Wednesday, June 17, 2009

¿LA SORPRESA SERÁ LA ÚNICA SALIDA?








SOLEDAD DEL POETA*



Todo lo que el poeta escribe
está resumido
en una única palabra: SOLEDAD.

ANTONIO MIRANDA



Cada palabra una gota
dentro del cántaro
de uno mismo,
cada imagen un suicidio
en tornasoles de grises
que marca el límite.
Habitación cerrada,
puertas y ventanas ficticias;
abrirlas es hallar la nada,
beber la no espera
que confirma el silencio
y nos define solos.
¿Con qué color bautizamos
a la soledad Nodriza
que nos acunó en la cueva
y nos bendijo poetas?



*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar







¿LA SORPRESA SERÁ LA ÚNICA SALIDA?





LEJOS*




*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar


El hombre se pregunta si todo aquello que le sale al paso con fuerza de "realidad" pertenece realmente a la memoria.
A veces duda. "No será una construcción de su propia obsesión". No pudiendo creerse como veraz aquellos cielos altos de antaño, aquellos pájaros que empecinadamente perforan el cielo improbable de entonces.
Están adecuadamente previstos por las trampas de la memoria aquellos días que tornaban los soles degollados, que nunca tenían un final preciso y menos aún cuando ese sol que reptaba tras de las últimas casas del pueblo se trocaban en largos temporales de invierno con viento y lluvia; lluvia y viento, con posterior concierto de sapos que desafinaban dando pábulo al temor infantil y a la sonrisa atemperada y comprensiva de los adultos.
Quiero decir, aquellos días -aquellos atardeceres no tenían sorpresas aunque cambiaran abruptamente, esas variaciones no eran tantas, si uno no tenía en cuenta los matices.
Y ahí está la madre del borrego, como decía en aquellos tiempos mi amigo Adolfo Bonomi, más conocido por el "Negro" Bonomi. Los matices, que de ello se trata.
Porque el matiz es el que hace visible e interesante la vida y dentro de ella la literatura, que debe agregar al matiz: el tono y la autenticidad, más aún, cierta nota de pulsión, aquella que nos diferencia de los animales.
También está el matiz en ese paisaje que nos estremece siempre. Cielos altos y soles reptando detrás de aquellos pinos que lloran bajo el viento del sur.
¿Y qué pasaba por nosotros entonces, cuando el galope de un caballo horadaba con sus cascos nerviosos esa negrura, ese silencio, esos pastos que bañaba el rocío? ¿Qué singular emoción nos embargaba entonces, cuando ese ruido pasaba y nosotros estábamos en el lecho tibio del invierno inclemente y
quedaba como un eco, que al otro día creíamos un sueño?
Se acabaron las luces mortecinas que la noche escondía. Hay en esas habitaciones que el progreso arrasó en su desidia y hoy nadie queda y alrededor sólo existen sembrados verdosos sin una flor siquiera para que una mariposa se columpie o una abeja vaya a buscar su alimento.
Y sin embargo, de vez en cuando, es ese galope que vuelve, obstinado, del fondo crucial y perdido de todos los tiempos, que vuelve, una y otra vez.
O es la noche en que la llovizna nos sigue mojando a través de los tiempos, donde también hay otro galope que perfora -un poco menos claro que el otro el sin fin lujurioso de la memoria que persigue sin piedad nuestros pasos.
O está ese silencio que es más grande que todos los ruidos, impotente ante la noche que se viene con su tropilla de yeguas oscuras, con la cegadora guadaña de la luna de marzo, está la noche que es la madre de todas las noches.
La madre íntima, la madre universal y perfecta.
Y en esa noche que un poncho de llovizna finísima cubre, esa noche, repito, cuando el silencio es más que la noche, tenemos en pleno, suave e impasible sueño en que estamos inmersos, arrebujados bajo frazadas maternales, ese ruido, ese ruido que nos viene del fondo central de los tiempos: el traqueteo primero, leve pero inconfundible del tren que está entrando al pueblo y que lo habrá de atravesar impertérrito como un dios indiferente y oscuro.
Y cuando ya uno cree que pasó es que sólo está empezando a pasar. Uno lo infiere por ese largo, ronco e interminable pito que arrasa el temblor sinuoso de todos los sueños. Como si una montaña de algodones blanquísimos nos protegiera del ruido, uno se da vueltas en la cama, al resguardo de la lluvia que el viento arremolina, sacude, tira sobre los techos las hojas de los árboles que el otoño sembró y que gracias al viento se deposita en los techos, junto a esos diarios amarillentos que en las alcantarillas dormían el sueño de los justos.
Tenemos otoño, tren y llovizna, y un sueño tan profundo y tan placentero que no podemos dejar de sonreír al recordar aquellos tiempos de una paz lejana e infinita.
Cuando el alba regrese, cuando surja con su túnica que transparenta fulgores estaremos con los ojos abiertos, como dos platos de lluvia esperando las luces sonoras del día.
Y entonces sí, nos quedará en las pupilas un esplendor de luces de urdidos dolores que trataremos de sortear, un poco indemnes, un poco indefensos, un poco felices también que otra vez estemos en el centro del día disfrutando a pleno el aire del campo a todo pulmón.
Cuando escribo sobre amaneceres, crepúsculos, trenes que horadan la noche y también horadan el sueño, no puedo dejar de pensar en mi pueblo, en aquel pueblo que no existe. Quedó sepultado bajo el pavimento y a la sombra de los arbolitos raquíticos. El pueblo de altos plátanos sombreados quedó muerto para siempre, feliz e imbatible sólo en mi poco concesiva memoria.
Por las vías no pasan sino esporádicos trenes de carga, agusanados y lentos.
Ya casi no me quedan amigos, y hasta los pájaros casi son un recuerdo.
Tampoco queda el amor de mi madre que todo miraba con ojos tiernos y oscuros.
Sólo queda este cielo infinito sobre una planicie unánime y verde como no registra mi obsesivo recuerdo.
Otoño, 2009



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-18969-2009-06-17.html








UN ENCUENTRO DE FAMILIA*

(Cuento surrealista )


Llegábamos todos este año, a Colonia “Las Lilas”, próspera y pintoresca tierra, residencia de parte de nuestra familia, que es donde se hacía este encuentro.-
Era de mañana, diría casi temprano; una mañana olorosa y espléndida.-
Yo caminaba junto a Lucas, mi pequeño nieto de cinco añitos. Caminábamos tomados de la mano. Yo miraba extasiado el reflejo cambiante, en las hebras doradas, de su cabellito revuelto. Me sentía eufórico, embelezado, me parecía por momentos como si estuviéramos flotando. Volver a ver los lugares de nuestra niñez, poder compartirlo con mi pequeño acompañante, encontrarme con mis primos…, no sé que me embriagaba… Todo era extraño.
Extraño, pero así y todo no sé porqué a nosotros no nos parecía para nada extraño, y todo era encantador, casi mágico, como en un cuento, o como en un sueño. Una magia, de encanto de hadas nos envolvía, y me convencí que la magia, no sé de qué manera, era cómo que la irradiábamos nosotros mismos; tal vez por la unión de nuestras propias manos; por la intensidad con qué estábamos unidos.
La mañana era luminosa, pero era la mañana de un mundo alucinante, decididamente irreal , casi psicodélico. Era pleno y luminoso el día, pero en él brillaban las estrellas, aún las pequeñas y lejanas; pero más que estrellas eran purísimos y refulgentes diamantes. El campo era una sucesión de suaves y ondulantes lomadas, todas de distintos tonos y colores ; del verde al amarillo, al naranja, y hasta la gama de azules con granates.- Las plantas , en armoniosos grupos parecían arreglos Bonsái. Todo en pequeña escala, como malvones de una pintura Naif... Las nubes lejanas eran más bien iridiscentes, recortadas con rebordes tornasolados, en un cielo esplendoroso, color limón.
Nos aproximábamos a las casas, a la capilla; y veíamos grupos, que como nosotros, iban llegando al Encuentro; primos que saludábamos con abrazos y besos a los más cercanos, y a los más lejanos los saludábamos con los brazos extendidos. La alegría era cada vez mayor, nieto y abuelo nos regocijábamos con cada uno que encontrábamos. Lucas, siempre pegado a mí, me preguntaba por muchos que aún no conocía, y yo; me encantaba con relatarle algunas historias que tratara de retratarlos, o que lo relacionaran con la rama de tal o cual tío, o familia de la que provenía.
La magia seguía y sin más pasamos frente a la casa que fue del tío Humberto y la tía Eugenia, que hace tiempo y con dolor la vimos como triste y abandonada tapera; y seguimos hasta la umbrosa arboleda de la capilla. Aquí más bien las plantas eran inmensas, y se entretejían en un frondoso techo.
Miles y miles de mariposas Monarca, amarillas y negras, relampagueaban revoloteando en las Tipas, y cientos y cientos de estridentes chicharras, aturdían desde los Palos Borrachos de espinosa envoltura. Las abejas, eran grandes y como las mariposas, parecían ser hinchas de un equipo de fútbol, por sus casacas negri-amarillentas; pero eran decididamente amistosas, aunque agregaban un zumbido de fondo que era embriagante...
No sé si todo eso me fue como hipnotizando, pero me sentí fatigado de improviso. Le dije a Lucas para volvernos,… Aún no lo había visto a “Titín” ,mi primo más querido, pero no sé que me pasaba, me vencía el sueño.
Fuimos a la antigua casa. Curiosamente ya no era una tapera, no sé por arte de qué, ahora estaba todo como yo siempre la recordaba, y hervía en actividad; primos y primas entraban y salían. Nosotros también entramos, adentro habría donde recostarme un rato, quería descansar a cualquier precio.
Lo que tampoco me sorprendió, era que la casa había sido arreglada y ampliada, pintada y modernizada, hasta con pisos de atractiva cerámica...
Aparte de los que allí estábamos, divisé la mesa donde comimos tantas veces cuando éramos chicos, e íbamos “de vacaciones”; el escritorio del tío y su máquina de escribir portátil, pasé cerca de la ventana hacia la cocina, acaricié al pasar la máquina de coser de la tía, y rocé cariñosamente el antiguo aparador. En la cocina también había gente, especialmente primas con chicos pequeños que lloraban, o tomaban sus mamaderas tibias. Vi el fuego encendido en la cocina de leña, y un aroma a dulce de leche casero, envolvía el ambiente...
Pasé a la pieza grande de atrás, porque quería encontrar un sitio donde recostarme, aun qué fuera un momento... Había camas y colchonetas por doquier, todas con alguien quizás tan cansado como yo, haciendo una pequeña siesta, no quedaba un solo lugar disponible. Pero aquí, cerca de la puerta estaba Betty…
–“Hey, Negra”, – le digo a mi mujer, que no sé porqué estaba inesperadamente ahí, graciosamente recostada – “Haceme un lugarcito, me muero de sueño”…
Y me acomodé junto a ella a medias, mientras sostenía a mi pequeño nieto en mis brazos y piernas… Antes de quedarme dormido alcancé a preguntarle a Betty :
-“Decime, Negra, ese grandote, aquí al lado, ¿ no es Herbé?.-
-“ No”,- me dice –“no lo pude encontrar, ni a él, ni a Titín ...” – y en una nebulosa, mi mente aturdida pareció reprocharme, que no recordara que ambos habían ya muerto, ¡Hacía tan poco! …
Quise acomodarme de nuevo, pero Betty comenzó a sacudirme...
-“¡ Despertate, vamos !!! , ¡ ¡Que hoy es 8 de enero..!,¡ y tenemos el nuevo encuentro Bienal de la familia en “Flor de Oro!” ...
Abrí de un golpe los ojos..., estaba en casa, en mi propia cama..., y cruzado sobre mis piernas; Lucas dormía a pata tendida...
Me sequé una lágrima, y sonreí al ver durmiendo a mi nieto, él seguramente soñaba con ángeles.-




*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
AVELLANEDA Santa Fe 02/02/2004







El dilema de Coraline*



*Josefina Licitra
17.06.2009

La casa de mi infancia -una de las tantas en las que viví cuando era chica- no era, reescribiendo a Cristina, la "casa de la abundancia". Mi padre estaba en el exilio, mi madre trabajaba y estudiaba todo el día, y todo ese universo desarticulado hacía su síntesis más acabada en la heladera: nunca había nada. Recuerdo a Verónica Cambiaso, mi gran amiga de la escuela primaria, abriendo el refrigerador, topándose con medio limón -esto no es una metáfora: es medio limón como principio y fin de tu planificación alimentaria- y diciendo:

-Jose, ¿qué pasó?

Yo no sabía bien qué había pasado. No es que fuéramos pobres; más bien faltaba organización (y plata, sí. También faltaba plata).

La casa de Verónica era distinta. Pasaron más de veinte años pero todavía recuerdo su heladera. La puerta estaba tan abarrotada de yogures de litro que, desde entonces, me resulta inevitable asociar los yogures de litro a una vaga idea de prosperidad. Verónica y sus circunstancias resumían en esa época todo aquello que la vida no me había dado. Ahí estaban los hermanos no tenidos, los ojos verdes no heredados, los almuerzos familiares no vividos y -por sobre todas las cosas- la "felicidad del chango lleno" que ya supo capitalizar Carrefour.

Y si siempre pensé que ese tipo de añoranzas era algo demasiado personal, el producto de un cerebro que a veces achicaba su horizonte hasta límites insospechadamente ridículos -lácteos-, dos décadas más tarde me doy cuenta de que yo no estaba sola. Escribo este artículo luego de ver siete veces en tres días, producto del entusiasmo de mi hijo, la película Coraline y la puerta secreta. El film (dirigido por Henry Selick -un gran talento opacado por Tim Burton-, estrenado en cine hace algunos meses y actualmente accesible en DVD) cuenta la historia de Coraline Jones: una niña que se muda con sus padres a una casa aislada, en la que experimenta -quizás como nunca antes- una melancólica sensación de aburrimiento. Los padres de Coraline trabajan todo el día, la heladera necesita un Carrefour Emergency, y la criatura -para ocupar su tiempo- termina haciendo un inventario con las cosas que necesitan arreglo en el hogar.

Hasta que, recorriendo y revisando las instalaciones, encuentra una pequeña puerta que la conduce hacia un lugar impensado: al otro lado de la pared está la vida de Coraline, pero en versión publicitaria. La casa reluce, la heladera es el jardín de las delicias, y frente a la mesada está su madre -el cabello perfecto, el rostro maquillado- batiendo alguna cosa en un bowl -todas las madres bien dispuestas baten algo en un bowl- mientras canturrea una melodía que parece la emanación de un desodorante ambiental.

El detalle es que en la vida paralela de Coraline todos los personajes -sus padres, sus vecinos, sus amigos- tienen botones en vez de ojos. De ahí que, en algún momento de la historia, se le plantee a Coraline uno de los dilemas más siniestros que inventó el cine infantil: si ella quiere quedarse allí
para siempre, debe entregar sus ojos y en su lugar dejarse coser botones. Lo que sigue no es mejor: los niños que anteriormente dieron ese gran salto terminaron transformándose en fantasmas; una forma de decir que somos nuestra mirada, que las ausencias -el costado imperfecto de las cosas- nos dan sustancia del mismo modo que la sombra le da cuerpo a la imagen de un cuadro.

No sé si el cine para chicos elaboró, con anterioridad, un discurso tan sofisticado como éste. Pero sí sé que el film plantea una serie de preguntas absolutamente adultas: ¿Cuánto nos animaríamos a entregar a cambio del Paraíso? Si llegáramos al Paraíso, ¿seguiríamos siendo nosotros?

Estoy segura de que todas estas dudas rondaron y rondan no sólo la cabeza de Coraline, sino la de los miles de argentinos que en la última década se fueron a España -nuestra versión mejorada, nuestra casa de los cuentos- imaginando que compraban la postal perfecta del progreso. Estoy segura, también, de que en algún momento de esos años vieron que las compras navideñas en la calle Princesa, los espejos perfumados del Corte Inglés, la brutal burbuja inmobiliaria que hizo crecer edificios como si fueran
tréboles, formaban parte de una escena demasiado cara: si eras argentino, había que entregar mucho para estar ahí. Había que limpiar baños, servir mesas, lavar platos, dejar los ojos y el diploma bajo la almohada.

Por eso ahora, cuando el Ministerio de Trabajo e Inmigración español informa que en lo que va del año 370 argentinos quisieron irse de España para volver a Sudamérica, y que esa cifra es un 20 por ciento superior a la de períodos anteriores, hay algo que se vuelve triste y tranquilizador a la vez. Porque
no creo que ahí haya una derrota. La escena más bien me recuerda a Coraline, a mí misma, mirando la heladera vacía y pensando que el paisaje es una mierda, pero que al menos es real. Y que la realidad no será la verdad, pero al menos es un buen comienzo.


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=26069






BRIC, la comunidad fantasma*



Por Jorge Majfud *



En 2001 el británico Jim O'Neil inventó el nombre y quizás el concepto del grupo de algunos países emergentes, BRIC. A juzgar por el incremento anual del PBI promedio sólo dos países destacan por arriba del promedio mundial: China e India (hasta hace un año Rusia también, pero la recesión ha
contraído su economía más que a la brasileña). La inclusión de otros dos países con grandes extensiones de tierra hacía al grupo más visible.
Siguiendo el juego, algunos propusieron el nombre de RICH por las iniciales de Rusia, India y China. No obstante, en términos de ingreso per cápita, los países del BRIC se sitúan por debajo de otros cincuenta países y las proyecciones más optimistas para el 2050 no mejoran mucho este ranking, aun cuando China supere en veinte años el volumen bruto del PBI de Estados Unidos. Sin mencionar el abismo que separa ricos de pobres en cualquiera de los cuatro países, característica que puede soportar un país rico y hasta un país poderoso pero nunca un país verdaderamente desarrollado.
Pero ¿por qué el éxito mediático de esta comunidad fantasma? La idea de BRIC combina una percepción de grandes manchas territoriales en el mapa mundial; sus PBI son semejantes a cuatro países europeos pero sin una moneda común, como la del euro, y ubican al dólar como moneda enemiga en el discurso, pero ninguno lo quiere reemplazar en la práctica. La unidad del BRIC no va más allá de esos intereses puntuales pero se presenta a sí mismo como algo excepcional. Brasil, Rusia e India poseen democracias muy diferentes. Me atrevería a decir que la brasileña es la mejor de los tres, dentro de un casi obsoleto sistema representativo que impera en el mundo. China ni siquiera tiene un sistema representativo, sino una especie de comunismo de mercado. Los cuatro países poseen formas políticas y sociedades en los
antípodas. Brasil, un país afroamericano. La mayor comunidad africana fuera de Africa vive allí e impregna casi todos los rincones de su cultura, excepto en las clases altas del sur industrializado. Rusia es una sociedad hecha en el rigor invernal de zares y moldeada por un siglo de experimentos comunistas seguido de un capitalismo abiertamente salvaje. India, una milenaria sociedad subtropical que aún distingue por su nacimiento a intocables, los hombres excremento que limpian las letrinas, y a castas un
poco más blanquitas que se consideran el aliento de Brahma. Y China, un país en proceso rápido de industrialización pero cuya cultura es en mayor parte rural, todavía obediente, todavía laboriosa, todavía populosa pero cada vez menos austera.
Entonces, ¿qué une al ladrillo? Dos cosas y poco más: (1) su interés por jugar un rol más importante en la geopolítica y (2) confirmar el éxito de sus originales proyectos pareciéndose cada vez más a la sociedad norteamericana, la que sigue siendo el demonio en los discursos, el mal ejemplo a evitar pero el modelo imitado sin tregua. En palabras orgullosas del ministro de Asuntos Estratégicos brasileño -profesor de Harvard y de Obama- Roberto Mangabeira Unger, "Brasil es el país del mundo más parecido a Estados Unidos". El concepto mismo de "países emergentes" se define según los estándares impuestos por la idea de "éxito" de Estados Unidos: los índices en las bolsas de valores, la automovilización de la vida, la nuevayorkización de las ciudades, la expansión de las autopistas, de los
shopping centers, el aumento del consumo a través del consumismo, etc. Hasta la adopción de las sectas religiosas procedentes de Estados Unidos es consecuente con esta imposición de una forma de ser, de pensar, de sentir y de medirse a sí mismo.
Si a Estados Unidos e Inglaterra los unían los intereses económicos e imperiales, también los unía una cultura en común y sociedades muy parecidas. Poco y nada une a los BRIC. Es decir, estamos ante una asociación muy útil que dará resultados interesantes a corto plazo. Pero se partirá apenas un mínimo interés entre en conflicto, apenas Estados Unidos, el socioenemigo en común, mengüe su poder relativo sobre el planeta; apenas se reemplace al dólar que, empezando por China, pocos tienen interés en
reemplazar por un papel nuevo. O antes.
Todas las proyecciones se realizan considerando un escenario presente y sosteniéndolo. Sin embargo, el sostenimiento de un escenario genera condiciones que acumuladas suelen producir resultados imprevistos. Es decir, mantener significa postergar una crisis. En los años '60 se preveía el fin del petróleo para el 2000. Pero siempre hay alguien inventando algo nuevo que cambia cualquier escenario.
Un escenario que nadie considera en cada uno de estos modelos de desarrollo es la alta posibilidad de una gran crisis en China. Es difícil sostener un indefinido incremento anual del 12 por ciento del PBI, realizar una industrialización en la era postindustrial en un país mayoritariamente rural sin un profundo cambio en la educación y en la cultura. Inevitablemente la nueva sociedad china reclamará una progresiva democratización del sistema político. Una democratización al estilo de las viejas democracias representativas que antes de la mitad de este siglo se revelarán obsoletas ante una masa mundial que reclamará una participación más directa. Y esa crisis político-económica quizá llegue cuando el mundo alcance un límite de saturación entre el exceso de gasto de recursos naturales y la incapacidad de seguir absorbiendo tantas toneladas de baratijas y basura de exportación.
En el caso de Brasil es difícil reprocharle a Lula no haber hecho las cosas bien. Por lo menos no lo hizo mal. Si bien su slogan preelectoral de "fome zero" (hambre cero) está muy lejos de ser algo parecido a la realidad, no son pocos los brasileños que han pasado de una pobreza crónica a una clase media/baja con mayores posibilidades. No obstante, mientras la economía de China sigue creciendo un exagerado 8 por ciento anual en plena recesión mundial, Brasil apenas sale de su recesión. Cuando Lula escribe en El País de Madrid que "hoy generamos el 65 por ciento del crecimiento mundial", refiriéndose al BRIC; omite que el BRIC al día de hoy representa sólo el 15 por ciento de la economía mundial (la mitad de EE.UU.) y que sólo China produce lo que producen los otros tres países juntos. A pesar de los
progresos realizados, el crecimiento del PBI brasileño ha estado muy por debajo de muchos otros países emergentes con menos visibilidad. Sin mencionar que, si excluimos este último año de recesiones, México no ha estado lejos de Brasil en crecimiento porcentual y absoluto. Es más, con la mitad de población, con menos recursos naturales y con un territorio mucho menor, su PBI es algo más de un billón de dólares, mientras que el de Brasil es 1,5 billón. Lula omite también que en el último año sólo el 2 por ciento
del comercio de China fue con su vecino, Rusia.
Pero, más allá de las distintas percepciones sobre estos datos declarados y omitidos, se sigue confundiendo riqueza con desarrollo. Y lo que es peor, se termina de liquidar cualquier otra opción para imaginar un mundo que no se mida exclusivamente en términos de fuerza y de éxito, de capital y de
"investment grade", de consumo y de competencia. Todo eso que nos hace tan parecidos a las vacas que pastan todo el día en el campo y rumian mientras descansan. Vacas consumidoras, vacas para la exportación de carne, ni siquiera vacas sagradas.
De justicia social, de igual libertad, de infancia desviolentada, de pueblos desoprimidos, de trabajo desesclavizado, de países y de ciudades desamuradas... hablamos el siglo que viene.


* Lincoln University.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-126757-2009-06-17.html





Subsuelo*


En el puesto de diarios del subte, me sobresalto, las tapas de los diarios de ayer son una pregunta callada. Me mira el diariero, un rostro inexpresivo con ojeras y barba incipiente.
Nadie sale, las mujeres se retocan el maquillaje ajado.
Pido en el bar un café con medialunas, están viejas. Todos circulan con la ropa arrugada. La señora elegante con el último rastro de Paloma Picasso que se va. Desde el celular un hombre avisa que va a faltar a una cita. Se lo pido prestado, dejo un mensaje "Estoy cerca, no puedo llegar"



Fisuras siempre hay*


Por la fisura salgo, claro que no a la superficie. Del cielo se sabe poco, algo algodonoso, un poco celeste pero no. Siempre ando en el aire, hay un dejo de tristeza en ese lugar. Es una manera de no estar, quisiera entrar en el mundo, Caer, hacerle el amor, meterme, dejar en alguna piedra roseta unos jeroglíficos.



Tieerra*


Esa selva húmeda de lluvia corrupta, esas escaleras, esos diarios que te regalan, esos uniformes ¿Ahora seré como todos, salida de mi misma? Desde el interior, desde el cielo de cuadernos perdidos me muevo hacia la calle. Ruidos típicos, listo el dedo que toca el botón donde se forman las mentes. Atentos a cualquier desvío me miran. Los que gritaron tierra desde los barcos y encontraron gente extraña, tenían una mirada así. La angustia sigue.



Fuego*

El incendio de la llanura pone en rosa la tarde. Un escenario de fuegos cruzados. El calor relee mi pensamiento rojo de ira, de amor, de lucha, de banderas, las llamas iluminan el cielo posmoderno.
Todo se mezcla en la intimidad del azar ¿la sorpresa será la única salida ?


*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






El maltrato feroz a una parentela muy cercana*



*Por Marcelo A. Moreno mmoreno@clarin.com


El huésped frecuente abandonó su sitio de privilegio para quién sabe qué diligencias. De pronto en la noche, como surgido de la nada, apareció otro que jamás había pisado la casa. Estaba hambriento, tanto que terminó el plato que el primero había dejado por la mitad.

Pero el primero volvió. Y lo que vio, no le gustó nada. Intentó recobrar su lugar, pero el nuevo aprovechó la fuerza de su posición dominante: arriba de una escalera. El huésped frecuente, igual, lo intentó, quizá especulando con su ventaja física: es más grande pero, ay, también en edad y menos, en brío.
No llegó ni a la mitad de la subida: se mostraron los dientes. El huésped frecuente optó por irse.

Al rato, regresó. Otro, más pequeño pero joven y vigoroso, lo acompañaba.
Todo sucedió muy rápido. En cuanto los divisó, el nuevo huésped evaluó la relación de fuerzas y salió disparado escaleras abajo antes de le cerraran el paso. Y el compañero del huésped frecuente lo persiguió expresándole de todo menos lindo.

Esto ocurrió entre perros. El huésped frecuente es un collie llamado Tomy; su contrincante, un doberman y el tercero, uno de purísima raza perro.

La disputa era, claro, por la territorialidad y no difería tanto, en esencia, de la defensa de las Termópilas, hace 2.200 años, por Leónidas y sus espartanos o del paso de Roncesvalles, hace 1.231 años, que inspiró "La gesta de Roldán", el protagonista.

Pero también, y más cercanamente en tiempo y lugar, las caprichosas imposiciones del "dueño de la vereda", el peaje que se cobra en ciertas villas a los pobres que salen a trabajar, el tributo que exigen presuntos agentes del orden a prostitutas para que puedan patrullar las calles o la pelea entre barras por un lugar en la tribuna. La masacre de Ezeiza, desatada oscuramente en 1973, se originó en la pugna por ocupar los sitios preferenciales ante la mirada del Líder.

Carl Sagan, que se las arreglaba bastante bien con la ciencia, declaró: "Es indecorosa nuestra insistencia en que sólo los humanos sufren. El comportamiento de otros animales vuelve falsas nuestras pretensiones. Ellos se parecen demasiado a nosotros."

Sin embargo, se calcula que cada año muy civilizados cazadores del Primer Mundo exterminan cerca de medio millón de cachorros de focas en Canadá y en Groenlandia. Como para ellos lo valioso es la piel, las matan muy civilizadamente a garrotazos.

Y en España y México millones de personas gozan de la tortura que se practica con los toros, llamando a semejante crueldad "arte". Y en toda Latinoamérica las riñas de gallo son de los más populares ejercicios para jugar apuestas, lo mismo que las peleas a muerte con perros en todo el mundo. Hay quienes calculan que sólo en experimentos científicos se aniquilan 64 millones de animales al año sólo en EE. UU.

En la Argentina solemos mostrarnos orgullosos de nuestra condición de muy carnívoros, cosa que muchos juzgan como vanagloriarse de ser troglodita.

Solemos ser tan animales con los animales que tendemos a olvidar que si bien ellos no crearon La Divina Comedia o Wikipedia, tampoco inventaron Auschwitz, lo que nos coloca bastante abajo en la escala animal.


*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/06/17/sociedad/s-01940658.htm







SAFARI FERROVIARIO*
-Del inventren 2004-


El aviso clasificado, publicado en un diario barrial durante un mes completo, todos los días sábados (así como destacado en la página web que dicha publicación tiene en el ciberespacio), no dejaba lugar a dudas:

SAFARI FERROVIARIO
REDESCUBRA RAMALES EXTINGUIDOS
CONOZCA SU PAÍS DESDE LAS VÍAS

El texto era obra de una mentalidad utópica, aunque emprendedora como pocas: la del Licenciado Eduardo Coiro, sociólogo en vías de refundación desde la literatura. Aún así, podía notarse el trazo estilístico de su incansable mano derecha, el Licenciado Alberto Di Matteo, psicólogo erótico-literato. Ambos planeaban una iniciativa insólita, cuyos detractores auguraban fenecida aún antes de comenzar. Y sin embargo, la convocatoria reunió a un reducido pero fiel grupo de seguidores, quienes abonaron con gusto el pasaje para trasladarse durante esta luminosa tarde de junio hasta la costa del pampeano Río Salado -apacible, luego de las pasadas inundaciones-, y participar de una reunión tan mítica como simbólica.
Fundante de un espacio en extremo original.
La heterogénea legión de soñadores intenta llegar hasta la costa fluvial recorriendo los campos, habiendo dejado atrás la ruta donde arribaron con el ómnibus. Caminan por encima de las ruinosas vías de trocha angosta, cuyos dudosos vestigios aún se perciben asomando por entre los yuyos. Y ahí marchan todos: Di Matteo viste un ajado overol ferroviario cubierto de manchas de grasa, levantando nubecitas de polvo al arrastrar los pies sobre los durmientes podridos, con las manos en los holgados bolsillos
y el ceño fruncido, mientras masculla:
-Los verdaderos obreros para el renacimiento literario del ferrocarril son los narradores. Los contadores de historias. ¿Adónde iremos a parar con la poesía?
Algunos metros detrás suyo marcha Coiro, exultante al encabezar la procesión de resurrección ferroviaria, más ilusionado que satisfecho con la precaria contabilidad de su iniciativa financiera: INVENTIVA SOCIAL, un newsletter de literatura y opinión que edita regularmente a través de
Internet. Y su entusiasmo no puede ser menor, ya que allí se encuentran sus colaboradores más inseparables: Moni se obstina en recoger florcitas, amarillas y lilas, mientras detrás avanzan en confuso tropel los dos Santiagos (Torales y Müller), Fanny, Guillermo, El Mutante y Cacho Agú.
La tarde es espléndida. El rol refulge sobre sus coloridas vestimentas y los verdes cañaverales, revitalizando todo atisbo de ensueño colectivo, inicialmente emitido desde terminales artificiales, teñido de virtualidad. El contacto con la Naturaleza los humaniza, como si de pronto volvieran a improvisar un picnic, como cuando eran jóvenes, y se llevaran el mundo por delante. Aunque, .¿no es lo que aún hoy siguen haciendo, manteniendo izadas -desde la soledad de sus computadoras- las banderas de la
utopía?
Se sienten dichosos, pujantes, vivos. Por sobre todo Coiro, quien iluminado por una constante sonrisa, incrédulo ante tamaña alegría que le depara el Destino, alza en vilo su índice derecho y pontifica al cielo, mientras su tropa ferroviaria desgrana versos hacia el pajonal.
-¡Hagámosle el aguante al ferrocarril! ¡Es nuestro deber! ¡Aunque no dejemos de ser sujetos atravesados por una hiperrealidad baudrillardiana que nos condiciona, no dejemos que el tren se muera!
Moni absorbe el paisaje con ojos enormes y sonrisas dulces. El Cacho Agú se fascina viendo revolotear unos teros que se cortejan mutuamente. Los demás, apenas consiguen percibir la cantidad de metáforas y metonimias que se les caen de los bolsillos al avanzar sobre la vía muerta.
-¿Qué otra historia puedo contar? -, continúa refunfuñando Di Matteo, sin dejar de caminar ni levantar la vista de los ruinosos durmientes. -¿Sigo dándole manija al tema de la infancia? Me dio buenos resultados hasta ahora. ¿Qué me estará pasando que me puse monotemático?
¡No! Basta de meter pibes en los cuentos. Tengo que volver a contar relatos de ferroviarios: son el verdadero espíritu delInvenTren.
-¡Y váyanse preparando: ya estamos llegando al puente!!! -, proclama Coiro, gozoso y triunfal, desplegando delante de sus profundos ojos verdes una enorme carta del Instituto Geográfico Militar, cubierta de señales hechas con marcadores de color rojo, verde y azul, a fin de ubicarse en el terreno.
Mientras tanto, desde el cielo, ubicado en la estrecha cabina monoplaza especialmente diseñada por él mismo, el Cholo Aguirre los contempla andar en deformada fila india con sincera felicidad, y desciende algunos metros con aquella portentosa nave blanca para conseguir saludarlos de cerca, y de paso indicarles el camino. Él divisa sin problemas desde la altura la contundente costa del Salado, a un par de centenares de metros, hacia donde se dirige el grupo de poetas.
-¡Miren! -, exclama Coiro, volviendo a señalar el cielo, perdiendo de vista por un momento la reciente localización en el mapa. -¡Es el Moby Zepp! ¡Llegó un poco rezagado, pero aún así nos acompaña desde las nubes!!!! ¡Sigámoslo!!!! ¡También desde el aire conseguiremos refundar nuestro sueño compartido y nacional! ¡GRANDE, CHOOOOOLOOOOOO!!!!
Y agita un brazo en dirección al dirigible, desde donde lo saluda una manito, empequeñecida por la distancia. Alrededor del "inventivo" guía, se alzan cientos de versos y de rimas, por completo improvisadas, que a manera de saludo trepan por corrientes de aire cálido y ascendente hacia la
imponente nave reciclada. Fanny y El Mutante disparan con sus cámaras fotográficas digitales, inmortalizando ese irrepetible momento aéreo, que seguramente difundirán luego con sus futuros compañeros de andanzas, a través del correo electrónico, a fin de testimoniar su presente aventura e
intentar convencer a sus contactos y conocidos, a otros narradores y poetas que desconocen tal iniciativa, de convertirse en parte de la honrada y orgullosa cofradía de "inventivos" en todas sus formas, estilos y tamaños.
Un Santiago le convida al otro un sánguche de salame y queso, mientras Guillermo se apresura a destapar una fresca latita de cerveza que extrae de una heladerita de telgopor, para comenzar a despuntar el vicio.
Moni los reprende con su ramito de flores silvestres en la mano porque el picnic aún no ha comenzado, y ellos son unos apurados. ¡Muertos de hambre!
Coiro apenas repara en tales minucias. La vida le sonríe a pleno, y él se gratifica con respirar hondo, ahogándose con tanto oxígeno puro, y sonreír, sonreír siempre, incrédulo frente a tanta felicidad. Por eso vuelve a intentar ubicarse en el mapa, tarea que se torna harto misteriosa, como si estuviese frente a un antiquísimo papiro de escritura cuneiforme. Di Matteo, hasta entonces absorto en sus propias cavilaciones, repara en el griterío a sus espaldas, mira hacia las nubes con el entrecejo fruncido, tapándose el reflejo del sol con una mano, divisa brevemente al Moby Zepp, y vuelve la cabeza hacia atrás, para ver a su amigo de siempre peleándose con esa enorme carta geográfica que se le pierde entre las manos, haciéndola rotar y extraviándolos a todos ellos durante un crítico segundo en el medio de la
nada.
-Ay, Coiro; menos mal que estoy yo. -, refunfuña Di Matteo con aire cansino, y vuelve sobre sus pasos para poner el mapa del derecho.
Súbitamente, el grupo se reencuentra con su propia alma poética, y las sinécdoques y los hiatos consiguen recuperar el terreno perdido.
El Moby Zepp se desliza silente por el aire con andar majestuoso, internándose más allá de la costa, señalándoles el rumbo. El risueño grupo de aventureros litero-ferroviarios apura el paso. Ya están cada vez más cerca.
Una vez alcanzados los límites fluviales, las vías se internan por encima de las caudalosas aguas sostenidas por una serie de pilotes herrumbrosos y cubiertos de malezas. Estructura férrea que jamás podrá sostener el peso de un tren de reducidas proporciones, pero sí el de un maravillado grupo de personas sensibles, etéreas en su propia esencia, deleitadas hasta el hartazgo con el paisaje. Hay que recorrer otro par de cientos de metros sobre los pilotes, cuidando de no resbalar entre los restos putrefactos de los durmientes, a fin de no darse un baño inesperado entre las caudalosas aguas del Salado, para entonces llegar al punto culminante del viaje: el puente de hierro, de laterales elevados. La
construcción había sido diseñada en su tiempo para características geográficas diferentes. No podría pasársele por la cabeza a aquellos ingenieros que la trazaron, varias décadas atrás, que la fisonomía pampeana sería arrasada por las inundaciones, llevándose la fértil capa de humus de la llanura más rica del país junto a la gloria de muchos estancieros. Por lo que el puente de hierro, que en su momento atravesaba majestuoso el curso de las aguas, hoy se ve reducido a una patética silueta, diminuta en
comparación con el caudal del río, aumentado decenas de veces respecto del tamaño que resultase habitual varias décadas atrás.
Fanny y El Mutante vuelven a disparar con sus cámaras digitales, retratando el paisaje fluvial, las aves que cruzan por encima de sus cabezas, los rostros asombrados de sus compañeros de aventuras. Los Santiagos continúan masticando, mientras Moni vuelve a recolectar florcitas, de colores inesperados. Exaltado, Coiro siente que es el momento apropiado para ofrecer un discurso a su valerosa tropa, negando con un gesto indiferente el ofrecimiento de un sorbo de cerveza que le hace Cacho Agú a
la distancia, contagiado por el alma etílica de Guillermo, elevando la latita por encima del nivel de sus hombros.
-¡Compañeros de INVENTIVA SOCIAL!!! -, arranca Coiro, con inusitado ímpetu, desconociéndose luego de tantos meses de incomprensible inmovilidad creativa y personal. -¡Hoy es un día de fiesta!!! ¡Hemos llegado hasta un punto decisivo en nuestra ilustre patriada por resucitar el sistema ferroviario olvidado por los sucesivos gobernantes de turno, más preocupados por los intereses del capital extranjero que por los sueños y las vidas rutinarias de los pobladores de estas marginadas localidades del interior pampeano!
-Abreviá -, le susurra Di Matteo al oído, cruzado de brazos a su lado.
-¡Por eso hemos venido hasta aquí: a conocer un monumento de la ingeniería ferroviaria, símbolo de la decadencia actual y de nuestra denodada lucha por recuperar las utopías que alguna vez empuñaron en alto nuestros antepasados!
El Moby Zepp sobrevuela con andar cansino y en círculos por encima de sus cabezas, mientras algunos teros chillan en la orilla, sorprendidos ante tal interrupción de su anodina cotidianeidad. Moni, con los ojos plenos de ilusión, suspira hondamente frente a las inspiradas palabras de Coiro, quien continúa:
-¡Por eso los convoco para que reflotemos este puente! ¡Para que volvamos a unir mediante las vías aquellas localidades que los sucesivos gobiernos han querido hundir en el más mortuorio de los olvidos, sepultando las ilusiones de quienes han quedado aislados por el fatal corte del servicio ferroviario! ¡Rescatemos el puente de las aguas!!! ¡Convoquemos a una gloriosa y renovada comunidad literario-ferroviaria, para que nos acompañe en la refundación de nuestro país!!!
-Dale, che. Andá terminando el discursito. Y pongamos manos a la obra -, murmura Di Matteo, fregándose las manos y hurgando en los holgados bolsillos de su grasiento overol ferroviario.
Ante la sorpresa del espectador desprevenido, extrae una curiosa especie de soga, confeccionada por palabras, frases anudadas entre sí, descripciones y líneas de diálogo pertenecientes a sus propios textos de anteriores ediciones del Inven Tren, y la comienza a desplegar por encima de los herrumbrados rieles, con la vista fija en la otra orilla.
Con el implacable paso del tiempo, el puente ha dio hundiéndose bajo las aguas, torciendo la línea perpendicular de sus defensas diagonales negras y amarillas en un ángulo muy próximo a la vencida depresión.
Siguiendo el trazado de un plan diseñado antes de la partida, Di Matteo sostiene uno de los cabos de la soga y trepa sobre los aceros oxidados de las defensas, cruzados en equis, desplazándose como un primate sobre el costado del puente, evitando sumergirse en la caudalosa corriente fluvial.
El calado del agua sobre las vías es difícil de precisar, pero no debe alcanzar el metro de profundidad. Cacho Agú deposita la latita vacía en la canasta del picnic -no hay que generar desechos innecesarios en el ambiente, reflexiona- y sigue sus pasos, así como uno de los Santiagos y El Mutante, quien le deja en custodia su cámara digital a Fanny. Los tres alcanzan el otro extremo con facilidad. De este lado, Coiro toma el cabo suelto de la soga literaria y se lo anuda al cuerpo, afirmándose en una de las vigas,
mientras conduce a sus restantes compañeros:
-¡Adelante, mis amigos!!! ¡Aférrense de las palabras entrelazadas y tiren con fuerza, con muchísima fuerza, como si en el hecho mismo de imaginar y escribir se les fuera la vida!!! ¡Reflotemos el poder de las vías literarias!!!
Di Matteo hace lo propio con su extremo de soga, que ha ido entrelazando en las herrumbrosas vigas de las defensas, consiguiendo penetrar con sus palabras en la estructura misma de la construcción ferroviaria. Porque su esfuerzo no es en vano. Decenas, cientos de versos se desgranan de las manos
de sus compañeros. Fragmentos de prosa que se adhieren a sus anudados textos con solidez fraternal, y vigorizan aquella soga trenzada que pronto parece convertirse en una cadena de gruesos eslabones. El ambiente se impregna de palabras, hasta que al momento de hacer cinchar la cadena los versos y las
frases estallan hacia los aires, haciendo rechinar los hierros carcomidos por el orín, movilizando la estructura con un cimbreante ronroneo, mientras el nivel del agua desciende y las perpendiculares de las vigas retoman gradualmente su posición original.
Todos ellos "sudan la gota gorda" con los dientes apretados, profiriendo metáforas y metonimias, que se impregnan en el acero de las vigas y de los rieles, tornándolo relumbrante, haciendo retroceder al óxido de los tiempos.
Hasta que por fin, con un último esfuerzo creativo generado entre todos ellos, consiguen emplazar al puente donde siempre debió haber estado, replegando al agua del Salado hacia su correspondiente lugar: por debajo de las vías férreas, brillantes a la luminosa claridad de la tarde, listas para que la Trochita Angosta pueda volver a circular.
Un poderoso rugido de satisfacción se eleva sobre el puente, alcanzando los gratificados oídos del Cholo Aguirre a bordo del Moby Zepp, y asustando momentáneamente a la bandada de teros, que huye desaforada en busca de parajes más serenos, ausentes de molestos intrusos. Los cofrades literarios se abrazan entre sí, repartiendo besos y palmadas en la espalda, felices y orgullosos de haber conseguido la valerosa empresa. Y así recorren los metros que separan ambos extremos del puente, abrazándose en el centro del mismo, saltando de júbilo, emitiendo cantitos futboleros y agitando los fatigados brazos hacia las nubes.
Las palabras vertidas, por supuesto, jamás se alejan. Y la cadena literaria que formaran ocasionalmente entre todos se desdibuja y los rodea, sin apartarse del todo, conformando la tela discursiva que los hermana a partir de ahora, conformando una inusual y sutil comunidad.
Los festejos declinan hacia una de las orillas, donde alguien, nadie puede precisarlo, sugiere que ya es hora de celebrar iniciando el picnic. Todos se manifiestan de acuerdo, y hasta hay quien, Moni quizás, que le hace señas al Moby Zepp, para que el Cholo descienda por allí cerca y los acompañe en la gran comilona.
Sin embargo, aún falta algo por hacer, y Coiro y Di Matteo lo saben, aunque nadie les haya señalado que sea momento de hacerlo, ni que signifique gran cosa realizarlo. Miran hacia el frente, con la orilla de la Estación Moquehua a sus espaldas, y contemplan la diminuta pero nítida silueta del alazán que saluda en el horizonte, alzando ambas patas delanteras en el aire, señalando el inicio de los terrenos del flamante stud "Nautilus", de la tradicional Familia Biaus, dueños de los terrenos cercanos a Chivilcoy, cuyas sedas violetas y naranjas brillaran en los hipódromos nacionales hacia principios del siglo XX. El flamante corcel, al frente de una briosa tropilla de pura-sangres que dominan la llanura, intuye que algo importante acaba de ocurrir en sus haciendas, aunque no sepa a ciencia cierta si festejar o alarmarse por ello.
Entonces ambos, Coiro y Di Matteo, amigos inseparables y delirantes compañeros de aventuras, sin mirarse siquiera ni haberse puesto previamente de acuerdo, de espaldas a sus cofrades de INVENTIVA SOCIAL, moviéndose al unísono como miembros de un improvisado ballet revolucionario, se plantan
sobre el primer durmiente del otro lado del río, frente a los antiguos terrenos de la Estación Ramón Biaus -¡hasta estaciones de tren poseen los terratenientes!-, alzan el puño derecho por encima de sus cabezas, apuntando hacia delante, con mirada fiera y sin un billete en el bolsillo, y exclaman
a viva voz:

-¡HASTA LA VICTORIA SIEMPRE, CARAJO!!!



*de ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar




*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





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