Saturday, June 25, 2011

Y AL FIN ANDAR SIN PENSAMIENTO...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




LOS NIETOS*

Para Katia


La llegada de los nietos de Katia ha sido una catástrofe: Estos tres chiquillos no tienen remedio, cuando se juntan valen por un ejército. Apagan las luces cuando me ven asomar, he tropezado con cada mueble de la casa, el pequeñito de los ojos azules me roció con un spray de insecticida, por suerte me escabullí a tiempo. No sé cómo ni cuándo, colocaron azogue en mis gárgaras, ahora apenas puedo emitir quejidos de gatito recién nacido… adiós a mis arias de ópera; para colmo, el mayor me persiguió hace dos días con una antorcha hecha de periódicos, sabiendo que tengo fobia al fuego. Me han puesto ratoneras… Y todo eso es poco: ¡Me han lanzado un balde de agua helada este amanecer! No paro de estornudar, amén de los temblores que recorren mis pobres huesos, estoy seguro de que saben de mis alergias – por eso a veces los tengo días y días sin agua, porque el detergente del lavado me pone histérico -. Esos mocosos no respetan nada…

A este paso, renunciaré a ser el Poltergeist de la familia. ¡Ellos se lo pierden!



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.










Parodia*



*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com



Y vio Dios que era bueno. Entonces dijo: hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestras semejanzas. Y creo Dios al hombre a su imagen; varón y hembra, Adán y Eva. Mas tarde los bendijo diciendo; fructificad y multiplicaos hijos míos.
Luego los coloco en el Jardín del Edén (el paraíso) y para probar su fidelidad y obediencia les dio una tarjeta de crédito para que comprasen lo que quisieran para su subsistencia, siempre y cuando no abusaran de los gastos. Porque si sobrepasaban el limite del crédito, tendrían problemas. La
serpiente (Satanás) se aprovechó de esta única regla, y así tentó y engañó a Eva; la cual pasó la tarde comprando una prenda tras otra, carteras y collares, aros y pinturas, una cosa tan cara como la anterior, y viendo Eva que era "bueno para vestir, y que era agradable a los ojos, y realmente un regalo codiciable para alcanzar la belleza ", llamo a su marido para pagar y cargar con los paquetes . Dios dijo entonces: "El ser humano ha conocido la vanidad y el crédito a largo plazo, por esto perecerá toda su vida acorralado por las deudas sin ningún dinero que alcance”. Y así esta falta de obediencia les acarreó la expulsión del Paraíso. Expulsión en la que Dios les castigó con los impuestos, tributos, aportes, embargos, y por supuesto un pésimo trabajo mal remunerado. Luego Dios dijo otra vez.
"Con el sudor de tu rostro solo podrás darte el gusto de comer el asado del sábado, porque no abra mas lujo que este; pues nada tienes y nada tendrás, por tu avaricia parirás a tus hijos con dolor, y después de paridos te devoraran como fieras”. Y para asegurarse de que todo se cumpliese en tiempo y forma, mandó sus ángeles para vigilarlos, los vistió de traje y les llamó abogados. Estos hechos son conocidos como el Pecado original.








PINOTO*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


En la memoria de los antiguos habitantes del pueblo surgen las anécdotas que de vez en cuando afloran en las mesas del club, siendo que la mayoría en virtud de su juventud sólo conocen al personaje sólo de mentas.
Heredan historias, vienen de vez en cuando y uno de aquellos hombres que han dejado la marca por sus extravagancias es don José Bicoca, alias "El manco" o mejor, con el más simpático apodo cuyo origen es tal vez familiar, Pinoto.
El apodo de manco tenía sentido porque al parecer un infeliz accidente producido por un caballo que se espanta y lo arrastra con él, según cuentan, tenía la soga arrollada en la muñeca es que terminó sus días con un muñón. Esto fue en su niñez.
Este desgraciado accidente no fue óbice para que logara con esforzada dedicación, mucho trabajo y obstinada persistencia, una buena posición económica que lo hacía jactarse con esa charla jocosa -"picante" incluso, se diría ahora- en las mesas del Club Huracán. Como socio vitalicio ya que había sido fundador y presidente.
-Yo, con una sola mano me compré cuatro camiones y cinco casas y otros con las dos no tienen ni dónde caerse muertos.
Y no faltaba al comedido que le seguía la discusión sólo por verlo como se iba poniendo con el rostro granate lo cual daba una impresión de ogro al que también ayudaba su gran corpachón. Pero no engañaba a nadie.
Era más bueno que el pan. Por lo que se relata en las mesas del Club y por todas las "anécdotas de Pinoto", con las cuales uno mismo se crió, daba en suponer una teoría conspirativa que se encargaba de perseguirlo no eran los poderes terrenos quienes ejercían esa persecución para con él, sino los mismísimos santos encabezados por "ese cabrón de San Pedro", según su colorido vocabulario.
Corrían los años cincuenta del siglo pasado, Pinoto había adquirido un camión Diamond T, modelo 37, al parecer en buen estado. Muchos sacrificios le había demandado ahorrar en sus trabajos de chofer de otros camioneros, pero al fin había logrado el máximo sueño: ser propietario de su camión, su herramienta de trabajo más preciada.
Y le surgió un viaje, llevar una carga al puerto de Rosario, tal vez cereal o leña o alguna ignota mercadería que la historia no registra.
Todo fue "viento en popa", como se dice, pero al entrar a Rosario, por la ruta 33 y traspuesta la ciudad de Pérez, el hidalgo camión se detuvo.
"Pinoto" bajó casi mordiéndose los labios y levantó el capot.
Una mirada ocular bastó para que su ojo experto detectara el desperfecto, que al parecer no carecía de importancia.
Entonces se sacó el sombrero negro que usaba siempre, lo sostuvo con su única mano y levantando el muñón hacia el cielo prístino de mayo, con voz de trueno exclamó, entre lastimero e interrogante:
-Ay San Pedro, ya te enteraste que me compré el camioncito.
Y como obviamente, desde el cielo nadie respondía y el aire seco y azul sólo era horadado de patos siriríes en vuelo hacia las islas, en un casi sollozo, interrogó: ¿No te pudiste confundir con el camión del gringo Pacovich? ¿No te diste cuenta que tiene uno igual, de la misma marca que el mío?
Otro día en que estaba lavando la cabina de uno de esos grandes camiones que trasportaba combustible, a todo esto habían pasado varios años, y al circular otro camión sin querer le rayó la puerta que tenía abierta hacia la calle. Saltó con los ojos desorbitados, se sacó el sombrero e hizo
un gesto ampuloso y gritó hacia el cielo:
-¡Santos! ¡Los quiero todos aquí! Y señaló el sombrero que esperaba hacia arriba como un cuenco. Luego -dicen los testigos- que puso ese objeto negro delante de la rueda del camión, subió, le dio marcha y volvió hacia atrás.
Sacó el sombrero aplastado como un plato y respiró aliviado, diciendo:
-¿Vieron? ¿Vieron? Tanto perseguirme, al final los maté a todos.
Todas las historias tal vez no fueron reales, pero la sabiduría popular
siempre atribuye estos "sucedidos" porque son creíbles en el personaje que se prestan de representar. Es decir, que si no existieron, merecen haber existido y no se habría faltado a la verdad.
Como esa vez que bajó a un aljibe intentando limpiarlo de hojas secas y tal vez fondearlo un poco con una pala para mezclar mejor el gusto del agua.
Cuando quiso salir, no pudo. Se le quebró un peldaño de la escalera.
Hemos dicho que era un hombre corpulento y fueron varios los esfuerzos que realizaron su mujer y sus tres hijas al pretender subirlo ayudándose con una soga.
Se rindieron al fin y buscaron ayuda a sus vecinos, Miguel Ocariz y Pedro Siro. Dos hombres fuertes entonces lo subieron casi en vilo, atándose él con la soga a la cintura.
Cuando salió, lleno de sudor y barro se encaró con las cuatros preocupadas mujeres quienes lo vieron salir con alivio.
-¿Qué lindo, no? ¿Cuatro mujeres grandes no me sacan del pozo y lo hacen, un gallo y un gato?
Tal eran los sobrenombres de sus solidarios vecinos.
Él, "Pinoto" tenía su humor, como todos coinciden en el recuerdo.







¿Terror en Mí?*



Buscando encontré mi muerte:
La vi de lejos esperando.
Sentada,
Tranquila
Y por suerte un tanto distraída.
A veces uno se arrepiente de lo que encuentra en su búsqueda,
Aunque esa búsqueda sea en su nombre.

Sin suerte encontré a mi muerte,
Y corrí a esconderme inútilmente a su vista.

La reconocí al verte,
Y quedé paralizado y sin ganas de moverme.

Sé que mira a mis espaldas,
Por eso no he de moverme.
Sé que mira detrás de mí,
Aunque con un poco de suerte
Mi fin podría ser feliz.



*de hugo ivan cruz rosas. quetzal.hi@gmail.com











DESNUDO SOBRE PAPEL DE DIARIO*





*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com


Los personajes de esta historia son los mismos que venimos leyendo desde hace ya varios años. El siempre es él. Ella ha tenido varios nombres. Varios cuerpos. Varias hileras de dientes.
El muchas veces creyó que era rubio y que era delgadísimo. Muchas veces escribió su nombre detrás del documento para no olvidarlo. Muchas veces entró en el relato empujado por un émbolo literario al servicio del suceso.
Siempre ha sido el personaje que vive en otra ciudad porque ella siempre ha sido la mujer que vive en esta ciudad. Para verse, uno de los dos siempre ha tenido que cruzar un río literario, atravesar una autopista ficcional, pagar un peaje riguroso. Hasta hoy, él nunca tuvo que ganarse la vida trabajando
en un peladero de pollos o como picapedrero pero lo bien que le habría hecho una experiencia real.
Convengamos que cualquier narrador mentiría si dijera que este personaje no viajó a otra ciudad donde un día conoció a una mujer que luego viajó a su ciudad para volver a verlo. Cualquier narrador sería falaz si no contara que ese ir y venir de huesos dejó en la memoria una idea de ciruelo florecido.
El destino de los personajes es misterioso. Sobre todo para el narrador.
Sobre todo porque los castores construyen diques pero los personajes no.
Porque una mujer textual instala un piano en una calle recta, iluminada por grandes farolas, en un barrio francés lejos de Francia, pero las mujeres reales no. El destino de los personajes es una maniobra compleja, en este mismo momento, al narrador, se le va de las manos su personaje que se desvía
oblicuamente hacia la esquina de ese barrio francés tan lejano de su lugar de origen.
El narrador no puede evitar ese desvío y nosotros lo seguimos. Nos preguntamos si ella estará por llegar desde su ciudad con una sonrisa en cada boca. Esta última inquietud no es nueva. Una cosa puede llevar a otra.
Esto puede provocar aquello. El narrador de estos textos puede ser narradora con la misma naturalidad con la que esta calle puede ser un archipiélago.
El personaje que había dado pasos oblicuos encontró a la mujer oblicua. El enamoramiento se produjo una vez más con mucha calma. El pino muere a los mil años, la flor del hibisco no dura un día. Ambos se roban la noción de tiempo y espacio y otras novedades, mientras el narrador escribe que ellos se robaron la noción de tiempo, la noción de espacio, la noción de mundo, la noción de cuento, la noción de amor y otras novedades.
Por momentos, la narradora travestida de equipaje escribe sin pronunciar palabras y esto resulta de muy poca utilidad puesto que ante la falta de letras el papel permanece en blanco. Una cosa lleva a la otra: nosotros reponemos. Llenamos con nuestros vasos sanguíneos los ríos vaciados por la elipsis. Sostenemos a nuestros personajes con ambas manos, con tanta destreza como si fueran dos manos derechas y nosotros un ser doble que lee y escribe a la vez.
El narrador no quiere contarnos lo que ella trae desde su ciudad, lo que ella sabe y nosotros ignoramos. Pero el narrador nos deja leerla cuando cruza las piernas ante el personaje que siempre ansía verla cruzar las piernas y sonríe con sus labios de bergamota bajo un claro diluvio naranja que nos obliga a guarecernos en un cuarto vagamente iluminado, donde la penumbra desnuda la flora, la fauna, el río, los cuentos, las almas.
El narrador que estaba sentado en su silla, tumbado, se pone de pie. Lo seguimos. Entramos al cuarto iluminado vagamente. Nos detenemos ante los desnudos. Están entre nosotros. No nos advierten. Ni siquiera advierten a su propio narrador o narradora. Está ante nosotros esa desnudez que nos desnuda. La de ellos. La del relato. El es el que siempre espera a la que siempre viene. Hay un reloj que no suena. Una lámpara. Una fábula oculta. Un pozo de fuego. Un texto. Y ellos entre nosotros. Ya no sabemos cuál de ellos es uno de nosotros. Si el personaje que se cree rubio, la mujer que desnuda lobos, la narradora que barre lentamente lo que acabamos de leer hasta perdernos de vista y quedarnos desnudos en el texto vacío del cuarto vacío.
Ellos, los amantes, quieren hacernos creer que la desnudez, tan perfecta como la rueda, la luna o el cuchillo, no es nuestra, sino de ellos, pero ya lleva demasiado tiempo la narradora travestida de tinta negra trabajando sobre esta hoja de papel de diario: no lograrán engañarnos, porque esta narradora travestida de lobo, que ya no nos avisa del próximo peligro desnudo de los personajes desnudos, nos ha formado.
Este papel que se refocila al borde de la suerte, en algún momento empezó a ser reflejo, a ser espejo que nos devuelve desnudos y aumentados. En algún momento, este papel rugoso se ha vuelto un testigo, un cíclope, un megáfono.
Este papel nos lee, nos conjuga, nos altera, nos insinúa, nos prolonga con un vértigo poco común si se tiene en cuenta que la inmediatez del diario tiene virtudes opuestas.
A esta altura de la desnudez, queda claro que este texto no es un madrigal, no es un responso, no es una confesión, ni un manifiesto. Es apenas un texto escrito en una página de un diario que finge un andar pasajero y no pide perdón a la eternidad de las letras.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-29259-2011-06-25.html

















NARANJO EN FLOR”*




Dedicado con profundo afecto y vergüenza ajena
a “ la sombra envejecida de aquel pibe solitario”**








“Primero hay que sufrir, después amar,

Después partir y al fin andar sin pensamiento.” *



Cuando las pájaros pronuncian sus primeros trinos.




Por la calle ancha, avanza, el pibe.


Mira a Pedro Estrella, zizageando.




Estrellado, opaco espejo en ruinas.


Punto y coma, el que no se escondió se embroma.




En estado de coma permanente, avanza.


Aunque no coma margaritas se parece al cerdo.




Bebe el estupor en los charcos. En el tetra.


En el teatro del absurdo. En el vaso roto.




Orina los muros del hastío.


A veces saca el candado de su cuerpo.




El pibe lo mira desde lejos. ! Tan lejos!


Y un “perfume de naranjo en flor” le aprieta el alma.




Y sufre porque ama. Y ama porque sufre.


Y parte porque vuelve. Y vuelve porque vive.




Toma un “pedazo de “vida” y se recuesta en ella.


"Como un pájaro sin luz" cierra los ojos




Y el perfume de “naranjo en flor” lo retorna.


Lo envuelve en sus brazos de perfumado azahar.




Lo llevan a “la eterna y vieja juventud”.


Y vive... por un momento...vive.




¿Quién dijo que la eternidad es un pecado?



** ANDRÉS ALDAO

*Tango: Letra de Homero Expósito.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






*


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