Sunday, May 29, 2011

LOS HUÉSPEDES DE SOMBRA...



-Dibujo: Ray Respall Rojas.




APARICIÓN*


pero no alcanzaban el peso de mi sombra.
Tragaluz
José Luis Fariñas


Sólo puedo evocarla así en los últimos tiempos, entre esas cuatro paredes. Por más que le decía que debíamos salir, tomar algo de sol, respirar el aire fresco que nos invitaba, ella insistía meneando la cabeza con resignación, encerrándose aún más en su mutismo. Llegué a imaginarla como un fantasma, recorriendo los corredores interminables de la mansión. ¿Qué podría haber mitigado su vitalidad al punto de hacerla parecer más un espectro, si no es que ya lo era?

Un día me cansé de tanta incomunicación y decidí que, a pesar de todo mi amor, de mi deseo de apoyarla hasta en sus locuras, de mi temor a dejarla sola, iba a cambiar de vida. Aproveché que estaba acomodando las rosas marchitas al final de la sala, abrí la puerta y marché hacia la luz que me tentaba.

La extraña sensación de debilidad y desvanecimiento que experimenté tenía fácil explicación en tanto aislamiento; pero la expresión en su rostro iba más allá del abandono momentáneo al que pensaba someterla.

“¿Qué has hecho?”, me dijo aterrada, corriendo a mi encuentro.

Su salida a la luz reveló nuestro contraste, si bien su piel era pálida, la mía se tornaba traslúcida, en otras palabras: me desdibujaba.

“Mi amor, mi amor”, escuché su voz cada vez más lejana, “cuando supe la noticia vine lo más rápido que pude. Me sorprendió encontrarte, no tenías idea de lo que había sucedido con tu cuerpo, tan aferrado estabas a mí que vagabas por la casa buscándome en cada rincón. Decidí quedarme hasta que comprendieras... nunca imaginé que sería así... lo siento, lo siento tanto...”

La luz continúa absorbiéndome, apenas soy la mancha del aliento en un espejo. Pronto seré una más entre tantas historias de apariciones.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





LOS HUÉSPEDES DE SOMBRA...






UN CARRO BAJO LA LLUVIA*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Las historias que el hombre escribió en sus horas grises, en sus horas huecas, cuando los atardeceres se animaba impulsados por el fuego del crepúsculo, dejando su sangre sobre lo troncos olvidados de los pinos.
Las historias que el hombre repetía, corregía, volvía a echar a rodar sobre la vida de los otros habitantes de ese pequeño pueblo perdido en la llanura, eran en general soñados por él, con el sustrato de historias que otros le contaron, aunque la gente en gran parte terminaba, tomándola como ciertos, como si no fueran carne de ficción, como si el nudo del relato o existiera y como si no se pudiera crear la realidad de la narratividad más pura.
De todos modos aquel mundo ya acabado alguna vez había existido. Era un mundo abierto a los anchos amaneceres rodadores, cuando los días tenían el olor del caballo, y las siestas su orín agrio donde pululaban los grandes moscardones del verano, el mar de mariposas amarillas, sobre los alfalfares que refrescaban las noches del verano, cuando sólo el violín de un grillo diminuto y escondido aserraba el pegajoso calor del anochecer.
Las tareas se habían cumplido con trabajosa rigurosidad y era la hora del descanso, cuado el campo quiere decir algo, como bien puedo citar borgeanamente.
En esos tiempo y a esa hora en que el sol había muerto descabezándose en sangre violeta sobre los eucaliptos últimos, sobre los paraísos verdes y sobre esos fresnos de hojas cobrizas que ya habían caído en su totalidad y habían cubierto ese gran patio de tierra donde los perros jugueteaban bajo la mirada agrisada y como lejana del abuelo ultramarino, pero ya aquerenciado a esta pampa que había trocado por los picos nevados de su aldehuela natal.Llegando a ese fin de tareas para descansar, y según la estación se encendía ese inmenso farol y si era verano se colgaba de un árbol frondoso del patio, un sauce alto y añoso pero si era inverno se colgaba dentro del gran comedor con las vigas de maderas altas, o en primavera u otoño de la ancha galería de baldosas coloradas. Para las habitaciones se usaban las lámparas que mojaban esa larga mecha de kerosén y acompañaba –agigantando- las sombras en las paredes que escondía esa luz mezquina, olorosa y llena de silencios.
Estas son las historias que el hombre contaba cuando los amaneceres eran más altos que el mundo. Cuando los años se arracimaron sobre él y lo dejaron examine frente a tantos recuerdos, frente al vacío de un mundo que le quitaba todo, hasta el mínimo frescor del vacío sobre sus anegados misterios.
Algunas historias que este hombre escribió fueron leídas por mí en cuadernos ya amarillentos de olvido, con el ocre en borde de sus páginas como un oprobio y una miseria. Algo como vergonzoso de lo que se quiere huir, Algo que no se puede aludir del recuerdo. Que de vez en cuando aparece en toda su luminosidad.
Y entre los huecos que han dejado esas historias hay uno que se cuela de hace tiempo en todos los intersticios.
Mi tío Roque, hermano de mi madre, a la sazón en Rosario ya vino a visitar a su novia, la bellísima tía Anita, quién vivía con su familia en una lejana chacra justo a un hondo canal.
Era verano y mi tío que paraba en mi casa en estos viajes de novio que hacía, trató de entusiasmar a mi madre con una visita a la chacra “del tío Domingo Ciccarelli”, un gringo bonachón que tenía su campo cerca de Cañada del Ucle. Mi madre aceptó, poco convencida, ya que mi padre estaba por volver del sur de la provincia de Buenos Aires donde anualmente iba de cosecha fina. Pidió el carro prestado con su correspondiente caballo al “Pelado”Míguez y partimos.
La familia del tío Domingo era numerosa. Tres hijos le trabajaban el campo porque él estaba muy grande, y se entretenía contándole historias a sus nietos numerosos que por las noches leía en un su original itálica del libro “Corazón”.
Pasamos un día magnífico, los grandes jugando al truco luego de la homérica tallarinada y los chicos corriendo bajo un montecito de paraíso que estaba detrás de la casa. Cuado avanzaba la tarde una tormenta empezó a amenazar de manera preocupante como suelen serlo este tipo de fenómenos en la llanura. En cuado el campo demuestra su entonces desamparo, su condición de intemperie.
Fue inútil convencer a mi madre a que esperásemos la lluvia y volver al otro día.
Tenía – y con razón- la ira de mi padre que no consintió nunca nuestra ausencia cuando el regresaba a la casa, máxime cuando había estado (como esta vez) más de un mes afuera. Mi tío ató el caballo al carro, de la casa trajeron una lona o una frazada vieja para que nos tapásemos mi madre y yo, y mi tío, cubierto por un gorrito de género que se empapó enseguida y una bolsa de arpillera a guisa de impermeable, regresamos.
Me quedó esa imagen: mi tío manejando en el asiento, bajo las gotas implacables. Mi madre y yo sentados en la caja del carro, bajo ese manto que se empapó enseguida. Lluvia, relámpagos y truenos.
Cuando llegamos era noche cerrada.
Mi padre tardó en volver cinco días.
Esta es la historia dolorosa que el hombre olvidó contar.





Etimología*



Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







PROTOHISTORIA*



"Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces."
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA



Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.


Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.


Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








CERTAMEN LITERARIO PARA ADOLESCENTES
"EL PUENTE 2010"


Poesía.

Primer Premio:




La resistencia*



Ella espera
ver su cara
oír su risa
nadar en el río de sus ojos.
Ella sueña
con la sal de sus lágrimas
con sus recuerdos
sus delirios.
Luego
piensa en la huida
al país de las maravillas
el de los secretos.
Y la oscuridad
y los cuerpos mutilados.
Ella intuye
la revelación
inquietante,
sigilosa,
agitada
como un alma sin rostro
que grita en su memoria.



*Ingrid Schreiber
Malabrigo – 18 años




Segundo Premio:



El viajero*



Falsos cometas en el cielo
asteroides que no existen
galaxias oscuras
que no iluminan.
Ojos que no ven
lo que el espacio ofrece.
Estrellas fugaces
caen.
La tierra ya tiene
otro agujero.
Una nave y un cráter
el llanto de un hombre
herido de palabras
en lo más profundo de las sombras.



*Lucas Vidolini
Malabrigo - 13 años





Tercer Premio:


Contemplación*



Un secreto
una señal de olvido.
Detrás de las sombras
Silencios, ruidos.
El negro
con manchas rojas.
Un borrón
un lugar
el vacío.
El cuadro entero grita
atrapa la mirada
seguramente
esconde
algo prohibido.



*Celeste Nardelli.
Malabrigo – 17 años





Cuento.

Primer Premio :


Consuelo*



Permanecí un buen rato enfrente… lo miraba y él me miraba. Su mirada era triste, parecía como si quisiera llorar. Extendí una mano para tomar contacto, quería consolarlo. Él extendió su mano también, pero era fría, parecía como si su fuego interior hubiese estado apagado desde hacía tiempo.
¿Cómo será que terminó allí, …atrapado en una realidad alterna, sin la posibilidad de elegir qué hacer, sino de tener que imitar a quien se le imponga con su presencia?
Quizás yo estaba equivocado. En realidad, permanece ahí porque así lo desea. Es un alma cobarde. Que carece del valor necesario para afrontar la vida y la realidad que ésta implica, y es por eso que se refugia tras una barrera, en una dimensión aparte donde todo es al revés de como nosotros lo vemos. Quizás no esté triste, su mirada es así porque tiene lástima por nosotros, que debemos afrontar la triste realidad. O no…su mirada se debe a que siente
vergüenza por su cobardía, ésa que no le permite vivir como él quisiera.
Tal vez, sólo tal vez, alguna vez fue una persona, pero hizo cosas malas y ahora está allí, privado de su libertad. Su mirar es así porque se arrepintió y no soporta más el castigo, además de tener que adular a cualquier forma viva con sus gestos.
Todavía eso no lo sé. Pero me acuerdo que no soportaba ver esa mirada triste, me lastimaba. Estaba a punto de darme la vuelta y marcharme, pero en ese momento pude ver una lágrima que le brotaba y se paseó con toda la tranquilidad y la dulzura que una lágrima puede tener, recorriendo todo su cuerpo.
Lo que más me sorprendió fue la frialdad de mi madre, para secar el espejo sin el más mínimo consuelo.


*Lucas González.
Santa Fe – 16 años



Jurado Cuento: Silvia Braun , Miguel A. Gavilán. Mónica Russomanno
Jurado Poesía: Oscar Agú, Teresa Guzzonato , Ma. Alejandra Tiraboschi

-Coordinador: Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar



-Los jóvenes autores que resultaron premiados en la 11ma edición del certamen y recibirán su distinción son los siguientes:
En Cuento: Primer Premio: Lucas González (Santa Fe), Segundo Premio: Yoana Roldán (Santa Fe), Tercer Premio: Florencia Mir (Santa Fe). Menciones: Ingrid Schreiber (Malabrigo) y Bruna Menino de Mattos (Santa Fe).
En Poesía: Primer Premio: Ingrid Schreiber (Malabrigo), Segundo Premio: Lucas Vidolini (Malabrigo), Tercer Premio: Celeste Nardelli (Malabrigo). Menciones: Yanina Villamandos (Santo Tomé), Gerardo Cáceres (Santa Fe), Gisela Curioni (Santa Fe), Bruna Menino de Mattos (Santa Fe), Gonzalo Molina , Silvana Moschén , Gabriel Bustamante , Tania Álvarez y Mavi Alcaraz (todos ellos, de Malabrigo).

***







Persistencia*



Dentro de cien años
cuando reine el olvido
cuando ya nada importe...

persistirá la lluvia
sobre el antiguo Alcázar;
persistirán el musgo,
la piedra humedecida,
la caricia del sol sobre los arcos;
persistirán las sierras
y su olor a esperanza;
persistirá la tenue
noche mediterránea
con su rumor de arenas
entregándose amantes
a la mar misteriosa;

persistirá el susurro
del viento entre las ruinas...

pero nosotros, díme
¿que será de nosotros
cuando sólo el olvido
pronuncie nuestros nombres?


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








La cuchara que revuelve el pasado*




*Por Juan Forn



Había en Alemania durante la Segunda Guerra un escritor que se llamaba Kasack y otro que se llamaba Nosack. Se llevaban sólo seis años pero el menor (Nosack) era una suerte de discípulo distante del mayor. Kasack vivía en Potsdam, Nosack en Hamburgo. Ambos pertenecían al "exilio interior": ni
simpatizaban con los nazis ni eran perseguidos por ellos. A fines de 1942, cuando el dominio del Reich en Europa parecía incontenible, Kasack le envió a Nosack una carta con treinta páginas de un cuento inconcluso que no se animaba a mostrarle a nadie más. Nosack le contestó diciéndole que él estaba
escribiendo sobre el mismo tema. El tema era la destrucción de Alemania, la vida en las ruinas.
"En todos los ataques aéreos tengo el mismo deseo: ojalá éste sea realmente malo", dice Nosack en su carta de respuesta a Kasack. "Casi podría decir que grito ese deseo al cielo. No es valor sino curiosidad por ver si mi deseo se cumple, lo que hace que no baje al sótano con los demás y me quede mirando
hipnotizado la ciudad desde la ventana de mi departamento." Kasack propuso entonces a Nosack un pacto secreto que comprometiera a ambos a terminar sus relatos: ya que no podían mostrar esos cuentos a nadie más, cada uno sería el único lector del texto del otro. Las misivas, por supuesto, no iban por
correo; esperaban hasta encontrar una persona de confianza que viajara entre una ciudad y otra.
La destrucción cayendo del cielo pronto se haría realidad: en julio de 1943, Nosack contempló, desde la ribera del río en las afueras de Hamburgo donde había ido a pasar la noche en carpa, cómo caían sobre la ciudad 2300 toneladas de bombas aliadas e incineraban la ciudad. Poco después iba a ocurrir lo mismo en Dresde y Halberstadt y otras ciudades alemanas. Luego vendría la rendición y los primeros testimonios de los cronistas aliados que entraron en la Alemania arrasada. El sueco Stig Dagerman escribe en 1945 que los trenes alemanes viajan llenos pero nadie mira por las ventanas el paisaje arrasado: él es reconocido como extranjero precisamente por mirar, atónito, hacia afuera y hacia adentro del vagón. El inglés Victor Gollancz describe la gente que vaga por los caminos, de una ciudad a otra, supuestamente buscando parientes que hayan sobrevivido, pero en realidad víctimas de un estupor que les impide quedarse quietos en ninguna parte. En una librería de Colonia, la norteamericana Janet Flanner ve cómo se manosean a escondidas fotos de cadáveres después de la tormenta de fuego, "con la
mirada perdida del consumidor de pornografía". El suizo Max Frisch, sorprendido por la rapidez con que la hierba empieza a cubrir las ruinas (ya es la primavera de 1946), dice: "Verde, debajo escombros, debajo restos humanos sepultados y, por encima de nuestras cabezas, las estrellas. En el teatro, Ifigenia". A su regreso a Berlín, Bertolt Brecht dice: "El ser humano aprende de la desgracia tanto como el cobayo aprende de biología en su jaula de laboratorio". Desde su exilio en América, Theodor Adorno agrega: "El paso del duelo al consuelo no es el más grande sino el más pequeño".
Para evitar tal paso, Günter Grass y Heinrich Böll se pasaron las siguientes décadas recordándoles incómodamente a los alemanes: "En el principio de este Estado había un pueblo que buscaba su comida en la basura" (Böll) y "Un escritor, hijo, es alguien a quien le gusta el tufo y en este país todavía
huelen los cadáveres en el sótano" (Grass).
Pero ni Grass ni Böll habían llegado aún a la literatura alemana cuando, en 1947, Kasack y Nosack lograron publicar sus relatos sobre las urbes arrasadas y la vida en las ruinas. El libro de Nosack terminó siendo un escueto pero escalofriante informe del bombardeo de Hamburgo y los días posteriores, que tituló Entrevista con la muerte y que pasó completamente inadvertido (la pequeña editorial que lo publicó quebró a los pocos meses).
El de Kasack terminó siendo una novela, se llamó La ciudad detrás del río, recibió el consagratorio Premio Fontane y los alemanes se apresuraron a considerarlo el ajuste de cuentas colectivo que hacía falta con la locura del régimen nacional-socialista. Es interesante señalar que Kasack no le da nombre ni nacionalidad a la ciudad de su libro arrasada por las bombas. Un sabio llamado Magus recibe el encargo de ir a esa ciudad y hacer un informe de la situación para un consejo de ilustres: estamos en esa comarca de la literatura alemana que WG Sebald define con asco como "simbólico-pedagógica".
El sabio de Kasack habrá de concluir al final del libro que es imposible hacer tal informe. Nosack (que sí creía que podía y debía hacerse tal informe) recibió en estos términos el libro de Kasack: "Mediante un solo libro volvió a haber literatura alemana de categoría, y surgida aquí, de nuestros escombros". Poco antes de morir, en 1978, Nosack seguía pensando que Kasack había elegido el camino correcto y que él se había equivocado:
"En un país que tenía que prohibirse mirar atrás para economizar las energías vitales que le quedaban, recordar como recordaba yo era un escándalo".
Una de las reflexiones más desafortunadas que Kasack pone en boca de su sabio lo lleva a preguntarse si no debieron morir millones "para dejar sitio a los reencarnados que surjan". Y agrega que esos millones de muertos actuarían "como semilla". Cabe recordar que el Plan Morgenthau de reconstrucción de Alemania sugería, entre otras cosas, tirar semilla sobre los escombros porque era la manera más rápida de ocultarlos. Sebald, que nació después de los bombardeos de Hamburgo y Dresde pero antes del fin de la guerra, dice que se pasó la infancia y la adolescencia con el sentimiento de que se le ocultaba algo, no sólo en la casa y en la escuela sino también en la literatura alemana. Sebald agrega que, sin el aporte "intruso" de los escritores judíos como Peter Weiss y Wolfgang Hildesheimer (que volvió de Palestina para trabajar como traductor en los juicios de Nuremberg), no habría surgido gran cosa del proceso llamado "recuperación del pasado". Y refiere una historia que le contó el propio Hildesheimer: en una pequeña ciudad de la nueva Alemania, llena como todas las demás de personas que cometieron durante la guerra delitos que han prescripto y que llevan una existencia imperturbada rodeados de hijos y nietos, alguien empieza a llamar por teléfono, en medio de la noche, a ciudadanos respetables elegidos al
azar. La voz sólo dice, en un susurro: "Han descubierto lo que hiciste".
Cada uno de los que recibe el llamado reacciona igual: deja de apuro su casa con las valijas sin cerrar y se pierde furtivamente en el horizonte antes de que asome el sol. Hasta que una noche suena el teléfono en casa de quien hacía esos llamados y una voz anónima le susurra con satisfacción al intruso: "Han descubierto lo que hiciste".


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-168909-2011-05-27.html





*


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