partido decisivo, Lanús y el Deportivo Wilde, equipo que supo jugar en primera. Si gana Lanús, el Deportivo se va al descenso. Fue una catástrofe, el principio de la agonía de un club y de once jugadores destinados a morir en el olvido, "como esas hojas secas del otoño que hay que barrer y quemar antes de que llueva y se pudran en la vereda". Nadie querrá recordar a esos infames que se fueron al descenso. Excepto a uno. El número cinco, Fermín Perlassi, entonces el ídolo, quedará en la memoria de los hinchas como un traidor, un vendido.
Sospechosamente, jugó como si fuera un ocho y no un cinco; corrió sin pegarle al Tanque Villar, el delantero de Lanús, en la jugada agónica del gol. "¿Qué espera para hacharle las pantorrillas?", se preguntan los hinchas. El grito de los rivales se desbarranca como un alud de piedras -el Deportivo se hundirá poco a poco de la B a la C, llegará a la D y terminará desapareciendo-, y ese niño de ocho años que fue, tieso de impresión y de frío sobre los tablones de la tribuna, lagrimea. Es la partida de defunción de un sueño: ya no podrá ser el número cinco titular del Deportivo Wilde.
En su segunda novela, Aráoz y la verdad (Alfaguara), Eduardo Sacheri construye y proyecta una potente historia desde un pueblo imaginario, que empieza un lunes 5 de octubre y termina el sábado 10, seis días en los que Aráoz, mientras va evocando hilachas de su pasado, espera la aparición de Perlassi, como Vladimir y Estragon esperan a Godot. Aráoz, a diferencia de los protagonistas de la obra de Beckett, no tiene una cita, pero encuentra un "emisario" en Lépori, ese viejo taimado que salta de un tema a otro y se la pasa tomando mate -por momentos tiene un aire de familia con el viejo Andrada del uruguayo Juan José Morosoli- y que supuestamente trabaja para Perlassi, dueño de la estación de servicio del pueblo. Perlassi puede aparecer en cuatro, cinco días, una semana lo máximo. El viejo no tiene manera de ubicarlo, pero sabe mucho más de lo que dice. Y no cree que Aráoz sea un periodista de El Gráfico que quiere entrevistar a ese ex jugador de fútbol.
Profesor y licenciado en Historia, el escritor, hincha de Independiente, cuenta en la entrevista con Página/12 que inventó al Deportivo Wilde porque necesitaba para la historia un equipo en estado terminal. "Perlassi es el tipo de jugador que a mí me deslumbraba. El cinco que me maravilló en los
ochenta era Claudio Marangoni. Al momento de imaginar físicamente a Perlassi, lo pienso como el 'Chivo' Pavoni, un gran tres de Independiente, un tipo melenudo, de bigotes, de patilla, que era el look de esa época", señala el autor de la novela La pregunta de sus ojos, que Juan José Campanella comenzará a filmar a fines de septiembre, protagonizada por Ricardo Darín y Soledad Villamil. "Después de terminar mi primera novela, pensé que en la perra vida se me iba a ocurrir nada nuevo. Es una sensación
bastante angustiante", confiesa el escritor. "La novela anterior había sido largamente pensada y eso me había permitido eslabonarla muy cuidadosamente.
Antes de ponerme a escribir, sabía qué iba a pasar. Con esta novela quise hacer algo diferente", compara Sacheri. "Lo único que tenía en mente era un tipo que se baja de un tren y que busca a alguien, pero no sabía qué tipo de ajuste de cuenta tenía con el pasado."
A Sacheri le gusta mezclar sus estados de ánimo cuando escribe. "Yo estaba atravesando un duelo y me gustó que Aráoz esté padeciendo su peculiar infierno. En general, hay ciertos tics personales que se imponen al momento de escribir: padres amorosos, que tiene que ver con mi propio viejo, con mi propia pérdida, entonces dije: 'Este padre va a ser distinto'; infancias felices, 'este pibe no fue feliz'; hombres muy enamorados de mujeres que tarde o temprano le devuelven una mirada, éste no. Que Aráoz estuviera tan privado de todo me servía también para que el ajuste de cuentas fuera más fuerte emocionalmente en el medio del desierto de esa vida", explica el escritor. "A lo mejor Aráoz es en extremo lo que a mí me pasaría si lo perdiera todo."
-Buena parte de la novela está construida a partir del diálogo entre el viejo Lépori y Aráoz. Hay un arte muy peculiar en conocerse, medirse y modificarse a través de esas conversaciones. ¿Fue deliberado que el viejo termine siendo más astuto que Aráoz, que se creía "superior"?
-Sí, ese era el desafío: que el lector y ellos mismos se fueran desayunando lentamente con la verdad. Porque terminás de entender qué le pasa a Aráoz el viernes, prácticamente al final de esa semana de seis días. Aráoz miente sobre lo que va recordando y el viejo, desde esa mayor astucia, no cuenta mucho de sí mismo y no se sabe bien quién es. Para algunos lectores trabaja para Perlassi, pero puede ser el mismo Perlassi. No se sabe. Si hay algo que me fascina de las novelas de Soriano, más que las tramas, que a veces se vuelven muy caóticas para mi gusto, es la manera en que los personajes se construyen desde lo que dicen, que es, en definitiva, lo que hacemos todos.
Lo que decimos y hacemos es lo que nos construye. El ámbito y que tengan todo el tiempo del mundo, que Aráoz pueda esperar a Perlassi y que el viejo espere que Aráoz se las tome, favorece esa construcción. Lo que les sobra a los dos es tiempo. Hay un esfuerzo voluntario en esos diálogos y me alegro que se note.
-Perlassi es un héroe cuestionado por lo que no hizo en ese partido en que Deportivo Wilde descendió. ¿Por qué se necesitan tanto este tipo de figuras heroicas?
-No estoy seguro, pero creo que vivimos idealizando lo que hemos perdido o lo que deseamos. Los héroes son como escudos que nos protegen de la finitud de la muerte, en el ámbito que sea, con todo lo ilógico o irracional que tiene investir a alguien con el carácter de héroe. En definitiva, lo que va a hacer Aráoz a ese pueblo es comprobar si su héroe merece o no seguir siendo su héroe. La verdad es que no tuve corazón para aniquilarlo, que era otra posibilidad. En mi literatura siempre hay redención, los personajes se redimen a través de lo que hacen. De este tic no me pude escapar. A veces me planteo si no es un facilismo de mi parte que me seduzcan más las historias que terminan bien.
-¿A qué se refiere con ese facilismo?
-Facilismo en el sentido de darle al lector una historia más simpática.
Cuando escribo, no puedo evitar tener emociones parecidas a las que tengo cuando leo. Me gusta que las cosas terminen bien. Me hace daño si terminan muy mal, y también me hace daño escribirlas. En un cuento te lo bancás de otra manera, pero tener a alguien doscientas y pico de páginas para decirle:
"Viste que todo era una mierda"... no suelo tener corazón. Cuando empecé la historia, no estaba seguro de cómo iba a terminarla. Pero después de cuatro meses de estar escribiendo la novela, estaba absolutamente encariñado con Aráoz y no podía evitar esa pequeña redención. Me consolé pensando que en definitiva no es para tanto.
-¿Concibe la literatura como una espacio para la redención?
-Sí, para mí toda manifestación artística permite la redención. Es demasiado esquemático, no refleja la realidad... y bueno, sí, pienso eso. Para tragedias irremediables tenemos lo que nos pasa en la vida, por eso terminé sucumbiendo a la idea de que Aráoz se redimiera.
-Aráoz recuerda un libro de Cortázar que robó en una librería de la calle Corrientes. ¿La literatura le permitió darse el gusto de robarse un libro, el sueño de muchos lectores y escritores?
-Sí, nunca me hubiera animado a afanar un libro (risas). En realidad, ese libro de Cortázar se lo afané a un amigo, y se lo negué durante mucho tiempo. Es una antología de cuentos que salió meses después de la muerte de Cortázar, un escritor que fue decisivo en mi formación como lector. En determinado momento y casi como un paso lógico de mi vida como lector, empecé a escribir. No había leído nada de Cortázar, y comenzar con sus cuentos me partió la cabeza con esa posibilidad de capturarte desde un universo absolutamente cotidiano para conducirte a cosas fantásticas, como gente que vomita conejitos. Ese cuento ("Carta a una señorita en París") está por encima de todo, por eso hay un reconocimiento personal a Cortázar en esta novela.
-¿Cómo trabajó el habla de los personajes?
-Me interesa mucho que el registro sea verosímil y que se note el contraste en el modo de hablar del viejo y Aráoz. El viejo no puede hablar igual que una persona criada en Buenos Aires, y menos siendo un tipo grande; el localismo tiene que estar más marcado. En eso trato de ser muy cuidadoso, del mismo modo que cuando el que habla es el narrador, busco que se note que es un registro más urbano y erudito que el de los protagonistas. Durante el proceso de escritura me voy metiendo tanto con los personajes que llega un momento en que estoy más con ellos que con mi mujer y mis hijos. Una novela es una excelente excusa para no levantar la ropa del piso (risas). Lo cual es cierto, estás en otro mundo... es un coqueteo permanente con la locura.
Pero es un coqueteo bien visto socialmente, divertidísimo y legítimo.
Escribo porque me da mucho placer, es un placer que tiene que ver con jugar con las cosas malas que te pasan. Escribir ficción es muy catártico. En ese enorme torrente de mentiras podés colar tus verdades sin que nadie esté demasiado seguro de cuáles son. No te liberás de tus fantasmas, pero los sacás a ventilar un poco (risas).




La ficha

Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967. Es profesor y licenciado en Historia y ejerce la docencia universitaria y secundaria. Comenzó a escribir cuentos a mediados de la década del noventa. Publicó los libros de relatos Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol (2000), Te conozco, Mendizábal y otros cuentos (2001), Lo raro empezó después, cuentos de fútbol y otros relatos (2004) y Un viejo que se pone de pie y otros cuentos (2007). Juan José Campanella comenzará a filmar la primera novela de Sacheri, La pregunta de sus ojos, protagonizada por Ricardo Darín y Soledad Villamil.



Textual
Andan otro trecho callados. Aráoz evocando su visita a media docena de ancianos ariscos y Lépori, tal vez, tratando de imaginársela.
-Parece mentira, ¿no? Un club que llegó a jugar en Primera A.
La voz del viejo ha sonado entristecida, y Aráoz se pregunta si existirá allí una brecha como para tratar de asaltarle los recuerdos. Los propios y los de Perlassi. Pero teme que vuelva a alzar la guardia y prefiere seguir con el relato.
-Samaritano me dijo que con la plata de la coima Perlassi se había vuelto a su pueblo y se había comprado una estación de servicio de la gran flauta.
-¡Ja! ¡Me estás jodiendo...!
-¡No, en serio! Me dijo eso.
-¡Qué hijo de...!
Aráoz decide que ése es un buen momento para preguntar, o por lo menos es menos malo que los anteriores.
-¿A usted le parece que Perlassi, si usted le explica, podría aceptar hablar conmigo? Un rato, aunque fuera...
El viejo alza las cejas y se muerde el labio inferior.
-¿Y para qué? ¿No te basta con lo que te dijeron en Buenos Aires? ¿Con eso que te ha dicho Samaritano?
-No. No me cierra.
-"No te cierra." ¿Y por qué?
-Porque Perlassi había jugado en varios clubes grandes de la A, con varios pases... jugó en Colombia... tiene que haber juntado plata de antes. No me parece que se fuera a ensuciar por unos mangos.
-¿No te parece... o no querés que te parezca?
-¿Por qué no me lo dice usted? No me joda, Lépori, usted tiene que saber lo que pasó.


*Fragmento de Aráoz y la verdad (Alfaguara).



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-11026-2008-08-23.html









Con el jardinero*




De que los recuerdos afloran
intenta convencerme el jardinero

“¡Tú eres un maldito lugar común!”
le espeto entre signos admirativos
desde mi sitial de empleador

Ante lo cual el jardinero
me presenta formalmente su renuncia

Aceptada, me abandona

Y los recuerdos afloran…



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







"UN GIGANTE DORMIDO"*



*Un documental de Sandra Godoy y Julio Tejeda

Para el observador fortuito, el visitante casual, Tafí Viejo no es más que otro escenario repetido a lo largo de nuestro territorio.
Talleres ferroviarios cerrados y una red ferroviaria aniquilada.
Pueblos enteros confinados a la desaparición y el olvido.
En Tafí Viejo, como en tantos otros pueblos ferroviarios, tuvo lugar una contienda desigual.
Una incalculable pérdida moral y económica es el legado de un plan sistemático y progresivo que se desarrolló desde la década del 60 hasta el presente.
Los Talleres albergan a 66 de los 5.000 ferroviarios, que en los años 50 fabricaban y reparaban vagones y locomotoras.
Un Gigante Dormido aún espera la reactivación prometida.


LUNES 25 DE AGOSTO
A LAS 20:00 hs.
TEATRO IFT
Boulogne Sur Mer 549 - Abasto

Como llegar:
Subte Línea B - Estación Pueyrredón
Líneas de colectivos: 24; 26; 41; 68; 71; 101
115; 118; 124; 132; 146; 168 y 180

ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

INFORMES Y PRENSA: info@ungigantedormido.com.ar
(011) 15-5-1774402 o 15-3-1857035


InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/

Edición Mensual de Inventiva.
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INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
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Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

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