Thursday, June 25, 2009

¿DÓNDE ESTÁN LAS IDEAS?


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.



Aún Sigues Haciendo Latir mi Corazón*




Entre sangre y arena
El cálido bullicio de la tierra
Se confunde con uno que otro gusano.


Y si digo que lo hice no es que aún lo haga,
Pero lo intento;
Pues sigue confundiéndose aún con el viento.


En otros tiempos pensaba en ti,
Dios sabe que lo hice.
Mientras tanto,
Este descanso
Me sigue entreteniendo
Entre uno que otro gusano.


Y decía que solo era uno que otro
Por no decir que eran más;
Aunque es entre ellos que corría mi carne
Y se iba a pequeñas mordidas
Como de miradas que hacía en otro tiempo de ti.


Aún cuando parece haberme llegado
El momento de ya no sentirte,
Todo esto se confunde entre arena
De olores mojados.


Si así lo digo no sé por qué lo haga,
Pues siempre me dijeron
Que los muertos no dicen cosa alguna
Después de darle a uno
Explícitamente
La instrucción de descansar en paz.


Solo que el que extraña,
Aún extraña cuando ya se ha ido.
Y es que muerte así sentida,
Ni es tanta muerte en realidad.




*de hugo ivan cruz rosas quetzal.hi@gmail.com




¿DÓNDE ESTÁN LAS IDEAS?













DOS DISPAROS*







Casi sofocado por el intenso calor que desde temprano se había apoderado del pueblo, el hombre detuvo su paso vacilante frente al almacén de carcomidas paredes, casi cubierto su frente que daba a la ochava por viejos cartelones que publicitaban bebidas donde el agua había hecho su agosto. Quiero decir que el óxido se había escurrido hacia los ladrillos con verdín, con minúsculas hierbecillas que asomaban de las junturas arcaicas. El hombre se detuvo ante la puerta, casi mareado aún por el intenso calor, chorreaba un brillante sudor de su frente, se paró casi de golpe, como un niño a quien despiertan súbitamente de un sueño, puso una de sus palmas sarmentosas sobre los ojos, a guisa de pantalla, tal vez para ir acostumbrándose a la semipenumbra del local.

Una larga hilera de avejentadas botellas acomodadas en los estantes, con un esmero que no había modificado el paso del tiempo, ni las incursiones nocturnas de las ratas

El mostrador de vieja madera era vasto, mugriento y cubría todo el sector anterior a las estanterías. Antes de pedir su copa de “amargo”, el hombre sacó con lento movimiento un pañuelo muy sucio del bolsillo posterior del pantalón, adonde la higiene no era precisamente lo notable, secó el sudor copioso que le bañaba el rostro y carraspeó.

Bebió parado, silencioso, en un rincón del mostrador donde había sido adherido un trozo de estaño a limpio martillazo, para preservar la madera del desgaste y la humedad. El dueño, mientras tanto, sorbía con gusto un mate que le era alcanzado por una niña de no más diez años: flaca, desgreñada, casi ausente si uno le miraba los vivacísimos ojos oscuros.

No le despertó curiosidad el desconocido, tal vez era la siesta, tal vez el destino.

El hombre que había entrado con paso vacilante estaba un poco más reanimado con la copa cuyos repetidos chorros de soda le ayudaron a refrescarse.

Despacio, giró un poco el cuerpo y observó sin interés por el ventanal que tenía a su espalda. Más allá, la plaza pequeña, repleta de pinos y pájaros.

De vez en cuando un lento automóvil cubría de tierra el espacio del ventanal, tiraba su enojoso polvillo sobre las estanterías y el rostro de los dos únicos hombres, poniendo su pátina de molestia, de impiedad, de abandono.

El hombre, sin hablar, sin un gesto de más introdujo su mano derecha entre los pliegues de su camisa y aprovechando que el dueño miraba absorto la calle a través de la puerta vidriada, le apuntó con un pequeño revólver en el lado izquierdo del rostro. Los secos estampidos retumbaron estridentes en el local lleno de sombras, oliendo a flit y creolina.

Las ondas ganaron la calle, la cruzaron muy rápido y la plaza fue un denso volotear de palomas y pájaros.

El extremo rigor de la siesta estaba quebrado. El hombre sin atinar a guardar su arma, con ella en la mano, sorteó en dos trancos largos el espacio que lo separaba de la salida y corrió.



1984, otoño







*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar











LA CAPILLITA SOLITARIA*



La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor, y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”… directamente y sin invitación alguna, a una casa elegida, donde hubiera chicas casaderas;
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”; y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche, hurgando en un itinerario de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.



*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar








Los suburbios del voto*



Por Horacio González *


Mirando por melancólicas ventanillas de un viaje en tren por la periferia de la ciudad, no necesariamente la zona más pobre, las fachadas de las casitas siempre hablan. ¿Qué murmuran? Se las ve modestas, con jardincitos un tanto deteriorados, pero algunos pórticos estilizados remedan atendibles aspiraciones. No es fácil descifrar lo que dicen y cómo van a opinar esos ventanucos, esas terrazas con asador, esas verjas que buscan reforzarse. Se juegan cuestiones que importan a sus dueños o inquilinos, aunque se digan indiferentes a lo político. Hay en esa arquitectura popular ideas soterradas, adivinables tal vez en un llamador de puerta recién lustrado o en el fileteo ingenuo de una balaustrada. Pueden revelar deseos contenidos, ansiedades inasibles. ¿Pero dónde están las ideas? ¿Cómo se las expone o despliega en conceptos, léxicos e imágenes?
Durante mucho tiempo existió en el país lo que podríamos llamar una "política de ideas". Se trataba de valorar el papel del Estado, el uso de los recursos públicos, el sistema de libertades, la representación social en
general y los modos de practicar las luchas. Palabras como pueblo y oligarquía, derecha e izquierda, reforma y revolución, privatización o estatización, liberalismo económico o autonomismo social se referían al modo en que la imaginación pública, durante ciclos históricos completos, había interpretado la cuestión del vivir común. Y sobre todo, las variadas imágenes de verdad que emanan del concepto político esencial: el pueblo.
¿Esos términos con los que se habló, desde Aristóteles al general Sandino, acabaron?
No es fácil destruir el mundo conceptual que proviene de la Revolución Francesa o de la emancipación latinoamericana, que durante el siglo XIX recogía lejanos impulsos jacobinos. No es fácil considerar desvaídos para siempre los eventos mexicanos de 1911, los de Rusia de la primera posguerra, los hechos argentinos de octubre del '45 y, en nuestro mismo país, la forja de la democracia como "forma de vida" en los cercanos años '80. Es decir, no es sencillo anular la historia como categoría interior del presente.
Hay vocablos que son como estacas. Que hacen a un antiguo memorial: liberalismo, socialismo, populismo, nacionalismo, republicanismo, desarrollismo, reforma agraria, todas vinculables entre sí, combinadas con graduaciones y tonos cambiantes según la espátula que extienda esas materias sobre el paño histórico. Sí, esas palabras siguen ahí. Pero yacen inertes.
La política de ideas parece desfallecer, se la acusa de irradiar vejez. Las pacientes líneas de edificación de Villa Soldati o los arreglados frontispicios de Flores Sur quizás hayan tomado nota de estos nuevos recesos.
La publicidad de De Narváez surge del socavón profundo de una contrarreforma que busca vulnerar los modos heredados, modernos, de la palabra política. Da por cerrado el ciclo de la política como cuerpo argumentado de proposiciones y juicios situados en relación con la historia del presente. Cuando decimos esto, no queremos significar que no hubieran ocurrido siempre las tramas oscuras de pasiones escurridizas, viviendo en el interior de las ideologías explícitas. Siempre hubo enterradas imágenes de redención, despojadas de verbo. A veces con sus esperanzas sofocadas, a veces en una mudez sin signos
ni juramentos. Todo esto, que para algunos fue siempre la verdadera ideología, es lo que ahora sucede victorioso. Ya está en el lugar visible y principal. Donde ha logrado reemplazar lo que llamamos política de ideas.
Bonapartismo de marionetas mediáticas, publicidad emanada de profesionales del acecho a la pulsión colectiva. Ponen el mundo histórico en remate. Pero en su verdad profunda, todo converge al acatamiento del bloque terrateniente, que propone a la Argentina como país maniatado. Una desnuda vida con estilo de proto-sociedad-rural. Frígida extensión de la que así realmente se llama. Triunfadora con su pensamiento feudalizador, sus herbicidas sofisticados, su siembra sin roturación, universo liso de
significados, amenazando empresarialmente de que faltará leche. Igual a las ficciones financieras y al ideal de una teleaudiencia unánime, extensa y global. Sumatoria de conciencias híbridas, cosechadas, recolectadas.
Eventualmente siguiendo al rastro del badulaque que reveló la secreta metodología: "Cargar gente en camionetas". Como bolsas de semillas genéticamente modificadas, las fuerzas patronales pregonan el amor a los vasallos y la condescendencia con las leyendas de la sacra invalidez.
Consideremos la consigna "A cada crimen un castigo", de De Narváez.
Atendamos al momento en que su publicidad hace pasar su reinventada voz directa a un mensaje fuera de cuadro. El pueblo está escuchando desde una vieja radio "a transistor". Los publicistas del candidato han logrado una escena arcaica de esperanza, todos con la mirada elevada hacia un futuro prometedor. El género es el de la "convocatoria de almas". Ha sido filmado muchas veces en el siglo XX por toda clase de cineastas, paradójicamente convertida en familiar por el realismo soviético. Significaba una unción que surge del gran momento en el cual los creyentes se congregan. Pero la epopeya desconecta totalmente los mitos de redención a las ideas efectivas con las que esos mitos se realizan. Por eso, técnicamente, esas miradas del pueblo hacia lo alto son el equivalente artístico de la camioneta de De
Angeli.
Ya ni siquiera podría decirse que son de derecha o de neoderecha. Se trata de otra cosa. Es el pasaje hacia la dislocación comunitaria por el ejercicio del miedo, de la venganza sin objeto, la moralización compulsiva, la injuria anónima, el predominio de mitologías recónditas espiritualmente enfermizas, de lo mórbido como ahorro total de argumentos circunstanciados, de lo que siniestramente brota con violencia en una conversación cualquiera, en la amenaza inesperada que se cuela en un hecho cotidiano, en la interjección furtiva de un vecino, en la sórdida opinión que escuchamos en un taxi o de un pasajero de atrás en el colectivo. ¿Hay algo a pensar sobre esto en las silenciosas moradas de Berazategui o en los departamentitos precarios de Mataderos?
A cada crimen un castigo, postula De Narváez. ¿Es posible esa fórmula -que de paso destruye la memoria dostoievskiana, siempre vigente en nuestro país literario- para proponer una política democrática en el ámbito que sea? Toda la cultura jurídica universal rechaza esa frase, bajo el riesgo de generar sociedades punitivas seriales y añoranzas de patíbulo para regir las prácticas vitales. Esta brutal redefinición de la sociedad argentina intenta también recolectar los filamentos vacantes del peronismo, convertido en un hueco histórico infinitamente resignificable, en un pellejo mustio. Así ya
habrá expiado sus culpas vulnerando su compleja historia, en la que decía gozar de su condición de enigmático rompecabezas. Este mismo jeroglífico es el que ahora señala sus impotencias humanas y políticas.
El proyecto deshistorizador de apoderamiento de lo social incluye frases de conquista, como "me haré cargo del peronismo", o "qué lindo el consenso", respectivamente de De Narváez y Michetti, gemas publicitarias complementarias, que combinan la estrategia de los gerentes de la nueva Argentina sin historia, con la monótona jerga de sacristía que violenta la espesura real de la trama cívica. El recitado de fiestita parroquial se torna política de Estado y geopolítica de captura de la memoria con un
evangelismo fofo. Pedazos enteros de la vida pública, con sus voces reales y los sellos de su tiempo, serán enviados como residuos de la historia a zonas de relleno sanitario. Del bunker de Las Cañitas a los vaciaderos del Ceamse.
En los últimos años se había ya avanzado en la sustitución de programas, ideas y artes de la militancia. Se imponía una hipótesis moralista, viscosa.
Por el visillo del ojo televisivo se sospechaba sobre el conjunto de la experiencia pública. "Corrupción." Un hálito inquisitorial expresó esta perspectiva antipolítica, que prefirió aliarse a los medios de comunicación de masas que descubrían el magno relato de la vigilancia por sobre las prácticas autónomas de lo político. A priori tales prácticas eran consideradas investigables; corruptas en su propio origen. La doctora Carrió entregó absolutamente su dicción -que al principio fue sugestiva-, a esta captura del origen incontaminado de la verdad. Para eso creó un personaje televisional, con crecientes gesticulaciones, mohínes y emblemas corporales que se fueron resumiendo en cierto profetismo moralizante, no sin dejos avasalladores, voluptuosamente irreflexivos sobre sus propios mecanismos.
Esta figura política que anunciaba renovaciones quedó atrapada en un folletín salvacionista que la televisión le festejaba y criticaba al mismo tiempo. Carrió tardíamente ha percibido los riesgos que su propia actuación entrañaba en cuanto a la deshistorización de lo político. Citó libros egregios y lecturas refinadas. Buscó en el santoral popular el resurgir de un vago carisma evangélico. Pero no contaba con un lenguaje de densidad adecuada para tal empresa, excepto su taimado clamoreo, mixto de enigma y
travesura amenazante. Fracasó en su intención de reproducir un núcleo mesiánico de moralización sobre las éticas reales de lo político. Ahora se la ve, quizás en un póstumo asomo de lucidez, recobrar por momentos la política de ideas, que abandonó en nombre de su tesis de un gravamen moral que dividía el mundo entre honestos y deshonestos. La insulza Michetti, con nada de Hannah Arendt y una simple guitarrita de atrio, representa mejor estas pobrezas temáticas; esto es, las representa aún más neciamente.
Carrió fue la meritoria adelantada de una seudoevangelización de lo popular para reencaminarlo -folletinescamente- al devocionario de las nuevas patronales. Pero todo ello dio un salto tecnológico con De Narváez. El partido de la punición moral ha triunfado, industrializando al fin el estilo artesanal de la doctora que vino del Chaco. También en ciertas zonas de izquierda, sin abandonar necesariamente su lenguaje -lo cual es un último rasgo de dignidad resistente- se ha entrado en sonoros discursos de
nebulosidad moralizante. Se hablará de estructuras económicas o de grandes esquemas de dominación mundial, pero tomando el convenio pedagógico del "saneamiento básico" de la historia. Auxilian desde un flanco inesperado a la pastoral del "crimen y castigo".
Ante esas calles suburbanas, saltando charcos por consejo de Durán Barba -titiritero de la desvitalización política-, acariciando a granel a criaturas vecinales en las esquinas de barro, con toques de bombo alquilado e imitando a la televisión que los imita, redefinen el pueblo a partir de su épica de millonarios: simulan hablar por antiguos altoparlantes para generar emotividad nostálgica. Son un subproducto de la alta escuela de los guionistas de la reconversión de las naciones y los pueblos como teleadictos a una colección de monerías y resentimientos, verdaderas fábricas de sumisión social. Estamos ante la desaparición misma de la idea de pueblo, sustituida por comicidades ultrajantes con el mismo nivel ficcional con que se tratan las crisis financieras y los índices de audiencia.
¿Qué dirán las casitas del conurbano o los PH de la avenida Juan Bautista Alberdi? La cuestión de la destrucción de los focos de vitalidad popular e histórica será el próximo y urgente debate luego de que se exprese el voto, en un difícil momento en que se pueden desplomar los balbuceos de cambio,
ahora sitiados. Ante el encarcelamiento de conciencias, castigadas por el crimen de haber pertenecido a la historia, una parte del voto progresista perezoso no cuestiona estas pedagogías de desembarco y embestida, imaginando así no desvincularse de las vastas porciones ya confiscadas. Pero el verdadero voto progresista comienza cuando se cuestiona con nuevas ideas todo este inédito sistema de saqueo.



* Sociólogo, director de la Biblioteca Nacional.
-FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-127191-2009-06-25.html







¿Somos más civilizados que nuestros antepasados?*


Cuentan que cuando el hombre primitivo comenzó a vivir en sociedad, se compartía todo lo que se alcanzaba, no existía la propiedad privada, vivían en armonía entre ellos, y con la Madre Naturaleza. Ella proporcionaba los alimentos y lo necesario para protegerse del frío. Luego, comenzó alguien a apropiarse de lo que antes pertenecía a todos, a acumular bienes y poder, y se acabó la llamada Comunidad Primitiva. Comenzó la civilización.
Para una respuesta elemental a la pregunta: ¿Qué se entiende por civilización? acudo al Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (RAE), y cito: “Estadio cultural propio de las sociedades más avanzadas por el nivel de su ciencia, artes, ideas”, y en otra acepción: “Acción y efecto de civilizar.” Si tomamos estas definiciones como punto de partida, para respondernos la pregunta que sirve de título a esta “elucubración” mía, es indiscutible que la humanidad ha logrado grandes avances en la ciencia y el arte, un poco menos en el campo de las ideas y prácticamente nada hemos avanzado en lo que concierne al comportamiento del hombre, como costumbres y “Acción y efecto de civilizar”, con respecto a los primeros seres humanos.
La avaricia, el egoísmo, la vanidad, el sometimiento, y otros males, han permanecido inalterables desde que dieron origen a la desintegración de la Comunidad Primitiva hasta nuestros días. Las guerras, y crímenes tan monstruosos como la destrucción progresiva de nuestro propio habitad, han sido el fruto de esos males. La riqueza ha estado concentrada en pocas manos y en muchas, la miseria y el desamparo. El hombre ha sido el lobo del hombre y de la Naturaleza. Nada ha cambiado, aún.
El Siglo XX llegó con una luz que fue La Gran Revolución de Octubre, luego comenzó a parpadear y se apagó en los finales del propio siglo. La llamada “Década Prodigiosa” pletórica de idealismo revolucionario, hoy es un recuerdo. Y sin ningún chovinismo latinoamericanista, sólo en América Latina ha comenzado a dejar de ser una utopía.
Cuba, por tratar de crear una sociedad en que el hombre deje de ser el lobo del hombre, ha estado sometida durante casi 50 años a agresiones militares, políticas, económicas y mediáticas brutales, por parte del imperialismo yanqui y sus aliados. Ningún pueblo ha conocido genocidio tan prolongado. Y resiste.
Las guerras imperiales para “civilizar” al hoy llamado Tercer Mundo y por los mercados y fuentes de materias primas, fueron y son lo suficientemente incivilizadas como para asesinar o someter pueblos enteros.
Las bombas atómicas lanzadas sobre las poblaciones indefensas de Hiroshima y Nagasaki , la criminal guerra contra el pueblo vietnamita, el colonialismo y las dictaduras militares , son unos pocos ejemplos de la inhumanidad de los “humanos” que ejecutaron esos crímenes, de quienes los apoyaron o callaron, y de los que desearon éxitos al agredido, pero no compartieron su suerte, como indicara el Ché.
El siglo XXI comenzó recorriendo los mismos caminos que el anterior. Guerra contra Afganistán, Irak, amenazas de agresión militar a más de sesenta “lugares oscuros” del planeta. El pretexto es el mismo: “Anticomunismo”, “Antinarcotráfico”, “Antiterrorismo”. La verdad sigue siendo la misma: La hegemonía mundial.
En numerosos países desarrollados resurgen las funestas ideas del fascismo, nazismo y del falangismo, además de la conocida xenofobia, que no es otra cosa que racismo. ¿Alguien conoce un caso de hostilidad o agresión contra algún blanco, rubio y de ojos azules? Cada vez son más frecuentes los crímenes que cometen los portadores de esas ideas.
Estados Unidos de Norteamérica, el autotitulado “baluarte de los derechos humanos”, asesina diariamente niños, mujeres, y ancianos en los países que ha ocupado militarmente, y los llama cínicamente “daños colaterales”. También tortura en cárceles secretas y públicas, y “… el mundo sigue andando”.
Por otra parte, varios países africanos, que contaron con toda la solidaridad mundial para alcanzar su independencia, hoy se desangran en guerras con sus vecinos o entre facciones y etnias que desean mantener o alcanzar el poder político y económico. Numerosos gobernantes se enriquecen con la miseria de sus pueblos y se cometen los más horripilantes crímenes contra la población civil. Es increíble, que en un país como Sudáfrica, donde decenas de miles de sus ciudadanos tuvieron que emigrar durante el régimen racista, ocurran hechos de carácter xenofóbicos contra ciudadanos de países vecinos que durante muchos años le brindaron protección.
En América Latina se respira otro aire. Un aire de independencia, soberanía y de justicia social, que todavía no llega a todos y cada uno de nuestros países, pero no dejan de ser transformaciones o cambios. Son el resultado de la lucha ciudadana y de los movimientos sociales contra las dictaduras militares y corruptos gobiernos neoliberales, así como del enfrentamiento a la oligarquía nacional y extranjera, que se resisten a restituir lo que durante muchos años les han robado a los pueblos. Asimismo, prevalecen en el continente las injusticias sociales y el brazo de la justicia no ha alcanzado a los que asesinaron, torturaron y desaparecieron a miles de patriotas, ni a sus cómplices.
¿Y qué decir de la Madre Naturaleza? Sencillamente, los “civilizados” siguen destruyendo la vida en el planeta y éste se defiende con inundaciones, huracanes, terremotos y volcanes que cobran miles de vidas inocentes.
Después de esta panorámica mirada, que en vuelo de pájaro he hecho al mundo o a una parte de él, me vuelvo a preguntar: ¿Somos más civilizados que nuestros antepasados? Y tengo que responderme: No.




*De Miguel Crispín Sotomayor arcomar@cubarte.cult.cu







Mecánicos*



Mi padre era muy malo al volante. No le gustaba que se lo dijera y no sé si ahora, en la serenidad del sepulcro, sabrá aceptarlo. En la ruta ponía las ruedas tan cerca de los bordes del pavimento que un día, indefectiblemente, tenía que volcar. Sucedió una tarde de 1963 cuando iba de Buenos Aires a Tandil en un Renault Gordini que fue el único coche que pudo tener en su vida. Lo había comprado a crédito y lo cuidaba tanto que estaba siempre reluciente y del motor salían arrullos de palomas. Me lo prestaba para que fuera al bosque con mi novia y creo que nunca se lo agradecí. a esa edad creemos que el mundo sólo tiene obligaciones con nosotros. Y yo presumía de manejar bien, de entender de motores, cajas, distribuidores y diferenciales porque había pasado por el Industrial de Neuquén.
Antes de que me fuera al servicio militar me preguntó qué haría al regresar. Ni él ni yo servíamos para tener un buen empleo y le preocupaba que la plata que yo traía viniera del fútbol, que consideraba vulgar. A mi padre le gustaba la ópera aunque creo que nunca conoció el Teatro Colón. Venía de una lejana juventud antifascista que en 1930 le había tirado piedras a los esbirros del dictador Uriburu, y conservaba un costado romántico.
Cuando le dije que quería seguir jugando al fútbol, lo tomó como un mal chiste. Me aconsejó que en la conscripción hiciera valer mi diploma de experto en motores para pasarla mejor. Siempre se equivocaba: fue como centro-delantero que evité las humillaciones en el regimiento. Cualquiera arregla un motor pero poca gente sabe acercarse al arco. La ambición de mi padre era que yo conociera bien los motores viejos para después inventar otros nuevos. Igual que Roberto Arlt, siempre andaba dibujando planos y haciendo cálculos. Una tarde en que me prestó el Gordini para ir al bosque me anunció que al día siguiente, aprovechando sus vacaciones, lo íbamos a desarmar por completo para poder armarlo de nuevo.
Yo no le hice caso pero él se tomó el asunto en serio. En el fondo de la casa tenía un taller lleno de extrañas herramientas que iba comprando a medida que lo visitaban los viajantes de Buenos Aires. Como no podía pagarlas, los tipos entraban de prepo al taller, se llevaban las que tenía a medio pagar y de paso le dejaban otras nuevas para tenerlo siempre endeudado. Había algunas muy estrambóticas, llenas de engranajes, sinfines, manómetros y relojes, que nadie sabía para qué servían.
A la madrugada dejé el coche en el garaje y me tiré en la cama dispuesto a dormir todo el día. Pero a las seis mi viejo ya estaba de pie y vino a golpear a la puerta de mi pieza. Mi madre no me permitía fumar y el entrenador tampoco, así que cuando me ofrecía el paquete yo sonreía y lo seguía por el pasillo poniéndome los pantalones. Caminaba delante de mí, medio maltrecho, y lo sorprendía que yo pudiera saltar un metro para peinar la pelota que bajaba del techo y meterla por la claraboya del taller.
-Sos un cabeza hueca -me decía.
Se reía con Buster Keaton y leía La Prensa. que le prestaba un vecino. tal vez había envejecido antes de tiempo o quizá se enamoró de una mujer intocable en uno de esos pueblos perdidos por donde nos había arrastrado. Nunca lo sabré. Mi madre ha perdido la memoria y apenas si recuerda el día en que lo conoció, ya de grande, en las barrancas de Mar del Plata.
Me miró y dijo: "Vamos a desarmar el coche. Después, cuando lo volvamos a armar, no nos tiene que sobrar ni una arandela, así aprendés". Era un día feriado, sin fútbol ni cine. Hacía un calor terrible y a mediodía el cura del barrio se presentó a comer gratis y a ver televisión. Pero antes de que llegara el cura mi padre me pidió que eligiera por dónde empezar. Parecía un cirujano en calzoncillos. Sudaba a mares por la piel de un blanco lechoso que yo detestaba. Al agacharse para aflojar las ruedas del Gordini se le abría el calzoncillo y las bolsas rugosas bajaban hasta el suelo grasiento. Puso tacos de madera bajo los ejes y empezó a sacar tornillos y tuercas, bujes y rulemanes, grampas y resortes. A mí me daba bronca porque creía que nunca más iba a poder llevar a mi novia al otro lado del río y entre los árboles. Igual ataqué el motor con una caja de llaves inglesas, francesas y suecas. A mediodía, cuando el cura asomó la cabeza en el taller, ya teníamos medio coche desarmado. Los dos estábamos negros de aceite y habíamos perdido por completo el control de la operación. Mi padre había desmontado todo el tren delantero, la tapa del baúl, el parabrisas, y asomaba la cabeza por abajo del tablero de instrumentos. Atrás, yo había sacado válvulas y culatas y trataba de arrancar el maldito cigüeñal. De vez en cuando mi viejo gritaba "¡Carajo, qué mal trabajan los franceses !" y arrojaba el velocímetro sobre la mesa mientras arrancaba con furia el cable del cebador. El cura nos miraba perplejo con un vaso de vino en una mano y la botella en la otra y de pronto le preguntó a mi padre cuántas cuotas llevaba pagadas. Ahí se hizo un silencio y el otro casi pierde los tallarines gratis:
-Doce -le contestó de mal humor mi viejo, que era devoto de cristos y apóstoles-. Y con la ayuda de Dios tadavía tengo que pagar otras veinticuatro.
Tardamos tres días para convertir al Gordini en miles y miles de piezas diminutas y tontas desparramadas sobre la mesada y el piso. La carcasa era tan liviana que la sacamos al patio para lavarla con la manguera. La segunda tarde mi madre nos desconoció de tan sucios que estábamos y nos prohibió entrar a la casa. dormíamos en el garaje, sobre unas bolsas, y allí nos traía de comer. Vivíamos en trance, convencidos de que un técnico diplomado en el Otto Krause y un futuro conscripto de la patria no podían dejarse derrotar por las astucias de un ingeniero francés. Fue entonces cuando mi padre decidió comprimir el motor y aligerar la dirección para que el coche cumpliera una performance digna de su genio. Hizo un diseño en la pared y me preguntó, desafiante, si todavía pensaba que el fútbol era más atrayente que la mecánica. Yo no me acordaba cuál pieza concordaba con otra ni qué gancho entraba en qué agujero y una noche mi padre salió a buscar al cura para qué con un responso lo ayudara a rehacer el embrague.
Al fin, una mañana de fines de febrero el coche quedó de nuevo en pie, erguido y lustroso, más limpio que el día en que salió de la fábrica. Lo único que faltaba era la radio que el cura nos había robado en el momento del recogimiento y la oración.
Le pusimos aceite nuevo, agua fresca, grasa de aviación y un bidón de nafta de noventa octanos. Hacía tiempo que mi padre había perdido los calzoncillos y se cubría las vergüenzas con los restos de un mantel. mi novia me había abandonado por los rumores que corrían en la cuadra y mi madre tuvo que lavarnos a los dos con una estopa embebida en querosene. en el suelo brillaba, redonda y solitaria, una inquietante arandela de bronce, pero igual el coche arrancó al primer impulso de llave.
Mi padre estaba convencido de haberme dado una lección para toda la vida. adujo que la arandela se había caído de una caja de herramientas y la pateó con desdén mientras se paseaba alrededor del Gordini, orgulloso como un gallo de riña. Después me guiño un ojo, subió al coche y arrancó hacia la ruta. A la noche lo encontré en el hospital de Cañuelas, con un hombro enyesado y moretones por todas partes.
-Andá -me dijo-. Presentate al regimiento como mecánico, que te salvás de los bailes y las guardias.
Ese año hice más de veinte goles sin tirar un solo penal. Por las noches leía a Italo Calvino mientras escribía los primeros cuentos. Mi viejo sabía aceptar sus errores y cuando publiqué mi primera novela, y me fue bien, se convenció de que en realidad su futuro estaba en la literatura. Enseguida escribió un cuento de suspenso titulado La luz mala, que inventó de cabo a rabo. Como Kafka, murió inédito y desconocido de los críticos. Por fortuna para él su único enemigo, grande y verdadero, había sido Perón.



*de Osvaldo Soriano
"Cuentos de los años felices" editorial Sudamericana, Buenos Aires, edición de 1993.




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Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 28 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Gabriel Senanes. Las poesías que leeremos pertenecen a Marga López Díaz (Colombia) y la música de fondo será de Surazo (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





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Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
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