Sunday, May 27, 2012

Y SERÁ MARAVILLA PODER NOMBRARNOS...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





EL PLANETA AZUL*
 

        
Muy lejos de aquí está situado un mundo donde todas las criaturas solían ser azules.  Azules eran no sólo el cielo y las aguas, sino las plantas, las mariposas, las aves, los elefantes, las jirafas, los gatos, los perros y los Índigos, que era como se llamaban las personas que lo poblaban. 
         Conocían los demás colores, y a veces los usaban en sus casas, en las portadas de sus libros, en sus adornos o en sus pinturas, pero no concebían un ser vivo que no fuera azul, porque era lo que habían visto desde el principio de los tiempos. 
         Un día nació un niño de color rosa. Por lo demás era parecido a cualquier otro Índigo, incluso en la sonrisa, pero esto no lo notaron sus compañeros de escuela, ni sus maestros, ni sus vecinos o amigos del barrio, que siempre lo trataban como si fuera un ser inferior o diferente, por esa tontería del color.
         Se les olvidaba pensar que cada uno de nosotros – y de ellos – es diferente al otro, porque no nos gustan los mismos libros, o los mismos juegos, o pensamos distinto: a algunos nos gusta bailar, a otros pintar, a otros ir al cine, a otros cantar, a otros coleccionar sellos, a otros mirar a las estrellas... Y esta diferencia, en cambio nadie la nota, ni aquí, ni allá.
         El caso es que Rosado – así le pusieron sus padres, que no encontraron mejor modo de llamarlo, a pesar de que lo amaban mucho porque el amor de los padres es incondicional -, siempre se sintió discriminado por su color, y esto era muy triste, porque era un muchacho muy despierto e inteligente.
         A pesar de que estudió botánica y se graduó con honores en la Universidad, no se le permitió trabajar como investigador sino como jardinero. No obstante, fue tan bueno en su profesión, tan original y creativo, que terminó trabajando de jardinero en el palacio real.
         Todos los días miraba, mientras plantaba, podaba y regaba las lindas flores de los jardines reales, a la princesa Celeste pasearse por los laberintos de árboles que él construía con precisión, semejando islas, corceles, figuras mitológicas como grifos, dragones o esfinges, o gigantescas mariposas que al golpe del viento movían sus alas compuestas de hojas azules. 
         La princesa era muy bella y el jardinero la amaba en silencio, pero no se atrevía a confesarle sus sentimientos, porque sabía que por la diferencia de su color nunca sería aceptado. Ella no parecía notar mucho su color rosado, pues se sentaba y conversaba con él largo rato; hablaban no sólo de las flores y las plantas, sino de la inmensidad del Universo, de la amistad y de las maravillas aún por descubrir en mundos inexplorados. 
         Mas el muchacho, a pesar de que disfrutaba enormemente estos ratos junto a ella, sabía que de ser descubierta su amistad, le sería prohibido mirar siquiera a su amada...
         Un día, una extraña epidemia comenzó a azotar a los niños y niñas del reino Índigo. Extrañas manchas de color rojo les salían en la piel, ardiéndoles y dándoles mucha picazón, si las rascaban, era peor, porque se convertían en ronchas... Así no se podía ir a la escuela, ni salir a pasear o a hacer visitas; peor aún, los padres no podían ir a trabajar porque tenían que quedarse en casa a cuidar a sus hijos enfermos. 
         Si la enfermedad seguía extendiéndose, el reino iría a la ruina, nadie asistía a las fábricas, a las oficinas o a los centros comerciales;  hasta los parques estaban vacíos, ¿quién va a querer jugar con esas manchas tan molestas y piconas?
         El rey ordenó a sus médicos, científicos y farmacéuticos que buscaran entre las medicinas existentes alguna que curara el mal de las manchitas rojas. Muchos de ellos se excusaron, porque tenían que cuidar que sus niños no se rascaran demasiado o se le infectaran las ronchas, pero los que quedaron disponibles tampoco pudieron hallar la solución. El soberano lanzó entonces una proclama, anunciando que aquel que descubriera el remedio para la enfermedad que azotaba a los pequeños, se casaría con la princesa Celeste. 
         Pasaron tres días sin que nadie respondiera a su llamado, ya todos los niños del reino se rascaban sin cesar y estaban llenos de pequeñas ronchas rojas... ¡Y pensar que hasta no hace mucho sus padres despreciaban todo lo que no tuviera color azul!
         Al amanecer del cuarto día tocó a las puertas de palacio el joven Rosado, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el monarca: ¡había descubierto el remedio para las manchas rojas en una flor que crecía en todos los jardines! Un simple cocimiento con sus hojas y en 24 horas los niños estarían curados.
         Mientras los heraldos reales cabalgaban por el reino anunciando la solución y los padres corrían a hacer cocimientos con aquellas flores, el rey de los Índigo enfrentaba un dilema: Hasta el momento había despreciado a Rosado por su color, había hecho que trabajara de jardinero a pesar de saber que era un excelente botánico, y ahora debía cumplir la promesa de casarlo con su hija... Por ironías del destino, el futuro del reino estaría en manos de alguien de piel distinta a la suya.
         Consultó con su hija, y para su sorpresa, la princesa Celeste le dijo que había aprendido a amar al joven Rosado por la belleza de su alma, por su inteligencia y por sus buenos sentimientos, sin mirar jamás el color de su piel. 
         Rosado casi se desmaya de alegría al oír tal confesión, pero se aconsejó mejor y corrió a abrazar a su novia. De este modo, el rey no tuvo más remedio que aceptarlo como su yerno y anunció la boda para el día siguiente.
         Al otro día, todos los niños del reino estaban en las puertas del palacio, pidiendo ver a Rosado, para agradecerle por su rápida curación. Los padres habían tenido que reincorporarse a sus puestos de trabajo, pero no paraban de enviar telegramas, cartas, tarjetas y flores para el salvador de sus hijos. De este modo la ceremonia estuvo plena de alegría, con muchos pequeños invitados correteando por los jardines.
         Cuando Rosado y Celeste tuvieron un hijo, y vieron que era un precioso bebé de color violeta, lo abrazaron y dijeron que era el niño más lindo que puede imaginarse. El rey estuvo de acuerdo en que su nieto era una preciosidad.
         Al poco tiempo nació en una familia cualquiera otro niño color de rosa, y luego una niña, y en otra nacieron gemelos, y pronto hubo muchos niños rosados en el planeta azul. Mas no tenía importancia, porque lo que los hacía especiales era la película preferida, el libro más leído, lo que habían soñado la noche anterior, si les gustaba jugar con pelotas o a los escondidos, coleccionar sellos, minerales, postales, monedas, o papelitos de caramelos...
         De esto que les cuento hace mucho, mucho tiempo. Ahora en ese planeta lejano todos son de color violeta, aunque a veces todavía nace un bebé de tonos rosados o azules... Pero eso ya no sorprende a nadie.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





Y SERÁ MARAVILLA PODER NOMBRARNOS...






AUN ES TIEMPO*

“Tu casa tiene un nombre de tristeza:
un leve nombre de ceniza y frío.
Toca el fértil azul del nombre mío
y es noche oculta en que tu voz tropieza….”

CLAUDIA LARS


No dejes que te desdibuje, amor. Refugio. Casa.
No dejes que me desdibuje.
Aun hay mariposas incendiando  campos
No dejes que se alejen las azules noches.
Pude que vuelen buscando el misterio del agua.
Y no regresen, o mueran o agonicen.
He visto inaugurarse palabras en mis manos.
Y no quiero cimientos en las viviendas viejas.
Quiero sentir, sostenerme y crecer en tu oficio.

A veces leo la  brasa pensativa y la rama quebrada.
Y   siento el frío compartido,  pese al fuego.
Y en tus fogones y en fragantes cabañas agonizamos juntos.
Y, se,  te he rescatado de sepulcros.
Y, sabes, mis sepulturas se han convertido en  lecho.

Aquí, nos cerca octubre.
 Brillan de nuevo vísperas dormidas.
Aun es tiempo, amor.
Aun es tiempo de reconstruir la flor.
 Aunque el tallo es débil y la raíz es parca
Aun es tiempo, y será de día.
 y será maravilla poder nombrarnos.
Y poder nombrarnos será maravilla.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar








VICKY*



La mujer teñida de rubio fumaba casi con desgano, recostada contra el caño del cartel indicador de calles. Todo en ella resultaba llamativo: su pose vagamente desafiante, sus nalgas prominentes, su cabello largo recogido en una cola, su minifalda roja de lycra. Sin embargo, cuando el señor Silvestre
la vio, calle de por medio, ese lunes por la noche al regresar del trabajo, el único pensamiento que atinó a formularse fue un mudo lamento por el modo escandaloso en que se visten ciertas mujeres hoy en día. Nada más. Luego, subió hasta su departamento del primer piso y, apenas encendió el televisor para ver el noticiero, la olvidó por completo.
Sólo cuando la vio por tercera noche consecutiva parada en el mismo lugar, cayó en la cuenta de que aquella mujer no estaba ahí para esperar ningún ómnibus. Se sintió un poco tonto por no haberlo advertido antes, sobre todo porque la señora de García ya se lo había anticipado el sábado anterior en
la verdulería, anunciándole con enfático dramatismo que el barrio ya no era el lugar tranquilo y familiar de años atrás, que las costumbres se estaban degenerando, que ahora las esquinas estaban plagadas de mujerzuelas descaradas cuya presencia ofendía la moral de los vecinos decentes como ellos, que...
Esa tercera noche, apenas entró a su departamento, un inexplicable pero irreprimible impulso llevó al señor Silvestre hasta la ventana de su dormitorio. Sin encender ninguna luz, subió la persiana unos centímetros, descorrió un poco la cortina y, amparado en las sombras de su escondite, se puso a observar a la mujer parada en la vereda de enfrente. Tenía puesto un top negro ajustado que resaltaba la redondez contundente de sus senos y unas calzas color crema que la luz de sodio suspendida sobre su cabeza tornaba aún más brillosas. En su flanco derecho descansaba una carterita fucsia cuya delgada correa le cruzaba el torso en diagonal. El señor Silvestre la estuvo mirando durante un par de minutos, en cuyo transcurso la mujer no hizo otra cosa que permanecer apoyada en el caño azul, desviando cada tanto la vista en una y otra dirección, acomodándose el cabello a intervalos regulares. De pronto, lo asaltó la sensación de estar cometiendo un acto imperdonable, y una súbita vergüenza lo obligó a interrumpir su contemplación. Decidido a retomar su rutina, se alejó avergonzado de la ventana, encendió el televisor y se sentó a mirar el noticiero.
Desde entonces, y prácticamente sin excepción, cada vez que el señor Silvestre volvía a su casa después del trabajo -a las ocho y cuarto de la noche, minutos más, minutos menos- veía a la mujer teñida de rubio apostada allí, justo enfrente de su edificio, como un elemento más del paisaje. El señor Silvestre, no obstante, se preocupaba por esquivarla casi pudorosamente. Apenas distinguía desde lejos su silueta insinuante clavada en la esquina, cruzaba la calle por mitad de cuadra y continuaba su aséptico
recorrido por la vereda opuesta, casi sin mirarla. Se sentía seguro haciéndolo, como si mediante ese calculado distanciamiento físico cumpliera con una estricta regla sanitaria que era indispensable no violar. A lo sumo, una vez en el palier, se permitía atisbar fugazmente la figura de la mujer a través del vidrio mientras cerraba la puerta; apenas eso. Sin embargo, después remontaba la escalera hasta el primer piso, entraba a su departamento, dejaba el portafolios sobre la mesa del comedor, iba hasta la
ventana de su dormitorio a oscuras y dedicaba unos minutos a la tarea de quedarse mirándola.
El señor Silvestre no sabía bien a qué atribuir esa actitud que él mismo calificaba de malsana. A veces pensaba que lo movía el interés detectivesco de ver si podía reconocer a algún vecino entre los hombres que se acercaran a la mujer (estaba seguro de que, en este sentido, la señora de García envidiaba rabiosamente la privilegiada ubicación de su departamento). Otras veces pensaba que lo movía la curiosidad meramente intelectual de conocer cómo funcionaba ese mundo tan ajeno a él, poblado de sórdidas transacciones concretadas en voz baja junto a la ventanilla de un automóvil. Sea como
fuere, sus observaciones clandestinas solían sumirlo en cierto grado de insatisfacción, ya que no era mucho lo que ocurría ante sus ojos. Más allá de algunos autos que frenaban y arrancaban después de un inaudible cruce de palabras, más allá de las miradas hambrientas de algunos transeúntes que volteaban la cabeza atraídos por las caderas ampulosas de la mujer, más allá de los piropos obscenos emanados de alguna camioneta, lo cierto era que nunca había presenciado ningún suceso digno de destacar y, quizás sin ser plenamente consciente de ello (porque no sabía bien qué era lo que esperaba ver), tanta inacción lo hacía sentirse levemente decepcionado.
Tan desmoralizante ausencia de emociones se prolongó durante las primeras tres semanas, hasta que una noche de abril, volviendo a casa, el señor Silvestre se encontró con la desagradable novedad de que la Municipalidad estaba realizando unos arreglos en el pavimento, lo cual le impedía cruzar por el lugar habitual. Luego de un rápido análisis de la situación, comprobó que no tendría más remedio que seguir caminando hasta la esquina donde estaba parada la mujer teñida de rubio. Resignado, se puso en movimiento y, al cabo de unos segundos que se le antojaron terribles, pasó a medio metro de ella. Fue entonces cuando escuchó su voz por primera vez. "¿Querés que hagamos algo, mi amor?", le disparó ella a quemarropa, con una modulación insinuante que rezumaba lujuria profesional. Fue casi una violación.
Súbitamente ruborizado, sin terminar de creer lo que acababan de preguntarle -o el hecho de que se lo hubiesen preguntado a él- el señor Silvestre apresuró su marcha y cruzó la calle casi sin prestar atención al tráfico. Cuando entró a su departamento estaba transpirando. Esa noche no se atrevió a espiarla, como si temiera que la mujer tuviese la capacidad de afectarlo aún a la distancia. Menos aún se animó a pensar que era la primera vez en más de treinta años que una mujer le decía "mi amor".
El sábado siguiente, a la salida del supermercado, el señor Silvestre se encontró con la señora de García, quien, muy indignada, lo puso al tanto del terrible incidente que había coprotagonizado días atrás con la mujer de la esquina. Según explicó con lujo de detalles, el jueves a la noche había
tomado la resolución de acercarse a ella en representación de la gente decente del barrio para exponerle sus quejas, repudiar su presencia en el lugar y, en nombre de la moral y las buenas costumbres, conminarla a retirarse. Sin embargo, la mujer teñida de rubio, lejos de aceptar dócilmente los términos de semejante petitorio, había tenido el desparpajo de responderle que no la molestara, que ella estaba trabajando. La señora de García, azorada, había hecho un comentario sarcástico sobre los respectivos conceptos de trabajo que ambas tenían, y la mujer había incurrido en la osadía de reírsele en la cara, tras lo cual la había cubierto de improperios, utilizando un lenguaje procaz, plagado de términos descomedidos cuyo cabal significado la señora de García desconocía pero que, según suponía dado el contexto semántico en que habían sido pronunciados, estaban impregnados de indecorosas alusiones sexuales. Quizás a raíz de lo ocurrido la noche anterior, el señor Silvestre fue sincero al manifestar su solidaridad con la vecina damnificada. Sin embargo, al mismo tiempo, una minúscula parte de él se alegró ante la evidencia de que la señora de García hubiese encontrado al fin la horma de su zapato.
El lunes siguiente, superada la impresión del traumático episodio, el señor Silvestre se animó a retomar su rutina de observaciones nocturnas. Más aún -y aunque no fue consciente de ello hasta un par de semanas después-, a partir de entonces empezó a prolongar cada vez más sus estadías junto a la
ventana, como un vicio que se va adquiriendo de modo imperceptible.
Una noche, una lluvia torrencial tomó por sorpresa al señor Silvestre en su trayecto de regreso. Luego de bajarse del colectivo, corrió una cuadra azotado por el aguacero y comprobó con fastidio que, tal como solía suceder en ocasiones como esa, su calle se había inundado de vereda a vereda, por lo que resultaba imposible cruzar sin tener que hundirse en el agua hasta la altura de las rodillas. Hecho sopa, decidió que lo más prudente era refugiarse bajo el toldo metálico de la pinturería que quedaba a mitad de cuadra y aguardar que la lluvia amainara, de manera que caminó hacia allí con premura, tan concentrado en la tarea de esquivar charcos y baldosas flojas, que sólo cuando llegó y alzó la mirada advirtió, horrorizado, que la mujer teñida de rubio había tenido la misma idea que él. Superado a duras
penas el sobresalto inicial, evaluó con urgencia la posibilidad de largarse a cruzar y no tuvo dudas: cualquier alternativa le parecía preferible a tener que compartir un refugio con esa mujer, aunque ello significara tener que sumergirse en aquel río urbano y arruinar la mitad de su ropa. Dio unos pasos hacia adelante, hasta llegar al cordón de la vereda y, justo cuando estaba a punto de internarse en el agua, sintió que una mano lo retenía tomándolo del brazo. "¡No, no cruces por ahí, que del otro lado hay un cable suelto!", lo urgió la voz temida. El señor Silvestre giró su cabeza hacia la mujer teñida de rubio y la miró durante un segundo con expresión de absoluto desconcierto. "¿Ah, sí?", balbuceó estúpidamente, y volvió sobre sus pasos hasta quedar de nuevo a salvo de la lluvia. Se mantuvo callado un momento, sin saber qué hacer. "Gracias", dijo, de pronto, con una voz tan débil que no supo si la mujer lo había escuchado o no. Después, clavó la vista hacia el frente, como si jamás antes en su vida hubiese visto llover. Sólo después de permanecer un buen rato amarrado a ese incómodo mutismo se animó a
mirarla furtivamente: la mujer fumaba con expresión neutra, perdida en insondables pensamientos, tratando infructuosamente de protegerse del frío, arrebujada en su campera de jean empapada. Fue una visión efímera -una mujer sola temblando en una noche de lluvia, no más que eso (después de todo, no
la había mirado más que de reojo)- pero el señor Silvestre sintió que descubría en ella un costado inimaginado, como si -paradójicamente- hasta entonces jamás hubiese pensado que ese ser que lo desvelaba era, antes que nada, una mujer. Su cadena de sensaciones se hizo trizas cuando un taxi se
detuvo en forma imprevista justo frente a la pinturería, levantando una ola considerable que salpicó sus pantalones y acabó con todos sus pensamientos abstractos. La puerta trasera del auto se abrió y de ella emergió la cabeza de una mujer morocha que gritó "Dale, Vicky, subí". La mujer teñida de rubio aceptó la invitación de inmediato y el auto arrancó, dejando al señor Silvestre solo, mojado y envuelto en el eco dulzón del nombre revelado.
Un par de semanas más tarde, mientras se dirigía hacia el trabajo, el señor Silvestre escuchó en el colectivo una conversación plagada de alusiones obscenas entre dos hombres que viajaban sentados a sus espaldas. Así fue como, sin querer, se enteró de que en los avisos clasificados de los diarios existía un rubro hasta entonces impensado para él. La novedad le causó un notable asombro, tanto que a la hora del almuerzo, llevado por la curiosidad, le dedicó una atención especial a esa sección del diario que él jamás leía. Comprobó conmocionado que el rubro en cuestión contenía muchos más avisos de los que él hubiera podido imaginar. Los revisó con una mueca de pudor y sorpresa crecientes, hasta que se topó entre los últimos con uno en el que una tal Vicky prometía "inolvidables placeres para hombres muy exigentes" y daba luego un número de teléfono celular. Apenas terminó de leerlo, se formuló la pregunta obvia. Pensó en las carteritas que solían componer el atuendo habitual de Vicky -una fucsia y otra negra- y constató
que un celular cabía perfectamente en ellas. Como un relámpago pecaminoso, se le cruzó por la mente la inconveniente idea de llamar y sacarse la duda.
La desechó de inmediato. Abandonó el diario diciéndose que era una locura y continuó abocado a asuntos del trabajo. Sin embargo, la cuestión siguió dando vueltas en su cabeza durante el resto del día. Para refrenar tan perturbadora tentación, pensó en la infinita cadena de consecuencias a que su llamado podía dar lugar. Imaginó y repasó todas las alternativas, desde hipotéticos diálogos hasta las derivaciones más extremas e insólitas. La mayoría de esas posibilidades lo intimidaba. Básicamente, lo aterraba que la mujer teñida de rubio -en caso de que fuera ella la del aviso- lograra identificarlo y que al día siguiente le dijera algo comprometedor, poniéndolo en evidencia delante de todo el barrio. Preocupado por el carácter obsesivo que estaba adquiriendo el tema, se juró a sí mismo cortar el problema de raíz: no llamaría. Esa noche, no obstante, después de espiar a Vicky, un indescifrable impulso lo condujo a hacerlo. Consumido por sus propias contradicciones, marcó el número con una febril alienación, sintiéndose un poseso. "Hola", lo atendió una voz sensual y sumamente joven.
"¿Con quién hablo?", preguntó él, impersonal. "¿Con quién querés hablar?", llegó defensiva, desde el otro lado, la voz de la mujer. "Con Vicky", dijo él, controlando a duras penas el temblequeo de su voz. "Soy yo. ¿Te conozco?". "No, no", se apresuró a aclarar él, sin saber si era cierto, y se quedó cortado, sin saber qué agregar. "¿Qué andás necesitando, mi cielo?", lo ayudó la voz de ella. En medio de su embarazo, el señor Silvestre fue consciente de que era inviable preguntarle a esa desconocida lo que
realmente quería saber, pero tampoco sabía cuáles eran las palabras adecuadas para acceder a otro tipo de diálogo. Estuvo a punto de cortar pero una frase salvadora lo sacó del embrollo que él mismo se había construido.
"El precio", dijo un poco cortante y, acto seguido, recibió avergonzado el menú completo de servicios y sus respectivas retribuciones. Tragó saliva, hizo un esfuerzo inmenso para que su voz no delatara el nerviosismo que lo colmaba, se excusó diciendo "bueno, en otro momento te llamo" y colgó con
brusquedad. Quizás como inconsciente castigo, recordó que desde los celulares se puede rastrear llamados, y se le heló la sangre temiendo que, en adelante, la mujer se dedicara, con perversa fruición, a acosarlo sistemáticamente. Sólo el lentísimo paso de los minutos siguientes y una ducha tibia lograron calmar sus nervios.
El sábado siguiente volvió a encontrarse en la verdulería con la señora de García. Semejante coincidencia hizo nacer en él ciertas especulaciones levemente paranoicas. Absurdamente, supuso que su vecina estaba al tanto de sus contemplaciones secretas y deseaba desenmascararlo. El señor Silvestre
no estaba en condiciones de precisar si sus sospechas eran fundadas o si sólo ocurría que su vecina lo consideraba un adalid de su cruzada moralista.
Lo cierto era que, cada vez que se cruzaban, la señora de García aprovechaba la oportunidad para arremeter a gusto contra la mujer teñida de rubio, dedicándole venenosas diatribas. Esa vez no fue la excepción y la señora de García se puso a despotricar contra el pésimo ejemplo que la presencia de
esa viciosa representaba para los niños del barrio que, con toda inocencia -como ya lo había constatado alarmada en uno de sus propios nietos-, se veían incitados a formularle incómodas preguntas a sus mayores.
Después, deploró que la policía no hubiera hecho nada a pesar de la vibrante denuncia que ella en persona había radicado días atrás en la seccional.
Culminó contando entusiasmada que había empezado a levantar firmas para presionar a las autoridades y lograr así, al fin, que se llevaran a la mujer de la esquina de una vez por todas, para poder restaurar en el barrio la paz perdida. Acto seguido, la mujer extrajo una carpeta y una birome de su bolsa de compras, e instó al señor Silvestre a sumarse a la iniciativa. El señor Silvestre se limitó a asentir en todo, un poco por cortesía, y otro poco por miedo a que una intervención demasiado amplia de su parte en la conversación le infundiera a su vecina nuevos bríos para continuar su discurso abrumador.
Aún así, cuando finalmente logró desembarazarse de ella, se sintió ligeramente irritado y no supo explicarse por qué.
Los propósitos de la señora de García parecieron cumplirse en el transcurso de la semana posterior. El señor Silvestre no vio a Vicky en la esquina ni el martes, ni el miércoles ni el jueves. A la cuarta noche, esa ausencia persistente e inédita que parecía exceder los márgenes de lo casual hizo nacer en él una vaga sensación de contrariedad. Le llevó un buen rato llegar a sospechar que la causa de su malestar estaba en la posibilidad concreta de no volver a verla. Le llevó varias horas más terminar de aceptar que la sospecha era cierta: él no quería que Vicky se fuera. Recordó que había consentido en firmar la nota de la señora de García y el ardor de la traición le recorrió el pecho. Se preguntó enojado consigo mismo por qué siempre aceptaba todas las cosas pasivamente, sin rebelarse, y no encontró respuestas razonables. Sólo una humillante sensación de pusilanimidad.
Paradójicamente, la ausencia de Vicky agudizó su adicción. Durante los días siguientes, la mujer teñida de rubio adquirió en su pensamiento una hegemonía despótica. El señor Silvestre ya no se limitaba a sus -ahora infructuosos- espionajes nocturnos. A menudo se descubría pensando en ella también por la mañana y por la tarde. Abatido por la culpa, ansiaba comprobar que nada le había sucedido. Pero Vicky no volvía y su desaparición le resultaba preocupante. Mal predispuesto como estaba, diseñó mentalmente un ominoso repertorio de eventuales desgracias, sustentado tanto en lo que escuchaba a diario en los noticieros como en las amenazas de la señora de García. Se alarmó imaginando a Vicky detenida en una seccional, internada después de una golpiza, estrangulada por algún loco suelto, embarazada sin
desearlo por un hombre anónimo al que jamás volvería a ver. No entendía qué le pasaba, no entendía por qué una desconocida como esa provocaba semejante grieta en su reiteración casi maniática de actos cotidianos. Hacía años que no lograba interesarse en algo ajeno a su insulso carrusel de días solitarios. Era como un deshielo vital, como si sus emociones largamente entumecidas se estuvieran desperezando. Sólo para ver la nada, sólo para constatar un aluvión intolerable de días mal vividos. Porque, ¿qué quedaba sin Vicky? Quedaba su propio encierro, el vacío de sus horas, su cabeza gacha al caminar, la monotonía oficinesca, el peso de su portafolios gastado, su vestimenta ajada y gris, su apego compulsivo a la rutina, la estrechez asfixiante de su mundo y sus prejuicios, la falta absoluta de calor humano en su vida.
Una noche de fines de mayo, mientras miraba con desgano una película en el cable, el señor Silvestre advirtió que había olvidado sacar la basura. Miró la hora, comprobó que todavía faltaban unos minutos para que pasara el camión recolector y se apresuró a cumplir con la tarea omitida. Cuando llegó al palier, la imagen que apareció ante sus ojos a través del vidrio lo dejó paralizado: Vicky había vuelto. Estaba en la esquina de siempre, hablando con un hombre de campera negra que parecía haberse bajado de un automóvil que aguardaba sobre la avenida, con el motor en marcha. Ganado por el alivio de saber que no le había pasado nada, el señor Silvestre salió a la vereda y depositó su bolsa de residuos en el canasto correspondiente. En ese momento, un agrio intercambio de insultos proveniente de la vereda de enfrente le reveló que el presunto diálogo entre Vicky y el desconocido era en realidad una discusión de creciente intensidad. Inmóvil y espantado, el señor Silvestre vio cómo el hombre estampaba una enérgica cachetada en el rostro de la mujer, haciéndola caer. El hombre se agachó, le arrancó la carterita negra de las manos, la abrió, sacó algo de su interior y se la arrojó a la cara. Luego subió al auto, que se perdió por la avenida. El señor Silvestre permaneció quieto durante unos segundos sin saber qué hacer. Finalmente, luego de comprobar que no había nadie a quien recurrir, se animó a cruzar la
calle. Con una indecible mezcla de temor y pudor, se acercó a la mujer. "¿Se siente bien?", le preguntó, con incorregible formalidad. Resoplando de furia, o de indignación, o de dolor, ella lo miró a través de una niebla de lágrimas apenas contenidas y masculló un "sí" que no podía convencer a nadie. Tenía la mejilla colorada y un hilo de sangre le corría desde el labio inferior hasta el mentón. El golpe le había desordenado los cabellos y ese detalle le confería a su imagen un aura mayor de desamparo. Además, notó el señor Silvestre, era más joven de lo que él siempre había pensado. Vicky se puso a juntar los objetos que habían quedado diseminados a su alrededor y los guardó nuevamente en su carterita (el señor Silvestre contabilizó algunas monedas, una cajita cuadrada, un lápiz labial, pero no alcanzó a
divisar ningún teléfono celular). Después, lentamente, como si todavía se sintiera algo aturdida, se fue incorporando hasta ponerse de pie. Se pasó el dorso de la mano por la boca y descubrió que todavía estaba sangrando. En medio de su confusión, el señor Silvestre atinó a prestarle un pañuelo, que ella aplicó sobre el labio herido mientras él permanecía a su lado, guardando prudente distancia. "Te lo ensucié todo", le dijo un instante después al devolvérselo, observando las manchas bermejas de sangre y de rouge plasmadas sobre la tela. "No importa", dijo él, tomándolo con la punta de los dedos. "Gracias", dijo Vicky, y el señor Silvestre quizás algo aturdido por la infrecuente experiencia de sentir desde tan cerca el perfume de una mujer (aunque fuese tan espantosamente barato) no pudo evitar que sus
ojos tristes terminaran estrellados contra la ondulada silueta de sus pechos. La expresión de Vicky al notarlo cambió súbitamente. Como si de golpe retomara conciencia de un límite que por unos segundos se había borrado, se alisó los cabellos, se acomodó el escote y preguntó, melosa: "¿Qué pasa? ¿Querés jugar un ratito conmigo?". El señor Silvestre retrocedió espantado. Envuelto en una oleada de rubor que surcaba sus mejillas, tropezó con las palabras tratando de explicar que él de ninguna manera había
intentado sacar provecho de la situación, que su auxilio había sido meramente humanitario, que... "Pará, ¿por qué te ponés así?", inquirió Vicky, incrédula, y no encontró respuesta. Una ráfaga feroz de remordimiento y vergüenza transportó al señor Silvestre de vuelta hacia su departamento, encarcelado en una atadura de infinitos miedos.
El día siguiente le resultó asfixiante. La certeza horrenda de haber hecho el ridículo mantuvo su ánimo ensombrecido a lo largo de toda la jornada. Mortificado por haberse comportado de manera tan infantil, revivió el episodio docenas de veces, detalle por detalle, ensayando estériles modificaciones mentales de imposible aplicación retroactiva. No sabía bien qué tendría que haber dicho o hecho, pero estaba seguro de que esa conducta deseable estaba muy lejos del papelón que había perpetrado la noche anterior. Hasta la alegría culposa de saber que seguiría viendo a Vicky resultaba insuficiente para rescatarlo, quedaba aplastada por el terror de tener que enfrentar su mirada noche tras noche -una mirada a la que él, neuróticamente, le adjudicaba una carga crítica descomunal y devastadora, como si de allí en adelante la actividad central en la vida de Vicky fuera a consistir en enjuiciarlo-.
Supuso, no sin argumentos, que le resultaría tremendo tolerar semejante humillación. Por eso se pasó todo el viaje de regreso diseñando estrategias para poder entrar en su casa sin que ella lo viera. Cuando se bajó del colectivo, las había descartado a todas, tal era el grado de desatino que las caracterizaba. Divisó a lo lejos la esquina temida y comprobó que, efectivamente, la mujer teñida de rubio estaba allí. Intentó caminar con la mayor naturalidad posible; sin embargo, le pareció sentir que esa noche el
portafolios pesaba mucho más. Resignado a afrontar el silencioso oprobio, cruzó la calle por el lugar habitual y continuó avanzando con esa inercia algo suicida de quien presume inminente un desastre y quiere acelerar el final para detener la agonía. Tal como sucedia con frecuencia, la figura de la señora de García asomaba vigilante en el umbral de su casa. El señor Silvestre pasó frente a ella temiendo algún comentario incriminatorio de su parte, pero nada de eso ocurrió. "¿Qué me cuenta? Parece que volvió la fulana", dijo su vecina, acompañando su ponzoñosa declaración con un ligero movimiento de la cabeza en dirección a la esquina. Fue casi una violación.
El señor Silvestre sintió unas profundas, inexplicables ganas de hacer a un lado sus buenos modales e insultarla de pies a cabeza. Sin embargo, no lo hizo. Se mordió los labios, improvisó una mueca ambigua a modo de saludo y siguió adelante sin detenerse siquiera un instante. Caóticos fragmentos de imágenes y sonidos acompañaban ahora su marcha: una boca sangrante, una campera empapada, un papel infame firmado en una verdulería casi sin pensarlo, un departamento triste, una voz sensual, un niño viejo y asustado negándose el derecho a confesarse que sólo quería que le volvieran a decir "mi amor". Lo acompañaba también el parloteo exasperante de la señora de García que, ajena por completo al estado de ánimo que lo aquejaba en aquel momento, seguía caminando a su lado, infligiéndole, como quien descarga una metralla, una interminable retahíla de frases indignadas a las que él no podía ni quería prestar la más mínima atención. "Hay que hacer algo urgente, ¿no le parece?", dijo la señora de García cuando llegaron finalmente a la puerta del edificio. El señor Silvestre no contestó. Sólo la miró como si
una enorme distancia los separara, la contempló desde el fondo de un hartazgo histórico que ya a duras penas podía controlar. Una revelación feroz, rabiosa, surcó su alma cansada y le permitió comprender lo que necesitaba. "Sí, hay que hacer algo urgente", se dijo mentalmente a sí mismo. Entonces, en vez de abrir la puerta, dio media vuelta, dejó a su vecina hablando sola y salió disparado hacia la calle. Atravesó el asfalto con decisión, en busca de la mujer teñida de rubio que -ahora podía comprobarlo- fumaba recostada en el caño azul y seguía sus movimientos con una expresión de recelo y curiosidad al mismo tiempo. Se paró frente a ella y la miró con firmeza.
"¿Qué tal, Vicky?", le preguntó en voz exageradamente alta, mientras se dejaba envolver por su perfume barato.
Después, desentendiéndose de una vez y para siempre de los ojos azorados de la señora de García clavados en su nuca, agregó, con incorregible formalidad: "¿Se siente mejor hoy?".



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009








TAN FRÁGIL COMO UNA HORMIGA SECA*


La puerta de la habitación se abrió. «El desayuno», gritaron. Daniel, tumbado sobre la cama deshecha; sábanas y colcha en desorden. Se levantó con dolor de huesos y arrastró los pies hasta el comedor. Tenía el vaso de leche sobre la mesa. Una enfermera le dio las pastillas. Mientras se las tomaba, clavó los ojos en el hule azul claro. Recordó la primera vez que vio el mar; un niño frente a ese azul impenetrable. Por la noche, soñaba que su cuerpo y el de sus padres chocaban contra las rocas, despedazándose. La madre se quedaba con él hasta que se volvía a dormir; regustillo a melocotón entre las sábanas. En el desayuno ella le guiñaba el ojo, como si lo ocurrido durante la noche fuera su secreto.
Por la tarde, la luz era tersa, acogedora. La madre le contaba historias en el porche. El aire, con olor a mar, impregnando su piel, y el cuento del gato con botas mientras lo acariciaba. «Mi señor el Marqués de Carabás», oía desde una distancia de treinta y cinco años.
Tras el desayuno, iba a la consulta del psiquiatra. Era un hombre pequeño, serio, ordenado. Le pedía que recordase. Daniel lo miraba desde unos ojos grandes en una cara consumida. Le costaba articular palabra, como si algo en su interior se lo impidiese, una voz que le decía «no lo cuentes, si lo haces nunca saldrás de aquí».
Aquella tarde salió al jardín. Se sentó en un banco de madera y fijó la vista en el suelo. Había hojas secas, piedras de distintos colores, unas grises, otras azules. Detrás de las hojas, distinguió una hilera de hormigas. En la fila, una de ellas arrastraba una hormiga muerta. Miró hacia la izquierda y vio el cadáver de otra. Lo cogió. La hormiga estaba seca y al tocarla se deshizo como si fuera polvo. Un olor extraño se apoderó de él; era una mezcla de aguas estancadas, árboles frutales y salitre. Olor que abrió una herida que supuraba.
Recordó un domingo en el parque. Los padres le animaron a que jugase con chicos de su edad. Daniel se apoyó en un árbol, detrás de los columpios, y esperó a que el tiempo pasara. Unos minutos más tarde notó un picor. Miró al suelo y vio muchas hormigas. Algunas subían por las piernas; otras estaban en los zapatos. Gritó con fuerza. Una de ellas había llegado al brazo. Tres bolas negras a punto de reventar y unas patas de hilo. Se imaginó que las aplastaba, triturando su ligero caparazón; el jugo gris bajo las suelas. No se dio cuenta de que el padre estaba allí. «Están nerviosas porque has pisado el hormiguero», le dijo mientras le quitaba los insectos del cuerpo. «Acuérdate, ve con más cuidado, es su territorio y lo defienden». Después, le cogió la mano y caminaron juntos.
Mientras Daniel se duchaba, las hormigas se adentraron en la retina. Esas figuras negras ahora corrían por los azulejos. Brotó de nuevo aquel olor extraño. Un olor que, aunque lo aborrecía, le cautivaba. Cerró los ojos con fuerza y escuchó caer el agua. Ese ruido lo llevó a la bañera de patas de la infancia. Le gustaba llenarla hasta arriba, con agua muy caliente; después llamaba a la madre para que le enjabonara el cuerpo o le frotase la espalda, pero ella, «ya eres mayor para que te bañe, tu padre está al llegar y no tengo la cena, termina pronto». Cuando ella se marchaba, cogía su esponja y la retorcía entre las manos hasta dejar trozos muy pequeños flotando en el agua.
Aunque las horas se detuvieran, el tiempo pasaba rápido. Daniel fue al comedor y se sentó a la mesa. El blanco de la leche le repugnó. Fijó la vista en el cristal de una de las ventanas. Las esquinas de abajo tenían vaho. La imagen de una noche muy fría.
Nadie probó bocado. El padre gritaba a la madre. Ella intentaba calmarlo, pero él no quería escuchar. Se levantó bruscamente y dio un portazo al marcharse. «A la taberna», dijo la madre, «eso es, vete a la taberna», y salió de la cocina llorando. Pasaron minutos hasta que Daniel subió las escaleras. Se quedó junto a la puerta del dormitorio de los padres, y, tras su respiración entrecortada, oyó sollozos. Vio la figura de una mujer que en ese momento se le hacía pequeña, indefensa. Un cuerpo encogido sobre la cama. Se acercó, le acarició el pelo y le dijo «no te preocupes mamá, es un borracho». Ella se irguió mostrando un rostro severo. «¡Hablar así de tu padre!». Él se quedó inmóvil. Cuando salió, no sentía el peso de los zapatos. Parecía un personaje de ficción desdibujado. Entró en su cuarto y clavó los ojos en la fotografía que estaba frente al cabecero: la madre con un vestido de lino azul claro. Su estómago comenzó a girar y girar. «¿Por qué me haces esto?», le dijo. Notó pinchazos y olor a peces muertos; como si tuviera larvas de insectos en los intestinos y segregasen un líquido ácido. Los pinchazos eran agudos, su cuerpo se retorcía formando un ovillo. «¿Por qué me tratas así?», decía mientras se acunaba. Cuando los mordiscos de la tripa cesaron, se acercó a la ventana. Apoyó la cara en el cristal helado y sintió que su piel quemaba.
 «Las peleas eran cada vez más frecuentes», se escuchó decirle al psiquiatra, «él estaba menos en casa, y mi madre empezó a beber. No quería verme, como si mis ojos la delataran». ¿A quién llamaría?, pensó. Siempre que la madre hablaba por teléfono, sentada en el sofá del salón, él vigilaba receloso detrás de la puerta. ¡Cómo le dolía ese tono de voz tan falso, tan ingrato! Cuando salía, ella se inquietaba, ruborizándose como si la hubiera descubierto. «¡Déjame en paz! ¡Déjame!», y esas palabras, cuñas en el cerebro.
«Algunas noches iban juntos a la taberna y volvían a casa borrachos», le dijo al psiquiatra. Él veía, desde la ventana del cuarto, como los padres se tambaleaban. Luego, las risas al subir las escaleras; latigazos en su piel desnuda.
Al terminar la consulta fue a la habitación y cayó en la cama. El sueño lo abrazó. Ahora se encuentra en un lugar árido. Está en el suelo, boca abajo. Arrastra un cuerpo roto. Las piedras rasgan su piel, pero no siente nada. Sigue adelante. Las vértebras dibujan el camino como anillos de gusano. «No te pares», le dice una voz débil, ahogada. Trozos de arena se incrustan entre las uñas. El polvo se mete en sus ojos; una capa fina los nubla. Sigue recto. Se adentra en unos arbustos. Avanza despacio. Los pantalones quedan enganchados en unas ramas. Tira de ellos con fuerza, pero no logra desprenderse. Impulsa el cuerpo hacia delante. «Inútil, es inútil». Huele a sudor y sangre. Las ramas lo oprimen. «Quiero salir», grita. Al abrir los ojos, dos enfermeras lo sujetaban. Notó un pinchazo dulce. 
Sala de televisión. Imágenes en la pantalla. Daniel miraba al techo. El sol se filtraba a través de la cortina. Como aquel día, pensó. Se vio tumbado en el sofá, apoyando la cabeza en las piernas de la madre. Notó la calidez de los muslos. Ella lo empujó irritada. Daniel se levantó con brusquedad. Subió las escaleras con gangrena en la boca y mordeduras en la tripa. Los insectos lo invadían. Sintió que las hormigas se apoderaban del hígado, recubriéndolo de una capa negra. Las chinches despedazaban los intestinos. Tarántulas venenosas sobre los pulmones. Le costaba respirar. Las patas de un ciempiés salían por la nariz. Supuraba los olores fétidos de la putrefacción.

Llevaba tres días sin dormir. La cabeza le pesaba como si las distintas partes del cerebro fuesen de acero y no se comunicaran. Ansiaba el vacío, la nada. Las palabras «a levantarse, el desayuno» lo violentaron. No quería desayunar, pero le obligarían. Tardó en incorporarse; los músculos se aferraban a la cama, como si estuvieran atados al colchón con cuerdas transparentes. Se levantó a coger la ropa, que estaba encima de una silla, junto a la ventana. Miró tras el cristal. El jardín estaba sereno. Su vista empezó a nublarse.
Se vio con catorce años en la cocina. No estaba solo. La madre, sentada en una silla, con la cabeza hacia delante, dormía. En el suelo, botellas vacías. Daniel la miraba con desprecio, con odio. Fue hacia la llave del gas, la abrió y cerró la puerta al salir. El golpe de la puerta se unió al silbido de alas de insectos. Se tapó la cabeza con los brazos, pero el ruido era cada vez más fuerte. Abejas y hormigas voladoras zumbaban en sus oídos. El crujido de alas se adentró en el tímpano hasta llegar al cerebro. Olía a pantano, melocotón y mar. Olor que hizo brotar esas olas que engullían unos cuerpos descuartizados. «No me dejes aquí, no me dejes aquí», gritó golpeando la puerta hasta caer al suelo. «Ese olor nos separó, mamá, ese olor nos separó».


 *De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es






Cuento sin Hadas*

                                                                  A victoria recuperando


BarbaAzul y su cuartito secreto.

      Polvo entre los dedos de Hansel y Gretel,
               sin las señales del regreso.

Y todo tan al sur.

La Bella enamorada de la Bestia,
                              con su uniforme de gala.
Hasta que el cuartito,
                             no azul
tan cerca de, tan
tan, tan tan , cómo decir tanto.

Frontera, bandoneón, país.

Cenicienta sin siquiera cenizas de los huesos.

Blanca nieves  a los pies de los soldados en el hielo

¿Perdimos de verdad todas las marcas?


 Volver al sur,
 al antes del cuartito.

Del  Reino  del “no te metas”,

y el grito.
                             y nadie se imagina la infinita tristeza
Volver al antes
                              de los gritos sin auxilio
a las posibles maravillas de lo humano
                         

  Después es como si un bosque, 

como si un  mundo se hubiera desvanecido.

Dolor  de todo                                                
 Frontera, tango.
   

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com








Voces*


***

La voz que escucho en mi interior
Será solamente mía
O tendrá las huellas de mis antepasados


***

Donde irá la voz
De los que ya no están
Seguirán en otros cuerpos
Colmados de melodías
O permanecerán en el sonido
De las caracolas


*De Azul. azulaki@hotmail.com







*

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-Por Ferrocarril Midland-

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