Monday, May 28, 2012

EL FUTURO JAMÁS NOS ALCANZARÁ...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





Doña Merenguito*


         Vestía siempre sayas amplias y blusas de óvalos, no la recordaban con otro atuendo. Los niños imaginaban sus escaparates como poblados de ecos, donde cada saya y cada blusa de lunares tendría su igual, repetido hasta el infinito.

         Tuvo dos hijas, cuando eran niñas les cosía y bordaba preciosos vestidos, a modo de tener ocupadas sus manos inquietas. En las tardes se sentaba con ellas en las piernas, en su sillón de amplios brazos y se dedicaba a tejerles trenzas en forma de carrileras, atando trenza con trenza, de modo que cada una encontrara su perfecto orden.

         Pero las hijas crecieron y fueron a construir sus propios hogares. En el pueblo de Quita y Pon es muy fácil hacer un hogar. Solo hay que buscar un espacio vacío, en un lugar lindo y sombreado en las márgenes del río y comenzar a colocar piedras. Porque con piedras se hacen las casitas de Quita y Pon. Luego, si alguien quiere mudarse a otro pueblo, o hacerse una casa nueva, solo tiene que quitar las piedras, dejando el espacio disponible para cualquier otro.

         Doña Merenguito quedó sola. Su esposo era carpintero y venía apenas en las Navidades, para marcharse luego de la celebración de Fin de Año, ya que en Quita y Pon no había necesidad de muebles de madera; con tantas piedras disponibles se podían hacer camas, mesas y asientos. El único mueble de madera del pueblo era el sillón de Doña Merenguito. 

         Al quedar sin niñas a quienes peinar y hacer vestiditos, ella no supo qué hacer con sus manos, tan habilidosas y siempre intranquilas.

         Una tarde, sus gallinas pusieron más huevos de los que podía comer en una semana. Se sentó en el sillón con una fuente llena de claras de huevo y comenzó a batirlas.

         El merengue comenzó a crecer como una torre, poniéndose cada vez más lindo y consistente. Ella formó pequeñas montañitas terminadas en espirales y las puso a dorar en su horno de piedras.

         Cuando salieron, descubrió que, aunque sólo les había echado azúcar blanca, algunos merengues eran rosados, otros azules, otros verdes... los había dorados, marrones, algunos en preciosos tonos malva.

         Como de todos modos no podía comerse tanto merengue ella solita, llamó a los niños del pueblo y comenzó a regalárselos. Eran los merengues más ricos que habían probado en su vida, crujientes por fuera y espumosos por dentro, como comerse la cola de un cometa.

         A partir de ese día recogía los huevos de sus gallinas, que cada vez ponían más, y hacía merengues para obsequiar. Lo mejor era el misterio de los colores. Aunque casi siempre la bandeja emergía plena de tonalidades, a veces salían todos en tonos de rosa, decidía ella entonces hacer una fiesta a las niñas, otras eran azules y había fiesta para los varones. Cuando eran verdes, la comelata era sentados en el pasto; si venían amarillos, eran comidos a la luz del sol; si dorado oscuro, al atardecer; si salían rojos, ella los colgaba con hilitos de los árboles para que los pequeños los encontraran al salir de la escuela.

         Fue por eso que le pusieron Doña Merenguito, de eso hace ya bastante tiempo, tanto que nadie recuerda su nombre anterior. Ni siquiera sus hijas cuando la visitan.

         Pero un día, el carpintero se retiró y regresó a la casa. Hasta el momento no había parado mientes en las ocupaciones de la esposa. Como solo venía por días festivos, pensaba que tanto afán era un antojo para hacer obsequios por Navidades o Año Nuevo, mas al ver que ella se dedicaba día a día  a recolectar huevos, batir claras y hornear, para luego regalar aquellas maravillosas golosinas, se le ocurrió lo que llamó “una genial idea”.

         A la mañana siguiente estaba con una caja en las manos, listo para guardar los merengues apenas salieran del horno. Los colocó con mucho cuidado y salió a venderlos.

         Los niños se extrañaron mucho, ¿para qué querría el dinero Doña Merenguito? Ninguno de ellos había comprado nunca nada, ni sabía cómo se hacía...

         Pero como los merengues eran tan ricos y ya se habían acostumbrado a deleitarse con su sabor, pidieron a sus padres una moneda. Esto originó un pequeño problema, pues en Quita y Pon no había tiendas, ni siquiera de víveres, ya que la naturaleza les obsequiaba lo que necesitaban. Por tanto, si alguna vez tuvieron dinero, no sabían dónde lo habían guardado.

         Los padres, con tal de ver felices a sus hijos, intentaron recordar. Aquellos que lo lograron, le dieron monedas a sus hijos y a los amigos de sus hijos para que fueran a comprar los merengues.

         Al otro día, feliz como una margarita, estaba el esposo de Doña Merenguito con una caja mayor aún en la mano, pregonando por el pueblo.

         Corrieron a él los niños, moneda en mano, para escoger aquellos de su color preferido, y ¡cual fue su sorpresa, cuando al abrir la caja, descubrieron que todos eran blancos!

-         ¡Esos no son los merengues de Doña Merenguito! – dijo una niña de cabellos rojos que parecía la jefa de la pandilla - ¡Los de ella tienen muchos colores, uno por cada uno de nosotros! ¡El mío es de color cobre! ¡No quiero esos dulces, ni regalados!

          Y se marchó con cara de disgusto. Uno por uno fueron acercándose los niños y, al comprobar que no estaba su merengue favorito esperándolo en la caja, se alejaban llamando falsificador al vendedor frustrado, quien viró para el hogar donde lo esperaba Doña Merenguito, con su saya amplia y su blusa de óvalos, batiendo una pequeña fuente de merengue.

-         ¿Por qué no me dijiste lo de los colorantes?
-         Nunca hubo colorantes – respondió ella -, desde el primer día cada merengue eligió su color...
        
         Y le contó, mientras colocaba cinco torrecitas terminadas en espiral en una bandeja y la depositaba en el horno, de las fiestas del pasto, de la puesta de sol, de los merengues colgando como frutos maduros.

         Mientras él negaba con la cabeza y le decía que tenía que estar escondiendo un secreto, ella aguardaba el tiempo de cocción, que como sabemos, es muy corto.

-         Nunca hubo tintes, era magia... magia simple, como la de hacer casas con piedras de río, o las gallinas poniendo tantos huevos – sacó la bandeja y la colocó a la sombra para que se refrescara –. Cuando terminé de hacer los que me encargaste, vino Francisquita y me pidió que le hiciera unos merenguitos de regalo a sus hijas, pues no lograba recordar donde había guardado las monedas. ¿No lo ves?

         El esposo, carpintero retirado y vendedor de merengues malogrado, se quedó boquiabierto, contemplando como cada merenguito había adquirido preciosos colores. ¡Y él podía jurar que nunca se añadió ningún colorante!

-         Quiero tratar de entender eso que llamas magia simple – dijo a su esposa, sentándose frente a ella en un asiento hecho con piedras lisas.
-         Francisquita tiene cinco hijas, por eso hice cinco merengues. Cada merengue escogió a su dueña, pues fue hecho con amor, que es la más sencilla de las magias, también la más poderosa.

         Fue señalando los merengues que iba colocando en una cajita adornada con cintas de papel.

-         La mayor de las hijas se llama Rosalinda, por eso éste, un poco más grande, salió de color rosa. Le sigue Marina, que tiene aquí el suyo en tonos de azul, con las cresticas blancas como las olas. Vienen luego las gemelas Ámbar y Jade, que tendrán estos de igual forma y tamaño, uno dorado y otro verde. Y la más pequeña, Violeta, se deleitará con un merenguito del mismo color de su nombre.

         Vio él que aquellos dulces habían sido concebidos para ser obsequiados, no para ser vendidos. Del mismo modo que en Quita y Pon el río regalaba agua y piedras, las enredaderas flores, las gallinas huevos y plumas para edredones y almohadas, los árboles frutos y sombra, su esposa tenía la misión de hacer felices a los niños con sus creaciones multicolores.

         ¡Cuán a tiempo estuvo! De haber seguido intentando venderlos, al día siguiente la espuma no habría subido igual, ni hubiera tomado la misma consistencia, y al otro, los merengues ya no hubieran sido dulces, sino agrios o amargos. En cambio, ahora entendía la magia de hacer un regalo.

         Cuentan que al salir el sol, estaba el esposo de Doña Merenguito recogiendo huevos y más huevos, como si las gallinas hubieran adivinado la fiesta que se preparaba.

         Hubo que hornear varias tandas. Los merengues salían a cuadritos, a rayas, con  serpentinas, rombos, estrellitas o chispas, porque era la fiesta de todos y no podían ponerse de acuerdo en qué color llevar. Al final quedó un huevo enorme, no de gallina, sino de pata, y el esposo de Doña Merenguito quiso aprender a hacer merengue con su clara.

         Le salió un merengue rechoncho con óvalos multicolores. Todos comprendieron que era su regalo para Doña Merenguito, que se sintió feliz como nunca porque por primera vez era obsequiada con un dulce.

         Y dicen que la celebración duró hasta el amanecer, que todos comieron hasta hartarse y bailaron hasta sentir mareos.

         Esto me lo contó un caracol de río que me trajeron ayer, él es el único que sabe donde queda el pueblo de  Quita y Pon, aquel donde las casas cambian de lugar según el antojo de sus habitantes y el dinero importa tan poco que nadie recuerda donde lo ha guardado. Allí una pareja de ancianos regala cada día merengues de colores.

         Le he pedido que en las vacaciones me lleve a visitarlo.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.






EL FUTURO JAMÁS NOS ALCANZARÁ...






MI CORAZÓN HA HABLADO*


“El corazón nos corre a veces por todo el cuerpo, como si fuera un perro perseguido”.

 F. García Lorca



Mi corazón ha dicho  que soy noche,
Que soy noche y mujer en un caballo alado.
Que mis pechos se prodigan en magnolias blancas.
Que limpio tus cabellos de piojos y de liendres del miedo.
Que quiebro en tu cristal el grito moribundo del cuervo.
Mi corazón ha hablado y quizá me ha engañado.
Pero, he sentido en el pecho la resurrección de la paloma.
He conjugado en sangre el temblor de tu cuerpo.

La mujer habla por mi estómago y está hecha de sudor y grito.
Y besa con las piernas y duerme con la boca.
Entreabre la brecha por donde escapa la turbación y la cordura.

Te ha hecho un lugar en su manto de ausencia.
Y has dormido con ella, aun en lechos vacíos.
Mi corazón me ha dicho, que en el espejo de tu copa, la has visto
Que tus ojos no caben en la inmensidad de su fiebre
Que en un vino empecinado, la desnudas... y  bebes.
Que la consumes en resacas y  la ejecutas en el mar infinito, de tu cuerpo.
Que la has liberado pero vuelve en constelación boreal.
Mi corazón me ha dicho que la mujer ha elegido ser jinete de la noche.
Y se acopla a ti en un caballo rojo. En vid. En llamarada.

Tu corazón es una garganta de perros degollada.
Me ha dicho que sigue en ti, esa certeza tuya, tan desmesurada.
Que solo cabe en ti, tu insoportable amor, aullido a solas.
Mi corazón me ha dicho que la mujer huye, de la noche.
Inadvertidamente. Tan despacio, como una gota de agua en el desierto.
Dejándote la duda y la ilusión, tristísima ilusión.
Un sueño, un ladrido. Noches de fiebre,  un delirio, un deseo.
Un deseo.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar







NUEVE  MINUTOS*

Crónicas del Hombre Alto (n° 78)


Los viajes en el tiempo son posibles. Brevísimos, es cierto, casi imperceptibles, tan modestos que ni siquiera provocan efecto verificable alguno, pero son posibles. Lo sé por experiencia; lo sé porque los hago habitualmente desde aquella mañana soleada de julio en que descubrí por casualidad el secreto para llevarlos a cabo.

Ignoro por completo las razones científicas que los sustentan, pero me consta que realizarlos es mucho más sencillo de lo que podría suponerse investigando las teorías que versan sobre tan compleja materia. Mucho más simple, incluso, que lo que se podría fantasear viendo películas de ciencia-ficción referidas al tema. No hay involucradas aquí máquinas estrambóticas, ni es necesario contar con un vehículo o un dispositivo específicamente diseñados para la ocasión. Cualquier persona puede hacer estos viajes sin tener que prepararse para ellos. De hecho, involuntariamente, cada día hay miles de viajeros que los cumplen; lo que sucede es que, al parecer, hasta ahora nadie, excepto yo, se ha dado cuenta.

La cosa funciona así. Uno va caminando por la peatonal de Santa Fe en dirección norte-sur y, unos metros antes de llegar a Primera Junta, mira el reloj electrónico que está plantado a la altura del Banco de Galicia. Al hacerlo, comprueba sin mayores sobresaltos que son, pongamos, las 8.07. Cruza la calle y camina una cuadra más sin que nada extraño acontezca. Pero al mirar el reloj electrónico (idéntico al anterior) que está ubicado unos metros antes de llegar a calle Mendoza, uno descubre con gran sorpresa que son las 7.58.

Seguramente, los espíritus cínicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de lo fantástico en sus ordenadas vidas cotidianas, argumentarán –con intachable lógica, habrá que reconocerlo- que se trata simplemente de una falla de sincronización entre los distintos relojes digitales instalados en la peatonal de Santa Fe. No voy a negar que la primera vez pensé lo mismo; al fin y al cabo, si uno sigue caminando un par de cuadras más hacia el sur, el próximo reloj con el que uno se topa, el que está ubicado  cerca de Lisandro de la Torre, se encarga de marcar, impertérrito, las 8.13, como si el desatino de su hermano mellizo le resultara completamente ajeno. Pero sucede también que, desde entonces, cada vez que cumplo con este recorrido -y conste que, de lunes a viernes, lo hago prácticamente todas las mañanas- compruebo que el desajuste se mantiene inalterable, independientemente de la hora, el día o el mes en que uno pase por el lugar. Y como soy de esos espíritus lúdicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de las explicaciones cotidianas en el terreno de lo fantástico, tamaña persistencia me ha llevado a conjeturar que no se trata de un mero desperfecto técnico, sino que efectivamente todos los que circulamos de norte a sur por esa cuadra logramos el efímero prodigio de retroceder nueve minutos en el tiempo.

Confieso, no obstante, que aún no he podido desentrañar cuál es el sentido de tan asombroso fenómeno. Las personas que llegan desde el norte dispuestas a cruzar Mendoza no se dan cuenta de que han rejuvenecido nueve minutos. Me pregunto entonces de qué sirve un viaje en el tiempo tan minúsculo que nadie es capaz de advertirlo. Por otra parte, ¿qué tan significativos pueden ser para alguien los nueve minutos previos a ese tránsito anodino por la cuadra de San Martín al 2300? ¿Qué terrible omisión podría ser salvada viviéndolos por segunda vez, qué tremendo desacierto podría enmendarse? ¿Qué amores vencidos podrían ser resucitados, qué decisiones existenciales podrían reverse?

La imposibilidad de obtener respuestas satisfactorias autoriza a concluir que estos fugaces regresos constituyen una hazaña demasiado pobre, tan intrascendente como improductiva, una broma del universo. Y sin embargo, por más mínimos que sean estos retrocesos, cada vez que recorro los cien metros que van desde el Banco de Galicia al Gran Doria, experimento cierto vértigo. No por el retroceso en sí, que es tan minúsculo que no se nota, sino porque invariablemente me pongo a hacer cálculos y pienso que, si la ruta mantuviera ese parámetro de nueve minutos por cuadra, uno podría llegar a la Plaza de Mayo habiendo retrocedido el nada despreciable lapso de una hora y doce minutos. De ahí a enredarme en problemas matemáticos de regla de tres simple hay un solo paso: ¿cuántas cuadras más hacia el sur debería entonces caminar una persona para reencontrarse con su adolescencia perdida? ¿Y para regresar a aquel abrazo bajo aquella lluvia? ¿Y para retornar al punto fundacional desde el cual reedificar toda su vida?  

Se trata, por supuesto, de especulaciones vanas. Si lograra precisar con exactitud milimétrica el sector de la ciudad por donde pasa el meridiano que le da continuidad a esta falla cronológica, podría tal vez corroborar mis hipótesis y aspirar a proezas más notables. Día a día, con terca esperanza, emprendo mi marcha hacia el sur pensando que esta vez sí, que esta vez ocurrirá la maravilla. Sin embargo, con idéntica tenacidad, los números rojos del reloj que está situado cerca de Lisandro de la Torre me informan sistemáticamente, con insobornable rectitud, que son las 8.13, que el viaje ha concluido sin pena ni gloria, que estoy de vuelta en el presente.

Cada tanto siento la tentación de recorrer la cuadra de San Martín al 2300 en sentido inverso para ver qué pasa. Aunque nunca he percibido alteración alguna en los rostros de quienes se cruzan conmigo a lo largo de esos cien metros, todo conduce a suponer que los transeúntes que lo hacen también viajan en el tiempo, pero hacia adelante. No puedo asegurarlo, pues jamás me animé a comprobarlo. Cuando tengo que caminar de sur a norte evito la peatonal, prefiero tomar por San Jerónimo o 25 de Mayo. Tal vez sea sólo un estúpido gesto de superstición, pero uno nunca sabe. La vida es demasiado corta como para, encima, andar robándole nueve minutos al futuro cada mañana.



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar







AQUELLA TARDE DE CIRCO*



Me estaba meando, necesitaba ir al servicio. Me escabullí por debajo de los asientos buscando el lavabo. Entonces descubrí que el que hacía de león se fumaba un cigarrillo con la princesa rusa, a la que echaba el humo a la cara y cogía por la cintura; princesa, barriobajera, que acababa de hacer acrobacias encima de los elefantes. La cabeza de león estaba en el suelo, al lado de ellos. Iba a preguntar cómo ir al servicio, pero antes de hacerlo oí un «quítate niño» de uno de los payasos que discutía con el presentador, quien a su vez estaba comiéndose un bocadillo de chorizo y se limpiaba la grasa en la capa negra brillante. Aquello fue peor que enterarme de que los reyes eran los padres, peor que si se hubiera descubierto que la bella durmiente se drogaba, que el hada madrina y el príncipe eran amantes, y que la madre de Bambi había fingido su muerte para librarse del hijo.
Todo el encanto del circo se desplomó; el hombre-bala, el domador de leones, los equilibristas, los payasos. Toda esa magia. Había algo obsceno en el descubrimiento. El mal olor de los animales, las cagadas de los elefantes, el chihuahua del domador ladrándome, el domador escupiendo, sin hacerme caso. «El servicio, por favor». Y la mirada diabólica del payaso triste. Me meé encima.
No quise volver al circo. Mi madre nunca supo el porqué. Creo que fue desde ese día que empecé a bucear en el mundo real, con maquillajes descoloridos, y sin las máscaras de la infancia. El mundo del circo estaba podrido, la vida estaba podrida. Era como pasar a otra dimensión, en una edad en que querías aferrarte a los sueños, en que confiabas en un mundo fantástico, aunque supieses que no existía.
Aquella tarde se me cayó la carpa encima, todavía no me la le quitado. Hoy voy con mis hijos al circo y rezo para que no les entren ganas de mear.


  *De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es







Apenas un poema*


En su regazo

se descifran las señales.

nombres de un jardín inabarcable.

El cielo acaba de abismarse,

 sobre la extranjera.

Vestigios,
memoria de lo por venir,
balbuceo.


apenas un poema


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com




Sustos*



*Por Osvaldo Soriano.


Nunca volví a tener tanto miedo como aquella lejana mañana en que mi padre me llevó al bautismo de vuelo. Era tal el susto de estar en el ai­re que se me olvidó de toser y la fie­bre desapareció tan rápido como ha­bía llegado. El piloto del avión pare­cía el de los dibujos animados, con su bigote francés y el casco de cuero ne­gro que le cubría la engominada melena justicialista. Bajaba y subía a lo tirones y se dejaba caer en tirabuzón mientras el motor balbuceaba y yo te mía que la hélice se detuviera de golpe.
Era la Semana Santa del año cuarenta y nueve, tal vez la del cincuenta, cuando la tos convulsa me tuvo un mes sin ir al colegio. Tosía día y noche sin parar y mi madre aceptaba comprarme historietas de precio inal­canzable como El Tony y Patoruzito. Recuerdo que. las leía de la primera a la última letra. Empezaba por la fecha impre­sa en la tapa y terminaba por el aviso de la Es­cuela Panamericana de Arte que venía en la contratapa. En ese tiempo mi padre me esta­ba enseñando a leer con los titulares de La Prensa, que eran de una parquedad sospecho­samente antiperonista. Todavía lo veo: acari­ciaba las frases del editorial con las yemas de los dedos al tiempo que abría enormes los ojos y murmuraba odiosos improperios contra la esposa del General. El peronismo ya se había hecho una Constitución a medida y los contreras como mi padre se refugiaban en la pa­labra de los Gainza como si de entre ellas pu­diera surgir, fulgurante y vengativa, la glorio­sa espada del Manco Paz.
Pero el Manco escondía la mano, acaricia­ba la vaina y yo me retorcía en la cama, aho­gado por la tos. Mi madre me había dado to­dos los remedios recetados por el doctor Dí­az Grey y al ver que no me hacían ningún efec­to me envolvió en una cobija y me llevó a ver a una bruja que atendía en un rancho de ado­be. Mi padre simulaba un racionalismo bur­gués y si lo toleraba era porque ya no tenía na­da que perder. ¿Por qué si la bruja es tan vi­va, y habla con los espíritus, no ha podido sa­lir de pobre?, preguntaba. Igual, una noche mi madre me metió en un taxi, que en aquel tiem­po llamaban coche de alquiler, y fuimos al rancho en las afueras de San Luis.
No recuerdo los detalles, pero sí a la bruja: era escueta como una nena y caminaba miran­do siempre el suelo. En alguna parte había un fuego de leña seca azuzado por el viento. La vieja me acarició la cabeza, me aflojó la ropa y le pidió a mi madre que me acostara sobre una mesa entre cien gatos y un aroma de al­garrobos. Todavía tengo en la nariz ese olor chúcaro y sentimental y en el oído la voz ron­ca de la mujer que alzaba los brazos para invocar la ayuda del diablo.  No me acuerdo si la ceremonia duró mucho, pero tuve que tragar­me una cucharada de ceniza y el almí­bar rosado que salía de entre unas corte­zas calientes. Igual, la tos no se calmaba.                          
Me reventaba el pe­cho, me retorcía las tripas, me quemaba la gar­ganta. La bruja hizo inciensos y oraciones que llamaban a todas las tormentas del averno, pe­ro no hubo caso, yo me revolcaba y me iba de escena, esfumado en el brillo vacilante que se agolpaba en los ojos de mi madre.
Al volver a casa mi padre nos esperaba dor­mido en el living. Una patilla de los anteojos se le había desprendido de la oreja y a cada ronquido los vidrios se bamboleaban bajo el bigote manchado. Mi madre me dio una cu­charada de jarabe y me acostó. Después los oí discutir y creo que ella se echó a llorar en los brazos de él. En una larga ensoñación oí de nuevo los salmos de la bruja y los sibilinos chorrilleros que golpeaban las persianas. En algún momento mi padre mencionó el cam­bio de aire, el avión y las alturas y luego no escuché otra cosa que la tos y el jadeo.
El doctor Díaz Grey era un socialista que cobraba caro. Algunas visitas las pasaba por alto pero las otras devastaban la flaca billete­ra de mi padre. Aún la recuerdo: era de cuero oscuro, forrada en seda de Paquistán. Muchos años después se la robaron en el tren que va a Morón, pero en la época que trata esta histo­ria todavía le brillaban las guardas doradas y mi padre la rellenaba con pedazos de papel secante para que no pareciera tan vacía. El médico aceptó la deuda pero al tiempo el combinado de  músi­ca desapareció de mi casa y tengo para mí, que mi padre se lo entregó como parte de pago.
Él avión, en cam­bio, fue gratis. En la cabina llevaba los acartonados retratos de Perón y su esposa que repartían en el co­rreo y venían de la flamante Fundación Eva Perón. Mi padre conocía a un tipo en el dis­pensario y vaya a saber con qué ardid, con qué humillación, consiguió una orden para que yo cambiara el aire con un bautismo aé­reo. Tampoco mi padre había subido nunca a un avión y creo que en ese tiempo todos guar­dábamos en un rincón del inconsciente la trá­gica voltereta del trimotor gardeliano. Por me­jor que sonaran las voces de Ángel Vargas y Carlitos Dante, el avión del Zorzal seguía ahí, chamuscado y patético como un guiñol ar­gentino.
Mi padre me tenía abrazado contra su hom­bro y también él tosía su parte de rubios sin filtro. El avión empezó a elevarse sobre los hangares y fue tal el horror que sentí que ha­bía de tardar veinte años en subir a otro. No sé de qué se reía el piloto del bigote francés, si del escudo justicialista que mi padre se ha­bía abrochado a la solapa o de mi llanto con­vulsionado. Yo sentía que el aparato flotaba sin avanzar y que algo lo llamaba inexorable­mente hacia la tierra. Mi padre parecía emo­cionado, quizá perturbado por su disfraz pe­ronista, y se inclinaba hacia el piloto para pre­guntarle sobre vientos y coordenadas de equilibrio. En el tacómetro bailaba una bolilla plateada y el retrato de Perón temblaba tanto como yo. Mirar a Evita, su plácida sonrisa, me volvía el alma al cuerpo, pero ese atisbo duraba apenas instante porque el casco negro del piloto me lo tapaba con sacudones y corcovos. Los tirabuzones tenían un maldito nombre inglés que el piloto gritaba con la misma furia con que la bruja había invocado al satán de los bronquios. Lo cierto es que allá arriba aterrado y sin consuelo, empecé a olvidarme de la tos y a respirar a todo pulmón. Sentí de nuevo el olor del tabaco que mi padre llevaba impregnado en el traje, el sudor de varios días que corría bajo el uniforme del piloto y mi corazón que palpitaba de trote a galope.
Fue entonces que, obnubilado por botones, luces intermitentes y palancas de nácar, mi padre sucumbió al influjo de la navegación aérea. Olvidado de mi tos y del vergonzante prendedor peronista, le preguntó al otro si el avión era manejable cuesta abajo y sin motor. Para habrá dicho: ahí nomás, tocado en su orgullo, el piloto se inclinó y apagó el contacto como quien cierra la hornalla del gas o llave de luz. A mí se me encogió el cuerpo. No se me olvida la imagen de la hélice detenida. No hay en el mundo nada más inútil que una hélice detenida. Aquella que mi padre miraba con aire embelesado estaba clavada en una vertical tan recta como una plomada, más tarde en Cuba, en Nicaragua y en tierras de pasada ilusión, estuve a punto de renegar de mi fe en el luminoso destino de los pueblos para no tener que subir a uno de esos cascarones a hélice que volaban rozando las montañas y las copas de los árboles. Parece que el Che les tenía tanto miedo como yo, con su asma y su mirada de futuro inconcluso. Perón, que prefería la placidez del tren.
Pero mi historia era de tos convulsa, no de aviones. De noches con la luz encendida y el Rayo Rojo pispeado entre las sábanas. Relatos principescos que contaba mi madre vestida de enagua, con un chal sobre los hombros. Querría terminar este cuento con su risa nerviosa y feliz cuando me vio regresar casa sin nada de tos, pálido de terror, con un avioncito de lata que me había comprado mi padre. Se sentó a hablarme al oído mientras mi padre se quitaba el escudo justicialista y lo tiraba con desdén sobre la mesa. Esa noche nos costó dormir. Mi madre de miedo que me volviera la tos, yo imaginando aventuras con mi avión de juguete y mi padre en el escritorio, en calzoncillos, frente a una figura del Cristo resucitado, la cuenta del doctor Díaz Grey y el prendedor del General su esposa. Sin saber a quién agradecerle primero.

*Publicado en el diario Página/12. el domingo 3 de abril de 1994.





PENSAMIENTO 6*


El futuro jamás nos alcanzará.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es






EL LOBO DE VIAN*
      


  Como  un amor impune

                 para la lucidez de la tarde.
               
            Debelar lobo azul
            
amigo Vian.

          
   No a la llanura de la nada
 
            donde la gente se enferma de desierto.


Buscar un bosque - luz

donde vivan los narcisos azules,

para atenuar el odio.
              
Linde donde se escribe con murmullos.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com




*

Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
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Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.


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