Saturday, June 04, 2011

ESA PIEZA QUE OS FALTA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR*




*Por Celso H Agretti celsoagr@trcnet.com.ar




I


Seguramente en los años cincuenta, Salta ya era “La Linda”, con sus cerros pintorescos tan vestidos de verde, rodeando la ciudad; sus caminos de cornisa donde uno suele humedecerse de nubes, ver los valles ondulados con aquellas vaquitas diminutas como pintadas, pastando; y saliendo de una curva angustiosa los reflejos de un prístino lago, con un dique de juguete.
Entonces ya, como siempre ha sido, el tierno corazón de una colegiala ensaya atropelladamente los primeros escarceos, de un galope estremecedor en un inmaculado pecho infantil, prendado de un primer amor. Amor que nace con la ilusión de ser amada, un amor que nace como un juego que casi no se puede ocultar, y al compartirlo parece que se agranda, que ocupa todo el mundo.
Eso le pasó a la pequeña Paola, aunque podría ser, o quizás era, a cualquiera de las demás de esa escuela, y de todas las escuelas del mundo; pero sucede que por esto que relato, aquello tan común e inevitable, pasó a trascender en el tiempo de este modo.
Podríamos decir que son cosas de chicos, que es un juego inocente que más o menos nos tocó a todos; pero para las monjas que regían el colegio de varones y niñas anexo a la basílica franciscana de la capital salteña, esas cosas eran censurables e impropias de niñas o niños de bien. Sería una travesura coquetear o presumir, y era posible que el objeto del deseo nunca llegara a enterarse, que no pasara de una sospecha pero aún así, no dejaba de henchir el pecho del elegido. Pero la aventura debía mantenerse sin que las celadoras lo advirtieran. Un caída de ojos, una mirada, una sonrisa; que a esa edad los varones, más lentos en estos lances, no terminaban de interpretar; por eso ellas en sus cabildeos, entre risas y secretitos se decían que los pobres eran unos “babiecas”.
Roberto, de quinto grado, no se daba por enterado, y Paola de cuarto, recurría a su grupito de íntimas para pergeñar nuevas estrategias, ya que al estar ellas en cuarto, sólo compartían el recreo, y siempre rigurosamente sobrevoladas por las miradas vigilantes; por lo que todo debía hacerse con el mayor disimulo.
Así que un día, en el aula, durante una aburridísima clase de historia, mientras el almirante Brown disparaba sus cañones en el Río de la Plata; Paola escribió una pequeña esquela de amor, arrebolada y temblorosa, muy lejos ella de la encendida batalla de nuestro máximo héroe naval, soñando más bien, en la hazaña que planeaban ellas: que una del grupito le alcanzara de sorpresa al desprevenido Roberto, aquellos dos renglones en los que confiaba que la advirtiera, que al fin él se avivara de una buena vez… y desde lejos, ver anhelante qué iría a hacer aquel encumbrado príncipe; seguramente la buscaría con la mirada hasta encontrarla, descubrirla, fijarse en ella, y seguramente, sonreírle amorosamente…




II


De esto y de lo que sigue lo conocimos mi mujer y ya por boca del antiguo sacristán de la esplendorosa basílica de San Francisco en la zona histórica de la ciudad, en una pletórica visita turística. Este hombre, no supimos nunca nosotros por qué estaba tan dispuesto aquella mañana, mientras nos guiaba por el suntuoso templo, uno de los verdaderos altares de nuestra historia; en la que se entrelaza con la campaña del general Belgrano, donde tras aquella gloriosa batalla, funden las campanas con el bronce de sus cañones, dejándole con fervor a Salta un legado y testimonio de su gran victoria. Campanas que suenan en el alto y pintoresco campanil, que tanto luce al frente en el conjunto barroco colonial del emblemático templo franciscano, de marcados tonos que remarcan sus elegantes líneas, volutas y ornamentos, propios de principios del siglo diecinueve.
En la sacristía, en el centro de una enorme sala, hay una mesa de grandes dimensiones, e inamovible, como enclavada; ya que luce un pesadísimo y grueso mármol que admitiría fácilmente veinte personas sentadas a su alrededor, traída de Europa durante la colonia y de Panamá bajada por el Alto Perú a lomo de mulas, y asentada en seis gruesas patas redondas, también de mármol…
Y este escenario, y por esta preciosa mesa, se desató el relato de la historia de la
notita de amor que Roberto nunca llegó a leer. O casi…
­_Ah..¡Sí! Ustedes no saben que pasó con aquel papelito que tenía grabados dos renglones de ansiosas palabras de amor inmaculado y juvenil…_
_¿En dónde habíamos quedado?..._



III

Roberto permanecía un poco retraído, casi apartado, ya que se sentía grandecito, como que ya ciertos juegos no le atraían tanto, y quizás un poco distinto a los demás. En eso una de las compañeritas de Paola se le acerca rozándolo y tratando de poner en su mano el mensaje. Como él no estaba atento, ella tuvo que insistir, haciéndolo más evidente… y ¡Zácate!... Cuando Dios no quiere… Una de las monjas estaba a pocos pasos y de reojo vio algo, y como si hubiera visto al mismísimo diablo, saltó como un resorte, gesticulando a voz en cuello, tratando de obtener aquel objeto que ya era al menos obsceno. Otras monjas corrieron en su auxilio, gritando también aunque no sabían qué ocurría… Pero Roberto, ya con el papelito se largó a correr, escurridizo como un mono por aquel patio de juegos, se metió en la sacristía y en dos segundos estaba escondido bajo la mesa. Sentía afuera el barullo del revuelo, donde todos se agitaban sin saber qué pasaba.
Vio que entre la pata y la mesada de grueso mármol había un intersticio, y apurado metió la notita tan doblada como se la dieron, y la introdujo hasta que desapareció allí escondido, el cuerpo del delito. Luego salió a enfrentar a la Santa Inquisición. Hubo amonestaciones, suspensiones y notas a los padres; las más severas a las niñas partícipes del delito. Salvo muy pocos aquel día, los demás imaginaron cosas, o las mal interpretaron; los colegiales llevaron el tema a sus casas y la cosa de pequeña pasó a crecer y a deformarse; las madres estaban horrorizadas, y la ciudad misma terminó escandalizándose de las vejaciones y quizás violaciones que impidieron las santas monjas del prestigioso colegio. La moral misma de algunas familias se mancillaba en voz baja en las tertulias y en las casas.
Tras aquel bochorno, Paola fue llevada por una tía a Córdoba, donde continuó sus estudios, fue desvinculándose de su ciudad natal, y casi no se supo más de ella.
Roberto pasado el revuelo volvió furtivamente bajo su mesa a buscar la nota, pero no pudo sacarla, por más que tratara. Otro día volvió con un estilete y otros enseres para recuperar la notita, pero al insistir sólo consiguió empujarla más profundamente en la ranura; y alzar la mesa, imposible, ni él ni diez como él… Más adelante también la vida lo llevó a él a vivir muy lejos de su Salta natal…
Pasaron décadas, al menos cinco; y Roberto pudo volver ya hecho un hombre grande y lleno de recuerdos. Nunca olvidó aquella esquela, y pensaba en que mientras envejecía con distintos logros, aquel papelito, quizá amarillento, estaría allí como esperándolo.
Tras los permisos de rigor, y con la ayuda suficiente pudo mover el pesado mármol, alzándolo tan sólo un par de centímetros, y él mismo con sus propios dedos obtuvo tras tanto tiempo, el pequeño trozo de papel, y leer por fin aquellas palabras de amor que tan ilusionada y temblorosa había escrito Paola, aquel lejano día, más de cincuenta años atrás…
Quienes estaban con él en la espaciosa sacristía, asistieron a la emocionada estampa de un rostro compungido, enmarcado por blancos cabellos, de blandas majillas, donde bajaron por un instante, dos gruesas y temblorosas lágrimas, y un hondo e imperceptible suspiro, fue el preludio de un largo y profundo silencio…
Yo me había transportado siguiendo el relato del afable sacristán, tan ensimismado, que también sentí mis ojos humedecidos y en el pecho el corazón como que se me derretía lentamente…
_¡Oh Dios!..._ exclamó, mirando alarmado su reloj, y llevándose una mano a la frente, como asustado…_¡Las doce y quince!..., ¡Y yo no toqué las campanas de las doce!..._ y agregó: _¡Sólo me había pasado una vez en treinta años!!!_
Y se fue presuroso a su repique de campanadas de aquel medio día, en que se retrasaron quince minutos… ¡Por una pequeña notita escrita por una jovencita enamorada, hace más de cincuentas años!



-Celso H Agretti
Avellaneda, Santa Fe; 31/05/2011









EL ANCHO MUNDO*


No duermas, la lluvia nunca cesa. No hay paz ni vuelo perfecto.

Breve Introducción a la Nada
José Luis Fariñas



La vieja señora trajo una avecilla nueva, en jaula nueva. La colgó en la sala, junto al perico. La recién llegada no cesaba de revolotear de un extremo a otro, intentando pasar la cabeza entre los barrotes.

- Deja de hacerlo – le aconsejó el perico -, no lograrás sino hacerte daño. Sólo lo salvajes pudieran tener semejante reacción y ya no lo eres, ahora eres un ave atendida por los humanos.
- ¿Humanos? – preguntó asustada el avecilla.

El perico señaló la puerta por donde había desaparecido la vieja señora.

- Son los que se encargan de alimentarnos, cambiarnos el agua, limpiarnos la casa, colocarnos bajo una bombilla cuando hay frío, cubrirnos con mantas para protegernos de las corrientes... ¡Qué fuera de nosotros sin ellos!... Excelentes sirvientes, con tal que no les picotees los dedos, eso lo aprendí de mis padres, pericos con pedigrí, en la tienda de mascotas donde rompí el huevo.

Su interlocutora no lo sabía, pero debería estar orgullosa de que el perico le dirigiera la palabra. Era un ave de alcurnia, con certificado de nacimiento, mientras ella era una vagabunda.

- ¡No quiero nada de eso! – insistió, golpeándose la cabeza contra los barrotes – ¡Tengo todo lo que necesito en el ancho mundo!
- ¿Más ancho que éste? – el perico señaló su jaula, algo más amplia.

Los ojos del avecilla comenzaron a mirar hacia dentro…

- En el ancho mundo, si tienes sed, vuelas hacia la cascada, no hay agua tan fresca y cantarina… Si hay corrientes de aire, tu árbol te abraza con sus ramas… Si tienes frío, buscas el sol; cuando se va, tenemos la luna… Nos cuidamos unos a otros, volamos a tierras lejanas, sobre el gran azul. Lo hermoso de ser libre es volar…
- ¿Vas a comparar ese sinsentido con nuestra cómoda vida? – el perico señaló su pozuelo - ¿Qué me dices de la alimentación?
- Si tienes hambre solo tienes que mirar a tu alrededor, siempre habrá semillas, frutas, insectos, gusanillos…
- ¡Puaf! – volteó el rostro el perico - ¡Eso último suena asqueroso! No seas malagradecida, vamos, bendice tu buena suerte.

El avecilla guardó la cabeza bajo el ala.

- ¡Qué mal educada es la plebe! – concluyó el perico y decidió no dirigirle más la palabra.

Amaneció muerta, no resistió el cautiverio.

- ¡Lástima de cena desperdiciada! – dijo su vecino cuando la humana arrojó al cesto las semillas sin tocar.

Pero la vieja señora no estaba tan sola como parecía, su única compañía no era el loro. Entre sus macetas anidaba una araña, se paseaba un caracol, se había acomodado una mosca y estaba posada una mariposita gris.

Todos habían escuchado el diálogo del día anterior. Y ¿qué decir? Todos ansiaban conocer “ese mundo”. A pesar de las protestas y consejos del perico, acordaron reencontrarse a una hora y partieron, con el alma llena de esperanzas. El ave los miraba con desdén, ni siquiera sentía curiosidad.

- ¡Pamplinas, puras pamplinas! – les gritó.

Pasadas varias horas regresaron los expedicionarios.

- ¡He visto el sol! – dijo la mariposita - Es soberbio, ejercía sobre mí una atracción hipnótica. Una de mi especie se me adelantó, voló hacia él y… fue algo indescriptible, ¡por unos instantes tuvo luz propia! De repente, el sol se apagó, esperé, pero no vi salir la luna; me hubiera gustado conocerla, mas se hacía tarde para la cita.

Había visto una simple bombilla, pero no lo sabía.

- Yo fui en busca del agua, ¡encontré la gran cascada! – dijo la mosca - Manaba desde lo alto, cantarina, transparente. Iba a probar su frescura, mas se agotaba mi tiempo y no quería dejarlos esperando.

Había volado hasta el grifo del lavamanos, para ello tuvo que cruzar la sala y el cuarto, fue quien más lejos llegó, pero no lo sabía.

- ¡Yo llegué hasta el fin del mundo! – dijo el caracol – Nada se le compara. Hubiera quedado sumergido en su contemplación, ¡era tan inaudita su mera existencia! Regresé porque había dado mi palabra.
- ¿Y cómo es, cómo, cómo? – preguntaron los otros viajeros.
- Tal como dijo el ave, ¡es el gran azul! Se alzaba ante mí, alto, recto, totalitario… Abarca lo que la vista puede alcanzar, no importa en qué dirección moviera mis ojos, ahí estaba.
- ¡Ah…! – suspiraron fascinados los demás.

Había llegado hasta la pared opuesta de la sala, pero no lo sabía. Habló entonces la araña.

- Pues yo logré balancearme hasta que llegué a un mundo paralelo.
- ¿Cómo? – dijo el caracol - ¿No termina el mundo en el gran azul?
- ¡Es posible que termine el mundo, pero no la realidad! – la araña, además de poeta, era filósofa – No estamos solos en el universo, hay otros mundos, infinitas realidades, hubiera dado cualquier cosa por contactarlos… Mas, estaba la promesa de regresar, siempre cumplo mis promesas.

Había viajado hasta la tendedera llena de ropa lavada, pero no lo sabía.

- ¡Tontos de remate! – se erizó el perico - ¡Eso es lo que sois! Vuestra vida es corta y la desperdiciáis en estúpidas aventuras.
- Tal vez no nos quede mucho tiempo – murmuró el caracol -, por esa misma razón, pienso regresar al confín, puesto que es lo más emocionante que me ha sucedido. ¡Y quiero volver a vivirlo!

Y echó a andar, sin saber si viviría lo suficiente para llegar. Tras él, la mariposa esperando fundirse con el sol, la mosca anhelando sumergirse en la gran cascada, la araña dispuesta a entablar contacto con civilizaciones paralelas…

- ¡Pamplinas! – dijo el perico enojado, viéndolos partir.

Y se sumergió de nuevo en la tarea de picotear las semillas sabrosas y aventar las amargas, porque ningún humano es perfecto: por mucho que vinieran sirviendo a su estirpe, generación tras generación. Aún así, valía la pena convivir por lo menos con uno de ellos, ¡por supuesto que valía la pena! Si se tiene todo al alcance del pico, ¿para qué soñar con otra vida, por buena que pueda ser?



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.





YARAVÍ*

“Cuando el hombre calla frente a la injusticia,
se consume en su propia miseria.”
LUIS MACAYA MARQUES



No calles alma mía.
Deja que llegue el yaraví a tus playas vírgenes.
Cuéntales de los chonos y los cuncos.
De las madres que cantan nanas a sus guaguas ausentes.
Dile de las sangrientas guerras.
De las viejas armadas con semillas.
Cuéntales que el cobre no se cobra, ni se vende.
Como la Pachamama , la memoria, el olvido.
Cuéntales de tu Chile.
Recuérdales el pájaro con manchas amarillas en sus alas.
Diles de la araucaria y el pehuén.
Canta con los chiquillanes y pehuenches.
Llora con los mapuches.
Habla de tus amores y dolores.
De tus mujeres, del minero.
De San Martín de O’Higgins.
Del asesinato de Allende.
De la bestia innombrable.
Finalmente, alma mía, habla de tus amores.
Y canta, dulcemente, canta, la Justicia , no es un nombre.
La justicia.
Es un deber… y un hecho.



*De AMELIA ARELLANO. arellano.amelia@yahoo.com.ar
SAN LUIS - ARGENTINA






A J. Mario*



"Desarmad un reloj. Ahora armadlo de nuevo. Esa
pieza que os sobra, ¿la veis?, es el nadaísmo."
J. Mario


Desamad a vuestro objeto amoroso
Ahora amadlo de nuevo
Y buscad
esa pieza que os falta.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Historia de un retrato*



*Por Juan Forn


Año y medio antes de morir, el gran Alberto Giacometti aceptó hacerle un retrato a un bon vivant y aspirante a coleccionista de arte llamado James Lord. Como buen tilingo, el modelo pensó que alcanzaría la inmortalidad posando una o a lo sumo dos veces para el pintor, pero terminaron siendo dieciocho jornadas agotadoras, sentado rígidamente en una silla, en el lóbrego atelier parisino de Giacometti. Lord había llegado a la ciudad como soldado raso con las tropas aliadas que liberaron París al final de la
Segunda Guerra, y merced a sus encantos sedujo a Jean Cocteau, luego a Dora Maar (la ex amante de Picasso con quien tuvo un conveniente romance), luego a la pareja conformada por Gertrude Stein y Alice Toklas, y así accedió al círculo áulico de los artistas de Montparnasse. Pero Giacometti era un hueso duro de roer: no socializaba, no le interesaba triunfar en América (la herramienta que solía usar Lord para ganarse la confianza de quienes admiraba), no le importaba otra cosa que develar un enigma: "Sigo pintando sólo para saber por qué no puedo poner en el lienzo lo que veo".
Giacometti había sido el primero de los surrealistas en abrazar la abstracción y también en abandonarla. Su retorno a lo figurativo había sido fulgurante, con esas anónimas y espectrales esculturas esqueléticas, de hombres caminando solitarios y mujeres esperando en grupo pero igual de
solitarias, que se convertirían en su marca de fábrica y en la imagen por antonomasia de lo que había terminado siendo el hombre para el hombre a esa altura de la Historia. No es casualidad que la obra de Giacometti fascinara por igual a Sartre y a Samuel Beckett. No es casualidad que cualquiera que
camine contra el viento o espere en una esquina solitaria hasta el día de hoy se sienta irremediablemente una figura de Giacometti, un abandonado por su época. Después de contestar así la famosa pregunta de Theodor Adorno ("¿Puede haber poesía después de Auschwitz?"), Giacometti hizo otro viraje igual de fulgurante en su obra: la restringió al retrato. Del contorno de lo humano pasó a sus rasgos, en forma de retratos y de bustos. Una y otra vez trató de reproducir los rostros de su hermano Diego y de su amante Annette, obligándolos a posar durante infinitas jornadas. Annette fue la primera en rendirse ("Me sofocó la sensación de que toda mi vida se consumía en ese acto"). Diego, que trabajaba en la habitación de al lado del taller de Giacometti y era el encargado de realizar los moldes de las esculturas de su hermano, tuvo más paciencia pero también terminó pidiéndole que lo esculpiera de memoria y lo dejara trabajar en paz. El joven James Lord apareció providencialmente en ese momento y Giacometti no lo pensó dos veces: lo encadenó a la silla.
Lord escribía dos veces por semana a su madre al otro lado del océano acerca de sus actividades (mayormente chismes: cuando Gertrude Stein quería que algo se supiera en todo París, se lo contaba a Lord como confidencia). La noticia de que Giacometti iba a pintarlo era tan sabrosa que pidió permiso
al pintor para ir fotografiando el retrato en el estado en que quedaba al final de cada jornada, suponiendo (con razón) que Giacometti no le regalaría la tela y que su madre no podría verla nunca. Lo que no se imaginaba era el efecto que esas jornadas tendrían en su vida. Cuando Giacometti murió un año
después, Lord publicó tímidamente un librito en el que relataba aquellas dieciocho sesiones (antecedida, cada una, por la fotografía correspondiente del cambiante retrato). El resultado es hipnótico: un artista pinta un retrato y es retratado a su vez por el modelo que posa para él. El modelo no sólo registra cada palabra y cada gesto del artista; además, intenta por todos los medios que el artista no arruine el retrato que está pintando.
Giacometti era legendario por pulverizar y reconstruir una y otra vez sus piezas, fuesen cuadros o esculturas, hasta que lo conformaran mínimamente ("Nada de lo que he expuesto estaba acabado. Pero no atreverme a exponer habría sido una cobardía"). Igual de legendarios eran los comentarios que
hacía en voz alta para sí mismo mientras trabajaba ("Trabajo frente a la pieza como si tuviera la cara apretada contra una pared y no pudiera respirar"). Lord no sólo transcribió clandestinamente esos comentarios sino sus propias sensaciones desde el momento en que, finalizada la primera sesión, Giacometti le dijo: "Hemos ido demasiado lejos, no podemos parar ahora. Tienes que seguir viniendo". A lo largo de las sesiones siguientes, el pintor ruge, bufa, aplasta cigarrillos con el pie, vuelca trementina,
sale al patio a quemar dibujos viejos, se tumba en la cama y anuncia que no va a levantarse nunca más. "Cuanto más se trabaja un cuadro, más imposible resulta acabarlo", "Deberían encerrarme en un asilo", "Hay que acercarse un poco más al precipicio", "Ay, la venganza del pincel contra el pintor que no
sabe utilizarlo". El retrato irrumpe y desaparece en un magma de grises a lo largo de las sesiones, como si Giacometti no tuviera control sobre él.
Cuando a Lord le pica la cara y pide permiso para rascarse, Giacometti dice:
"Calla. Son las pinceladas que estoy dando a tus mejillas". Cuando Lord comenta que ya no se puede ver nada en la penumbra, Giacometti dice: "Con la última luz se alcanza a captar lo que no se ve el resto del día". Cuando Lord le pregunta cuántas sesiones más harán falta, porque lo esperan en Norteamérica, Giacometti contesta: "No dejes que este retrato interfiera en tu vida". Pero eso es imposible para Lord: "Era como si la pose en que me había colocado me hubiera paralizado para siempre".
Algo de eso ocurrió. Después de publicar su librito, Lord dedicó los quince años siguientes a escribir una biografía de Giacometti (que hasta el día de hoy es la más exhaustiva que existe) y una serie de libros posteriores que tuvieron a Giacometti como referencia ineludible. Su ambición era poder comprar alguna vez, con el dinero obtenido, aquel retrato que le hizo el pintor, pero Annette (la amante devenida esposa y luego viuda y celosa albacea) se lo impidió, enfurecida por las intimidades que, según ella (y un
manifiesto que pagó de su bolsillo, publicado en las revistas de arte más importantes a ambos lados del Atlántico, firmado por todos los galeristas de Giacometti) distorsionaban "irreparablemente" la imagen del pintor. No fue de la misma idea Diego, el fiel hermano de Giacometti, que no sólo aceptó firmar un prólogo al librito de Lord, sino que confiesa en él que varias veces ante sus páginas tuvo el impulso de trasladarse al estudio de al lado a leérselas en voz alta a su hermano. "Sólo alguien obsesionado por el
retrato como mi hermano habría sabido valorar esta semblanza. Cuando Alberto terminó el primer busto que hizo de mí, me llamó a gritos desde su estudio y me dijo: Mírate. Con ese mismo espíritu me hubiera gustado leerle a él este retrato que le hizo Lord."


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-169357-2011-06-03.html







LEGGERE*



Pequeños garabatos casi indescifrables en una libretita gris. Números circunstanciales, sin un nombre señal. Claves sin traducción. Letras del orden informático para resolver un problema.Cada inscripción lleva a un asunto cotidiano ¿Y esos días y esas horas y la tinta gastada y el papel? ¿la emoción, el enojo por el desperfecto, el precio, la necesidad? Y los dedos, los ojos, la personalísima arquitectura de lo mínimo¿Y la imposible reconstrucción? Y el trazo de las letras? ahora mudas, inexplicables teoremas, arañitas de ser, jeroglíficos sin su piedra roseta. Y el pulso, firmeza o levedad del trazo, el orden o la anarquía, lo no dicho, esa inexpugnable fortaleza, libretita gris.Y el cuadro que mirabas Leggere, palabras de Calvino de "Si una noche de invierno un viajero" y el día que en Roma lo compraste junto al Leggere de Petrarca y en Bs As buscarle un marco, y el clavo, y la gente que le dio su mirada, libretita gris y qué mientras anotabas un número de service, de suscripición, con esa letra aprendida en una escuela de un país que casi ya no existe, deseo de igualdad, guardapolvo blanco, mientras sube la Aurora y la letra cambia se hace joven escribe en las paredes la fiesta de la lucha y en los cuadernos de la facultad fórmulas que ya no sirven, no sólo porque no estás, ni siquiera está el lugar laboratorio, donde anotaciones y saberes se volvieron prácticas, análisis ahora llevados a otros, que acumulan, tercerizan, chupan ¿Y la igualdad y el guardapolvo y el país y lo que no se hizo mientras se escribían las fórmulas?¿y lo que no se pudo?. ¿A quién preguntarle ?. La letra crece, escribe números de parteros y pediatras en otras agendas que no están ¿Hay un cielo cubierto de hojas intrascendentes? Atravesando el tiempo, niñas crecidas, pediatra muerto, la letra apunta horarios de vuelo, llegadas a ciudades que quizás recuerdo sola y vagamente con mi memoria flotante. La letra, los dibujos de tinta con la misma mano que acaricia el pelo que adorna la cabeza llena de preguntas -dolores : Cuánto tiempo gastado en apuntar, comparar precios de aparatos, acaso inservibles, siempre mudos, absurdas esculturas plásticas ahora a lo mejor tiradas mientras el poster comprado en Feltrinelli, Calvino que no termina de leerse en nuestra casa - libro. Lectores que creaste, más que el jugo de naranja que al final se podía hacer igual sin el aparato, como no es igual la pared sin Calvino que cuenta acerca de los libros que producen una curiosidad, imprevista, frenética, no claramente justificable. Números escapados de un signo monetario inexistente, australes, dólares, dolores de no poder volver atrás a comprar nuevamente las palabras de Leggere en el ocre silencio del espacio italiano donde compartí tu familiaridad penetrante con los libros. Libreta gris, qué puedo yo, en este universo de ganchitos, cómo puedo sacarte del laberinto sin salida, pensaba cuando volvía del sanatorio sabiendo que ya nunca vos, pensaba en eso que hacer con la libretita apoyada en la mesa de la computadora, cerca de la pared, donde se lee acerca del leer, palabras de Calvino y de Petrarca, que los visitantes recitan en italiano. Ahora hay nuevos lectores (algunos que no te conocieron) ni saben de la libretita, tan chica, tan doméstica ¿Y si había alguna señal que se me pasó? un grito oscuro de despedida, letras, números, rizomas, perfume de papel. Y si hubiera un abrazo escondido que sale a la luz cuando se unen los puntos de estaciones de trenes, tus piernas adelantándose en alguna selva, en alguna vida, dejandome herida con tas pequeñas anotaciones sin sentido, plomero, presupuesto, se trata de abrazarte con la mirada en la libreta, al niño, al guardapolvo, al país, a los análisis transformados en números de vuelo para llegar a un lugar donde nos tocamos de letra a letra a piel, a piel.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Morada*


Luz
ciega
que desciende
En violeta
camina
( Silencio:
el rosa acompaña)
Acurrucada
es
por el dorado
El azul
suplica
Avanza
-dudoso-
el blanco
Vigente
el verde
la abraza
¿Y el rojo?
( Los miedos
cuchichean)
Y es en los rayos
donde
se cobija.


*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com






Correo:


*

Queridos amigos:

Tengo el placer de invitarles a visitar mi nuevo blog, donde proyecto ir reuniendo las colaboraciones publicadas en diferentes revistas y boletines a lo largo y ancho de la red.
Espero sea de su agrado
y aprovecho la ocasión para mandar un saludo.


DESIERTOS QUE HABITÉ OASIS QUE ENTREVÍ



Porque volé una tarde
Posted: 31 May 2011 12:28 AM PDT

Porque volé una tarde, sediento de horizontes,
los dioses me encerraron en una oscura celda
donde no se percibe el rumor de las cascadas
ni puede olerse el alma de la nieve.

Porque osé ejercitar mis propias alas,
ángeles envidiosos me prendieron
(ángeles emboscados, sólo sombras
que jamás se asomaron al borde de unos ojos)

Porque aventuré mi rostro contra el viento
y canté bajo el temblor de las estrellas,
me encadenaron al martirio de la ausencia.

Porque violé las leyes de los náufragos
(se me acusó de alterar a las mareas
y del amotinamiento de las algas)
me condenaron a extrañar los cristalinos
reflejos del azul mediterráneo.

Porque traspuse umbrales precintados;
porque atravesé fronteras clausuradas;
porque aposté la sangre y la cordura
con un fervor de luz en las entrañas,
hoy habito esta celda ensombrecida
donde no llega el silbo de la nutria
ni el hálito amigable de las lilas
ni el fragoroso canto del torrente.


De Destierro
-Publicado en Inventiva social y en el libro electrónico Senda



*Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/



*


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