viernes, julio 10, 2009

FUE INVENTAR SONRISAS EN CASAS ABANDONADAS...


SIN RESPUESTA*



Sembrar puertas con espera
fue el imán del camino,
fue inventar sonrisas
en casas abandonadas
o colocar guirnaldas
en terrenos baldíos
para cosechar todas las mañanas.
El mensaje se evaporaba,
casi nadie habría las ventanas
y el viento inventado se perdía
en inútiles tramos de hojarasca.
Era lava de vida activada,
ver el amanecer y saborearlo,
abrir puertas al ensueño alado
y si fuera preciso, ser paloma
y águila a la vez por la osadía.
Pero nadie respondió
y el mensaje se durmió sin esperanzas.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






FUE INVENTAR SONRISAS EN CASAS ABANDONADAS...







Elogio de la intolerancia*



*Martín Caparrós
10.07.2009


Un hombre joven cuenta por la radio el problema que tuvo al llegar a BuenosAires desde el Chaco: por un reclamo de taxistas la terminal de micros deRetiro estaba cortada y debió bajarse a quince cuadras, caminar quincecuadras bajo la lluvia cargando su equipaje. Pero el hombre sabe por qué lesucedió:

-Y, estamos en la Argentina.

Fue sólo un comentario -que ya resulta- banal ante un hecho -que ya resulta- banal, pero me impresionó precisamente eso: la naturalidad con que lo dijo.
Y, estamos en la Argentina. Un comentario banal que me devuelve esa sensación que cada vez me impacta más: que hemos aprendido que nuestras vidas de argentinos son mucho peores que lo que hubiéramos querido pensado imaginado y, sobre todo: que nos acostumbramos. Cada vez estoy más sorprendido por el tipo y la cantidad de cosas que aprendimos a soportar, a encajar con un leve movimiento de los hombros. Y, entonces, me pregunto mucho dónde están nuestros límites.

-Bueno, hacia el este el Río de la Plata, el Uruguay.

-Usté sí que me entiende, compañero.

Lo pensaba estos días, cuando acabamos de pasar una de las elecciones más tristes que recuerde, con ideas tan pobres que era una suerte que no hubiera muchas, con tal falta de opciones que los que querían castigar al gobierno votaron a un millonario sonreído que ignoraba la diferencia entre estatizar y nacionalizar, con tal desvergüenza que ciertos ganadores festejaron con los bufones a los que debían -dijeron- parte de sus votos, con tal necedad que los perdedores en jefe siguen sin darse cuenta de que perdieron y persisten en su cardumen de equivocaciones: una pena de ejercicio cada vez más vacío de sentido, que por momentos no deseamos sino que soportamos.

Lo pensaba también recordando todos esos problemas endémicos que ya nos parecen naturales: que haya miles de personas que pasen hambre, que haya chicos que no crecen por hambre, que haya chicos y grandes que se mueren por hambre, que haya millones que no pueden trabajar, que haya millones que
viven como si tuvieran la culpa de algo, que haya más y más chicos que no saben pensar más salida que los caños: tantas cosas que ya no nos sorprenden, que ni siquiera nos sorprenden, que siguen sonando al fondo como un ruido que fue molesto y, por momentos, se vuelve imperceptible.

Lo pensaba cuando quedó claro que nuestros gobiernos -nacional, pero también los provinciales- nos engañaron como a sapos flacos con las cifras de la gripe y, para no perder votos, dejaron de tomar las medidas que deberían haber tomado. Alguna vez quizás el Indec podrá calcular cuántas personas se
enfermaron por esa demora, cuántos se murieron, y la justicia determinar qué pena corresponde a ese delito; mientras tanto, sin números -ya sin creer en los números- alcanzaría con recordar que fue una conducta criminal, intolerable, que todos parecemos tolerar bastante bien.

Y lo pensaba en la víspera de este día extraño en que el país está medio cerrado -y la palabra decisiva es medio: el gobierno nacional decidió que sus empleados debían quedarse en sus casas para aventar el peligro del contagio, pero no tuvo la inteligencia o la convicción o los cojones para obligar a los privados a hacer lo mismo con sus empleados, o sea: decidió proteger a sus trabajadores, no a sus ciudadanos, para no meterse con la libertad de empresa -las ganancias- de los patrones argentinos. Y encima, aquí en Buenos Aires, el gobierno municipal decidió que no era para tanto y que sí hay que trabajar. O la medida es necesaria y debe aplicarse a todos, o a nadie porque es innecesaria. O sea: hay que redistribuirla.

-Lo veo extremista, mi estimado.

-¿Y por casa cómo andamos, señor Alsina Alcorta?

Pero lo pensaba sobre todo cuando me enteré de que aumentaron los precios delos productos que la gripe o el miedo de la gripe ha vuelto indispensables.
Ciertos fabricantes, distribuidores, comerciantes que hace quince días creían que cinco pesos por un alcohol en gel eran un precio justo ahora lo cobran diez porque hay más enfermos y más asustados dispuestos a pagar, aplicando la ley de la oferta y la demanda a la desesperación de sus vecinos. Los mismos -y otros- que pedían 35 centavos por ignotos barbijos ahora los venden a dos pesos porque el pánico es así y a nadie le importa que los expertos se desgañiten diciendo que no sirven para nada.

Solemos echar la culpa de todos nuestros males a nuestros gobernantes, al Estado o, con suerte, a los más ricos poderosos. Los que decidieron estos aumentos son unos cientos de honestos integrantes de la famosa clase media argentina -buenos padres y madres de familia, pagadores puntuales de la cuota del cable, evasores módicos de impuestos, dispépticos callados, respetuosos de su dios cada domingo- que, de pronto, vieron la oportunidad y no quisieron perdérsela. Y que, sospecho, se justifican diciendo que así es la vida, que negocios son negocios, que por una vez que se me da no me voy a hacer el exquisito, que cualquiera en mi lugar haría lo mismo, que esto es la selva y si no comés te comen, que si los de arriba son unos hijos de puta por qué yo voy a ser la madre teresa y si néstor y el turco no están presos acá se puede hacer lo que sea o cualquiera de esas frases más o menos hechas con que tratamos de disimular nuestra bajeza -si es que lo consideraron necesario: porque también cabe la posibilidad de que yo sea un optimista al pensar que justificaron algo, de que estén tan carcomidos que su conducta les haya parecido lo normal.

-Es lo más normal, Caparrós, es lo que hacemos todos.

-Tiene razón: ¿a quién se le ocurre confundir normal con deseable?

Y así vamos. No me sorprende que el famoso gobierno no intervenga para poner precios máximos a esos productos, porque para eso primero tendrían que aprender a atarse los cordones sin caerse. Me sorprende más que la famosa sociedad civil no intervenga para poner, por ejemplo, carteles en las
puertas de esos negocios diciendo que esos señores que se aprovechan de la desgracia común deberían vivir en el Karakorum y que habría que transferirlos ya mismo por la vía más veloz, o circular sus nombres con la promesa de no comprarles nunca más ni un algodón usado -o algo así.

Pero de eso se trata esta mañana: de la sorpresa ante nuestra capacidad de soportar ciertas cosas que, a veces, para un observador un poco lelo, podrían parecer insoportables. Aunque algunos días -cuando veo cómo aumentó el alcohol, un suponer- pienso que soportamos porque estamos esperando nuestra oportunidad de hacer, por fin, lo que nos hacen.

(Postdata: ayer leí que algunos radicales formaron un grupo para contraponer a Carta Abierta, y que entre ellos están Félix Luna, Jorge Vanossi, Daniel Sabsay, Marcos Aguinis, Atilio Alterini, Horacio Sanguinetti. Todavía no dijeron más que una palabra y ya hablaron demasiado: dicen que se llaman
Aurora. Como son dizque intelectuales, gente que debe manejar palabras, sería bueno que alguien les recordara que, en la Argentina, Aurora es antes que nada el nombre de una canción de exaltación militarista, una que empieza diciendo alta en el cielo un águila guerrera. Si ésa es su idea "del debate
y de la república", empezaron con el pie derecho; si no, que lo intenten de nuevo y se llamen, como les corresponde, Noche Triste.)


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=27275







DEL CONSUELO*



*de Horacio C. Rossi



Las playas topan de arena ambas bandas de la mar.
Mar atravesada en pena. Salada a fuer de llorar…

Podría contar el cielo, si le diera por hablar,
lo que rezan estos versos del Poeta en su cantar:

alguna vez en la vida podra su destino hallar
el hombre, si es que no olvida todo el paisaje mirar…

ni se ilusiona con mundos que talvez no ha de encontrar
ni extraordinarios favores que lo hagan maravillar…

allí encontrará –diría: talvez pueda allí encontrar-
la sed de nueva sequía, la dificultad de amar

restos de antiguos naufragios que no lo han de alimentar,
y templos ya sin sufragios a dioses que hay que olvidar…

“Para esta vida, tan fea, es que crucé tánta mar,
para que nada me sea como amé imaginar?”. . .


-Hágase firme, y espere
total, ya sabe esperar.....
La semilla que trajere,
ya mismo, dése a sembrar


Es, lo que la sangre empuja,
lo que vale asegurar:
el aire de la burbuja:
¡haber cruzado la mar!


Ni el marino ni el velero:
¡el viaje!, va a germinar...
No la piedra ni el hondero:
la caza de su atinar


El son de los instrumentos,
lo que la voz, al cantar,
dice de los sentimientos:
¡la luz!, en el despertar:


¡La mano, ya recibiendo
a los que están por llegar,
con el recibo, tremendo,
de haber fundado un lugar!






Praga te maldecirá*




*Por Juan Forn


Praga le dio todo a Gustav Meyer, y después se lo quitó. Lo recibió con los brazos abiertos cuando Meyer llegó en su adolescencia a la ciudad, acompañando a su madre actriz (el padre era un ministro de la corte de Württenberg que jamás lo reconoció). Cuando la madre se unió a una compañía teatral que partía de gira a Rusia, el quinceañero quedó solo en Praga, pero se las arregló para concluir su bachillerato y la carrera de economía con notas brillantes y especializarse en comercio internacional. A los veintitrés años tenía el mundo a su disposición, pero una pena de amor lo llevó al borde del suicidio. En el preciso momento en que estaba por dispararse un tiro en el pecho, manos anónimas pasaron bajo su puerta un folleto espiritista titulado La vida que vendrá, y su existencia dio un drástico viraje. Dos años después, era uno de los banqueros más exitosos de Praga y un experto en las prácticas mediúmnicas que le causarían la ruina.
Los intereses esotéricos de Meyer abarcaban desde el yoga a la telepatía, las experiencias con alucinógenos y la teletransportación. Comía sólo legumbres y granos, no se permitía dormir más que tres horas por noche, era capaz de permanecer mucho más tiempo en dolorosas posturas asana que, según
él, lo cargaban de energía. Sus prácticas espirituales no le impidieron destacarse como deportista (era un maestro en esgrima y tiro y representó a su país como remero, además de ser el primer propietario de un vehículo en Praga). Para demostrar sus dotes de videncia convocó una noche en su casa a un grupo selecto de amigos financistas, bebió delante de ellos un preparado de hachís (¡treinta gramos disueltos en un tazón de café negro!) y predijo el precio que alcanzarían en la Bolsa las acciones de una docena de empresas. En opinión unánime de todos aquellos expertos, el pronóstico era descabellado. Pero, al cerrar la Bolsa la jornada siguiente, Meyer había acertado en once de sus doce anuncios.
La historia se propagó como un mal olor por la ciudad; la comunidad biempensante exigió escandalizada que se lo arrestara por estafador. Meyer fue juzgado, la corte lo encontró inocente de estafa pero no de ofender el honor de sus colegas de la banca. En los días que duró el juicio, el Banco Meyer & Morgenstern quebró y Meyer quedó en la ruina. Cuando Kafka y Max Brod lo conocieron, en 1901, era un paria que recorría los cafés praguenses retando a duelo a sus enemigos: ilustres juristas, funcionarios públicos y ex colegas de la banca que, con la excusa de que Meyer era bastardo, lograban esquivar el desafío (y la muerte segura, porque Meyer era un espadachín sin par).
Por intermedio de Max Brod, Meyer encontró por fin cómo dar pelea a aquella sociedad que lo había ofendido y humillado. Brod le sugirió poner por escrito los tremendos relatos con los que Meyrink aterrorizaba a los borrachos del Café Continental y enviarlos a la revista satírica alemana Simplizissimus, que comenzó a publicar de inmediato esos retratos vitriólicos de las bajezas del mundo praguense. Meyer adoptó el seudónimo Gustav Meyrink (para simbolizar que hasta su buen nombre le había quitado Praga) y así fue como lo conocieron Thomas Mann, Karl Kraus, Rilke, Strindberg y Hamsun (cuyas firmas acompañaban la de Meyrink en la revista).
Lo que le pagaban por sus cuentos no alcanzaba ni para un cuarto de pensión, pero los admiradores alemanes de Meyrink le consiguieron un pasaporte de salida de Praga: la editorial Fischer le habilitaba un departamentito en su sede de Viena a cambio de que tradujera para ellos, a jornada completa, las
novelas de Dickens. Meyrink aceptó sin dudar la oferta (en los años siguientes llegaría a odiar a su adorado Dickens) y dejó Praga agitando un puño contra ella: "¡No he terminado contigo!", le aseguró.
Diez años después, en 1915, llegó a manos de Kafka, a través de Max Brod, una novela llamada El Gólem. Kafka la leyó en una noche, aterrado, fascinado, literalmente abducido por el retrato de la vieja Praga, en particular del ghetto judío. Meyrink se tomaba venganza de la ciudad, la condenaba al terror y la retrataba despiadadamente en su más abyecto terror.
Pero también había depositado en el libro todos sus conocimientos y creencias sobre la Cábala y la alquimia (es decir: la palabra y la capacidad de transformar el plomo en oro, lo inanimado en vida, tal como hace el viejo rabino Löew de Praga cuando da vida al Gólem, esa enorme criatura hecha de
barro, introduciéndole en la boca un papelito llamado shem, donde está escrito el nombre impronunciable de Dios).
Imaginemos por un instante la escena: mientras afuera retumba la Gran Guerra, Kafka en su dormitorio devora a lo largo de una noche esa novela que exhumaba y entretejía todos los secretos y todas las miserias de Praga.
Imposible imaginar un lector mejor, más idóneo, más perfecto que Kafka para El Gólem. Si Meyrink tuvo algún poder mediúmnico, alquímico, cabalístico, fue el que le permitió ganarse ese lector para su libro. Nunca sabremos lo que Kafka leyó en El Gólem, salvo que fue infinitamente más que lo que podremos leer en ese libro el resto de los mortales por los siglos de los siglos.
Sin embargo, por morir en 1924, Kafka se perdió el último acto del duelo implacable entre Praga y Meyrink: a principios del año 1932, cuando Meyrink y su familia vivían en un chalet en las montañas de Montreux, en Suiza, el único hijo varón del escritor, la luz de sus ojos, un muchacho "que brillaba
por su inteligencia, su gusto artístico, sus cualidades deportivas y su benévola naturaleza", sufrió un terrible accidente mientras esquiaba que lo dejó confinado de por vida a una silla de ruedas. No soportó mucho tiempo.
Una mañana descubrieron que se había arrastrado desde la cama hasta el bosque que había frente a la residencia de los Meyrink y allí se había cortado las venas. La misma horrible muerte que sufría el vivaz estudiante Charousek en El Gólem. Meyrink no supo asimilar el golpe. Poco después, el 4 de diciembre de 1932, dio las buenas noches a toda su familia, se retiró a su dormitorio, se sentó en una silla, con el torso desnudo, "frente a una ventana abierta que apuntaba al Levante" y permaneció así "hasta que sus
ojos vidriosos se posaron para siempre en la única estrella que seguía brillando en el cielo cuando amaneció". Pasó el nazismo, pasó la guerra y luego el comunismo por Praga. Recién en 1989 se publicó por primera vez El Gólem en checo: habían transcurrido exactamente cien años desde el día en que Gustav Meyer, luego Meyrink, fue acusado, juzgado, arruinado y maldecido por Praga.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-128000-2009-07-10.html





DOMINGO Y OTOÑO*



Ahora ya nadie barre las hojas que el Otoño displicente hace caer sobre las grandes lajas del patio.
Esas lajas cuyos intersticios va ganando una gramilla rebelde.
El vientecillo de abril amontona hojitas y palitos secos, flores caídas del ceibo, lo va barriendo todo, hasta tapar el caminito laborioso de las hormigas que tienen como objetivo el verdeante y orgulloso “ibirá pitá”, cuyas hojas parecen cantar en el mismo atardecer.
Yo fumo en ese patio abandonado. Lo hago a espaldas de los limoneros y las ramas de las tuyas moviéndose con un run rún imperceptible. Lo hago bajo los tres fresnos que están casi tocando la galería de chapas (un pobre cobertizo insuficiente para cubrirme de la lluvia cuando aparece finita y persistente).
Dije que ahora nadie barre este patio, que nadie vive en esta casa. Los viejos ya no están, aunque no parezca cierto.
Esta es la irreversibilidad de la cual no tuve noticias antes en mi vida y de cuya presencia creía no percatarme nunca, ahora que la veo en su crudeza real.
Y todo pasó en los últimos seis años. Al morir mi madre, el viejo entró en un simulacro de vida, en un gesto actoral que nos engañó bastante. Nunca creímos por otra parte que semejante roble caería. Pero él estaba ya profundamente muerto cuando se vio solo en esa casa que compartieron durante cincuenta años y a él le parecería como una gran embarcación a la deriva, cuando se dio cuenta que el batón floreado de mi madre nunca más atravesaría la sombra calma del patio.
Ahora sé que es inútil repetir siquiera un gesto que pude gastar cuando ellos estaban.
Todo dejó de tener razón de ser, al menos en aquel sentido en que yo hacía mis visitas por entonces.
Ahora sí que no tengo un perro que me ladre cuando llego a esa casa de la infancia. La que conoció mis primeros pasos, mis primeras lágrimas y mis primeras alegrías, mis juegos, todas las fantasías de niño pobre del pueblo y también muda testigo de mis primeros amores contrariados y sufrientes.
Un gusto amargo me ha quedado en la boca, algo como una cosa inalcanzable . Las palabras que me he callado, las pequeñas y numerosas palabras que pude pronunciar o las cosas que pude haber hecho para hacerlos sentir mejor y no dije ni hice. Esas cosas que dejamos de hacer no por maldad o desamor sino por desidia tal vez, o peor, porque tal vez ni nos dimos cuenta, porque inconscientemente pensamos que había aún tiempo para todo. Hasta para mostrarles un poco más de cariño a nuestros viejos.
Todo aquello que no hicimos ahora queda en la nada, queda muerto para siempre.
Sin embargo ellos están en nosotros como una moneda pequeña, que en la mera oscuridad de la vida nos da su esplendor, su sencillo temblor que refleja sin herir.
Las muestras del paso de un hombre y de una mujer humildes que hicieron en la vida pocas cosas, pero quedaron en la memoria de los otros.
Quedaron en las pocas cosas materiales que dejaron. En un árbol plantado, en un frutal que resiste al viento. O en ese “calisteme” de flores rojizas, como leves y casi etéreas plumas que plantó esperanzada mi madre un día. O en los rosales que tanto cuidaba.
Ella ya no se quedará inmersa en esta bruma, en este remolino de incertidumbre, de voces queridas que la llaman inútilmente ni nosotros podremos escuchar su voz llamándonos a comer, a estar, a arrebujarnos con la frazada más tibia.
No hay formas, ahora todo pertenece a la engañosa memoria, que tiene las alas más frágiles que las de una mariposa.
En mis manos se han quedado los gestos vacíos, ese ademán que quiso tal vez acariciar los rostros ajados por trabajos e intemperies. Esos rostros queridos ya desaparecidos de mí.
¿Qué cosas nos quisimos decir y no nos dijimos?
¿Qué desfiladeros de tonterías, de cosas sin sentido –mezcla de superficialidad y distracción- nos quitó un tiempo que se quedó en el camino o nos dejó en él, solos.?
Tal vez tendremos que sopesar qué cosas eran necesarias a nuestras vidas. Y qué cosas no.
Esa hubiera sido la clave. Esa fue nuestra culpa.
Hoy también es Otoño. Encerrado sin ver una hoja seca ni por asomo, escucho un poco amortiguados los ruidos del tránsito escaso del domingo.
La ciudad se agazapa, acorralada por el tinte del crepúsculo más triste, el crepúsculo del domingo y encima no es el de mi pueblo: tinto en sangres violetas y ocres y amarillas.
No puedo dejar de recordar la frase de Isidoro Blaisten: “es el día y la hora en que sentimos cómo una pata peluda se nos aposenta en el alma”.
Y es terrible, a decir verdad. Terrible.

Otoño de 1999



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






Abismo*



Ni me asomé
y mucho menos me caí

Mi pertenencia a él
y en él mi residencia ininterrumpida

es rescatada
y aun sobrevalorada

por panegiristas
y detractores.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 12 de julio de 2009, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, presentaremos música cubana de diferentes compositores e intérpretes. Las poesías que leeremos pertenecen a Horacio Rossi (Argentina) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Las fotos de la inauguración de la exposición de Walkala en Oberndorf se pueden ver en el link http://artistas.euroyage.org/main.php?g2_itemId=1035
Cordial saludo,

Walkala.

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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*




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