Friday, October 23, 2009

PARA SIEMPRE QUIERE DECIR NUNCA MÁS...



Ronda de las estaciones*



Un coro de ranas saluda al que viene desde lejos.
Tres rosas trae, para la reina,
Cubierto de cenizas llega, como el tiempo,
La espada reposa en el zaguán,
Verde amanece en la colina del estero.



Bajo la sombra serpentean los recuerdos,
Nadie les dio cobija en el Otoño.
La reina duerme al conjuro de su encierro,
El vientre cubierto de hojas muertas,
Ay, del que acuda a perturbar su sueño.


La puerta de cristal se quiebra como hielo,
Él, tornándose manjar de sandios,
Saborea el placer de ser veneno,
Ausente de matices y de afanes,
Perdida remembranza de otro Invierno.


¿Dónde quedó el aroma de los velos,
El beso prometido, el hálito de la Primavera?
La memoria se torna cruel boceto…
Ella abre los ojos y sonríe,
De su capa caen flores de embeleso.



El coro calla, brota el agua del venero,
Fluye del légamo una oscura eufonía…
Renace en el marjal la sombra del destierro,
Verano sabe más de lo que esconde,
El enigma insondable del deseo.



*de Marié Rojas
*Dibujo: Ray Respall





PARA SIEMPRE QUIERE DECIR NUNCA MÁS...






Almacén La Estrella*



Era de esas edificaciones que los hombres hacían realmente decididos a soportar cualquier arbitrariedad de la intemperie.
Pararse en esa esquina era observar el modernismo en sus bastiones más elocuentes: orden y progreso.
Se había transformado, además, en la referencia de la zona, tomáte el colectivo que dobla en la estrella, de la estrella la primera curva hacia la derecha, te espero en la esquina de la estrella.
Era como vivir en el espacio de una lógica de dibujitos animados galácticos, pero sorteando el adoquín y los pequeños tramos de brea en el asfalto más reciente. Uno podía imaginarse un colectivo albóndiga maleable doblándose al pasar por la estrella o a uno mismo parado en una punta de la estrella esperando y esperando.

Mi casa quedaba a una cuadra y mi padre pasaba por esa esquina tantas veces como las que la soñó suya.
La soñaba como se sueña la libertad, sin importar cuánto cueste alcanzarla y defenderla.
En cada pedaleada de la bici, de ida y de vuelta de la fábrica, de noche y de día, de madrugada de escarcha o de siesta de verano, de amanecer de lluvia o atardecer de viento en contra, en cada pedaleada le empeñaba una cuenta más al ábaco de su libertad.
Era como la semilla que germina en la tierra rígida y reseca prescindiendo del agua y del miedo de lo que vendrá, por el sólo impulso de liberarse y de alcanzar la vida, por poco que dure.

Para el tano no había San Perón, ya había desertado de las camisas negras de Mussolini, de la megalomanía de Hitler, de las amenazas totalitarias de Stalin y de la grasada yanqui de nuevo rico con poder.
Su Italia europea ya había quedado atrás y no soportaba más fascismo que se entrometiera en la tarea de vivir.

Como todo tano fanfarrón hablaba de Viplastic, la fábrica, como si fuera el gerente o el fundador, hasta que muy entrados los años, en los que yo ya no era niña pudo contarme cómo hacía de caballo tirando del carro para trasladar los materiales en esos entonces del ’57.
Recuerdo que lloré, no sé si de orgullo, de lástima o de impotencia, pero lloré como cuando el Topo Gigio se despidió una noche jurando no volver y viví por primera vez la sensación de muerte, más real que cuando se murió mi nonno.
Cuando el nonno murió yo veía a todos llorar y sabía que algo muy malo pasaba, porque logré escaparme de la casa de Evelina, con la panza llena de las milanesas más ricas que comí en mi vida, y entré al lugar prohibido.
El comedor gigante de la nonna, donde estaba la mesa que llevo conmigo a cada casa donde construyo mi hogar y convido el alimento a mis hijos y amigos, era una galería de ropas negras y cabezas cubiertas por guipur y encajes que flameaban entre el llanto, los suspiros jondos y una afluencia de pañuelos bordados, blancos radiantes y acuosos que iban y venían de los ojos a la nariz a la perilla al cuello.
Supe que mi nonno no estaba enterado de lo que sucedía allí, porque ni se movía, pero nunca imaginé que sería para siempre.

Tampoco sabía que para siempre quiere decir nunca más.
Era la muerte y yo no lo sabía.

Miré hacia la chimenea del comedor y volví a verlo bajando por el tiraje que él mismo había construido, después de haber lanzado los caramelos, los chocolates y los regalos con el nombre de cada uno de sus nietos, las nochebuenas de vino, sidra, almendras y ese olor del agua de azahar del pan dulce recién levado y horneado.
Era enero esa vez, y la última navidad ya no había sucedido nada de eso.
Supe después de mucho tiempo que una bala se le había quedado a vivir, desde la primera guerra mundial, en una parte de la cabeza que no podían operarle, hasta que se infectó y la septicemia se lo llevó.

¿Vivió esos años de regalo? O ¿Regaló, por una guerra vana, su única vida, la única que tenía para vivir?

La cuestión es que los relatos de mi padre haciendo de caballo o burro y, aún así, dar gracias a la vida por haber tenido siempre trabajo, justificaban ese sueño de libertad que él desplegaba cada vez que atravesaba la esquina del almacén La Estrella.
No era el American Dream ni la tarjeta dorada de Visa, ni las ventajas del yogur Ser ni el mundo inasequible de los que lo tienen todo y no tienen nada.
Soñaba con no tener patrón y eso era para él, la libertad.

Recién en el ’72 pudo decidir, contra todos los designios conservadores y los rezos de sensatez y mesura que lo avenían a recatarse y reconsiderar, pegarle una verdadera patada en el culo a todo.
Y así fue.
Se apropió de La Estrella.

Allí fuimos, la familia tipo, tipo tirando a pobre, a rasquetear, pintar, matar lauchas, desinfectar, descubrir lo que guarda el machimbre tras los años de abandono, desafiar la fobia a las arañas, cantar con el eco y la resonancia del cielo raso que no era raso sino abovedado y las carcajadas se ensanchaban y apocaban en cada ángulo misterioso que íbamos descubriendo.

Y salir a repartir volantes de inauguración con ‘precios módicos’.
Mi viejo inauguraba su propio pastificio.

Y allí nos encontró la nochebuena del ’72 brindando entre cajas que había que apilar, dos en sesgo confluyendo sobre el centro de una plana y así hasta el infinito de una torre que venía a significar prosperidad y trabajo. Papelitos ravioleros, olor a grasa de máquinas, jamón serrano, Asti Gancia, almendras, cerezas y dátiles.
No había chimenea ni mesas de parientes ni arbolito de navidad, pero había un gran regalo: la libertad de mi padre, que sería la de todos, nuestro emblema. No había patrón.

Yo tenía once años y era muy menuda. Entre mamá y papá me habilitaron un cajoncito de madera de pino bien firme con el que llegaba perfectamente a la cortadora de fiambre y desde ese momento supe, no sólo lo que significaba trabajar sino que empecé a consolidar mi propia cartera de clientes.
La cola para el fiambre era especial y selecta: la despachante cortaba rápido, sonriente y tímida, del grosor a pedido del cliente y con una distribución que hacía parecer cada feta de mortadela o salchichón primavera, el manjar más exquisito que podía ofrecer esa época de deterioro del modernismo, en que los soldados de Perón habían tomado su propia causa como la causa del pueblo, de todo un pueblo que se pelaba sin conocer de estrategias ni de recursos blindados ni armamentismo, que no sabía de secuestros extorsivos ni de alias, y que no quería del poder lo peor que el poder podía poder.

El pueblo siempre quiso su libertad y la libertad, a mi criterio, no tiene nada parecido al poder.
O eso he preferido pensar toda mi vida, aún hoy.

Sucumbieron años de escasez. Ya la escasez empezaba a ser el estandarte de la gran mentira mediática. Escaseaba el aceite, el papel higiénico, el azúcar, la harina, las verduras, las frutas, la verdad.
Había veda de carne, sólo podíamos comprarla los martes y los viernes, no vaya a ser eso de dejar al pueblo peronista sin el asadito del fin de semana.

A mis once o doce todo era fácil de creer porque la palabra era un segmento de significados que circulaban en el único posible sentido de la verdad y alterarlo desembocaba inevitablemente en mentir.
Y mentir es un compromiso muy difícil. Requiere de mucha memoria, y sobre todo, de saber, qué es lo que el otro necesita escuchar para fabricarle el mensaje más adecuado y oportuno. Tarea infeliz, si las hay.

Entonces, reservaba las raciones para los clientes más frecuentes y leales.
A la vuelta de los años se me ocurrió pensar a cuántas viejas oligarcas de mierda les habré facilitado limpiarse el culo con el papel higiénico que les reservaba con nombre y apellido en el depósito gigante del almacén La Estrella, de mi padre. Perdón, la Fábrica de Pastas de mi padre, que no quería patrón ni fascismo.

Empezaron los misterios de los vecinos que desparecían de la faz del barrio, de la ciudad, del cosmos. Unos por jipis. Otros por promiscuos, otros por pone bombas. Empezaron las razzias, las palpaciones a la entrada del subterráneo de la estación Burzaco, las demoras por averiguación de antecedentes, los unimogs, las preguntas a la salida de la escuela, la amiga del seleccionado de volley de la escuela que yo capitaneaba en ese entonces, que nunca volví a ver, hasta ver su nombre en el informe de la CONADEP, una vida toda, mi plaza, mi avenida, mi estación, mi ombú, inundado de fascismo al mejor estilo argentino genuflexo de mierda.

En ese escenario de librecambio y arrogancia de poderes superpuestos y medición de fuerza bruta, en el que desaparecíamos todos los que no bregábamos por ninguna de esas opciones, el Almacén La Estrella cerró.

Los dueños de ese local abandonado plagado de lauchas, desidia y desdén, que habíamos resucitado después de tantos años, habían resucitado como los piojos en sangre dulce, endulzada por otra mentira de las tantas de un país que no sabe otra cosa que venirse abajo desdeñando sus propias herramientas y recursos.
Mi madre y mi padre, que eran tanos y pobres, pero no boludos, respondieron con la cordura que tenían a su alcance frente al embate, y abrieron su propio local en febrero del ’77, sin reclamar ningún esfuerzo que pudiera ser traducido en costos y valores de mercado.
Empezaron de nuevo, como se empieza siempre y en realidad nunca se ‘vuelve a empezar’, en este país de iluminados con la vela en el culo que se les apaga cada vez que estornudan.

Eran otros tiempos, otro idioma. Ya el enemigo era cualquiera o ninguno, todos fuimos sospechosos y sospechados. Se rompieron los lazos. La confianza pasó a ser una postal del recuerdo de alguna inocencia perimida y demodé.
La identidad pasó a ser un documento ajado por el uso y el abuso de ponerlo y sacarlo del bolsillo trasero del Jean a cada paso.

La Estrella cumplió su cometido, de todos modos.
Y el poder, también.




*de Lucía Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com
-Octubre de 2009






*


Mirar esta luna
y

bañarme en su blanca blandura -es algo escandaloso

porque entre la luna y yo no hay dinero

A veces sólo la voz de un amigo
que me chifla desde su ventana-
y me cuenta

que
abrir la boca a su luz

es una revuelta


un placer interminable

que no se paga.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Clasista y combativa*



*Por Bea Suárez. beagasua37@hotmail.com



"La psicología individual tiene que ser por lo menos tan antigua como la psicología de la masa, pues desde el comienzo hubo dos psicologías: la de los individuos de la masa y la del padre, jefe, conductor".

Sigmund Freud. La masa y la horda primordial. "Psicología de las masas y análisis del yo". 1921.



Curame de ser pobre, de ser nadie, de estar haciendo pis en esta plaza sin inodoro ni solventes para la necesidad.
Curame por favor de ser tan! Pobre, de no pertenecer, de no tener un chalecito o una estancia, curame la inaudita desesperación que reclama entre cáscaras, un fruto que no está.
Curame de rogar, curame del Estado de anteayer, que ya no está, que se borró, que vendió (con María Julia) el patrimonio argentino, y hoy no tenemos qué comer, qué dormir, qué sepultar en el cementerio de emociones emigrantes.
La plaza San Martín soporta nuestro peso, pedimos hasta cabecear, entre tilos y el padre de la Patria; pedimos hasta el estertor. Y todo es no.
Y todo es un gran no.
Los chicos juegan a la pelota, conspira la desmesura en un rosal, se quemará la plaza con nosotros, todos quemados representaremos a una nación, a la geología de una rincón que alguien meó desde la estratosfera, nosotros fuimos el último chorrito.
Curame de volverme tan oval, de que el vecino de perro y sifón mire con cara de haber divisado a E.T.
Sollozo, curame el picotazo de no ser, de la marea de existir sin palabras, con el flequillo cortado a la garzón, negro como carbón.
Curame de pedir, de no saber, de solo coger y coger para algo medir. De tanto arroz, del congreso de ausencias, de ser Toba y no Inglés, de incurrir y no vivir en California.
Curame del conjunto de cosas que me ahoga.
Del hambre.
Del país.
Curame el corazón para que no se pulverice, no termine en el tacho.

Como yo.


*FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20766-2009-10-23.html







Adiós a las armas*



*Martín Caparrós
23.10.2009



Tampoco es que me suceda todo el tiempo, pero algunas tardes de esta primavera que no parece primavera me da por preguntarme para qué tenemos un ejército. O, como yo no tengo nada: para qué existe el ejército argentino.
Durante más de un siglo, la respuesta fue más o menos clara: el ejército -tierra, agua o aire- era el reaseguro armado que tenían los ricos argentinos contra la posibilidad de un levantamiento de los sectores que querían compartir su poder, socavar su poder, sacarlos del poder. Así funcionó cuando se acabaron las guerras territoriales -contra los indios, contra los paraguayos, contra las provincias- y los que se alzaban eran los radicales, en 1890, en 1905; así funcionó, a partir de 1930, cada vez que
los gobiernos democráticos no parecieron aptos para mantener la hegemonía de los ricos -porque eran populistas, porque molestaban a las grandes corporaciones, porque no conseguían reprimir todo lo necesario- y entonces los señores convocaban un par de reuniones, doraban píldoras, prometían
prebendas y mandaban al ejército a poner orden -y gobernar, junto con ellos, unos años. El ejército, en esos años felices, era uno de los polos de la política argentina y, precavidos, muchos ricos mandaban a algún hijo menor a formar parte de ese cuerpo, a mantener una mano en el pomo. Era lógico:
necesitaban ese poder armado. Pero ahora -por ahora- la democracia les garantiza el control y la supervivencia del sistema, y los golpes están muy desprestigiados y terminan por salir muy caros, así que el ejército ya no les interesa. Por eso, entre otras cosas, lo fueron achicando; por eso, entre otras cosas, ya no mandan a sus hijos al Liceo y ahora los coroneles de la Nación no se llaman Anchorena sino Spichicuchi.

-Pero estimado, lo que usted dice son infundios, pura ideología. El ejército es el esqueleto de la patria, el legado del Libertador.

-Sí, ya sé, y también sirve para los desfiles. Pero últimamente no va mucha gente. Ya con la selección tenemos suficiente.

-Evite los golpes bajos, por favor. Nuestro ejército nos sirve sobre todo para defendernos de los enemigos de la argentinidad.

-Por supuesto. ¿Y cuáles serían esos enemigos?

La última vez -una de las muy pocas- que el ejército sanmartiniano peleó contra extranjeros fue en 1982, islas Malvinas, y ya todos sabemos cómo fue: la tontería soberbia de pensar que una banda de inútiles mal preparados y peor equipados podía abollar siquiera la carrocería de uno de los ejércitos
potentes de este mundo. Fuera de eso llevamos, grasiadió, más de cien años sin una pinche guerra externa. Y, lo mejor: sin grandes perspectivas de tenerlas.

En la paz, entonces, hay algo que los ejércitos sí suelen tener y que llaman, pomposamente -porque los términos científicos quedan bien, dan serio- "hipótesis de conflicto". Hace años que me pregunto qué hipótesis de conflicto real puede sostener el ejército patrio. Con los ingleses ni hablar, porque no hay forma de que no perdamos. Con los birmanos, checoslovacos, norvietnamitas y otros demonios soviéticos va a ser complicado -para empezar, porque habría que encontrar una buena excusa; para seguir, porque viven muy lejos; para terminar, porque ya no existen. Con los franceses o los indios o los australianos tampoco suena lógico; quedan, por supuesto, los vecinos. La posibilidad de que vayamos al combate contra Chile, un suponer, por diez leguas de hielos continentales, o contra Paraguay por el agua de un estero, o contra Brasil por un casino en Iguazú o un penal mal cobrado es cada vez más tenue. El mundo actual está lleno de organizaciones y mecanismos para que eso no suceda, y el nivel de conflicto al que
-eventual, remotamente- podríamos llegar con nuestros vecinos es perfecto para que lo solucione una de esas mediaciones.

Lo cual es tan afortunado porque, de todas formas, no estamos a la altura.
Nuestro ejército -desprestigiado, descuidado, justamente reducido, mal equipado- no sería capaz de combatir dos días seguidos contra Brasil, que acaba de comprarse 17.000 millones de dólares en aviones, helicópteros y submarinos nucleares, y ni siquiera contra Chile, que también acumula fierros a lo bobo. América Latina sigue llena de pobres, pero nuestros vecinos están derrochando fortunas: el gasto militar en la región se duplicó en los cinco últimos años. Lo cual nos deja dos opciones: o sumarnos de
atrás a una carrera carísima que no podemos permitirnos y vamos a perder de cualquier modo, o hacer de necesidad virtud y declarar que no queremos ni precisamos un ejército, transformar la Argentina en un país desarmado -o relativamente desarmado- y decir que somos los más buenos y razonables y
maravillosos. Y quizás, incluso, alguien nos crea. Nosotros mismos, por ejemplo.

Sería fantástico. Una medida inteligente, desapasionada, modélica -y, encima, muy rentable. El presupuesto nacional de este año prevé gastar 5.900 millones de pesos, un 2,5 por ciento del total, en las fuerzas armadas. Esos 5.900 millones son más que los 5.000 que se dedican a la asistencia social,
por ejemplo -que podría entonces duplicarse. O son un 66 por ciento del presupuesto de salud, que podría crecer en dos tercios, o el equivalente de 120 hospitales buenos nuevos. O un tercio más que el presupuesto de ciencia y técnica; un área que, si recibiera esa inyección, podría ayudar a intentar
un país que dejara de ser el sojero de los chanchos chinos. Eso sin contar las numerosas posesiones de las tres fuerzas que podrían servir para escuelas, hospitales, empresas públicas, iniciativas mixtas. Y habría miles de empleados más o menos capacitados que podrían reciclarse en otros empleos -con un lapso largo de readaptación y seguro de desempleo a cargo del Estado. Muchos de ellos, incluso, podrían aumentar las fuerzas de seguridad -que ahora parece una de las prioridades de la política argentina.

Aún así, sería extraordinario. ¿Se imaginan el desfile del 9 de julio de escuelas, asociaciones, clubes de barrio, criadores de llamas y vicuñas? ¿Se imaginan el Edificio Libertador sede de tres carreras de la UBA? ¿Se imaginan los dólares de los turistas japoneses por un crucero en verdadero portaaviones a la Antártida? ¿Se imaginan la cantidad de pilotos realmente preparados que podrían trabajar en Aerolíneas? ¿Se imaginan las grandes estaciones de experimentación agrícola de yuyito en las tierras
ex-militares? ¿Se imaginan al presidente Pepe Mujica declarándonos la guerra para defender sus plantas de papel y a nuestro gobierno diciéndole que sí faltaba más con todo gusto pero nosotros no hacemos esas cosas, que si quiere invadir que invada nomás, que la fuerza es el derecho de las bestias?

Quedaríamos tan bien, sería todo tan lindo: nada te legitima tanto frente a una situación de conflicto como no querer ningún conflicto. Solucionaríamos un par de problemas acuciantes y, de yapa, seríamos un país envidiado, estudiado, un caso testigo, un orgullo menor en una época en que andamos tan
escasos de orgullitos: de cómo una sociedad se desembarazó de un parásito arcaizante que no le servía para nada y consiguió convertir esos recursos perdidos en beneficio para su sociedad. Porque, de todas formas, insisto, lo que tenemos es un ejército de utilería, de opereta: un ejército que sirve para decir que tenemos un ejército pero no tiene hipótesis de conflicto razonables ni medios para llevarlas adelante. En tales condiciones, no tiene ningún sentido conservarlo. A menos que los ricos quieran guardarlo por si de nuevo necesitan patotearnos y matarnos; si así fuera no deberíamos pedir su cierre para mejorar un par de cosas; deberíamos exigirlo por puro instinto de supervivencia. Lo digo en serio: me parece que vale la pena pensarlo, darle vueltas, proponerlo. Es el momento, como casi siempre.


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=32772





*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 25 de octubre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores peruanos Ernesto López Mindreau, Octavio Polar y Federico Gerdes. Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Pizarro (Argentina) y la música de fondo será de La Posta (Argentina). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


*


Cachi ... Peña de soledad
Paisaje hermoso, en lengua Kakán ...
Ocasión de nombrar la verdad con belleza ...


Por ello: Ocasión de Poesía.
Horacio C. Rossi -en la terraza-


Familiares y amigos de Horacio C. Rossi (1953/2008) lo invitan a la presentación del libro POEMA DE CACHI, escrito en que nos habla de su último viaje (Septiembre 2007) al noroeste argentino visitando, precisamente, las Ruinas de Cachi.
La cantante Nilda Godoy le dará brillo a la presentación con su voz y músicos que la secundan.

Día: 29 de Octubre de 2008.
Hora: 20.15
Lugar: Cine Auditorio de ATE –San Luis 2854 * Santa Fe-

AUSPICIAN: ATE– El Arca del Sur– SADE– ASDE– LuzAzuL– Asociación Cultural El Puente – Programa “Soberanía y Cultura” (Radio Nacional)




*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




*

LA JIRIBILLA.

-Revista de cultura cubana.-

http://www.lajiribilla.cu/



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