Friday, November 27, 2009

ESTACIÓN CASBAS.


INVENTREN...




DE LA FUERZA DEL NOMBRE*


I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El primero es el Forau d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. “Te gustarán”, le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan). Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.



II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia…). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido, y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?". Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él. "¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, “¡qué linda era!”, exclama. Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo. La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca de la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes. En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora. Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".

No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio




ESTACIÓN CASBAS...













CASBAS*



En una historia de Ray Bradbury, un hombre de joven no había abordado un tren. Por alguna razón que no recuerdo o quizás no conste en el relato, este hombre con el pasaje pago y el ticket en el bolsillo, había dejado pasar ese tren que se descarriló. Todos murieron.
En la historia de Ray Bradbury, el hombre vive una vida ordinaria trabajando, forma una familia, pero siempre está atento a ese tren fantasmal que finalmente vendrá a buscarlo. La muerte es, para él como para tantos, un expreso de medianoche.
Esto ocurre en un cuento, por lo tanto ocurre lo esperado y la muerte viene a buscarlo sobre vías de niebla; se ve el faro delantero iluminando oscuras arboledas, se escucha el imposible traqueteo, la imagen final es la del tren repleto de pasajeros que aparece en la noche para que se cumpla el destino aplazado del protagonista.
Aquí, lejos de Illinois, en la estación Casbas una mujer espera en el andén. La estación es ahora un museo, pero la mujer se obstina en ese andén sin trenes.
Me dirán que la mujer espera el amor que partió, que espera la muerte que ha de venir. No lo sabemos aun. Todavía hace falta mirarla un poco, descifrar las arrugas en la frente, descorrer algunos velos.
En un banco de madera y hierro la mujer se mece, se arrulla, se va desatando de la familia y la ciudad. Se desvanece de a poco esta mujer que ahora se que no espera un tren que venga a llevársela. Se desdibuja en tonos sepia, en rosados y mancha de agua sobre papel.
La mujer no espera la muerte, ni el amor. Ha venido a la estación sin trenes para saber que nadie la vendrá a buscar. Sola, solita, la mujer se va despidiendo de sí.

No necesita transporte para escapar hacia adentro.







*de Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com











¿Partida o llegada?*



Entera y no partida



Al parecer era Casbas. Todo parece indicar que era Casbas.


Ese paraje de aquella primera huida sin destino.
Llegó a dedo, rehuyendo en algún que otro tramo un par de invitaciones a navegar por caminos de secreciones y promesas de amor eterno que habrían durado hasta la secreción.
No había habido violencia en las invitaciones, sólo sugerencias, tal vez por demás prepotentes, pero no excedieron la verborrea y la fanfarronería del conductor de camisa desabotonada y pelo en pecho, con el clásico vos te la perdés.


Los hombres suelen ser babosos por costumbre, casi por una inercia que no les permite detenerse en esa línea, para ellos confusa y difusa, que guarda la magia de un interrogante, más allá de lo efímero de una erección de las tantas.
Ella había pasado unos días en un country con un joven que, en apariencia sólo quería amarla, tan joven ella también, que ni le importó creerle. Sólo decidió acceder a sus encantos y su olor y una simpatía que desbordaba y la hacía renacer de una de esas tantas tristezas que lleva siempre a cuestas por las dudas, para cuando haga falta.
La irresponsabilidad de las vacaciones la invitaba a dormir sin límite.
El único límite de su sueño y su dormir era la recurrente necesidad del joven de disponer del cuerpo de ella a quien él había dicho, sólo querer amar.
La sofocaba la incontenible ansiedad del enardecido muchacho y ya, lo que desde él eran caricias, llegaban a ella como sopapos que violentaban su reposo y disociaban el placer del deseo.
Intentó disuadir la afrenta una medianoche, remoloneando entre el sueño y el cansancio y esas ganas de tener un ratito para pensar en sus cosas, pero la pasión de él se convirtió en un enojo y una fiereza, impropios de quien dice amar.
En medio de esa disociación se vio a sí misma, mientras todo lo que sucede en el acto del amor, seguía sucediendo, pero ella ya se había ausentado de la escena, ya sus ojos buscaban un escenario de aire libre que la sacara de allí para siempre. Fantaseaba la luz del sol y un camino abierto sin retorno.
Esa mañana se mantuvo despierta para escucharlo salir, asegurándose poder salir también ella de esa casa para no volver, y evitando tener que dar explicaciones a un ser por demás obstinado y dominante.
En medio de una fiebre intensa y el inseparable sopor que la acompaña, recorrió la casa, ya vacía, llena de rejas góticas y puertas pesadas, propias de seres que suponen que tienen mucho que cuidar.
Todo estaba cerrado, ningún juego de llaves a la mano, no era época de celulares, sí de la policía, pero no de teléfonos.
El pánico era lo único que inundaba la atmósfera del lugar, tan ajeno, tan extraño.
El parque era bellísimo pero su dimensión paradisíaca hacía que toda señal de vida humana quedara tan lejos que empezó a desesperarse paralizada por la fiebre y el terror del encierro.
Quería gritar, pero la voz de la que disponía era una hilacha ronca y aguda sin efecto de onda y se disolvía en esa inmensidad de no importarle a nadie.
Se quedó apoyada en la ventana más próxima a la civilización y al cabo de un rato, una nena en bicicleta pasó sin registrar su inútil voz.
Recordó sus paseos de niña, en bici por el barrio y se tranquilizó sabiendo que la nena volvería a andar por el mismo caminito sinuoso una y mil veces.
Recompuso la voz y la energía y se apostó en la ventana a aguardar la pasadita en la bici.
Había perdido la noción del tiempo y no sabía cuánto podía demorar la llegada del impaciente hormonal que tanto la amaba.
La niñita volvió andando sin siquiera girar su cabeza hacia la ventana, el único y mágico vínculo con el mundo que existía en ese momento.
Alcanzó a llamarla y algo oyó la nena, porque salió torpemente, a mucha velocidad, trastabillando sus rueditas.
Se desanimó pensando que esa imagen espectral de ojeras y color de pescado hervido de la fiebre había aterrado a la niñita.
La inquietud de la ciclista asustada al llegar a su casa había despertado la de su padre y éste se tomó la molestia de acercarse hasta esa ventana para ver qué sucedía.
Como pudo, le explicó al vecino que algo había sucedido con la llave y que la ayudaran a salir, necesitaba ver a un médico.
Evitó dar cualquier clase de explicación y pormenor para no acabar en una seccional haciendo denuncias y cosas así que, lejos de hallar soluciones, extienden al infinito los vínculos que uno desea cortar de cuajo.
El mismo señor la llevó hasta el centro de salud más próximo y cuando terminaron de aplicarle el antifebril inyectable, ya nadie supo más de ella en la sala.
Comenzó a hacer dedo, jugando a semblantear las fisonomías de conductores y conductoras, echando mano a la perimida psiquiatría lombrosiana, aceptando que los dueños del volante la trasladen cualquier tramo posible.
Tenía que alejarse del lugar y ni siquiera tenía idea de dónde iría a parar.
Ansiaba una ducha y una cama sin acompañante, pero era indispensable estar de pie y andar y seguir andando.
Llegó, en realidad no iba allí, pero llegó a un paraje de decía Casbas y una flecha, aquel paraje de esa primera huida sin destino.
Tal vez la asociación con Cabsha y la dulzura le hizo desear pedirle a la señora que se detuviera y se bajó de la camioneta.
Caminó hasta encontrar un bodegón de pueblo y después de dos cafés aguachentos y todas las miradas de los jugadores de tute sobre ella, se hizo amiga de la hija de la despensera que había ido a llevar la galleta para el almuerzo.
La hija de la despensera era rústica, ignorante y confiada y ella era básicamente una buena persona.
Le ofrecieron pasar una noche en una chacra de por ahí cerca, que sí era Casbas, y se transformó en lo mejor de las vacaciones.
Limpió, cocinó, adornó con flores, contó historias, sintió el aroma de la luna creciente, releyó su libro de cabecera: Robinson Crusoe, que apareció en un anaquel mezclado con la harina de garbanzos y el mijo, corrió con los perros, uno la mordió porque no sabía jugar, ella, no el perro, limpió culos de bebés que ya comían lo mismo que los adulos y ahí supo que la caca nunca es santa, es caca nomás.
Comió empanadas dulces como postre, desayunó con chorizo seco y mate, vio un peludo de cerca y aprendió a relativizar la sabiduría canchera de la porteñidad en medio de ese sortilegio del azar y los azahares que le había regalado la mejor oportunidad de su vida, impostergable.
Una mañana serena preguntó por la estación, para poder volver de donde ella era.
No había tren, desde antes del ochenta, le dijeron, y ella, que andaba desayunándose de democracia, según circulaba por la época, terminaba Malvinas, volvía la libertad, se veían grandes cantidades de tetas y músculos aceitosos y resbaladizos de machos en situación, volvían los partidos políticos, pero con otros nombres, y muchos condimentos de la democracia, pero no había tren.
Tuvieron que darle, encima, unos pesos al despedirse, porque con su contante y sonante no le alcanzaba ni para irse, menos para llegar.
Tenía que volver a su trabajo en la recepción de la empresa.
Por la confianza de esa gente pudo emprender el regreso.
Un poco antes de llegar a la empresa, al doblar la esquina, que según el borracho del chiste, ya estaba doblada cuando él llegó, visualizó la silueta de su amante pertinaz.
Caminó hasta el correo y envió un colacionado de renuncia.
Un par de horas después consiguió otro trabajo.
Eran otras épocas, claro.
Pero la violencia, la desdicha, el riesgo inútil, las decisiones, son innegociables.
Esa incógnita Casbas le abrió las puertas de un armario de aromas, colores y sinfonías que la urbanidad le había arrebatado en la turbulencia de llevarse la vida por delante, tragándose todo lo que se imponía a su paso.
Se sintió fuera de época, se preguntó si no se había equivocado de vida, trató de pensar en la libertad y sus diferentes rostros.
Pensó incluso que la idea de la libertad varía de acuerdo a los contextos.
Pero concluyó que la libertad nunca es cosa de otra época.




*de Magalí. yosehacerasado@hotmail.com













Desguace*




Nos sorprendía/ Amaneciendo
Era un astro rugiente y alado
Que respiraba/ Amaneciente.
Abiertos los furgones/ Él resoplaba:
Amanecían atados y bultos
Amores fatuos/ Que lo poblaron
Día tras día/ Amaneciendo.

Entonces penetrados/ Amanecientes
Boleto en mano y enamorados
Del destino y las raíces
Pero del viaje… Pero del viaje
¡Emborrachados!/ Amanecidos
Luciérnaga en luciérnaga
Tragándonos azul y aire y risas.

Tan de tren en tren como de día
En día si se pudiera/ Era pedirlo
Y concederse quizás: una vez
A Bahía por semana/ Está bien.
Amanecer un día en otros seis
Viajar enamorados/ Amaneciendo
Aunque al atardecer volvamos.

Nos sorprendía/ Atardeciendo
La bocanada final: Difusos
Caminos/ Distancias y lances
De amor como en el cine.
Pero bajando tres peldaños:
Descender de la gloria celestial
Después de la fiesta y del delirio.

Y el tren se quedó/ Es decir
Abandonamos el pueblo
Dejamos atrás siestas y felicidad
Irresponsable/ Del tren:
La muerte. O el latido
Embalsamado en la memoria.
Y nosotros: de regreso/ Amanecidos.





Tren local*





No te culpo de mi exilio.
Si ofreciste devolverme
Tantas tardes culebreando
Lado a lado tus fronteras
De desierto y de silencio.

Yo iba en sueños. No volvía
Mi razón emborrachada
De libros/ Ciencias o mujeres
Acomodadas a cubierto
Del sereno. ¡Imperdonable!

Me esperabas en tus rieles
A corazón abierto. Cancerbero
Acatarrado/ Soberbio trono:
No te merecí mientras te tuve
Después dijeron que te fuiste.

O quizás te encerraron.
¿Perdiste tu batalla campal
Se quebró en polvo tu iguana
Incapaz de trasnochar
Te hundiste/ Ya no humeaste?

No existe el vía Pringles
Ni siquiera el Lamadrid/ Sólo
Señales de abandono. Bocinazos:
Gris tu descendencia/ Gris
De conurbano sin paisajes.




El enviado del rey*





Plantado en la pampa nocturnal y fresca
Como un gran cigarro articulado. Andenes
A Grünbein (lugar de paso y de poesía)
Yendo o volviendo del humo encolumnado.



Allí debajo está el enviado a toda luz
Refulgiendo entre rastrojos/ Brillando
Contra el zinc de los espejos de cereal.
Es el enviado del rey: ¡Miren qué lujos!



¿O es la serpiente que aún somete Evas?
Mi médula espinal que muerde rebelada
O el infaltable profesor pontificando.
Representante del rey. Del más antiguo:



Condenado por sueños subversivos
Por seducir y convocar miles o millones
Salteador/ Raptor/ Iconoclasta
Revolucionaria hierba de la pampa.



Hasta que suelta un alarido. Se tensa
Como arbolito con Rauch sobre la chuza
Y lanza su malón. Sus pingos en carrera
Cambian tierras/ Reinados y pasajes.




De “Poemas del amor que vence a la muerte”, 2008-2009



*Poemas de Carlos Enrique Cartolano cecartolano@hotmail.com
http://latrampadearena.blogspot.com
http://diasporasur.wordpress.com







"Concédenos Buen Viaje"*



“Tarde o temprano, la tecnología llega a todos lados, che. ¡Qué lo parió!”, pensó el maquinista Leandro Benítez, al contemplar la reluciente locomotora alimentada a GNC que descansaba sobre los relucientes rieles del remozado y reciclado ramal de trocha angosta del ex Ferrocarril Midland, ahora denominado Trochita Pampeana, en un simpático gesto realizado por los municipios vecinos que se abocaron a la tarea de revivir el antiguo servicio que unía estos pueblos bonaerenses. No por casualidad, la flamante locomotora –quizá, de procedencia japonesa, pensó Benítez- lucía sobre uno de sus flancos el portentoso nombre de “FÉNIX”…

El servicio funcionaba a pleno desde hacía ya un mes, cuando se realizara su viaje inaugural, en medio de los estridentes vítores de la multitud vecinal congregada en las inmediaciones de la Estación. Benítez difícilmente pueda olvidar la felicidad estampada en los rostros de los vecinos que se acercaban llorosos a la vera de las vías para verlo pasar, saludando con las manos, pañuelos al aire y sombreros o gorritas, dándole una bienvenida más que calurosa al antiguo y estrenado servicio, deseosos de no tener que presenciar otra lenta y frustrante agonía…

Desde entonces, Benítez realizaba un par de viajes semanales a bordo de “FÉNIX”, transportando cargas diversas, y pasajeros sólo en ocasiones, instaurando un nuevo servicio solidario entre las localidades vecinas. Las autoridades celebraban con satisfacción esta nueva iniciativa, respaldada por el gobierno nacional. Cada uno de los actores del emprendimiento sacaba réditos, por lo que el negocio cerraba en su totalidad.

En uno de estos viajes, ocurrió el desgraciado hecho delictivo. La formación salió de la Estación Carhue puntualmente, como de costumbre, rumbo a la Estación Puente Alsina. Mientras Benítez calzaba la palanca en los comandos de la cabina y comenzaba a acelerar, echó un vistazo como siempre a la pequeña silueta de la Virgen de Nuestra Señora de Luján, nítida en su zócalo de la pared de la Estación, junto al panel que indicaba los horarios de salida y llegada de cada formación. Por sobre todo, Benítez gustaba de recordar la leyenda del minúsculo letrero de cerámica que existía debajo de la Virgen, y que el maquinista consideraba un rezo casi sagrado: “Concédenos Buen Viaje”, podía leerse aún desde la cabina de “FÉNIX”, estampado en blanco sobre negro.

No habían transcurrido diez minutos desde la partida cuando la puerta de la cabina se abrió de golpe, y Benítez se encontró frente a frente con la enorme boca de una pistola, abierta como una siniestra “O” entre sus ojos. La impresión inicial demoró un par de segundos en devolverlo a la realidad, durante los cuales no pudo dar crédito a lo que veía; ¿cómo era posible que hubiera subido alguien a bordo si……?

Sólo después consiguió divisar, por detrás de aquel ominoso cañón, el pasamontañas negro con visos rojos, verdes y amarillos que le cubría el rostro al recién llegado.

-¡No te movás porque te quemo, hijo de puta!!! ¡Y frená esta mierda ya mismo!!!!

Benítez movió la palanca, casi por instinto, disminuyendo la velocidad, aunque una parte de sí mismo le dijo que no, que continuara con su trabajo, que prosiguiera la marcha pasara lo que pasase. Sin embargo, el miedo pudo más que el deber, y finalmente aminoró la marcha hasta detenerse con una mínima inercia. Una mano lo aferró por la espalda de su camisa de trabajo y tiró hacia atrás, alejándolo de los comandos.

Ambos salieron al pasillo exterior de “FÉNIX”, mientras su poderoso motor regulaba en automático, y Benítez saltó a tierra, escrutado continuamente por su captor. Apenas con un gesto de la pistola, le indicó que caminase hacia el furgón.

-¡Y con las manos separadas del cuerpo! ¡No te hagás el loquito!!!

Este no parecía ser un vulgar “pibe chorro”, aunque la pinta pareciera delatarlo; menos aún el clásico punguista de estación. ¿Quién detiene una formación de carga en medio del campo, a menos que tenga un dato sabido de antemano? Recorrieron el trayecto sobre la tosca con paso veloz, hasta arribar a la puerta lateral del furgón, abierta de par en par. Allí los aguardaban otros dos delincuentes, uno con un cuello polar calzado hasta los ojos, que le ocultaba el rostro, y otro también con pasamontañas, pero de color azul.

Ambos habían reducido a un guardia de seguridad, que yacía boca abajo sin sentido sobre el piso del vehículo. Benítez desconocía la existencia del mismo al partir de San Fermín, y el hecho de descubrirlo fue una sorpresa tan intensa como la certeza de estar siendo encañonado por una pistola sobre la nuca y otras dos hacia su pecho. La razón de la existencia del guardia lo desconcertó tanto como a los ladrones, ya que jamás hubiese pensado que algo como eso pudiese ser transportado por fuera de un museo, a bordo de un vehículo del siglo XXI.

-¡Hablá, puto! -, gritó el del cuello polar. -¿Cómo mierda se abre esto?

Ninguno había esperado encontrarse con una reluciente caja fuerte británica del siglo XIX, negra como la noche, con delgadas líneas cromadas junto a los bordes de la puerta, y una enorme ruleta de combinaciones numéricas en su centro, junto a la manija de acero inoxidable, también cromada. En pequeñas letras plateadas, alcanzaba a leerse la distintiva marca del dueño original: “Wells Fargo”.

-¡No puede ser, loco!!! -, gritó el tercero. -¡Hacemos esta movida para ganarnos buena guita, y nos recontracagan!

-¡Secuestremos el tren cuando lleguemos a Puente Alsina, y pidamos rescate! -, chilló el que se encontraba a su espalda.

-¡Pero no, animal!!! ¡Nos van a fusilar cuando vean que no hay rehenes!

-¿Y éste, qué es? -, volvió a chillar, golpeándole a Benítez levemente el parietal derecho con el cañón de la pistola.

-A éste lo fusilan con nosotros -, masculló el del cuello polar, mientras Benítez sudaba a mares, para perder todo interés en apuntarlo y ponerse a analizar en cuclillas el oscuro bloque de metal -: ¿Están seguros que no podemos conseguir dinamita?

-¡No seas cabeza! ¿De dónde mierda sacamos dinamita?

-¡Hagamos mierda a éste!!! -, chilló el que tenía a sus espaldas, aferrándolo por el hombro y comprimiendo el cañón de la pistola contra la nuca de Benítez. Con la cabeza echada hacia delante, el maquinista contuvo la respiración, apretando los dientes, rogando por el arrepentimiento del impulsivo delincuente.

-Dejate de joder, boludo. Acá no se muere nadie -, masculló otra vez el del cuello polar, sin dejar de contemplar la caja fuerte, meneando la cabeza. Al cabo de un rato, que a Benítez le resultó eterno -mientras su propio sudor resbalaba hasta enjugar la amenazante boca de la pistola-, se puso de pie, enfundó la pistola en el cinturón a la altura del ombligo, y contempló el horizonte con una intensa mirada de frustración: -Vamonos.
-¿Cómo??? -, chilló el tercero, a su lado. -¿Qué decís???

-¿Te volviste loco, chabón??? -, gritó el que apuntaba a Benítez en la nuca. -¿Qué mierda te pasa?

-Que aunque me dé toda la bronca, hay que saber irse a tiempo, sin hacer cagadas -, murmuró el del cuello polar, sin mirar a nadie, saltando a tierra. Tomó a Benítez por la mandíbula, lo obligó a mirarlo, y le dijo: -Y vos, vas a seguir viaje haciendo de cuenta que acá no pasó nada. ¿Está claro?

Benítez asintió varias veces, incapaz de decir palabra alguna, en el instante previo a escuchar decir al delincuente que lo apuntaba por la espalda:

-¡La concha de tu madre, puto! -, antes que el golpe en la cabeza lo sumergiese en un insondable pozo sin fondo.

Al despertar, contemplando miles de bailarinas lucecitas delante de sus ojos, los delincuentes ya no estaban. Ignoraba cuánto tiempo había pasado, pero el guardia de seguridad aún no había vuelto en sí. Creyó por un segundo que estaba muerto, pero la urgencia por hallarse en el medio de la nada delante de una caja fuerte lo apartó de cualquier otro pensamiento.

Tomándose la nuca con una mano –palpando la escasa mancha de sangre que se extendiera por su cabello-, se incorporó tambaleante, apoyándose con la otra mano en el borde de la puerta del furgón, sin dejar de contemplar la hipnótica silueta del enorme cubo blindado. Y a pesar del miedo y el dolor, de un imperioso sentido del deber que le ordenaba trepar a "FÉNIX" y llegar cuanto antes a Casbas para denunciar el hecho ante el encargado de la Estación, un par de irreprimibles ideas lo asaltaron por sorpresa:

“¿ESTARÁ LLENA DE PLATA……O VACÍA?”

“¿¿¿Y SI ME LA LLEVO???”

De pronto, soñó que atravesaba la pampa a bordo de “FÉNIX” como si fuese un antiguo bandolero del Lejano Oeste, huyendo de la ley y los demás delincuentes, montado en su poderoso caballo de acero, dueño de la máquina y del botín. Sólo le haría falta la chica; rubia o morocha, le daba igual.

Pero la vana idea de independiente omnipotencia le duró muy poco…

……¿O no?……
Y el vago recuerdo de una frase escuchada hacía no mucho tiempo se le impuso en la cabeza, con un dolor mucho más punzante que el de la nuca:


“Hay que saber irse a tiempo”.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





Correo:


FESTIVAL TREN PARA TODOS*


DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE 18 horas


ESTACIÓN DE TRENES
SANTA ROSA - LA PAMPA



18:00 Hs TEATRO
Los Okupas del Andén (La Plata)
"Historias Anchas de Trocha Angosta"



18:45 Hs
Murgón Amalaya



19:00 Hs TEATRO
Patricios Unidos de Pie
"Nuestros Recuerdos"



20:00 Hs EN VIVO
MARÍA JOSÉ CARRIZO Y PABLO WEHT
y bailarines de tango (Entrelazados)



20:30 Hs EN VIVO
JUANI DE PIAN Y MARIO CEJAS



21:00 Hs EN VIVO
MARCELA EIJO Y FEDERICO CAMILETTI
y bailarines de folklore



22:00 Hs EN VIVO
TIERRA PLANA - ROCK
'Negro' Vilchez Diego Lucero Luciano Kollman Francisco Taramarca y 'Tajo'
Morettini

EXPOSICIÓN DE ARTES VISUALES

BAR ÁNGELES Y FRIDA

DARÍO 'TIKI' EYHERAMONHO
CAROLA FERRERO
RAQUEL PUMILLA
RICARDO VALERGA
DANIELA FURCH

Un verdadero paseo por la zona ferroviaria

POR LA RECUPERACIÓN DEL SISTEMA
FERROVIARIO ESTATAL Y FEDERAL



*Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com







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Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 29 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos José Luis Campana y Alicia Terzian, interpretada por el Grupo Encuentros (Argentina). Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zerón (México) y la música de fondo será de Tarpuy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!




ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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INVENTREN: Próxima estación: EDUARDO CASEY


Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
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El tren continúa parando en las siguientes estaciones:

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



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