Wednesday, December 31, 2008

¿HABREMOS DEJADO DE CREER EN ALGO?





Felicitación*




Al hacer Dios el reparto de habilidades me dio a escoger entre querer a mis amigos y tener buena memoria así que os deseo una buena Semana Santa y feliz Verano.



*de Joan Mateu joan@cimat.es








¿HABREMOS DEJADO DE CREER EN ALGO?






*


A veces (y solo a veces) uno corre tal suerte que caer del cielo no es tan desastroso cuando se tiene al menos la esperanza de ser bien recibido en el infierno. Pero cuando uno descubre que donde el cielo tiene hoyos, el infierno ha cerrado sus sucursales, nos damos cuenta que hemos quedado entre humanos... Y justo uno comienza a creerse dueño de sí cuando nos damos cuenta que donde ningún dios y ningún demonio puede ayudarnos, aparecemos solos, y ni aún así somos salvados por nosotros mismos... Y cuando la humanidad parece aplastarnos sin que podamos hacer algo, llega alguien con los mismos pasos, con sus manos, sus brazos, sus ojos, su sonrisa; y nos abraza, nos mira... La libertad se vuelve mortal, y sale de uno para convertirse en alguien más: y somos salvados por un milagro que escribe, crece y muere como todo lo vivo que nos rodea... Y uno entiende cuando dicen que los sueños también tienen pies, y manos, y ojos, y nariz, y esos etcéteras que con el tiempo se tendrán que descubrir...


La vida brinca de un lado para otro: los vientos abrazan los polvos que cierran nuestros ojos, las lluvias se despiden de las tierras... Tu, yo, el tiempo: ¿Qué hacer?... ¿Habremos dejado de creer en algo? ¿Habremos olvidado los temores de un mundo olvidado?... Lo descubriremos pronto, y espero estar
lo más cercano a ti posible cuando eso pase.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







La fe*



Se lo habían inculcado en el colegio. Los curas, con sus sermones y sus machaconas parábolas que culminaban en unos "ejercicios espirituales" de los que era imposible salir incólume. De las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, la más importante era la Fe. Sin la Fe - decía el Padre Garriga - todo lo demás carecía de importancia.

Cuando acabada la escuela me incorporé a la vida laboral, "al mundo exterior" que decían los curas, nunca olvidé las enseñanzas recibidas, que aunque dormidas por el devenir de cada día en el momento mas inesperado surgían de aquellos lugares en que la escuela los había insertado.

Sin embargo todo el tiempo pasado en el colegio me sirvió para mantener unas relaciones con el clero que posibilitaron que me uniera a la expedición Plumkier (subvencionada por el obispado) que debía viajar desde Los Urales a Kamchatka completando la cartografía de diferentes zonas. Esta circunstancia me proporcionó la posibilidad de vivir una de las mayores experiencias de mi vida:

Aproximadamente a la mitad del camino, en el campamento se montó una de las reuniones habituales en las que todos los expedicionarios nos reuníamos alrededor de una hoguera y se discutía sobre temas religiosos y filosóficos.
El clima que se vivía en estas veladas era similar al que había vivido yo en mi época de estudiante.
Llevábamos ocho días debatiendo el tema de la fe y los rostros parecían iluminados por una fuerza interior, reflejo de la propia creencia. La fe es lo más importante. La fe mueve montañas. Si todo el mundo tuviera fe.

El clímax de la reunión fue subiendo y todos entramos en una fase de éxtasis que nos transportaba a un estadio superior. Todos creíamos en la fe. "La fe mueve montañas". Entonces se produjo el fenómeno. Cuando todos tuvimos fe, las montañas empezaron a moverse y se apartaron, se arrastraron y se
trasladaron, amontonándose en el Himalaya y formando la Siberia.
Todo el trabajo de cartografía realizado hasta la fecha no valía un pimiento.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es









LA HORA DE LA TENTACIÓN*




Para caer en la tentación, cualquier hora es buena, pero algunas son "especialmente buenas". Las tres de la tarde, por ejemplo, es el momento en que se despiertan muchos demonios y salen a flor de piel los deseos de aplacar asuntos pendientes. Es increíble, porque es una hora de plena luz, pero del mismo modo que a unos los llama la siesta y a otros la merienda, a algunas personas se les despierta el bichillo del pecado original. La Biblia no lo aclara, pero no tengo dudas acerca de la hora en que fue consumida la manzana.

El Chino Carloto dijo al jefe del almacén que tenía que ausentarse unas horas para resolver un problema personal; cuando el jefe quiso indagar más, él le respondió que era un asunto vital, alzó las cejas en señal de urgencia - no se sabe qué habrá imaginado el jefe, pero algo importante debió ser - y sin más comentarios le dieron la tarde libre. Era un buen trabajador, no solía ausentarse por gusto, solo faltaba a su puesto laboral unos minutos por día, cuando iba a tomarse la presión.

Se llamaba Carloto en honor a su abuela, que murió minutos antes de que él viniera al mundo y dijo en un último suspiro: "Pónganle mi nombre a la niña". como no hubo tiempo de rectificarle su error y el padre quería cumplir la voluntad de su santa madre, Carloto se quedó, como variante para quedar bien con todos, menos con el bebé, que quedó condenado a arrastrar ese nombre por la vida. Por suerte en Cuba a los que tienen rasgos asiáticos se les llama "el Chino" o "la China", según el caso, por tanto lo de su nombre solo se sabía en papeleos oficiales. Cuando las muchachas preguntaban, respondía: "Me dicen el Chino, pero puedes llamarme Carlo". y le quedaba el diminutivo elegantemente italiano.

Rosa de las Nieves, la enfermerita preciosa a quien llevaba dos semanas enamorando, a pesar de saber que estaba casada, había llamado bien temprano al policlínico - no más ver salir el desvencijado Lada que manejaba su marido, individuo forzudo y lleno de malas pulgas, chofer del almacén donde trabajaba el Chino - pretextando sufrir de "punzadas en el bajo vientre" y como con los asuntos femeninos siempre se tiene compasión, le dieron el día de descanso. Así tuvo tiempo de ir por la mañana a plancharse el pelo y hacerse iluminaciones platinadas, que contrastaban de maravilla con el negro retinto de su piel.

Verdades incuestionables, si bien disfrazadas: lo de Carlo era una cuestión de vida o muerte - había estado a punto varias veces de decirle Nievecita a su novia y la muchacha era cinta negra en kárate, para colmo entrenaba en el gimnasio que quedaba al lado del policlínico, ventana contra ventana, y no entendía "nada de tanta tomadura de presión con la negrita esa que se remenea y enseña hasta el alma cuando se agacha para alcanzar una jeringuilla" -, y a ella le punzaba ya cualquier cosa que tuviera por debajo del ombligo, de tanto roce y frasecitas al oído cada vez que el Chino pasaba a tomarse la presión, que siempre estaba normal, pero era el único pretexto para darle dos vueltas diarias, porque ella se dedicaba a pruebas citológicas, inyecciones, vacunaciones o chequeos de presión sanguínea. Lo
de la prueba era impensable por motivos más que obvios y no era cosa tampoco de dejarse pinchar por amor, a pesar de que las jeringuillas se guardaban en la gaveta más baja del estante.

En fin, que entre punzadas y otras urgencias, consiguieron la anhelada tarde, lejos de los respectivos trabajos; nunca lo suficiente, porque el dinero no les daba para un hotel y tuvieron que contentarse con un cuartico que se alquilaba por horas a la vuelta de la esquina, entre el agro mercado y un atelier de alta costura, lo cual era bueno porque con tanto trasiego de personas pasaron inadvertidos y se sintieron bien a resguardo de las miradas de la novia de él y del esposo de ella. Fueron muy puntuales, rayando las 3, porque si se les iba a cobrar por horas, había que disfrutarlas en su total extensión.

Ella, que pese a lo que se decía de su reputación, no había sido antes infiel, miró con desconsuelo la habitación, adornada en el estilo más antiestético posible, incluyendo una muñeca Loreta de los años sesenta, vestida de novia, con una polvorienta pamela de encaje, sentada en un taburetito de madera, con una flor de plástico en la mano, lo cual le daba cierto aspecto de figurita vudú. Suspiró.

- Mi Chini, había imaginado este encuentro más romántico, ¿y tú?
- ¡No te preocupes! - la tomó él por la cintura, sentándola en la cama - Tú calla, disfruta y observa como te transformo esto en un paraíso - se sacó de los bolsillos varios paquetitos -. Para que la ocasión valga la pena, hay que crear un ambiente único, digno de ser recordado, y en eso vas a reconocer cuando termine que soy un maestro.

Corrió las cortinas para generar penumbra, cubriendo disimuladamente a Loreta con ellas, esparció pétalos de rosa por el suelo, encendió velas de colores, inciensos de varios tipos. Ella sonreía
complacida ante tanto despliegue de recursos y energía en su honor. Había tenido sus resquemores, por "eso que se decía de los chinos y el tamaño reducido del órgano reproductor", pero ahora no le quedaba duda de que sería un amante admirable. Si no daba la talla por un lado, la llevaría al cielo con otros talentos.

Al primer abrazo, ella se quejó del calor y como no había aire acondicionado, él arrastró hasta los pies de la cama un vetusto ventilador de cuando la segunda guerra mundial. Al conectarlo, descubrieron que no solo generaba frescor - fue una buena época para los electrodomésticos, como los refrigeradores General Electric y Westinghouse, que en contra de Dios, de la falta de piezas y de los pronósticos, aún enfrían -, sino emitía un zumbido estilo abejorro que aplacaba los ruidos de la calle. se movía un poquito, pero lo calzaron con ayuda de los cuatro zapatos y lograron que se quedara quieto, silbando bajito y refrescando.

Las 3 de la tarde es la hora en que suele pasar el desfile de los pregoneros característicos de cada barrio habanero, en este caso: el que vende dulces: "¡El pastel a peso!, ¡a peeeeso el pastel!, ¡de coco y de guayaba!", el carrito del granizado con su campanilleo - el granizadero era mudo, pero para el caso hacía bulla con tres campanas -, la florera con su carretilla: "¡Floreeeees!, ¡las flores!, ¡llegó la florera con margaritas, rosas, gladiolos, azucenas, mariposas y girasoles para los vivos, los muertos y los santooooos!", el vendedor de huevos con su mochila al hombro: "Huevo, huevo, huevo" - no gritaba porque temía hasta su sombra, cada tres "huevo", echaba dos miradas a ver si no lo seguía la policía y continuaba - "huevo, huevo, huevo", la mulata que vende fresas, cantando a pleno grito: "¡Freeeesa!. llegó la fresa a la isla de Cuba y viene conmigo, fresa, fresa, ¡freeeesa, para alegrar tu vida y adornar tu meeeesa!", el viejito de las cremitas de leche con su bicicleta y su excelente voz de tenor: "¡Cremitas
de leche!, ¡de leche de vaca!, ¡de leche de vaca legítima! - no se sabe si porque fue hija de un matrimonio legal de vaca y toro o porque no tiene harina en la mezcla -, ¡con garantía!, ¡las prueba y después la paga! ¡y siempre te quedas con ganas!".

Entre zumbidos, aromas, opacidades, medias luces, campanillazos y pregones amortiguados, lograron alcanzar la intimidad deseada. Subieron de tono las caricias, cayeron las ropas, se enlazaron en singular contienda y, como siempre que triunfa el deseo, olvidaron que el mundo existía.

Precisamente en ese mundo que por unos instantes habían logrado ignorar, el ventilador logró vencer la barrera de zapatos y avanzó unos centímetros. Como en las trampas que solo se ven en los dibujos animados, uno de los inciensos, movido por el aire del ventilador, se tambaleó peligrosamente, cayó sobre una vela y ardió de un extremo a otro, generando la energía de activación suficiente para incendiar al resto de sus camaradas; éstos a su vez prendieron fuego a la parte baja las cortinas, que
llevadas y traídas alegremente por el bailoteo del ventilador - se diría que el artefacto se había sumado al entusiasmo de la bestia de dos cabezas que se movía en la cama -, comenzaron a quemar las ropas desparramadas por el suelo. las ropas, ayudadas por las cortinas, encendieron los extremos de las
sábanas, el vestido de novia de Loreta, la alfombra de pajilla y las matrioshkas de cuando se vendían artesanías rusas, el papel de celofán de los caramelos de la ofrenda a Eleguá, el dios de los caminos, el que teje y desteje el porvenir, el que abre y cierra las puertas, el que quita y da la suerte.

Fueron segundos, solo eso basta para cambiar un destino, o dos. De pronto, ella adquirió cierto grado de conciencia y preguntó:

- ¿Mi Chino, no te huelen demasiado fuerte estos inciensos?

Él iba a responder que no, que eran originales de la India, comprados en la Tienda del Oriente, nada de inventos tropicales, y por eso olían tan intensamente, cuando vieron la danza de las llamas a su alrededor.

Trataron de alcanzar la puerta del cuarto, pero el fuego no los dejó.

No les quedó más remedio que saltar por la ventana y ponerse a gritar, pidiendo auxilio, para que les ayudaran a apagar la hoguera que amenazaba con devorar el resto de la casa.

En ese justo momento llegaba Yané - cubanización de Jeannette -, la dueña del cuarto, con una pierna de jamón que se había comprado en el agro mercado gracias a los beneficios del alquiler. Al ver su renta en fuego, no le quedó otro remedio que dejar la pierna en el contén y sumarse a la algarabía, moviendo la cabeza, saltando, quebrando la cintura, agitando los brazos y llevándoselos alternativamente al corazón y a la cabeza, de modo tan rítmico a pesar de sus doscientas libras y sus sesenta años que parecía un baile de los que están de moda, mezcla de rap, reggaetón y hip-hop. Es
una pena que aquí nadie tenga camaritas digitales porque era una coreografía digna de verse en Internet. claro, tampoco tenemos Internet, pero el baile de la gorda valía la pena.

No hubo mayores problemas, vivimos en un país solidario: el mudo comenzó a solicitar ayuda a campanillazo limpio; el vendedor de huevos soltó la mochila cuidando que no se le rompiera ni un huevo, a pesar de las prisas; el de las cremitas arrinconó la bicicleta; el pastelero la cesta; la florera la carretilla; la mulata, más previsora que el resto por haber sido víctima de varios robos, corrió con el pozuelo de fresas bajo el brazo.

Se les sumaron los vecinos, los panaderos de la panadería de la esquina, en parte por el fuego y en parte porque todos habían soñado ver las tetas de Nievecita - cuando se agachaba a recoger las jeringuillas solo mostraba la mitad posterior -, las costureras del atelier de al lado, temiendo por sus telas. Los del agro no podían moverse de sus puestos porque perdían "güiro, calabaza y miel" pero gritaron a los del almacén que les quedaba al fondo, pidiendo que fueran a auxiliarlos. claro, ellos no sabían, de buenas intenciones está el mundo lleno. Hasta algunos que corrieron al escuchar los gritos sin saber para qué o por qué gritaban, dos clientes del atelier con los vestidos llenos de alfileres - con lo cual solo lograron pincharse y llenar de pinchazos a quien se les acercara - y tres taxistas que no tenían nada que ver con el asunto pero acertaron a pasar en el momento justo, se sumaron al bulto de bomberos emergentes. eso de crear "emergentes" siempre nos queda de maravillas. Por cierto, uno de los taxistas llevaba un paciente para la hemodiálisis diaria, casi se le muere en la espera de que su chofer apagara el fuego, pero eso queda para otra historia.

Aunaron fuerzas, cargaron cubos de agua desde la panadería porque nadie encontró una manguera, incluso le echaron el agua de la palangana donde vivía la jicotea de Yané, que se asoleaba en la puerta por las tardes, sin darse cuenta de que iba con tortuga y todo para adentro. Fue algo digno de verse. y por tal motivo, el que pasaba se quedaba, ya fuera arrimando el hombro o mirando.

Finalmente, dejaron el cuarto lleno de humo y cenizas, sin cortinas, ni matrioshkas, ni muebles, ni muñeca vudú vestida de novia, pero con la mampostería intacta. El ventilador de cuando la guerra sobrevivió, no se sabe cómo, y aún echaba aire entre zumbidos, desparramando gotas de agua.
Desde su pozuelito, el dios de los caminos miraba la escena con sus ojos de caracoles ahuecados, el fuego lo había dejado negrito y sin caramelos, pero incólume.

La dueña del inmueble, si bien hubiera querido linchar a los amantes, estaba consciente de que ni siquiera podía reclamar daños y prejuicios porque el alquiler era ilegal - como los pasteles, las cremitas, los huevos, las flores, dos de los taxis, las fresas, el sirope del granizado y casi todo aquí - y se limitó a mirar desconsolada los restos de su negocio, mientras se tomaba una manzanilla que le trajo la chismosa del edificio de enfrente con la intención de sacarle información.

- Son unos primos del campo - decía a la cotilla, que no le quitaba ojo a la pierna de jamón -, pobrecitos, les había prestado el cuarto para que descansaran un poco antes de tomar el tren. ¡angelitos, mírelos como han quedado! - se enjugó una lágrima muy sincera y asomándose para comprobar el destrozo, murmuró entre dientes, mirando de reojo a Eleguá - Ésta tú me la pagas, negro cabezón. ¡te voy a tener un mes a dieta, ni caramelos, ni roncito, ni miel, ni café, ni nada!

Mientras esto sucedía, la pareja de pecadores, sentados en el borde de la acera con el pelo chamuscado y la cara llena de tizne, pasado el susto menor, comprendían que tenían que enfrentarse ahora a los presentes - sumando los curiosos y los que habían llegado tarde a ayudar pero se habían
quedado para el jolgorio, eran bastantes -, a las costureras que querían averiguar "si era cierto lo que se decía de los chinos" mirando con descaro a la entrepierna de Carloto, que entre el susto y su naturaleza espontáneamente reducida casi se sentía "Carlota", a una novia karateka, a un esposo de armas tomar, al personal del almacén que ya venía en camino, y el del policlínico, a donde seguro había volado la noticia, y como si fuera poco: ¡tenían que seguir vestidos de Adán y Eva porque nadie, ni por
conmiseración, les alcanzaba una toalla para cubrirse!

Y todavía eran las tres de la tarde.



*de Marié Rojas.








No me gustan las despedidas*




No me gustan las despedidas. Ese olor a tristeza que flota en el aire. Esa promesa de reencuentro que de antemano se sabe imposible. El gimoteo desesperado de algún pequeño. La mirada ausente de los adultos. Me molesta, sobre todo, el momento en que se produce el quiebre, y la angustia disimulada hasta ese momento se apodera de la escena. Las risas y bromas dan paso a esa incontenible sensación de vacío...
No, decididamente, no me gustan las despedidas; sobre todo cuando, como ahora, me veo en la ventanilla, agitando la mano izquierda, mientras, en el andén, la soledad me envuelve y sólo atino a levantar un poco la vista, que sigue el recorrido de la máquina, esperando que el tren desaparezca, y yo me
pierda, para siempre, tras el horizonte.



*Copyright © Dante Schettini. dante.sch@gmail.com

Copyleft: Se permite su reproducción, sin modificaciones, siempre que no sea con fines comerciales y manteniendo, en todos los casos, el presente texto.
http://zonamutante.blogspot.com/2006/08/no-me-gustan-las-despedidas.html






Zapatos (para todos)*


No todos somos periodistas pero todos tenemos zapatos. Me corrijo no todos. Siempre hay algo que se puede hacer y algo que se puede dejar de hacer para no ser cómplices, calzados o descalzos. Cuando, como ahora pienso, se va el perro al que le tiraron los zapatos, sería barato para EEUU, buen precio
para tanta sangre y destrucción, tirarle solamente a Bush, demasiado barato..
Me gustaría un zapatazo para cada cómplice.
Me temo que todas las fábricas en incesante producción no alcanzarían.
Acaba de morir H. Pinter, él hablo de esa masacre injustificada, cuando tantos se callaron. Porque millones de personas dieron su tácito consentimiento. Me temo que no alcancen los zapatos


*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Soledades*



Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar.
Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me
dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la
soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista.
Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal. Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la
demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo.
Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa.
La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en
cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre
a la correntada.




*de Osvaldo Soriano,
- "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma, Bs. As. 1996.







Pensamiento 3*



Camino despacio hacia mi muerte...
(de joven corría).



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Año nuevo*



Con un suspiro salvaje
Diciembre se despide,
se lleva las penas,
borra el sufrimiento.
Por un camino florido
Enero apura sus pasos,
trae capullos de esperanza,
derrama el perfume del amor.
Ilusiones, deseos y emociones
recorren la mágica senda,
las pupilas se encienden
con la luz de los sueños.
La noche exalta las almas,
se aproxima la hora esperada,
la dicha se refleja en las miradas,
brota un misterioso encanto.
Con el sonido de las sirenas
los brindis se suceden,
la música de año nuevo
tiene la fuerza de la vida.


*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar







Mis deseos de fin de año*




A los compañeros socios y amigos desearles lo mejor en cada día. Que la dicha sea un presente tangible y el porvenir un horizonte donde la felicidad no se busca como utopía, sino se encuentra renovada y al alcance de la piel cada mañana.

Y deseo -por si esto no fuera suficiente- que Inventiva Social siga siendo la casa de la palabra de cada uno de nosotros.

Que el dicho popular de "Año nuevo, vida nueva" sea una verdad a la medida de la historia de cada uno.

Salud, y fuerzas para luchar por lo que se ama.

Fraternalmente.


*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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