Thursday, May 26, 2011

TAL VEZ SEA ESO UN ÁRBOL O TAL VEZ EL AMOR...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





TRES ESTACIONES Y UNA MENOS*



"Y yo te persigo en el desasosiego
Y pronuncio el nombre prohibido."
A. URDANETA



I: Estación de los fuegos.


Un joven rubio se masturba,
al borde del estanque con agua congelada.
La mujer, detrás de cristales rosados, lo mira.
El fuego de la escarcha, la quema.




II: Estación de la sombras


Un hombre inclinado, sobre su fatiga.
Escribe sus ficciones.
La mujer, detrás de un vidrio empañado lo mira.
Siente que la sombra que la refleja no es de ella.



III: Estación de la envidia.


Un varón, que le recuerda a su padre,
juega con sus perros , amorosamente.
La mujer, detrás de unos vidrios húmedos.
Levanta las orejas y mueve la cola.



IV: Estación del calvario


La mujer prohibida. Desnuda en la hierba.
Yace, más triste que la muerte.
El hombre, detrás de unos vidrios espejados.
Se observa a si mismo.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










DOS: Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo*



*De Guillermo Camacho. info@auroraboreal.dk




Analista senior con amplio y comprobado conocimiento de programación en java se requiere para trabajar en proyecto de magnitud considerable. Al menos cinco años de experiencia comprobada. Disponibilidad inmediata. Salario a convenir de acuerdo con experiencia. Ver mayores detalles en página web e instrucciones para enviar solicitud laboral.
Octavio terminó de beber de un solo sorbo el resto del primer café de la mañana. Prendió su tercer cigarrillo mecánicamente. Se tocó el mentón mientras pensó que primero se afeitaría la barba de varios días y luego entraría en la página web que mencionaba el aviso del periódico. Dio una aspirada profunda y lenta al cigarrillo mientras comentó en voz alta para sí mismo:
¡Carajo, es que ni mandado a hacer a la medida! Ese puesto me calza como anillo al dedo -

Miró por la ventana por primera vez desde que se había levantado. En realidad miró por la ventana por primera vez en varios años. El eco de su voz, que retumbaba en la habitación, le recordó que el apartamento se sentía más vacío desde que Lorenza lo había abandonado. Se había llevado todo. Sólo
le dejó aquel cuadro que ella odió siempre, desde que había decidido irse a vivir con él y que había sido el motivo de la primera gran disputa, y también de la última que tuvieron hasta que todo culminó en la tarde de aquel martes que se sorprendió al llegar al departamento y encontrarlo completamente desocupado. Le dejó sólo el cuadro como testigo mudo y algunos de los libros de programación de java que encontró tirados y revueltos por el piso con la nota:
-¡Vete a la mierda, cabrón!
Desde aquella tarde había decidido tomarse la vida con calma y filosofía. Acto seguido, renunció a la MICROSOFT donde había trabajado como un animal los últimos cinco años. No ponía en discusión que en aquel lustro había aprendido una cantidad nada despreciable como programador, y posteriormente como analista de java. Tenía una cuenta bancaria abultada que le había permitido tomarse inicialmente un año sabático, aunque ya estaba entrando en su tercer año sabático dedicado exclusivamente a la lectura, sin horarios.
Por supuesto sin pactos, empeños o vínculos amorosos que lo comprometieran a cumplir itinerarios y rutinas establecidas. Definitivamente sin reloj.
También había decidido que la pintura de la discordia debería pasar a ocupar un lugar privilegiado en el departamento. La sacó del corredor al baño donde después de largas horas de discusión con Lorenza habían pactado prácticamente esconderlo de la vida en común de pareja. Aquel cuadro más un colchón, un centenar de ceniceros llenos de colillas, y libros, que empezó a adquirir desenfrenadamente, conformaban toda la decoración de su piso desde que Lorenza se había marchado. Después de un par de meses decidió comprar una lámpara para poder terminar de leerse la obra completa de Jorge
Francisco Isidoro, tirado en el colchón, donde pasaba noche y día, mientras ocupaba el tiempo de las mañanas, sin prisa, ojeando viejos ejemplares de la revista Los Anales de Buenos Aires que había encontrado por casualidad en un mercado de pulgas y se los regalaron por una miseria. Ahí leyó Bestiario, un cuento publicado en un número de la revista del año mil novecientos cuarenta y siete que estaba firmado por un tal Julio Denis, escritor éste que también lo apasionó de una manera obsesiva. Leía infatigablemente mientras escuchaba siempre el mismo bolero que hablaba sobre tus ojos brujos, que se llenen de arena y de agua del mar y que te encuentres la hembra que te vuelva loco y que nunca, nunca, te quiera besar.
Una mañana se levantó del colchón, fue a una agencia de viajes y compró un boleto de avión. Decidió pasarse una temporada en Veracruz, en México, aquel rinconcito donde hacen su nido las olas del mar. Seguía leyendo incansablemente toda la obra de ese Julio Florencio Denis, y alternaba con los libros de Jorge Francisco Isidoro. Después de casi un año por México, donde pasaba las tardes perfumadas con besos de arena y lecturas, siempre de los dos mismos autores, volvió a su departamento en su ciudad. Recogió los ceniceros, botó las colillas a la basura. Saludó a su cuadro con honores, y una vez hubo desempacado las pocas cosas que trajo del viaje a Veracruz, siguió leyendo. Escasamente salía para comer o comprar tabaco o más libros de Jorge Francisco Isidoro y del tal Julio Denis.
Al final del tercer año, leyó una tarde un poema del tal Denis que decía que "ahora escribo pájaros. No los veo venir, no los elijo, de golpe están ahí, son esto, una bandada de palabras posándose una a una en los alambres de la página, chirriando, picoteando, lluvia de alas y yo sin pan que darles, solamente dejándose venir. Tal vez sea eso un árbol o tal vez el amor". (Julio Denis)
Entonces le volvieron las ganas de trabajar. Se levantaba temprano, salía a la calle a comprar el periódico y cigarrillos. Volvía al departamento. Se preparaba un café negro bien cargado y se fumaba todo un primer paquete de cigarrillos en la mañana mientras se leía de cabo a rabo el periódico y releía los anuncios de trabajo. Hasta esa mañana en que lo encontró.
Después de afeitarse y bañarse, como se había prometido, entró a la página web del anuncio y envió un currículum vía electrónica.
Botó las colillas de cigarrillos a la basura. Lavó los ceniceros.
Pensaba salir a almorzar cuando sonó el teléfono. En ese instante cayó en la cuenta de que el aparato llevaba tres años sin timbrar. Al otro lado le habló una voz seca e inexpresiva. Se presentó como Rino Ricci, propietario de Sistemas Asociados, la misma firma del anuncio del periódico. Acordaron
encontrarse la mañana siguiente para una entrevista. No tuvo más remedio que ir a comprarse un traje nuevo, una camisa y una plancha. Paró en una peluquería del barrio antes de la cena. Mientras le devolvieron un corte de pelo común y corriente, se prometió frente al espejo que ya era hora de
reemprender su vida laboral. El viaje a Veracruz, con sus tardes perfumadas de besos de arena era un recuerdo remoto. En ese instante creyó entender que el lenguaje de programación java le gustaba más que la lectura del tal Jorge Francisco Isidoro, que tanto le había exigido y le exigía, y que trataba de
compensar con las lecturas del otro, del tal Julio Denis. Entre los dos autores lo habían ayudado a pasar el trago amargo de Lorenza, que le había dejado el corazón hecho pedazos. Pero había empezado a creer que sus dos escritores lo estaban volviendo medio loco. Que a pesar de que era delicioso pasarse días enteros leyendo y leyendo tirado en el colchón y fumando, debía volver a darle un orden a su vida. Eso de los horarios, el reloj, los colegas de la oficina. Aquellas cosas de la MICROSOFT que estaba
curiosamente comenzando a extrañar y que, cada vez más frecuentemente, lo sorprendía saboreando mientras miraba por la ventana y extrañaba a Lorenza con sus histerias y neurosis.
- Lorenza, si supieras de lo mucho que he llorado en silencio...
Se durmió temprano, sin leer, sin prender la lámpara. Se levantó más temprano que de costumbre. Se bañó y se perfumó. Se vistió con las ropas nuevas y con la camisa planchada. La sensación le volvió a gustar. Como antes, tantas veces con trajes de lino, camisas ciento por ciento de algodón y corbatas de seda. Tomó un taxi rumbo a la dirección donde tendría la entrevista de trabajo.
Disfrutó minuto a minuto la conversación con el taxista en el tráfico infernal de la mañana. Habló con el chofer de diversos temas que hacía años no tocaba. De deportes, de política, de la amante del taxista y sus vacaciones con ella en una isla del Caribe. A su vez, Octavio alcanzó a confesarle de sus tardes en Veracruz leyendo tranquilamente. Se lo contó con tanta pasión y credibilidad que el taxista estaba convencido de que había sucedido la semana anterior. El rostro de Octavio estaba verdaderamente
relajado. El color de la piel conservaba ese cobrizo que sólo se obtiene bajo el sol en calma. Octavio también llegó a confesarle, casi en tono secreto y algo silencioso, que amaba a Lorenza de veras y que le seguía de cerca sus pasos, aunque ella no lo quisiera, y que nada ni nadie haría que se olvidara de ella.
La primera impresión que Octavio tuvo de Rino Ricci, el propietario de la empresa donde tuvo la entrevista de trabajo, fue la de un rostro obeso con bigote de morsa en un cuerpo amorfo y redondete. Sin proponérselo le descubrió restos de comida en aquel bigote que le cubría el labio superior de forma grotesca. Seguramente sobras del desayuno o de la cena de la noche anterior. Para rematar, el individuo tenía el pelo liso y grasiento que le caía desordenadamente por la frente. La empresa era definitivamente pequeña.
Rino era uno de los tres propietarios. Tenían un único cliente: una institución educativa. Una universidad a la cual desde hacía un par de años le estaban montando toda una serie de sistemas y páginas electrónicas.
Después de una breve introducción y el obligado saludo para romper el hielo, Octavio y Rino se encerraron a discutir los pormenores del empleo, en una oficina mal ventilada y con poca luz donde éste último tenía su despacho.
Las menudencias del trabajo eran pan comido para Octavio dada su extensa experiencia laboral. Sin embargo, Octavio tuvo una ligera desconfianza de todo aquello cuando Rino regateaba rebajas absurdas al paquete salarial.
Insignificancias, pensó.
Tuvo un mal sabor cuando salieron a preparar un café en una sala amplia contigua, donde los otros tres únicos empleados trabajaban frente a pantallas de computador ensimismados en su propio mundo. Una preocupación más seria lo asaltó cuando Rino, en vez de presentarle a los colegas, se refirió a ellos en un lenguaje soez y vulgar. No le gustó para nada cuando le metió un grito a la joven programadora que aprovechó para consultarle una duda sobre el trabajo que estaba realizando. Bebieron el café que se
impregnó nuevamente en el bigote de morsa de Rino y se mezcló en una melcocha con los sobrados de comida que reposaban sobre él. A la hora del almuerzo ya se había acordado que Octavio empezaría a trabajar esa misma tarde, inmediatamente después de la pausa de medio día.
A las doce y media Rino, Octavio y los otros tres empleados salieron en grupo. Rino iba a la cabeza. Se acomodaron en un restaurante de la zona.
Durante la charla del almuerzo todo quedó claro: Rino peló el cobre. Era un ser desagradable que hablaba en forma déspota y consideraba a todo el mundo inferior a él. No era sólo la forma como hablaba. La altanería y prepotencia con que se refería a todos los asuntos que trataron. Los comentarios viles sobre los otros tres empleados, que pacientemente se tragaban las ofensas en silencio mientras consumían los alimentos. Terminaron de comer; en silencio se dirigieron a un bar a veinte metros del restaurante. Ordenaron cinco cafés. Cada uno lo tomó sin decir palabra. Rino era el único que continuaba hablando. Monopolizando las palabras y escupiendo gotas de saliva que salían como pequeños proyectiles por entre los pelos pegajosos del bigote de morsa, que para ese entonces tenía una colección de restos de comida, sopa, salsa de pasta y gotas del café en casi toda su superficie.
Regresaron en silencio como niños regañados los últimos quince metros que separaban al bar de las oficinas donde trabajaban. Rino no paró en todo el trayecto de humillar a los tres empleados con nuevos comentarios. Octavio estaba mudo. Tal vez algo atónito. Por un instante creyó que estaba fuera de
forma. Así era la vida laboral, sólo que él no lo quería recordar. Se limitaba exclusivamente a observar la escena.
Cuando llegaron a la puerta de la oficina, Octavio se llenó de valentía y finalmente habló por primera vez desde el almuerzo. Con voz firme y segura dijo:
- Adelántense ustedes que me olvidé de comprar cigarrillos; ya vuelvo.
Y sin decir palabra, retrocedió al bar como la cosa más natural. Los futuros colegas, incluido Rino Ricci, con su bigote grasiento y lleno de sobras de comida, entraron en las oficinas. Encendieron los computadores y se sentaron como autómatas frente a las pantallas. Rino, antes de sumergirse en su
despacho, le dijo en tono despectivo al chico español:
- Oye tú, dile al nuevo apenas regrese de comprar cigarrillos que pase por mi oficina para pasarle el trabajo que debe comenzar hoy mismo.
Se lo quedaron esperando toda la tarde. Octavio jamás regresó.
Octavio volvió al departamento, prendió un cigarrillo calmadamente. Se quitó los pantalones, tomó el libro que le faltaba por leer, se tiró en el colchón y dijo en voz alta:
- ¡Nunca más carajo, ni por asomo! -
Entonces recordó el poema, abrió el libro en la segunda página y leyó en voz alta la primera frase que daba las Instrucciones para llorar. Se quedó leyendo el gran libro de por vida, sin importarle un comino la gente y sus horarios. Solo hacía pausas para ir a comprar cigarrillos al bar de la esquina, donde siempre se despedía jocosamente y de la misma forma del empleado de confianza del bar.
Por favor, déle mis recuerdos al señor Rino, ése, el del bigote de morsa lleno de mierda. Y volvía a casa y se tiraba en el colchón a seguir leyendo.


-Guillermo Camacho escritor colombiano. En la actualidad reside entre Dinamarca y España.

Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo enviado a Aurora Boreal® por cortesía del autor.


-Fuente:
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=813:voy-a-comprar-cigarrillos-ya-vuelvo-dos&catid=81:puro-cuento&Itemid=198








DEJÁ VU*



Las mismas copas de vino
Dibujan nuestros rostros en el cristal.
La misma melodía viene del fondo
Colmando el vacío que deja el silencio.


Las mismas velas encubren la tristeza,
Dibujando siluetas en el crepúsculo.
Las mismas promesas,
Los mismos besos.


Las miradas que se cruzan,
Las frases que no se dicen
Y viven a la sombra de la espera...
El abrazo que tememos tanto.


¿Hemos vivido ya este momento?
¿Volveremos a vivirlo?
Sólo quiero saber
Si al final, de nuevo, partirás.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.







EL CONFESIONARIO*



No sé porqué, pero cuando las noches son más profundas e impenetrables, con el suave frío cubriéndolo todo como un manto mágico, se presenta la ocasión de reunirse entre amigos para degustar algo rico con un buen vino tinto de aquellos que parecen gotas de rubíes.
Asi disfrutábamos aquella noche cuando distraídamente comentamos acerca de sucesos paranormales. Es un tema que gusta pero se siente cierto respeto por el mismo.
Cada quién contó alguna que otra historia relacionada con el tema, todos hechos, según ellos, ocurridos en los parajes un poco apartados de la población.
Cuando me tocó el turno, no pude menos que relatar lo que había visto en una capilla hecha en piedra, casi sobre el borde del camino que va desde mi pueblo al pueblo vecino.
Cierto día, viajando hacia el norte, a unos dieciocho kilómetros, alcancé a ver al costado de la ruta, una capilla totalmente de piedra, abandonada, cubierta de un musgo color marrón, y rodeada de un pastizal que tapaba casi la totalidad del pequeño edificio.
Me sorprendí muchísimo ya que siempre iba hacia aquellos lados pero jamás la había visto.
La curiosidad pudo más que la cordura, así que paré el auto en la banquina y caminé hasta cruzar el alambrado para verificar si era real o no.
Sí, era verdad, estaba allí como algo abandonado, totalmente solitaria y triste. Tenía solo dos ventanas de madera desteñida por el tiempo y al frente, una puerta que se notaba que hacía mucho que nadie la abría. La cruz que identificaba al edificio, estaba caída perdida entre la maleza.
A pesar de estar impresionada, empujé suavemente la puerta y esta cedió ante mis deseos.
No me atrevía a entrar, confieso que a veces el miedo me puede, pero atiné a dar el primer paso para ver su interior, todo estaba oscuro y solo se escuchaba un silencio sepulcral.
Cuando pude acostumbrar mis ojos a las tinieblas reinantes, noté que allí no había nada, ni bancos, ni altar y mucho menos ornamentación religiosa.
El corazón me latia a cien, porque sí había algo, algo que no podía definir pero que paralizaba todo mi cuerpo y hacía trabajar mi mente a pasos agigantados.
En un momento giré la cabeza y detrás mio había una casilla de madera antigua que se usaba para las confesiones.
El confesionario viejo comenzó a crujir como si alguien estuviese adentro.
La sangre se me heló.
De pronto distinguí algo que se movió, era un ser extraño, horrible, peludo, ojos rojos como el fuego y un par de cuernos coronaba la inmunda cabeza.
Inmediatamente pensé en el diablo, quise salir corriendo, pero un bramido de terror me paralizó en el lugar. Creo que me desmayé. Cuando recobré la cordura estaba completamente sola, tirada sobre el pasto y ni rastros de la vieja capilla.
Regresé al auto y confundida regresé a mi casa olvidándome del viaje a la población vecina.
No pude dejar de pensar en este hecho tan raro y espeluznante, yo les aseguro que jamás tomé drogas, que no estaba bajo el efecto de ninguna medicación y mucho menos, alcohol.
No conté nada de este suceso, solamente hice algunas investigaciones con personas de mucha edad para saber si en ese paraje aconteció alguna vez algún hecho extraordinario. Obtuve respuestas positivas con don Eugenio, un viejito nacido en la zona y recordaba que cierta vez un sacerdote venido de otro lugar, se dedicó a enseñarles el catecismo a un grupo de indios y que en agradecimiento acarrearon piedras toscas para levantar una capillita para honrar al Señor, hasta que un malón de otra tribu, destruyeron todo y mataron a los nuevos cristianos junto con el ministro de Dios. Entre los caídos, atrapado por el derrumbe de las piedras, muere también el jefe del malón enemigo que era un verdadero diablo. Antes de expirar juró que siempre estaría de guardia para que nadie vuelva a levantar una capilla en
ese lugar.
Até cabos y solo deduje que el indio malvado seguramente murió atrapado dentro del confesionario.



*De Norma Costanzo. normacostanzo@vocampo.com.ar
Villa Ocampo. Pcia Santa Fe.






Amarte*



I


Amarte
va conmigo

Que me ames
me espera



II

Me cala
amarte

Que me ames
me autoriza



III

A la emoción
de amarte

la acústica
de tu amor.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







A mi gato le encanta Mozart*




*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar



Hoy me distraje ante mi gato y debí mirarlo con cierto decoro porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: "el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios". Una
semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: "Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico".

Al verlo se entiende que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día y cuando ellos quieren se exhiben con la guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Al atenuar su exhibición todo gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya debería saberse ese misterio...

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo imperceptible. Al oir al Osvaldo Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Astor Piazzolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta.
'Fidel, esta música tiene esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo', le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes sin testigo. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo se adueña del momento. 'Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo'. Por eso el tango en alta
voz y teatralero es una grosería de recién venido, y sin confesión a solas o deschavarle a otro cada tanto un 'vos sabés como fueron esas cosas', sería una música más, carnestolenda. Y por eso tal vez, siempre nos vuelve el tango y no perdona...

Aunque ¿cómo inquietar a un felino indolente con el enigma de los derrotados y su cigarrillo de ceniza meditada como un reloj de insaciable desgarro? En cambio oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Y ya es bueno decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.


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1 comment:

Danilo Gatti said...

Honrado de participar en este sitio!