Sunday, May 29, 2011

LOS HUÉSPEDES DE SOMBRA...



-Dibujo: Ray Respall Rojas.




APARICIÓN*


pero no alcanzaban el peso de mi sombra.
Tragaluz
José Luis Fariñas


Sólo puedo evocarla así en los últimos tiempos, entre esas cuatro paredes. Por más que le decía que debíamos salir, tomar algo de sol, respirar el aire fresco que nos invitaba, ella insistía meneando la cabeza con resignación, encerrándose aún más en su mutismo. Llegué a imaginarla como un fantasma, recorriendo los corredores interminables de la mansión. ¿Qué podría haber mitigado su vitalidad al punto de hacerla parecer más un espectro, si no es que ya lo era?

Un día me cansé de tanta incomunicación y decidí que, a pesar de todo mi amor, de mi deseo de apoyarla hasta en sus locuras, de mi temor a dejarla sola, iba a cambiar de vida. Aproveché que estaba acomodando las rosas marchitas al final de la sala, abrí la puerta y marché hacia la luz que me tentaba.

La extraña sensación de debilidad y desvanecimiento que experimenté tenía fácil explicación en tanto aislamiento; pero la expresión en su rostro iba más allá del abandono momentáneo al que pensaba someterla.

“¿Qué has hecho?”, me dijo aterrada, corriendo a mi encuentro.

Su salida a la luz reveló nuestro contraste, si bien su piel era pálida, la mía se tornaba traslúcida, en otras palabras: me desdibujaba.

“Mi amor, mi amor”, escuché su voz cada vez más lejana, “cuando supe la noticia vine lo más rápido que pude. Me sorprendió encontrarte, no tenías idea de lo que había sucedido con tu cuerpo, tan aferrado estabas a mí que vagabas por la casa buscándome en cada rincón. Decidí quedarme hasta que comprendieras... nunca imaginé que sería así... lo siento, lo siento tanto...”

La luz continúa absorbiéndome, apenas soy la mancha del aliento en un espejo. Pronto seré una más entre tantas historias de apariciones.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





LOS HUÉSPEDES DE SOMBRA...






UN CARRO BAJO LA LLUVIA*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Las historias que el hombre escribió en sus horas grises, en sus horas huecas, cuando los atardeceres se animaba impulsados por el fuego del crepúsculo, dejando su sangre sobre lo troncos olvidados de los pinos.
Las historias que el hombre repetía, corregía, volvía a echar a rodar sobre la vida de los otros habitantes de ese pequeño pueblo perdido en la llanura, eran en general soñados por él, con el sustrato de historias que otros le contaron, aunque la gente en gran parte terminaba, tomándola como ciertos, como si no fueran carne de ficción, como si el nudo del relato o existiera y como si no se pudiera crear la realidad de la narratividad más pura.
De todos modos aquel mundo ya acabado alguna vez había existido. Era un mundo abierto a los anchos amaneceres rodadores, cuando los días tenían el olor del caballo, y las siestas su orín agrio donde pululaban los grandes moscardones del verano, el mar de mariposas amarillas, sobre los alfalfares que refrescaban las noches del verano, cuando sólo el violín de un grillo diminuto y escondido aserraba el pegajoso calor del anochecer.
Las tareas se habían cumplido con trabajosa rigurosidad y era la hora del descanso, cuado el campo quiere decir algo, como bien puedo citar borgeanamente.
En esos tiempo y a esa hora en que el sol había muerto descabezándose en sangre violeta sobre los eucaliptos últimos, sobre los paraísos verdes y sobre esos fresnos de hojas cobrizas que ya habían caído en su totalidad y habían cubierto ese gran patio de tierra donde los perros jugueteaban bajo la mirada agrisada y como lejana del abuelo ultramarino, pero ya aquerenciado a esta pampa que había trocado por los picos nevados de su aldehuela natal.Llegando a ese fin de tareas para descansar, y según la estación se encendía ese inmenso farol y si era verano se colgaba de un árbol frondoso del patio, un sauce alto y añoso pero si era inverno se colgaba dentro del gran comedor con las vigas de maderas altas, o en primavera u otoño de la ancha galería de baldosas coloradas. Para las habitaciones se usaban las lámparas que mojaban esa larga mecha de kerosén y acompañaba –agigantando- las sombras en las paredes que escondía esa luz mezquina, olorosa y llena de silencios.
Estas son las historias que el hombre contaba cuando los amaneceres eran más altos que el mundo. Cuando los años se arracimaron sobre él y lo dejaron examine frente a tantos recuerdos, frente al vacío de un mundo que le quitaba todo, hasta el mínimo frescor del vacío sobre sus anegados misterios.
Algunas historias que este hombre escribió fueron leídas por mí en cuadernos ya amarillentos de olvido, con el ocre en borde de sus páginas como un oprobio y una miseria. Algo como vergonzoso de lo que se quiere huir, Algo que no se puede aludir del recuerdo. Que de vez en cuando aparece en toda su luminosidad.
Y entre los huecos que han dejado esas historias hay uno que se cuela de hace tiempo en todos los intersticios.
Mi tío Roque, hermano de mi madre, a la sazón en Rosario ya vino a visitar a su novia, la bellísima tía Anita, quién vivía con su familia en una lejana chacra justo a un hondo canal.
Era verano y mi tío que paraba en mi casa en estos viajes de novio que hacía, trató de entusiasmar a mi madre con una visita a la chacra “del tío Domingo Ciccarelli”, un gringo bonachón que tenía su campo cerca de Cañada del Ucle. Mi madre aceptó, poco convencida, ya que mi padre estaba por volver del sur de la provincia de Buenos Aires donde anualmente iba de cosecha fina. Pidió el carro prestado con su correspondiente caballo al “Pelado”Míguez y partimos.
La familia del tío Domingo era numerosa. Tres hijos le trabajaban el campo porque él estaba muy grande, y se entretenía contándole historias a sus nietos numerosos que por las noches leía en un su original itálica del libro “Corazón”.
Pasamos un día magnífico, los grandes jugando al truco luego de la homérica tallarinada y los chicos corriendo bajo un montecito de paraíso que estaba detrás de la casa. Cuado avanzaba la tarde una tormenta empezó a amenazar de manera preocupante como suelen serlo este tipo de fenómenos en la llanura. En cuado el campo demuestra su entonces desamparo, su condición de intemperie.
Fue inútil convencer a mi madre a que esperásemos la lluvia y volver al otro día.
Tenía – y con razón- la ira de mi padre que no consintió nunca nuestra ausencia cuando el regresaba a la casa, máxime cuando había estado (como esta vez) más de un mes afuera. Mi tío ató el caballo al carro, de la casa trajeron una lona o una frazada vieja para que nos tapásemos mi madre y yo, y mi tío, cubierto por un gorrito de género que se empapó enseguida y una bolsa de arpillera a guisa de impermeable, regresamos.
Me quedó esa imagen: mi tío manejando en el asiento, bajo las gotas implacables. Mi madre y yo sentados en la caja del carro, bajo ese manto que se empapó enseguida. Lluvia, relámpagos y truenos.
Cuando llegamos era noche cerrada.
Mi padre tardó en volver cinco días.
Esta es la historia dolorosa que el hombre olvidó contar.





Etimología*



Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







PROTOHISTORIA*



"Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces."
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA



Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.


Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.


Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








CERTAMEN LITERARIO PARA ADOLESCENTES
"EL PUENTE 2010"


Poesía.

Primer Premio:




La resistencia*



Ella espera
ver su cara
oír su risa
nadar en el río de sus ojos.
Ella sueña
con la sal de sus lágrimas
con sus recuerdos
sus delirios.
Luego
piensa en la huida
al país de las maravillas
el de los secretos.
Y la oscuridad
y los cuerpos mutilados.
Ella intuye
la revelación
inquietante,
sigilosa,
agitada
como un alma sin rostro
que grita en su memoria.



*Ingrid Schreiber
Malabrigo – 18 años




Segundo Premio:



El viajero*



Falsos cometas en el cielo
asteroides que no existen
galaxias oscuras
que no iluminan.
Ojos que no ven
lo que el espacio ofrece.
Estrellas fugaces
caen.
La tierra ya tiene
otro agujero.
Una nave y un cráter
el llanto de un hombre
herido de palabras
en lo más profundo de las sombras.



*Lucas Vidolini
Malabrigo - 13 años





Tercer Premio:


Contemplación*



Un secreto
una señal de olvido.
Detrás de las sombras
Silencios, ruidos.
El negro
con manchas rojas.
Un borrón
un lugar
el vacío.
El cuadro entero grita
atrapa la mirada
seguramente
esconde
algo prohibido.



*Celeste Nardelli.
Malabrigo – 17 años





Cuento.

Primer Premio :


Consuelo*



Permanecí un buen rato enfrente… lo miraba y él me miraba. Su mirada era triste, parecía como si quisiera llorar. Extendí una mano para tomar contacto, quería consolarlo. Él extendió su mano también, pero era fría, parecía como si su fuego interior hubiese estado apagado desde hacía tiempo.
¿Cómo será que terminó allí, …atrapado en una realidad alterna, sin la posibilidad de elegir qué hacer, sino de tener que imitar a quien se le imponga con su presencia?
Quizás yo estaba equivocado. En realidad, permanece ahí porque así lo desea. Es un alma cobarde. Que carece del valor necesario para afrontar la vida y la realidad que ésta implica, y es por eso que se refugia tras una barrera, en una dimensión aparte donde todo es al revés de como nosotros lo vemos. Quizás no esté triste, su mirada es así porque tiene lástima por nosotros, que debemos afrontar la triste realidad. O no…su mirada se debe a que siente
vergüenza por su cobardía, ésa que no le permite vivir como él quisiera.
Tal vez, sólo tal vez, alguna vez fue una persona, pero hizo cosas malas y ahora está allí, privado de su libertad. Su mirar es así porque se arrepintió y no soporta más el castigo, además de tener que adular a cualquier forma viva con sus gestos.
Todavía eso no lo sé. Pero me acuerdo que no soportaba ver esa mirada triste, me lastimaba. Estaba a punto de darme la vuelta y marcharme, pero en ese momento pude ver una lágrima que le brotaba y se paseó con toda la tranquilidad y la dulzura que una lágrima puede tener, recorriendo todo su cuerpo.
Lo que más me sorprendió fue la frialdad de mi madre, para secar el espejo sin el más mínimo consuelo.


*Lucas González.
Santa Fe – 16 años



Jurado Cuento: Silvia Braun , Miguel A. Gavilán. Mónica Russomanno
Jurado Poesía: Oscar Agú, Teresa Guzzonato , Ma. Alejandra Tiraboschi

-Coordinador: Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar



-Los jóvenes autores que resultaron premiados en la 11ma edición del certamen y recibirán su distinción son los siguientes:
En Cuento: Primer Premio: Lucas González (Santa Fe), Segundo Premio: Yoana Roldán (Santa Fe), Tercer Premio: Florencia Mir (Santa Fe). Menciones: Ingrid Schreiber (Malabrigo) y Bruna Menino de Mattos (Santa Fe).
En Poesía: Primer Premio: Ingrid Schreiber (Malabrigo), Segundo Premio: Lucas Vidolini (Malabrigo), Tercer Premio: Celeste Nardelli (Malabrigo). Menciones: Yanina Villamandos (Santo Tomé), Gerardo Cáceres (Santa Fe), Gisela Curioni (Santa Fe), Bruna Menino de Mattos (Santa Fe), Gonzalo Molina , Silvana Moschén , Gabriel Bustamante , Tania Álvarez y Mavi Alcaraz (todos ellos, de Malabrigo).

***







Persistencia*



Dentro de cien años
cuando reine el olvido
cuando ya nada importe...

persistirá la lluvia
sobre el antiguo Alcázar;
persistirán el musgo,
la piedra humedecida,
la caricia del sol sobre los arcos;
persistirán las sierras
y su olor a esperanza;
persistirá la tenue
noche mediterránea
con su rumor de arenas
entregándose amantes
a la mar misteriosa;

persistirá el susurro
del viento entre las ruinas...

pero nosotros, díme
¿que será de nosotros
cuando sólo el olvido
pronuncie nuestros nombres?


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com








La cuchara que revuelve el pasado*




*Por Juan Forn



Había en Alemania durante la Segunda Guerra un escritor que se llamaba Kasack y otro que se llamaba Nosack. Se llevaban sólo seis años pero el menor (Nosack) era una suerte de discípulo distante del mayor. Kasack vivía en Potsdam, Nosack en Hamburgo. Ambos pertenecían al "exilio interior": ni
simpatizaban con los nazis ni eran perseguidos por ellos. A fines de 1942, cuando el dominio del Reich en Europa parecía incontenible, Kasack le envió a Nosack una carta con treinta páginas de un cuento inconcluso que no se animaba a mostrarle a nadie más. Nosack le contestó diciéndole que él estaba
escribiendo sobre el mismo tema. El tema era la destrucción de Alemania, la vida en las ruinas.
"En todos los ataques aéreos tengo el mismo deseo: ojalá éste sea realmente malo", dice Nosack en su carta de respuesta a Kasack. "Casi podría decir que grito ese deseo al cielo. No es valor sino curiosidad por ver si mi deseo se cumple, lo que hace que no baje al sótano con los demás y me quede mirando
hipnotizado la ciudad desde la ventana de mi departamento." Kasack propuso entonces a Nosack un pacto secreto que comprometiera a ambos a terminar sus relatos: ya que no podían mostrar esos cuentos a nadie más, cada uno sería el único lector del texto del otro. Las misivas, por supuesto, no iban por
correo; esperaban hasta encontrar una persona de confianza que viajara entre una ciudad y otra.
La destrucción cayendo del cielo pronto se haría realidad: en julio de 1943, Nosack contempló, desde la ribera del río en las afueras de Hamburgo donde había ido a pasar la noche en carpa, cómo caían sobre la ciudad 2300 toneladas de bombas aliadas e incineraban la ciudad. Poco después iba a ocurrir lo mismo en Dresde y Halberstadt y otras ciudades alemanas. Luego vendría la rendición y los primeros testimonios de los cronistas aliados que entraron en la Alemania arrasada. El sueco Stig Dagerman escribe en 1945 que los trenes alemanes viajan llenos pero nadie mira por las ventanas el paisaje arrasado: él es reconocido como extranjero precisamente por mirar, atónito, hacia afuera y hacia adentro del vagón. El inglés Victor Gollancz describe la gente que vaga por los caminos, de una ciudad a otra, supuestamente buscando parientes que hayan sobrevivido, pero en realidad víctimas de un estupor que les impide quedarse quietos en ninguna parte. En una librería de Colonia, la norteamericana Janet Flanner ve cómo se manosean a escondidas fotos de cadáveres después de la tormenta de fuego, "con la
mirada perdida del consumidor de pornografía". El suizo Max Frisch, sorprendido por la rapidez con que la hierba empieza a cubrir las ruinas (ya es la primavera de 1946), dice: "Verde, debajo escombros, debajo restos humanos sepultados y, por encima de nuestras cabezas, las estrellas. En el teatro, Ifigenia". A su regreso a Berlín, Bertolt Brecht dice: "El ser humano aprende de la desgracia tanto como el cobayo aprende de biología en su jaula de laboratorio". Desde su exilio en América, Theodor Adorno agrega: "El paso del duelo al consuelo no es el más grande sino el más pequeño".
Para evitar tal paso, Günter Grass y Heinrich Böll se pasaron las siguientes décadas recordándoles incómodamente a los alemanes: "En el principio de este Estado había un pueblo que buscaba su comida en la basura" (Böll) y "Un escritor, hijo, es alguien a quien le gusta el tufo y en este país todavía
huelen los cadáveres en el sótano" (Grass).
Pero ni Grass ni Böll habían llegado aún a la literatura alemana cuando, en 1947, Kasack y Nosack lograron publicar sus relatos sobre las urbes arrasadas y la vida en las ruinas. El libro de Nosack terminó siendo un escueto pero escalofriante informe del bombardeo de Hamburgo y los días posteriores, que tituló Entrevista con la muerte y que pasó completamente inadvertido (la pequeña editorial que lo publicó quebró a los pocos meses).
El de Kasack terminó siendo una novela, se llamó La ciudad detrás del río, recibió el consagratorio Premio Fontane y los alemanes se apresuraron a considerarlo el ajuste de cuentas colectivo que hacía falta con la locura del régimen nacional-socialista. Es interesante señalar que Kasack no le da nombre ni nacionalidad a la ciudad de su libro arrasada por las bombas. Un sabio llamado Magus recibe el encargo de ir a esa ciudad y hacer un informe de la situación para un consejo de ilustres: estamos en esa comarca de la literatura alemana que WG Sebald define con asco como "simbólico-pedagógica".
El sabio de Kasack habrá de concluir al final del libro que es imposible hacer tal informe. Nosack (que sí creía que podía y debía hacerse tal informe) recibió en estos términos el libro de Kasack: "Mediante un solo libro volvió a haber literatura alemana de categoría, y surgida aquí, de nuestros escombros". Poco antes de morir, en 1978, Nosack seguía pensando que Kasack había elegido el camino correcto y que él se había equivocado:
"En un país que tenía que prohibirse mirar atrás para economizar las energías vitales que le quedaban, recordar como recordaba yo era un escándalo".
Una de las reflexiones más desafortunadas que Kasack pone en boca de su sabio lo lleva a preguntarse si no debieron morir millones "para dejar sitio a los reencarnados que surjan". Y agrega que esos millones de muertos actuarían "como semilla". Cabe recordar que el Plan Morgenthau de reconstrucción de Alemania sugería, entre otras cosas, tirar semilla sobre los escombros porque era la manera más rápida de ocultarlos. Sebald, que nació después de los bombardeos de Hamburgo y Dresde pero antes del fin de la guerra, dice que se pasó la infancia y la adolescencia con el sentimiento de que se le ocultaba algo, no sólo en la casa y en la escuela sino también en la literatura alemana. Sebald agrega que, sin el aporte "intruso" de los escritores judíos como Peter Weiss y Wolfgang Hildesheimer (que volvió de Palestina para trabajar como traductor en los juicios de Nuremberg), no habría surgido gran cosa del proceso llamado "recuperación del pasado". Y refiere una historia que le contó el propio Hildesheimer: en una pequeña ciudad de la nueva Alemania, llena como todas las demás de personas que cometieron durante la guerra delitos que han prescripto y que llevan una existencia imperturbada rodeados de hijos y nietos, alguien empieza a llamar por teléfono, en medio de la noche, a ciudadanos respetables elegidos al
azar. La voz sólo dice, en un susurro: "Han descubierto lo que hiciste".
Cada uno de los que recibe el llamado reacciona igual: deja de apuro su casa con las valijas sin cerrar y se pierde furtivamente en el horizonte antes de que asome el sol. Hasta que una noche suena el teléfono en casa de quien hacía esos llamados y una voz anónima le susurra con satisfacción al intruso: "Han descubierto lo que hiciste".


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-168909-2011-05-27.html





*


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Thursday, May 26, 2011

TAL VEZ SEA ESO UN ÁRBOL O TAL VEZ EL AMOR...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





TRES ESTACIONES Y UNA MENOS*



"Y yo te persigo en el desasosiego
Y pronuncio el nombre prohibido."
A. URDANETA



I: Estación de los fuegos.


Un joven rubio se masturba,
al borde del estanque con agua congelada.
La mujer, detrás de cristales rosados, lo mira.
El fuego de la escarcha, la quema.




II: Estación de la sombras


Un hombre inclinado, sobre su fatiga.
Escribe sus ficciones.
La mujer, detrás de un vidrio empañado lo mira.
Siente que la sombra que la refleja no es de ella.



III: Estación de la envidia.


Un varón, que le recuerda a su padre,
juega con sus perros , amorosamente.
La mujer, detrás de unos vidrios húmedos.
Levanta las orejas y mueve la cola.



IV: Estación del calvario


La mujer prohibida. Desnuda en la hierba.
Yace, más triste que la muerte.
El hombre, detrás de unos vidrios espejados.
Se observa a si mismo.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










DOS: Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo*



*De Guillermo Camacho. info@auroraboreal.dk




Analista senior con amplio y comprobado conocimiento de programación en java se requiere para trabajar en proyecto de magnitud considerable. Al menos cinco años de experiencia comprobada. Disponibilidad inmediata. Salario a convenir de acuerdo con experiencia. Ver mayores detalles en página web e instrucciones para enviar solicitud laboral.
Octavio terminó de beber de un solo sorbo el resto del primer café de la mañana. Prendió su tercer cigarrillo mecánicamente. Se tocó el mentón mientras pensó que primero se afeitaría la barba de varios días y luego entraría en la página web que mencionaba el aviso del periódico. Dio una aspirada profunda y lenta al cigarrillo mientras comentó en voz alta para sí mismo:
¡Carajo, es que ni mandado a hacer a la medida! Ese puesto me calza como anillo al dedo -

Miró por la ventana por primera vez desde que se había levantado. En realidad miró por la ventana por primera vez en varios años. El eco de su voz, que retumbaba en la habitación, le recordó que el apartamento se sentía más vacío desde que Lorenza lo había abandonado. Se había llevado todo. Sólo
le dejó aquel cuadro que ella odió siempre, desde que había decidido irse a vivir con él y que había sido el motivo de la primera gran disputa, y también de la última que tuvieron hasta que todo culminó en la tarde de aquel martes que se sorprendió al llegar al departamento y encontrarlo completamente desocupado. Le dejó sólo el cuadro como testigo mudo y algunos de los libros de programación de java que encontró tirados y revueltos por el piso con la nota:
-¡Vete a la mierda, cabrón!
Desde aquella tarde había decidido tomarse la vida con calma y filosofía. Acto seguido, renunció a la MICROSOFT donde había trabajado como un animal los últimos cinco años. No ponía en discusión que en aquel lustro había aprendido una cantidad nada despreciable como programador, y posteriormente como analista de java. Tenía una cuenta bancaria abultada que le había permitido tomarse inicialmente un año sabático, aunque ya estaba entrando en su tercer año sabático dedicado exclusivamente a la lectura, sin horarios.
Por supuesto sin pactos, empeños o vínculos amorosos que lo comprometieran a cumplir itinerarios y rutinas establecidas. Definitivamente sin reloj.
También había decidido que la pintura de la discordia debería pasar a ocupar un lugar privilegiado en el departamento. La sacó del corredor al baño donde después de largas horas de discusión con Lorenza habían pactado prácticamente esconderlo de la vida en común de pareja. Aquel cuadro más un colchón, un centenar de ceniceros llenos de colillas, y libros, que empezó a adquirir desenfrenadamente, conformaban toda la decoración de su piso desde que Lorenza se había marchado. Después de un par de meses decidió comprar una lámpara para poder terminar de leerse la obra completa de Jorge
Francisco Isidoro, tirado en el colchón, donde pasaba noche y día, mientras ocupaba el tiempo de las mañanas, sin prisa, ojeando viejos ejemplares de la revista Los Anales de Buenos Aires que había encontrado por casualidad en un mercado de pulgas y se los regalaron por una miseria. Ahí leyó Bestiario, un cuento publicado en un número de la revista del año mil novecientos cuarenta y siete que estaba firmado por un tal Julio Denis, escritor éste que también lo apasionó de una manera obsesiva. Leía infatigablemente mientras escuchaba siempre el mismo bolero que hablaba sobre tus ojos brujos, que se llenen de arena y de agua del mar y que te encuentres la hembra que te vuelva loco y que nunca, nunca, te quiera besar.
Una mañana se levantó del colchón, fue a una agencia de viajes y compró un boleto de avión. Decidió pasarse una temporada en Veracruz, en México, aquel rinconcito donde hacen su nido las olas del mar. Seguía leyendo incansablemente toda la obra de ese Julio Florencio Denis, y alternaba con los libros de Jorge Francisco Isidoro. Después de casi un año por México, donde pasaba las tardes perfumadas con besos de arena y lecturas, siempre de los dos mismos autores, volvió a su departamento en su ciudad. Recogió los ceniceros, botó las colillas a la basura. Saludó a su cuadro con honores, y una vez hubo desempacado las pocas cosas que trajo del viaje a Veracruz, siguió leyendo. Escasamente salía para comer o comprar tabaco o más libros de Jorge Francisco Isidoro y del tal Julio Denis.
Al final del tercer año, leyó una tarde un poema del tal Denis que decía que "ahora escribo pájaros. No los veo venir, no los elijo, de golpe están ahí, son esto, una bandada de palabras posándose una a una en los alambres de la página, chirriando, picoteando, lluvia de alas y yo sin pan que darles, solamente dejándose venir. Tal vez sea eso un árbol o tal vez el amor". (Julio Denis)
Entonces le volvieron las ganas de trabajar. Se levantaba temprano, salía a la calle a comprar el periódico y cigarrillos. Volvía al departamento. Se preparaba un café negro bien cargado y se fumaba todo un primer paquete de cigarrillos en la mañana mientras se leía de cabo a rabo el periódico y releía los anuncios de trabajo. Hasta esa mañana en que lo encontró.
Después de afeitarse y bañarse, como se había prometido, entró a la página web del anuncio y envió un currículum vía electrónica.
Botó las colillas de cigarrillos a la basura. Lavó los ceniceros.
Pensaba salir a almorzar cuando sonó el teléfono. En ese instante cayó en la cuenta de que el aparato llevaba tres años sin timbrar. Al otro lado le habló una voz seca e inexpresiva. Se presentó como Rino Ricci, propietario de Sistemas Asociados, la misma firma del anuncio del periódico. Acordaron
encontrarse la mañana siguiente para una entrevista. No tuvo más remedio que ir a comprarse un traje nuevo, una camisa y una plancha. Paró en una peluquería del barrio antes de la cena. Mientras le devolvieron un corte de pelo común y corriente, se prometió frente al espejo que ya era hora de
reemprender su vida laboral. El viaje a Veracruz, con sus tardes perfumadas de besos de arena era un recuerdo remoto. En ese instante creyó entender que el lenguaje de programación java le gustaba más que la lectura del tal Jorge Francisco Isidoro, que tanto le había exigido y le exigía, y que trataba de
compensar con las lecturas del otro, del tal Julio Denis. Entre los dos autores lo habían ayudado a pasar el trago amargo de Lorenza, que le había dejado el corazón hecho pedazos. Pero había empezado a creer que sus dos escritores lo estaban volviendo medio loco. Que a pesar de que era delicioso pasarse días enteros leyendo y leyendo tirado en el colchón y fumando, debía volver a darle un orden a su vida. Eso de los horarios, el reloj, los colegas de la oficina. Aquellas cosas de la MICROSOFT que estaba
curiosamente comenzando a extrañar y que, cada vez más frecuentemente, lo sorprendía saboreando mientras miraba por la ventana y extrañaba a Lorenza con sus histerias y neurosis.
- Lorenza, si supieras de lo mucho que he llorado en silencio...
Se durmió temprano, sin leer, sin prender la lámpara. Se levantó más temprano que de costumbre. Se bañó y se perfumó. Se vistió con las ropas nuevas y con la camisa planchada. La sensación le volvió a gustar. Como antes, tantas veces con trajes de lino, camisas ciento por ciento de algodón y corbatas de seda. Tomó un taxi rumbo a la dirección donde tendría la entrevista de trabajo.
Disfrutó minuto a minuto la conversación con el taxista en el tráfico infernal de la mañana. Habló con el chofer de diversos temas que hacía años no tocaba. De deportes, de política, de la amante del taxista y sus vacaciones con ella en una isla del Caribe. A su vez, Octavio alcanzó a confesarle de sus tardes en Veracruz leyendo tranquilamente. Se lo contó con tanta pasión y credibilidad que el taxista estaba convencido de que había sucedido la semana anterior. El rostro de Octavio estaba verdaderamente
relajado. El color de la piel conservaba ese cobrizo que sólo se obtiene bajo el sol en calma. Octavio también llegó a confesarle, casi en tono secreto y algo silencioso, que amaba a Lorenza de veras y que le seguía de cerca sus pasos, aunque ella no lo quisiera, y que nada ni nadie haría que se olvidara de ella.
La primera impresión que Octavio tuvo de Rino Ricci, el propietario de la empresa donde tuvo la entrevista de trabajo, fue la de un rostro obeso con bigote de morsa en un cuerpo amorfo y redondete. Sin proponérselo le descubrió restos de comida en aquel bigote que le cubría el labio superior de forma grotesca. Seguramente sobras del desayuno o de la cena de la noche anterior. Para rematar, el individuo tenía el pelo liso y grasiento que le caía desordenadamente por la frente. La empresa era definitivamente pequeña.
Rino era uno de los tres propietarios. Tenían un único cliente: una institución educativa. Una universidad a la cual desde hacía un par de años le estaban montando toda una serie de sistemas y páginas electrónicas.
Después de una breve introducción y el obligado saludo para romper el hielo, Octavio y Rino se encerraron a discutir los pormenores del empleo, en una oficina mal ventilada y con poca luz donde éste último tenía su despacho.
Las menudencias del trabajo eran pan comido para Octavio dada su extensa experiencia laboral. Sin embargo, Octavio tuvo una ligera desconfianza de todo aquello cuando Rino regateaba rebajas absurdas al paquete salarial.
Insignificancias, pensó.
Tuvo un mal sabor cuando salieron a preparar un café en una sala amplia contigua, donde los otros tres únicos empleados trabajaban frente a pantallas de computador ensimismados en su propio mundo. Una preocupación más seria lo asaltó cuando Rino, en vez de presentarle a los colegas, se refirió a ellos en un lenguaje soez y vulgar. No le gustó para nada cuando le metió un grito a la joven programadora que aprovechó para consultarle una duda sobre el trabajo que estaba realizando. Bebieron el café que se
impregnó nuevamente en el bigote de morsa de Rino y se mezcló en una melcocha con los sobrados de comida que reposaban sobre él. A la hora del almuerzo ya se había acordado que Octavio empezaría a trabajar esa misma tarde, inmediatamente después de la pausa de medio día.
A las doce y media Rino, Octavio y los otros tres empleados salieron en grupo. Rino iba a la cabeza. Se acomodaron en un restaurante de la zona.
Durante la charla del almuerzo todo quedó claro: Rino peló el cobre. Era un ser desagradable que hablaba en forma déspota y consideraba a todo el mundo inferior a él. No era sólo la forma como hablaba. La altanería y prepotencia con que se refería a todos los asuntos que trataron. Los comentarios viles sobre los otros tres empleados, que pacientemente se tragaban las ofensas en silencio mientras consumían los alimentos. Terminaron de comer; en silencio se dirigieron a un bar a veinte metros del restaurante. Ordenaron cinco cafés. Cada uno lo tomó sin decir palabra. Rino era el único que continuaba hablando. Monopolizando las palabras y escupiendo gotas de saliva que salían como pequeños proyectiles por entre los pelos pegajosos del bigote de morsa, que para ese entonces tenía una colección de restos de comida, sopa, salsa de pasta y gotas del café en casi toda su superficie.
Regresaron en silencio como niños regañados los últimos quince metros que separaban al bar de las oficinas donde trabajaban. Rino no paró en todo el trayecto de humillar a los tres empleados con nuevos comentarios. Octavio estaba mudo. Tal vez algo atónito. Por un instante creyó que estaba fuera de
forma. Así era la vida laboral, sólo que él no lo quería recordar. Se limitaba exclusivamente a observar la escena.
Cuando llegaron a la puerta de la oficina, Octavio se llenó de valentía y finalmente habló por primera vez desde el almuerzo. Con voz firme y segura dijo:
- Adelántense ustedes que me olvidé de comprar cigarrillos; ya vuelvo.
Y sin decir palabra, retrocedió al bar como la cosa más natural. Los futuros colegas, incluido Rino Ricci, con su bigote grasiento y lleno de sobras de comida, entraron en las oficinas. Encendieron los computadores y se sentaron como autómatas frente a las pantallas. Rino, antes de sumergirse en su
despacho, le dijo en tono despectivo al chico español:
- Oye tú, dile al nuevo apenas regrese de comprar cigarrillos que pase por mi oficina para pasarle el trabajo que debe comenzar hoy mismo.
Se lo quedaron esperando toda la tarde. Octavio jamás regresó.
Octavio volvió al departamento, prendió un cigarrillo calmadamente. Se quitó los pantalones, tomó el libro que le faltaba por leer, se tiró en el colchón y dijo en voz alta:
- ¡Nunca más carajo, ni por asomo! -
Entonces recordó el poema, abrió el libro en la segunda página y leyó en voz alta la primera frase que daba las Instrucciones para llorar. Se quedó leyendo el gran libro de por vida, sin importarle un comino la gente y sus horarios. Solo hacía pausas para ir a comprar cigarrillos al bar de la esquina, donde siempre se despedía jocosamente y de la misma forma del empleado de confianza del bar.
Por favor, déle mis recuerdos al señor Rino, ése, el del bigote de morsa lleno de mierda. Y volvía a casa y se tiraba en el colchón a seguir leyendo.


-Guillermo Camacho escritor colombiano. En la actualidad reside entre Dinamarca y España.

Voy a comprar cigarrillos; ya vuelvo enviado a Aurora Boreal® por cortesía del autor.


-Fuente:
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=813:voy-a-comprar-cigarrillos-ya-vuelvo-dos&catid=81:puro-cuento&Itemid=198








DEJÁ VU*



Las mismas copas de vino
Dibujan nuestros rostros en el cristal.
La misma melodía viene del fondo
Colmando el vacío que deja el silencio.


Las mismas velas encubren la tristeza,
Dibujando siluetas en el crepúsculo.
Las mismas promesas,
Los mismos besos.


Las miradas que se cruzan,
Las frases que no se dicen
Y viven a la sombra de la espera...
El abrazo que tememos tanto.


¿Hemos vivido ya este momento?
¿Volveremos a vivirlo?
Sólo quiero saber
Si al final, de nuevo, partirás.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.







EL CONFESIONARIO*



No sé porqué, pero cuando las noches son más profundas e impenetrables, con el suave frío cubriéndolo todo como un manto mágico, se presenta la ocasión de reunirse entre amigos para degustar algo rico con un buen vino tinto de aquellos que parecen gotas de rubíes.
Asi disfrutábamos aquella noche cuando distraídamente comentamos acerca de sucesos paranormales. Es un tema que gusta pero se siente cierto respeto por el mismo.
Cada quién contó alguna que otra historia relacionada con el tema, todos hechos, según ellos, ocurridos en los parajes un poco apartados de la población.
Cuando me tocó el turno, no pude menos que relatar lo que había visto en una capilla hecha en piedra, casi sobre el borde del camino que va desde mi pueblo al pueblo vecino.
Cierto día, viajando hacia el norte, a unos dieciocho kilómetros, alcancé a ver al costado de la ruta, una capilla totalmente de piedra, abandonada, cubierta de un musgo color marrón, y rodeada de un pastizal que tapaba casi la totalidad del pequeño edificio.
Me sorprendí muchísimo ya que siempre iba hacia aquellos lados pero jamás la había visto.
La curiosidad pudo más que la cordura, así que paré el auto en la banquina y caminé hasta cruzar el alambrado para verificar si era real o no.
Sí, era verdad, estaba allí como algo abandonado, totalmente solitaria y triste. Tenía solo dos ventanas de madera desteñida por el tiempo y al frente, una puerta que se notaba que hacía mucho que nadie la abría. La cruz que identificaba al edificio, estaba caída perdida entre la maleza.
A pesar de estar impresionada, empujé suavemente la puerta y esta cedió ante mis deseos.
No me atrevía a entrar, confieso que a veces el miedo me puede, pero atiné a dar el primer paso para ver su interior, todo estaba oscuro y solo se escuchaba un silencio sepulcral.
Cuando pude acostumbrar mis ojos a las tinieblas reinantes, noté que allí no había nada, ni bancos, ni altar y mucho menos ornamentación religiosa.
El corazón me latia a cien, porque sí había algo, algo que no podía definir pero que paralizaba todo mi cuerpo y hacía trabajar mi mente a pasos agigantados.
En un momento giré la cabeza y detrás mio había una casilla de madera antigua que se usaba para las confesiones.
El confesionario viejo comenzó a crujir como si alguien estuviese adentro.
La sangre se me heló.
De pronto distinguí algo que se movió, era un ser extraño, horrible, peludo, ojos rojos como el fuego y un par de cuernos coronaba la inmunda cabeza.
Inmediatamente pensé en el diablo, quise salir corriendo, pero un bramido de terror me paralizó en el lugar. Creo que me desmayé. Cuando recobré la cordura estaba completamente sola, tirada sobre el pasto y ni rastros de la vieja capilla.
Regresé al auto y confundida regresé a mi casa olvidándome del viaje a la población vecina.
No pude dejar de pensar en este hecho tan raro y espeluznante, yo les aseguro que jamás tomé drogas, que no estaba bajo el efecto de ninguna medicación y mucho menos, alcohol.
No conté nada de este suceso, solamente hice algunas investigaciones con personas de mucha edad para saber si en ese paraje aconteció alguna vez algún hecho extraordinario. Obtuve respuestas positivas con don Eugenio, un viejito nacido en la zona y recordaba que cierta vez un sacerdote venido de otro lugar, se dedicó a enseñarles el catecismo a un grupo de indios y que en agradecimiento acarrearon piedras toscas para levantar una capillita para honrar al Señor, hasta que un malón de otra tribu, destruyeron todo y mataron a los nuevos cristianos junto con el ministro de Dios. Entre los caídos, atrapado por el derrumbe de las piedras, muere también el jefe del malón enemigo que era un verdadero diablo. Antes de expirar juró que siempre estaría de guardia para que nadie vuelva a levantar una capilla en
ese lugar.
Até cabos y solo deduje que el indio malvado seguramente murió atrapado dentro del confesionario.



*De Norma Costanzo. normacostanzo@vocampo.com.ar
Villa Ocampo. Pcia Santa Fe.






Amarte*



I


Amarte
va conmigo

Que me ames
me espera



II

Me cala
amarte

Que me ames
me autoriza



III

A la emoción
de amarte

la acústica
de tu amor.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







A mi gato le encanta Mozart*




*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar



Hoy me distraje ante mi gato y debí mirarlo con cierto decoro porque él es distante, discreto y sabe callar. En verdad le anduve alrededor y recordé a Lord Byron: "el gato posee belleza sin vanidad, fuerza sin insolencia, coraje sin ferocidad; todas las virtudes del hombre sin sus vicios". Una
semblanza menos cínica que la de Ambrose Bierce: "Gato. Suave autómata indestructible preparado por la naturaleza para recibir patadas cuando las cosas van mal en el círculo doméstico".

Al verlo se entiende que los gatos se vuelvan invisibles cuatro veces al día y cuando ellos quieren se exhiben con la guardia baja, empobrecidos de lluvia y madrugada. Al atenuar su exhibición todo gato se hace etéreo, inatacable, y su corazón late en una verdad lejana y superior. Ya debería saberse ese misterio...

Mi gato se llama Fidel y revive al escuchar música en mi falda; sigilo al distenderse, sutileza ajena a la gravedad, reflejo de mi espejo, cuerpo imperceptible. Al oir al Osvaldo Pugliese yumbeado de "Negracha" o "La Cachila", Fidel conmueve su pelaje y pierde su mirada lejos. Eso me anima un poco, aunque al Astor Piazzolla de "Verano Porteño" mi gato no lo disfruta.
'Fidel, esta música tiene esencia y te hace ver a Buenos Aires desde el cielo', le digo pero él ni se entera. Y me apena porque aún no aprendió que el tango es una catarsis nostalgiosa y absurda, que de pronto irrumpe cabalgando un silbido para hablarnos muy quedo, despacito, de nuestras plenitudes sin testigo. Porque el tango es el vino a solas, el sueño demolido, la mirada de esa piba que a ráfagas retorna y a contraluz de todo se adueña del momento. 'Fidel, el tango es en voz baja. Nos trabaja por adentro su rasguido de viola misteriosa si los gnomos del recuerdo nos llegan de costado, versallescos, o cuando los olvidos olvidados retornan de rebrote y se apropian al fin de nuestro cuerpo'. Por eso el tango en alta
voz y teatralero es una grosería de recién venido, y sin confesión a solas o deschavarle a otro cada tanto un 'vos sabés como fueron esas cosas', sería una música más, carnestolenda. Y por eso tal vez, siempre nos vuelve el tango y no perdona...

Aunque ¿cómo inquietar a un felino indolente con el enigma de los derrotados y su cigarrillo de ceniza meditada como un reloj de insaciable desgarro? En cambio oyendo el "Concierto Número Cuatro de Mozart" Fidel se hace una fiesta. Levita leve y ligero, gato definitivo que se convierte en dos sílabas sin cuerpo y vuela oyendo el sólo de corno de Dale Clevenger. Y ya es bueno decirlo sin jactancias: mi gato tal vez sea un atigrado cualunque cabezón y sin prosapia pero su gusto musical lo diferencia. Cualquier felino puede ser un amante a hurtadillas, merodeador de habitaciones sin apenas proyectar su sombra, clandestino de hacer silencios a su antojo y llevar en sus ojos el secreto de la libertad, aunque sin pedantería, ninguno supera a Fidel para disfrutar a Mozart en mi bemol mayor.


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*


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Wednesday, May 25, 2011

HERMOSOS PERDEDORES...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




PETIT PAYS*

Oi tonte sodade Sodade sodade
Oi tonte sodade Sodade sem fim Petit pays je t'aime beaucoup
Petit petit je l'aime beaucoup



Mi pequeño país.
Amor que viene desde lejos.
De aquí. De allá. De lejanos desiertos.
Amor que viene desde los salitrales de tu cuerpo.
De tus ríos de azufre. Desde el cobre.
De las dolientes muertes.
De las cuencas apagadas con cal.
Amor, mi pequeño país, abrázame.
Abrázame que hoy tengo frío.
Me duelen las goteras del techo.
Y la lengua descalza y los pies callados.
Abárcame que hoy huelo ausencia.
Me duele el aire que respiro.
El sudor de mi abuelo. Y la frente y la boca.
Y el ruido de los pasos de su padre cuando huyen.
Y las manzanas agrias de los pechos.
Una viudez de insomnio. Un mar ausente.
Mi padre con sus manos fariseas.
Rosa madre de carne deshojada.
Me duelen las lloviznas y los espejos rotos.
Mi pequeño país, mi paraíso.
Abrázame en tu soledad. Me duelen los vacíos.


Y te busco… y no te encuentro… y te añoro.
Y me arrodillo… e imploro.
Y una flecha de luz, emerge. Y se detiene.
Allí mismo, en el mismo lugar, se detiene.



(*)Canción interpretada por Cesária Évora.

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










Sombrero de copa*



*De Esther Andradi. esther@andradi.de



"...rara, como encendida"
para Alejandra Maass


Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez -pero apenas- y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.
Entonces vino la dama. Con su corazón atravesado por espadas, sostenía el cuerpo con los tres zancos de sus dolores: dolor del alma, dolor en su ilusión, dolor del dolor. Gasas negras, levemente agitadas por el viento, cubríanle sus heridas. La dama se plantó frente al sombrero y desenvainando su lengua, le podó las frutas una por una. Él se bebió el jugo derramado mirando amanecer entre sus piernas un balcón de malvones. Santa Rita de los pobres, bellas artes al alcance de los que tienen ojos para ver, lengua para beber, paladar para degustar. Se devoraron el resto de pulpa de tomate esparcido sobre los vientres lisos, buscaron y hurgaron y al derramarse el vino sobre la alfombra vieron la copa. Un recipiente de barro templado al fuego de algún infierno. Una copa donde cabía la mano y si insistían también un brazo y después probaron con meter un pie, y otro, y una pierna y al mismo tiempo se resbalaron por las paredes cavernosas de un abismo oscuro: la copa cobraba profundidad a medida que penetraban en ella.

Quiero ver que hay en la copa que vive, insistió la dama inquieta. Aquí se entra descalzo, ordenó Kasandra, que estaba de guardia -menos mal, ella se quedaba afuera- y acto seguido, se encargó de cuidar los zancos que la dama hubo de quitarse. Cuando comenzaron el descenso un vaho húmedo de menta y azafrán casi la desmaya, pero siguió amarrada a su sombrero mientras se deslizaban en un lago de espuma que olía a romero y a miel.
No reconocieron aquella voz que daba consignas en el escenario. De un extremo a otro de la cavidad en penumbra, una niña arrojaba una esfera detrás de la otra, que desafiando las leyes de la física, discurrían lentamente en el aire, deteniéndose por un instante, para después seguir su curso y desaparecer por el otro extremo. En su recorrido, las esferas eran recogidas por otras niñas que se las iban pasando hasta volver a la primera -¿o era la última?-, que volvía a arrojarlas. Absortas en la elipse que trazaba el transcurrir de una y otra esfera, no parecía importarles otra cosa. Cada vez que una esfera se detenía en el aire, se iluminaba una vitrina: así fue pasando Ishtar transformada en madrina de Ifigenia, y con la lluvia de la retama se abanicaba Safo, pero no hubo ni habrá flor de loto como aquella donde Dionisios se embarcaba con Ariadna. Dejalo que trabaje, le susurraba, refiriéndose a Teseo obsesionado con treparse al trono. Nosotros descansemos, reina, le decía. Y su aliento de dios le rozaba el lóbulo de la oreja.
Tantearon los bordes con sus manos, y al tiempo percibieron el aire cálido de un entrepiso desparejo que abría puertas y compuertas, y comenzaron a buscar cualquier cosa para saciar el hambre descomunal que traían. ¿De qué color es la ambrosía? Se sabe, la batalla requiere de soldados, y la sobremesa de postres, y el sombrero se llenó de miel, jugo de tomate, frambuesas, frutillas, sandías, oscuros higos del verano, mientras la copa seguía iluminándose entre esfera y esfera, dispuesta a ofrecer delicias para aplacar con todo la sed y el hambre de caminantes sin zancos. La dama entonces se acurrucó sobre la superficie cálida, tomó el sombrero en sus brazos, fue trozando frambuesas y guindas, y llevándoselas a la boca disfrutó. Como la primera vez.
Al ágape fueron llegando de a una, y ocuparon un sitio ya dispuesto: aquí, se sentó aquella con fama de matar a sus propios hijos, allá, la otra que aguantó las infidelidades de Zeus, y de este lado María del Mar, madre de dios, mientras la dama y el sombrero seguían en lo suyo, comiendo y bebiendo aquello que deseaban, sintiendo que el cuerpo se ensanchaba y el espíritu inquieto se regocijaba. ¿Habrán visto acaso cómo se abanicaban las Ménades después de un corte limpio de razones, descolgarse del trapecio a los Sátiros, a la Cabra saltando como tromba hacia el monte? ¿Habrán oído blasfemando a Teseo que en vano buscaba al Toro de las Pampas? ¿Oyeron el temblor de las muñecas de Ulises cuando supo que sus marineros perdieron el rumbo? ¿Y las historias lascivas de Circe? ¿Vieron acaso los muslos de Hermes, palparon los cuernos erectos del Minotauro, el trasero de Zeus?
Todo indica que ellos ni se enteraron. Comieron y bebieron, y después se acomodaron en el pecho del árbol que les recogió el cuerpo con las ramas, hamacándolos hasta que se durmieron. Al clarear el alba, las incursiones de un gato curioso los despertaría. Envueltos en una manta, roja, con vino hasta en la frente, escaparían de aquel hotel de mala muerte. Ladrones de azoteas, viviendo en las cornisas, en la estampida no reconocerán la voz que ordena el escenario, una niña arrojando una esfera, y en la vitrina, por un instante iluminados, ella y su sombrero.



***

Esther Andradi. Nació en Argentina, estudió Ciencias de la Comunicación en Rosario y en 1975 emigró al Perú. En Lima ejerció el periodismo escrito y publicó su primer libro. En 1981 viajó a Berlín donde escribió guiones y reportajes para la radio y la televisión alemanas. En 1995 regresó a Argentina y vivió en Buenos Aires siete años. Desde 2003 reside nuevamente en Berlín. Ha publicado testimonio, cuento, poesía, ensayo y novela, y ha sido traducida al alemán y al inglés. Autora de Ser mujer en el Perú, Come, éste es mi cuerpo, Chau Pinela, Tanta Vida, Sobre Vivientes, Berlin es un cuento. Antologías: Comer con la mirada, Vivir en otra lengua y Miradas sobre América. Crónicas de viaje, exilio y migración


-Sombrero de copa enviado a Aurora Boreal® por la escritora Esther Andradi.

*Fuente: AURORA BOREAL. http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=802:sombrero-de-copa&catid=81:puro-cuento&Itemid=198










EN OCASIÓN patriótica*



Escribiendo de corrido
dejo que las palabras fluyan
nombrando, señalando, cantando.


Y en ese fluir vienen imágenes
fuertes y claras
del patio de infancia y los barriletes
de los troperos arriando ganado
del paso de los trenes
de la voz de mamá llamándome a merendar
de mi padre, con su victrola
sus discos de pasta
y el inglés a distancia.
Hablaba y leía inglés, mi padre.


Y viene ese vocear de los piamonteses
a los gritos
para hablarse de campo a campo
en un idioma mezclado
enriquecido por la cotidiania
y vienen sus manos callosas
haciéndome caricias en la memoria.


El camino a la escuela, terroso, se dibuja en mis recuerdos;
lo hacia bajo la sombra de los eucaliptos
el cotorreo de los loros
el mugido de los animales en el brete
el paso del tren;
y se dibujan:
la vocinglería de los recreos
la primera pelea, nena de por medio,
a puño limpio con mi amigo
el aljibe del florido patio central donde acudíamos sedientos.


Esa enorme sensación de estar lejos
sumidos en la inmensidad
de un horizonte que se prolonga
y sigue, y sigue
y que me habita desde siempre.


Y la otra escuela, la del pueblo vecino, hoy ciudad de Ceres
ferrocarrilero
con su enorme patio, el huerto, el jardín
y nosotros, laboreando en ellos
aprendiendo el idioma de la pacha.


La patria se me cuelga en la bici
en la matinée de los domingos
en los picados de fubol
en los juegos nocturnos, bajo el farol,
el de la esquina y en verano.


La patria se me filtra en el glostora tango club,
en el partido de los domingos,
allá en Buenos Aires,
prendidos a la radio,
en los personajes de Sandrini.


Y, sí. Se ensombrecía en el rostro de mi padre
seguidor de Irigoyen
ante cada golpe militar.


Y volvía ella, toda oriunda, elevándose
frente a casa
en el globo aerostático
inmenso que, al soltar amarras,
se perdía de nuestras miradas
en la vastedad cielar.
Porque la patria era esa vastedad
de cielo y pampa sinfín.
Todo lo demás era una lejanía difusa
inabordable
cercana sólo con sus nombres de ciudades
de ciudades tragahombres
vigorosas
enormes…


De todo ese amplio patio de infancia
donde se dibujo la patria
quedaron nombres:
Mataco, Don Cárdenas, Galeano
El Loco Díaz, don Jakich…
peones de laboreo, carreros, ferroviarios, campesinos.


Es el lugar donde aprendí a mirar el mundo
a tocar la tierra,
a oír sus cantos
“…y retumba, retumba un bombo en mi corazón”
a disfrutar los bailes –folclore, tarantela, tango-
a saber que la muerte nos visita a diario
y que la vida se renueva otro tanto
a entender que el trabajo dignifica y saber que hubo,
además, gente que lucho por ello.


Hablar de patria es hablar de matria.
Aquello que en su cuenco nos engendró
nos dio un lugar en el mundo,
nos alimentó y creyó en cada uno.


La que nos dio nombres como identidad incipiente
nombres que hicieron surgir con el primer golpe de cincel,
en la piedra a pulir, el perfil de su rostro.
Y hablo de Belgrano, San Martín, Castelli, Moreno,
French, Berutti, Saavedra, Laprida, Rivadavia,
y sus ideas encontradas en el filo del primer golpe.
Pero allí están.


Hablar de matria es, también, hablar de dolor,
de ausencia puras y brutales.
Fue cuando ella me mostró el otro rostro
como el dios hindú, Krishna, lo hizo
al príncipe Shidarta
y éste suplicando que vuelva al que él conocía.


No hay retorno.
No hay retorno de los Dorregos fusilados.
¿Por cuántas Ligas Patrióticas?
¿Por cuántas triples A?
Y uno anota en su impávida memoria:
Campaña del desierto
Patagonia Rebelde
Forestal
Talleres Vasena
Plaza de Mayo
Trelew
Treinta mil…
y siguen.



Y uno espera que ese rostro no vuelva
Y sabe que no es así
que hoy es paco, bolsita aspirada
marginado
laburo a destajo…



Y se vuelve al patio de infancia
donde la matria se dibujó
y cual loco del aire, uno la muestra,
dice que es posible, que otra matria es posible
con sólo estirar los brazos y las manos abiertas
como el globo aerostático
elevándose
en otro cielo.



*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar








Efímero tiempo de amor*


Te fuiste como llegaste
sin pensar siquiera
en los vestigios que dejan los daños.


Eso quedo claro,
y lo acordamos en principio.


_No fue tiempo vano.
Nos dijimos y partimos.


Nada dejamos.
Nada derrochamos.
Germinada la semilla,
creció el árbol.
Y ya maduro el fruto
de su jugo nos embriagamos.


Fugas promesas de amantes,
efímero tiempo de amor.
Momento.
Fragmento.
Camino alterno
que su fin encontró,
Así fue y allá quedo,
traspapelado en el tiempo.
Hermoso tiempo vivido.
Efímero tiempo de amor



*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com
-MARIA JUANA. PCIA DE SANTA FE.







Noviembre*



Con espumas de manzanilla
la siesta va vestida,
blanca blanca la pollera
blanca blanca y amarilla.

Cintos de alambre afinan su talle
y pajaritos azabache
le prenden sus hebillas.

Bajo su blusa de trigo
una langosta late
porque el sol la mira
y porque no la mira.

El viento tumba y eleva las espigas.

Verdecito corazón
Ay, que el sol la mira
y que no la mira...

Por el aire por el aire
la siesta va vestida
con blusa de verde trigo
y pollera de manzanilla.

El viento tumba y eleva las espigas.

En su pecho
una langosta late enamorada...

por el sol
que la mira y no la mira.



*De Teresa Guzzonato.
-poeta santafecina-
-Enviado para compartir por Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar





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Tuesday, May 24, 2011

PARA EL GOTEO DE TU VOZ...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





Me hiciste, me diste*



I

Me hiciste creer
que me necesitabas arriba
Me hiciste creer
que me necesitabas abajo

Arriba
y abajo
Y con suficiencia
Y con desparpajo

Arriba
y abajo:
rodemos




II


Me diste a entender que nada
tenías encima:
teneme encima
Me diste a entender que nada
tenías debajo:
tenéme debajo

Encima
y debajo:
ofreciéndonos al regodeo
(no sólo)
de la contemplación.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar









Me hablás*


Me hablás
una lengua de pájaros.
siento el peso de tus palabras
como un ala
que se hunde en la curva de mi oreja .
Oculto un cielo para el goteo de tu voz.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






CONVERSACIÓN*



Desperté conversando con Dios, como si nada. Su espalda, el infinito mismo. Antes de hablar, se estiró, como quien se estira después de una siesta. Bostezó y surgieron galaxias inconmensurables de su garganta. Sólo dijo, luego de carraspear: Hoy, estoy creativo.
Impávido, sólo atiné a sentarme y escuchar.
En realidad, su voz era un balbuceo. Algo me dijo: que no me atenga. Sí. Que no me atenga a los dichos de las tahúres de las cosas celestiales. Nada saben, dijo con firmeza. Y es la firmeza de Dios. Yo no le cuento las costillas a nadie. No existe arriba ni abajo; esas cosas son para los mentecatos. Y se rió. Su carcajada rasgo el velo de una galaxia no registrada aún.
Froté mis manos como gesto de sentirme en mis cabales.
¡Oh! Ya sé, dijo. Crees estar soñando. ¡Mírate! Todo compungido, achicado. Pero, soy yo.
Aún sin comprender y asombrado, intenté esbozar una palabra. No pude decir nada. Atiné una sonrisa. ¿Yo, hablando con Dios? También pregunto ¿No hablará con todos y nadie lo escucha? ¿No estaré alucinando? Como nada de eso tenía respuesta, dejé que la situación continuara sin oponerme con mis prejuicios a ello.
Luego, todo se llenó de silencio. Una lenta sensación de vacío cubrió la percepción del espacio. Todo indica o, también, nada indica que conversé con Dios o, mejor dicho, que él habló conmigo.
Esta mañana, la lluvia lavó los sueños de los árboles y de los hombres; los hizo más brillantes y creíbles.



*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar







¿Se acuerda de mi sueño, Milagro?*



Milagro y Segundo forjaron su historia en un pueblo de la Puna Salteña, cuando las condiciones laborales permitían que la pujanza dibujara sonrisas en los cerros entre la magia de un paisaje casi desdibujado, árido lleno de subidas y bajadas ondulantes en un terreno tan irregular, como salado.
Milagro era quien sujetaba las riendas del hogar cuando Segundo rumbeaba hacia la mina. Rostros curtidos por los ventarrones de los salares desparramados como tributos de acervo geológico, eran la seña de distinción de la pareja, por cuyas venas latían rastros de una cultura arrasadora instalada a fuerza de cruces y espadas.
Como testimonio de sus pasos por la vida quedaron cuatro pedacitos de humanidad que serían el vivo recuerdo de su existencia. Como indeleble sello estampado en ese paisaje agreste, llamas y zorros compartían espacios entre el olor penetrante del azufre, sin saber que el futuro llegaría demasiado pronto para dejar cicatrices talladas en las almas de la familia y el vecindario.
Una mañana de esas que podría haber sido como cualquier mañana, Segundo se levantó temprano para comenzar su día de trabajador minero.
Fue un despertar agitado. Segundo transpiraba, su respiración jadeante indicaba que algo muy feo estaba sucediendo dentro de ese hombre fuerte, no acostumbrado a rendirse ni cuando la adversidad golpeara ensañándose contra él y su familia. Verlo en ese estado, desesperó a Milagro, quien intuía que ese día no sería como todos, mientras se persignaba diciendo
–Dios mío ¿qué pasa, Segundo? Usté no se siente bien, m’hijo.
-Espere que le preparo un matecito, agregó mientras trataba de espantar los resabios de sueño pegados a sus ojos tan negros de mirar profundo.
-¡Ay mujer! Viera que sueño tan feo, no sé si fue un sueño, más bien creo que tuve una de esas cosas que usté llama ¿cómo es que le dice, Milagro? ¡Una visión! Eso, una visión, Milagro, y usté también estaba ahí. Y los muchachitos estaban, Milagro. Y estaba todo el pueblo.
-¡Y eso, Segundo? Si es así no es p’asutarse tanto, puntualizó ella.
-¡Qué cosa tan fea! Sabe, soñé o viví, mejor dicho, porque yo eso lo viví d’enserio. Vi que pasaba por el hotel de don Carlos Antúnez, pasé también por la escuela y sentí el griterío de los niños. El más chico me saludaba con la manito, pero lo más raro, Milagro, lo más raro me pasó cuando bordeaba la iglesia.
-¿La iglesia? ¡Ay, Dios mío! respondió la mujer persignándose nuevamente. ¿Usté soñando con la iglesia? Con razón se levantó así de mal.
-Viera vieja, allí estaba al padre dando misa, yo pensaba, qué raro, misa en día de semana y Milagro que no me dijo que iría.
-Ay Segundo, eso sería lo de menos ¿desde cuándo usté dándole importancia a las misas si nunca pensó en la iglesia, ni siquiera para acompañarme. Y con lo bien que uno se siente cuando va. Pero a usté nunca le hizo gracia, y mire que venir a soñar con la iglesia, válgame Dios y María Santísima.
-Ahí está el tema, Milagro, porque en el sueño yo me metía como si nada. Y vi al Cristo con lágrimas rodándole por la cara de porcelana descascarada. ¿Es así como está? ¿Descascarado?
-Si, Segundo, sabe cuántos años lleva en ese altar, respondió Milagro mientras con una mano preparaba mate y con la otra apretaba un rosario heredado de la familia, cuyo cofre era el bolsillo de cualquier ropa que usara la mujer.
-El curita decía algo como que era el final del pueblo. Y yo que quería preguntarle cómo podía ser que dijera eso, pero ni me salía la voz p’a preguntar.
-¡Ay Jesús, menos mal! Murmuró en voz baja, Milagro antes de agregar
-¡Tan descreído que es. No quiero ni pensar qué cosa hubiera preguntado!
-No, Milagro, esta vez le juro que no. Yo quería decirle ¿cómo qué el final del pueblo? ¿Cómo puede decir eso? Vea como llora el Cristo. ¿Y entonces p’a qué están usté y los vecinos del pueblo? Siempre fueron tan amigos y ahora lo dejan llorando d’esa manera.
-¡No digo yo! Menos mal que no le salió la voz, dijo Milagro, mientras chasqueaba las manos sobre su falda. Por enésima vez dibujaba sobre su pecho la señal de la cruz, casi como un acto mecánico irreflexivo.
-Fíjese que hasta soñando es un irrespetuoso, protestó la mujer frunciendo el ceño.
-Ya le dije, Milagro, continuó explicando el hombre, aún agitado. La cuestión es que el cura empezó a decir que vendría al pueblo el asesino del tren y nadie podía creerlo. De repente lo único que vi, fueron ojos, toda la iglesia se llenó de ojos. Ojos sin cara, sin nariz, sin boca, sin nada. Ojosojosojos, repetía casi desesperado como volviendo a vivir ese sueño perturbador.
-Y todos los ojos lloraban y lo pior es que yo también me puse a llorar.
-¿A llorar, Segundo? ¿Usté llorando? Tiene razón hombre, eso no fue un sueño, usté lo que tuvo fue una pesadilla. Tómese un mate calentito a ver si se calma un poco, ofreció Milagro.
-La cuestión, Milagro, que de pronto empezó a sonar el bocinón del tren, todos los ojos se cerraban. Parecía que estaba pegando un aullido, era como si algo grande lo estuviera apuñalando y el pidiendo socorro y los ojos se cerraban y yo los quería abrir y no podía y más ojos y más ojos y yo escuchaba su grito en cada bocinazo y siempre pidiendo socorro, contaba el hombre desordenada, desesperadamente.
-Los ojos se salían de la iglesia, el único que estaba completo era yo. Salieron la Virgen, ese santo que tiene una bata marrón que usté menciona siempre.
-San Antonio, respondió Milagro.
-Sería, dijo Segundo.
-Y se escapaban los ángeles corriendo y el tren que seguía aullando y los ojos volvían a abrirse y a cerrarse y yo empecé a sentir olor a muerte, Milagro, olor a muerte.
Milagro se santiguaba continuamente, su rostro empalidecía y sólo atinaba a repetir –Usté tuvo una pesadilla, Segundo.
-Yo corría hasta el tren, me daba cuenta que se estaba muriendo, quería salvarlo, sacarle el puñal que tenía en la espalda pero no había nadie p’ayudarme. Todos los ojos volvían a cerrarse y usté ya sabe, los ojos cerrados parece que fueran ciegos.
-Y el cura tampoco ayudaba, Milagro. Creo que se fue primero, salió como disparado y los ojos lo siguieron.
-La voz no me salía, Cristo seguía llorando, los angelitos corrían p’a cualquier lado tropezándose entre ellos y el tren que aullaba cada vez más fuerte y seguía saliendo sangre de su espalda apuñalada.
Segundo seguía agitado, nervioso, preso de un terror que no podía contener. Milagro dejó de cebar mate pero no de santiguarse.


De pronto, la bocina del tren se escuchó como todas las mañanas a esa misma hora. Milagro dejó el mate sobre la mesa y se acercó a Segundo tratando de calmarlo.
-Tranquilo viejo ¿No le dije que tuvo una pesadilla? Allá viene, no hay quien pueda apuñalarlo, Mire que ver al tren sangrando y apuñalado, sueño de locos fue ese, murmuró bajito, Milagro, mientras cambiaba la yerba al mate.
-Segundo, vaya tranquilo p’a la mina que Dios lo protegerá como siempre, dijo la mujer con tono de preocupación.
-Menos cuando duermo, Milagro, respondió el hombre antes de partir hacia la mina, aún todo transpirado.
El azufre era transportado en cable carril desde zona vecina hasta donde habitaba la familia. El agónico tren, según el sueño de Segundo, lo transportaría con su serpenteante paso, imponente, desafiando al cielo separado de la tierra por la cadena montañosa. Entre soledad y sal, entre pueblo y pueblo, tradición y cultura enmarañada en ese paraje lejano de mi tierra.
En la ciudad, otra formación transportaría al elemento químico de número atómico 16 y símbolo S con destino a la capital del país. Los pueblitos crecían, la gente vivía feliz entre fiesta patronal, himno en la escuela, risa contagiosa de los pequeños y los perros correteando a los gatos que huían hacia los cerros que parecían pechos maternales refugiando a los perseguidos. Pasaron los días, Segundo no lograba olvidar su sueño al que seguía interpretando como visión y que Milagro llamó pesadilla.
Una madrugada otoñal, cuando el sol comenzaba a perder fuerzas dando lugar a que sombras absurdas aparecieran vestidas con mantos corruptos, la pesadilla de Segundo fue gestándose como un feto monstruoso parido desde el centro de cerebros malditos, tornándose realidad.
El trabajo comenzó a escacear. Alguien repetía que un hermano del cuñado, de la mujer, del primo de su vecino de al lado, había escuchado de boca de un viajero que en la capital se decía que ya no era negocio rentable producir, sino traer de afuera. Segundo volvió a sentir aquel olor a muerte. Sentía que se acercaba en silencio la sombra de la desgracia cada vez que escuchaba noticias provenientes de la capital. Y no eran pocas.
Una tarde, bajo un cielo plomizo que descargaba una nevada flojita sobre el lomo de las llamas y las montañas, el “dios” del yacimiento reunió a los obreros para presentarle a una visitante inesperada, cuyo nombre, se le ocurrió a Segundo, parecido a desgracia.
Decía que por decreto, la mina cerraría en pocos días. Segundo, revivió el sueño, pensó en Milagro y en los niños. Volvió a sentir que todo se convertía en ojos cerrados, ojos que se abrían, ojos que lloraban como los suyos. Y vio nuevamente a los ángeles tropezándose unos con otros.
Regresó a la acogedora casa donde albergaran, hasta ese mismo día, las esperanzas de un futuro que estaban asesinando. Volvía con la espalda doblada, la mirada ausente, el corazón palpitando como cortado en pedacitos y sin forma de unirlos nuevamente.
A pocos kilómetros de allí, sintieron un alarido igualito que el del sueño de Segundo. Fue el último grito del tren que moría. Segundo sabía que lo estaban apuñalando.
Abrió la puerta de la vivienda, allí estaba Milagro abrazada a los niños, la noticia había corrido como corre la nieve por la falda tableada de la montaña.
-Tenemos que irnos dentro de poco, Milagro, vaya preparando las cosas que se puedan llevar. Acá ya no queda lugar p’a más nadie.
-Vio, mi viejita, lo apuñalaron nomás, dijo Segundo, tragándose las lágrimas para que sus hijos no notaran su flojedad.
-No sé cómo haremos pa’ ir a visitar a sus hermanos, se acabó también la familia, mi vieja.
-¿Y dónde iremos? Preguntó la mujer acariciando el rostro entristecido de su compañero.
-Ay Milagro, mujer, ya vio que yo no sueño si no que tengo visiones. En una de esas, quién no le dice, empiece a soñar de nuevo. Por ahí sueñe que el gigante se recupera de esta puñalada, decía Segundo próximo a asistir a las exequias de lo que fuera su pueblito antes de convertirse en un fantasma insepulto entre el paisaje árido y las esperanzas despedazadas.
Algunas mañanas, cuando el sol tímidamente asoma pareciendo ensartarse en los picos de la cordillera rasgando las sombras de la oscuridad, dicen que se escucha el aullido del gigante que yace a lo lejos, entre el herrumbre y el olvido. Sigue con el puñal clavado en su espalda de acero, dando desesperados manotazos tratando de acariciar los restos de una historia derrumbada.
-Que vuelva a soñar, Segundo, se lo ruego, pide Milagro a su Dios, todos los días
- Usté sabe lo bien qu’estábamos allá…



*De ©Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com
http://textosnechidorado.blogspot.com







Un abismo nos separa*



y en él me precipito
sin darme cuenta amor mío,

sin darme cuenta.
Tú, justicia y castigo
yo, un condenado en hastío.
Tú, viento que arrastra
yo, arena dócil en los medanos.
Tú, ventarrón de otoño
yo, hojarasca en la mañana.
Tú, pájaro en lo alto
yo, culebra que repta en el fango.
Un abismo nos separa
y en el me precipito
sin darme cuenta amor mío,

sin darme cuenta.


*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com
-MARIA JUANA. PCIA DE SANTA FE.




Correo:


CARA A CARA...DE A PIE… CON LAS MANOS… (*)



*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com


Postulo un planeta, casi sin automotores…casi sin plásticos…casi sin electrodomésticos.
Me hago cargo de sus implicancias.
Para ellos debemos desterrar en cada uno:
los comportamientos burocráticos, los comportamientos monopólicos, los comportamientos consumistas, los comportamientos caprichosos.
A la inexorable globalización/ mundialización asimétrica debemos contraponer la localización telúrica.
Propuestas como la “gauchocracia comunitaria”, el “federalismo comunalista”, “la democracia agraria indoamericana” o la “república Representativa Municipal”, implementadas heterodoxamente como un sistema de “aldeas ecológicas”, enredadas con las relaciones “cara a cara”, contactándonos “a pie”, remando o pedaleando o usando tracción a sangre animal.
Con las manos coser, tejer, hacer huerta, amasar, ordeñar, bombear, cocinar.
Con los senos amamantar.
Por el solo hecho de existir cada persona es una entidad superior
Aprovechar en la argentina creativamente los Códigos postales( y su conectividad implícitas) para los esquemas de sostenibilidad y sustentabilidad.
Conviviendo y personalizándonos desde los clubes, las mutuales, las cooperativas, los templos, las sociedades de fomento, las agrupaciones de boys scouts, las cooperadoras de cualquier tipo. Los centros de jubilados y pensionados. Y la comunicación horizontal.
No dilapidemos energías en superestructuras que solo conducen burocratizaciones ensimismantes funcionales a los monopolios.
Cara a cara; a pie; con las manos, resistiendo desorganizadamente a través del silencio, de la negación de la fagocitación.
El pueblo no sabrá lo que quiere, pero sabe lo que no quiere
Defendiendo sin violencia al Estado de Derecho, pero reconociendo que ese estado de derecho burocratizado y colonizado por las burocracias transestatales, tiene capacidades de maniobras decrecientes y fosiliza concepciones que no son las de las crecientes mayorías indoamericanas de la Argentina y de Indoamérica toda (si olvidar los tardíamente reconocidos aportes afros).
Cara a cara.. de a pie.. con las manos.


(18/05/2011)

(*) Contenidos de la comunicación formulada en la “Fiesta del Maíz”, organizada por el grupo de reflexión rural VIRACOCHA, en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, el 23 de mayo de 2011

Alfredo Armando Aguirre.
-Trabajos publicados: http://choloar.tripod.com/trabajos.htm
-Página personal: http://choloar.tripod.com/choloar.html




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Monday, May 23, 2011

PROHIBIDO ENTRAR CON PELUCA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




EL CUENTO DE UNA OLA*


Para Alan René y para todos los niños que aman las olas



Hay olas de todos tipos en el mar: grandes, medianas y pequeñas, olas que levantan y mecen los barcos, llevándolos a otras tierras.

Algunas olas, las más osadas, llegan hasta las playas, deseosas de conocer a los seres humanos. Cuando regresan a la mar, cuentan a sus hermanas lo que vieron.

Hay olas enormes como edificios, muy peligrosas y bravuconas... No, no nos gustan estas olas. Si ves una de ellas, es mejor que te alejes a toda prisa de la costa.

Hay olas grandes y de buen carácter, que impulsan a los que practican deportes acuáticos. Éstas olas, si sabemos ser sus amigos y estamos bien entrenados, son buenas.

Hay olas juguetonas, que el viento lleva y trae, con ellas nos salpicamos, nos mojamos los pies, echamos a navegar nuestros barquitos de juguete... nos agrada correr hacia esas olas.

Hay olas traviesas, que nos sorprenden cuando la mar parece estar muy tranquila. Por lo general vienen por nuestra espalda y nos elevan... ¡Uy! Luego nos colocan de nuevo en la arena y se marchan, riendo de su trastada.

Hay olas alborotadoras, que hacen mucho ruido al romper contra las rocas. Pero no por gusto arman tanta bulla: Son tan fuertes que gastan la roca, poco a poco, arrancándole pequeños pedacitos, que luego van a formar la arena.

La ola de mi cuento no pertenece a ninguna de éstas que les he mencionado: es una ola muy, pero muy pequeña, tan diminuta que nadie le hace caso. Ni los peces voladores, ni las gaviotas, ni los albatros, ni las tortugas, ni los delfines...

Nació en el océano, junto a otras hermanas que se hicieron grandes y marcharon a mecer enormes buques, a romper contra las rocas... Y ella se quedó así, tan pequeñita que el océano le inspiraba temor, temía perderse entre tantos peces, los barcos la empujaban de un lugar a otro, el viento la arrastraba de aquí para allá.

Nuestra olita se sintió muy triste... “No sirvo para nada”, pensó, y se dejó llevar a la deriva. Así, sin apenas notarlo, llegó a una playa.


Escondida tras la espuma de las olas traviesas y las juguetonas, la ola pequeña se puso a observar a los que jugaban en el agua. Había personas de todos los tamaños, edades y colores.

Entre estas personas estaba Alan René, un niño de cuatro años a quien su papá no dejaba alejarse mucho de la orilla. Alan René tenía en la mano un cubito plástico rojo con estrellitas azules.

Desde que nuestra amiga vio a Alan René suspiró de emoción... ¡Cuánto le habría gustado ser su amiga! ¡Era tan lindo, con sus ojitos azules como el mar profundo y sus hoyuelos a ambos lados de la sonrisa!

“¿Qué más da lo que pueda desear?”, pensó, mientras el niño caminaba unos pasitos hacia adentro del agua, “Nadie me ve, ni siquiera este niño tan bonito, ¡es como si no existiera!”

En ese momento, Alan René resbaló. No estaba muy hondo, pero de haberse caído, hubiera pasado un buen susto, pues el agua hubiera cubierto su cabeza. Nuestra olita, con todas sus fuerzas, lo empujó hacia arriba. Alan René se incorporó y vio a su salvadora.

“¡Qué ola más linda!”, exclamó, recogiéndola en su cubito plástico rojo con estrellitas azules, donde cabía perfectamente. “¡Me has salvado, gracias!... Vamos, para que conozcas a mi papá, después te devolveré a tu casita azul y enorme, pero cada vez que pueda vendré a verte y a jugar contigo”.

Y allá fueron, felices de haber encontrado un amigo en el lugar y bajo las circunstancias menos esperadas.

“A partir de ahora no sentiré más miedo”, pensó la olita mientras dentro del cubo de Alan René, “no es el tamaño lo que importa, sino lo que seamos capaces de hacer: ¡Se puede ser pequeño por fuera y muy grande por dentro!”.



*De Marié Rojas Tamayo.
23 de mayo de 2011. (Día de mi cumpleaños)









*


Estaba mirando la tele cuando apareció ese aviso. Unas pocas aplicaciones del producto
rejuvenece al menos 5 años o más. Palideció, lo había usado casi como un juego, ahora su destino era incierto. Qué pena que no pudo leer la propaganda en el diario a la que tuvo acceso antes.
Claro con sus 5 años no sabía leer.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






Un mal sueño*



¿Acaso es el sueño, la boca sin censura que lo escupe todo segundos antes de ser fusilada con los primeros rayos del sol en el paredón de la mañana? Me interrogo mientras reconozco mi reflejo en el espejo. Lavo mi cara, busco la toalla y tu rostro que se recuesta contra la puerta, me observa pensante. _Habla, si tienes algo para decirme. Te exijo, puesto que conozco los gestos que te frecuentan. Y frunciendo el ceño liberas el latigazo de tu lengua para abrir aún más la herida con la que he despertado hoy en la cama. Entonces preguntas en tono despectivo. _ ¿Anoche soñaste, no es cierto? Dime la verdad y no ocultes nada, conozco muy bien todo tus secretos. Si algo te perturba son los sueños. Te he sentido toda la noche dar vueltas a mi lado. ¿Otra vez esas malditas pesadillas? Realmente me tienes cansada con todo ese asunto.
Por un breve instante miro curioso tus ojos tratando de entenderte, al no conseguir nada, cuelgo la toalla y salgo del baño. No hay respuesta y eso logra desesperarte. Eres como un espectro que me persigue, y paso tras paso tus palabras van lacerándome la espalda, esperando la calma que supuestamente traerá mi respuesta.
No tengo intenciones de hablarte por lo tanto me siento y preparo el café. La pava caliente, la mermelada y el paquete de masitas estacionados en fila sobre la mesa del comedor, me esperan como siempre aguardando la voracidad de mis fauces y la rutina del desayuno. Caes pesada a mi lado al sentarte en la silla, desplomándote como una roca cuesta abajo, totalmente decidida a partirme la cabeza con el agudo filo de tu lengua. _ ¿Qué diablos te sucede Rubén? Tres semanas llevas con este asunto de los sueños y no me dices nada. No duermes en toda la noche, das vueltas de acá para allá. No lo entiendo, algo te esta pasando. Después quedas como un zombi todo el maldito día. Despierta de una vez, de seguir así te echaran del trabajo, no puedes seguir faltando de esa manera. Tres o cuatro días pueden esperarte en la editorial, pero no quince. Qué haremos después si el gerente te despide, con lo mío no hacemos nada. Vamos a quedar en la miseria, Rubén. Y yo así… no sigo, me llevo los chicos de mi madre y acá se termina todo. ¡Piensa bien lo que vas hacer, porque esto no esta funcionando!
Ceremonioso el café en mi mano acepta la dulce ofrenda en cada cucharada de azúcar que coloco en su oscura garganta, entonces preparo un posillo mas esperando que me acompañes, y como te gusta, lo sirvo. No hay palabras, nos quedamos en letargo. Una mosca se posa sobre la cuchara cubierta de mermelada y como el vaso que rebalsa, sin entender por qué, me desborda en el pecho un río de amargura que busca salir por la boca. Se parte el dique del silencio y la presión de tantos días de angustia rajan los cimientos, resquebrajándolo todo. Caudaloso, el llanto me ahoga hasta estrellarse sobre la mesa, mojando el mantel. Mientras tanto tú, indiferente, miras sin gesto alguno, como si te importase poco el dolor que se escurre por mi alma. _Deja de llorar, que llorando no vas a lograr nada. Me dices entre dientes. _Escucha Rubén, ahora me marcho al trabajo porque estoy llegando tarde, y por si no lograste darte cuenta, he sido yo la que estuvo trayendo dinero en estos días. No sé si me explico... Así que deja de llorar como un idiota, despierta a tu hijo para ir a la escuela y luego llama al gerente de la editorial para explicarle que mañana te reincorporas. Golpeas la puerta al cerrar y me quedo solo en la mesa abrazado a mi congoja. Me levanto, llevo los restos del desayuno a la cocina, y mientras guardo los posillos en la alacena me encuentro de lleno con nuestra foto de bodas sobre la heladera, te observo un largo tiempo. Tan jóvenes, tantos proyectos. Mi corazón jurándote amor eterno y tus labios prometiendo el mundo en cada beso. De pronto cierro los ojos y un tintinear de campanas suenan a lo lejos, todo se desvanece a mi alrededor, ligero y confuso.
Estalla furioso el despertador sobre la mesa de luz, y el ruido metálico de sus pequeñas campanillas me arranca de raíz del profundo sueño en el que estaba, mientras todo encuentra sentido y un inexplicable alivio desata el nudo ceñido que tenia en mi garganta. Sólo era una pesadilla, pienso para mis adentros. Gracias a Dios sólo era una pesadilla, un mal sueño que ya ha terminado. Pero la pena que causo todo aquello aun sigue latiendo amarga en mi pecho. Por reflejo, seco mis ojos todavía húmedos. _Estuve llorando, me digo asombrado. Me levanto y voy al baño, lavo mi cara, busco la toalla. Me miro en el espejo desmenuzando la pregunta que formulé en el sueño y no logro recordarla. De pronto tu sombra aparece en la puerta. Estás despierta. Preguntas cómo me siento. _Bien, respondo. Entonces te acercas, tomas mi mano y te acompaño a la cama. Me besas, te beso, mientras tus caricias me van tranquilizando por dentro. _Un mal sueño, murmuras. Digo que si moviendo la cabeza, y enternecida con mi dolor, comienzas a acunarme hasta dejarme dormido. Profunda y completamente dormido.



*De Alfredo Castelli. castelli700@hotmail.com
MARIA JUANA. Pcia de SANTA FE.







CALLE CON PARAÍSOS AÑOSOS*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Si yo pienso en esa calle –cuyo nombre ignoro- que pasaba (y pasa) delante de esa esquina donde mi abuelo tenía su boliche, no puedo dejar de pensarla ancha, solitaria, acompañada de dos largas hileras de viejos y coposos paraísos, que quién sabe a qué ecologista primitivo se le ocurrió plantar y cincuenta años después un bárbaro llegó a la comuna y se empeñó en dejar ese pueblo que flotaba en medio de la pampa, como un islote a la deriva, en un páramo, sin un mísero arbolito donde se refrescaran de sombra las iguanas.
Pero si yo lo pienso como era en ese tiempo tan remoto no puedo dejar de verla como la veo en los sueños, casi llena de esplendor otoñal, cuando los pájaros se refugiaban a dormir en esas últimas hojas agónicas que irían a proteger sus sueños nocturnos y el griterío de los gorriones obturaba con sus ruidos hasta la raíz violeta de todos los crepúsculos.
Esa calle nacía en los hondos zanjones del barrio “Las Ranas” y era cortada por las vías del tren, festoneadas por altísimos hinojales donde se perdía un jinete montado, proseguía luego, en la esquina de la “casa Bessone” y cuando comenzaba la tercera estaba el boliche de mi abuelo. La calle desde allí seguía hasta morir en una cortada donde vivían los Prámparo. Valentín a quien llamaba “El manco”, con su hijo del mismo nombre a quien nombraban Luisito, que era su segundo nombre, ya que se llamaba como el padre; en una casa continua vivían los abuelos de Luisito –compañero de primaria- y también una tía soltera de nombre Antonia, en frente vivían mi tío Berto y su familia, los Gaffuri y el famoso carrero a quien apodaban “El Portugués”. Revivir desde allí hasta el almacén de mi abuelo, que estaba en la misma vereda es un asunto muy arduo, pues se me superponen sucesivas imágenes, aún desde aquellos tiempos remotos en que el asfalto sólo era un sueño.
Porque en ese tiempo estábamos casi en estado de inocencia y de abandono inicial. Porque aquel tiempo era un tiempo fuera de los tiempos, un tiempo fijado, sin descanso, algo que no nos interfiere en su mero discurrir.
Si yo hoy me paro –imaginariamente, se entiende- en esa alta vereda de ladrillos bien cocidos, frente a esas lajas duras, de cemento, que la comuna ponía desde allí hasta la calle, para que en los días de lluvia, los valientes transeúntes no cayeran en esos hondos zanjones y fueran arrastrados por la corriente, si me paro digo, allí ¿qué recuerdo? ¿qué cosas, qué colores, qué tonalidades según la luz del día o la incidencia de las estaciones con sus mutaciones y sus expectativas?
Ya invierno, ya verano –siempre más altos y más luminosos y más libres- o en la brotante primavera de los frutos maduros y el porvenir de mariposas que irían a deflagar en la boca calcinada del verano. ¿Y el otoño? Siempre venía inflamando plátanos, estatuas, sublimando el galope del caballo en medio de lo noche, acariciando los rincones más queridos y añosos y más íntimos, guardando como una brasa bajo la ceniza lo mejor de nosotros y protegiendo los recuerdos más felices. Los que brotan con sólo pensar en ellos y uno no tarda en sentirse bien con pensarlo así. Comprendo ahora que no describí esa calle todavía. Si yo me paro en esa alta esquina donde está el almacén y miro hacia el sur compruebo que olvidé todas las casas de la mano izquierda. Apenas entreveo el alto y vetusto caserón que estaba casi en la esquina, justo enfrente de mi abuelo y que era el “Bar El Palenque” de don “Paco” Olave. Pero como tal, es decir como edificio que estaba sobre la calle no es hablar con precisión. Mejor esas habitaciones estaban con salida a la calle Mitre, es decir la transversal. Siguiendo esa línea solo recuerdo la casa de mis tíos, María y Berto, de feliz y agradecida memoria y mis tres primas.
Entreveo un cerco de altos ligustros en toda esa cuadra y alguna casa que no reconoceré, quién vivía allí. Si trato de describir la otra, es decir la que empieza en el “Almacén Las Colonias” los recuerdos son más precisos, si cabe la expresión, ya que esto se escribe sesenta años después.
Apenas pasado el edificio del almacén y las habitaciones de la familia, todo en un cuerpo, había una alta puerta de madera que daba a la calle, y el jardín de mi abuela y el aljibe. Luego en ese terreno había una casita donde vivieron mis tíos menores: Eduardo y Aurelio, hasta que el viejo los corrió con un talero, y al final el lugar sirvió para los trastos. Luego venía la casa de Ataliva Galván, muy señorial para el barrio. Posteriormente vivió la familia de don Juan Cuello, pero eso fue cuando yo ya era adolescente. Si seguimos por esa vereda de tierra (sólo lo que correspondía a la casa y al negocio de mi abuelo estaba cubierta por grandes ladrillos bien cocidos) estamos ya en la huerta de los portugueses. Allí moraban los Teixeira, compuesta por un carrero a quién justamente llamaba así por su nacionalidad y que era un hombre muy odiado porque maltrataba mucho a los caballos, su sobrina casada con el panadero Juan Pedrol –flaco, rubio, alto, de bigotazos anchos- muerto muy joven, Y más joven murió el “Portuguesito” Alberto Teixeira, otro de los sobrinos del carrero. Todavía lo recuerdo: en una reposera, con un libro entre las manos, delgado, demacrado y de bigotito fino, cuando pasábamos con mi madre por esa vereda, al ir yo corriendo delante de ella, era detenida por su voz dulce y desmayada, sus manos, ligeramente afiladas y pálidas, su rostro como sin sangre.
-¿Qué tal mi amigo? Y un día detuvo a mi madre y le alcanzó un género para que me hiciera alguna ropa.
-Yo ya no lo usaré – le dijo.
Sé que conversaba conmigo, pero no recuerdo nada. Sólo que es una espina, de las primeras, que de vez en cuando aparece y que siempre me lastima.








Una de piratas*




*Por Juan Sasturain


"Vamos a dar cuenta de alguien cuyo nombre es muy conocido en Inglaterra. La persona a la que nos referimos es el capitán Kidd, cuyo juicio y ejecución pública aquí le convirtió en tema de todas las conversaciones, de suerte que sus acciones se han cantado incluso en baladas; sin embargo, ha transcurrido ya considerable tiempo desde que ocurrieron estas cosas, y aunque la gente sabe en general que el capitán Kidd fue ahorcado y que su crimen fue la piratería, en cambio apenas ha habido nadie, ni aun en aquel entonces, que conociese su vida y hazañas ni por qué se hizo pirata." Así es el prometedor
comienzo del capítulo que el ignoto capitán Charles Johnson dedica a William Kidd en el primer tomo de A General History of de Robberies and Murders of de Most Notorious Pyrates, editado por Ch. Rivington, en Londres, en 1724.
El libro fue muy popular, se reeditó varias veces y tuvo su segunda parte en 1728. Ha sido la fuente habitual para conocer vida y (malas) obras de los piratas de esa época, la que corresponde a lo que llama Philip Gosse, autoridad mayor en el tema, "el declive de la piratería pura": el último cuarto del siglo XVII y los comienzos del XVIII.
Es en este libro firmado por el capitán Charles Johnson donde aparecen las aventuras del mítico Capitán Misson y de su lugarteniente, el cura Caraccioli, fundadores de la célebre Libertaria, república utópica y socialista con programa y consignas que anticipan en medio siglo las de la Revolución Francesa; también se registran las de Avery, el pirata afortunado; las del Capitán Teach, alias Blackbeard, y las del célebre John Rackam y sus temibles chicas de abordaje, las piratas Mary Read y Anne Bonny, cuyos grabados con el pecho al aire suelen ilustrar las sucesivas ediciones de esta crónica maravillosa de gente terrible y movediza. Hay un notable narrador detrás de estos textos.
Por eso no debe ser descaminada la teoría que -a partir de las investigaciones filológicas del profesor norteamericano John Robert Moore publicadas en 1932- atribuye nada menos que al gran Daniel Defoe, uno de los fundadores de la novela moderna, la autoría de estos relatos que, como todas sus obras maestras, de Robinson Crusoe (1719) a Moll Flanders y Diario del año de la peste (1722), cabalga entre lo histórico testimonial y la ficción en proporciones indemostrables.
De cualquier modo, según la versión del capitán Charles Johnson/Daniel Defoe -que es, por otra parte, la que la historia a secas corrobora-, el capitán William Kidd no fue nada de lo que su nombre y las historietas que leíamos de pibes nos evocan. El verdadero Kidd no es ni Burt Lancaster ni Errol Flynn, el pirata arquetípico, el héroe más o menos romántico o tenebroso asimilable (con reparos) a las figuras de Drake y Morgan, para nombrar a los emblemáticos iconos impuestos por la mitología literaria y
cinematográfica. Ambos pertenecen a otro mundo y a otro momento, anterior.
Si el mítico Drake es -como Walter Raleigh, el poeta- el héroe isabelino que muere en el Darién en 1596 luchando -se supone- contra el oscurantismo del Imperio Español; y si el otro, el tremendo asesino y saqueador de Panamá que retrató de cerca su cirujano Oexmelin termina en la cama y con toda la gloria en Jamaica en 1688, el oscuro William Kidd es un bochorno. Un bochorno tardío y sin posibilidades de mitologizar.
Para fines del siglo XVII ya existía -dice Philip Gosse- un "itinerario regular de piratas". Y continúa: "Una agrupación de marineros preparaba su barco en cualquiera de los puertos de Nueva Inglaterra y zarpaba para el Mar Rojo, el Golfo de Persia y la costa de Malabar (al occidente del Indostán).
El Imperio del Gran Mogol, de la India, estaba por entonces en decadencia y no contaba con escuadras defensivas. No obstante, existía un considerable comercio nativo de cabotaje en buques de dotación mora. Estos barcos eran fácil presa de los crueles y bien armados piratas ingleses y norteamericanos, que los acechaban desde determinados sitios estratégicos.
Una vez cargados sus buques -bordados y sedas de Oriente, joyas y ornamentos de oro y plata, etc.-, los piratas regresaban a los puertos de las plantaciones norteamericanas, donde siempre hallaban compradores bien dispuestos, sin ponerse a inquirir la procedencia de los géneros". Una plaga conocida, funcional y tolerada.
Muchos que "trabajaron el itinerario" por esa época, como Thomas Too, William Mage, John Ireland y Thomas Make y otros, todos conocidos piratas, vivían sin recato alguno en Nueva Inglaterra. No tenían de qué temer: Darby Mullins, miembro de la tripulación de Kidd, declararía durante el juicio contra éste que "no era pecado el que un cristiano les robase a paganos".
Antes tampoco había estado mal robarles a los papistas españoles. Sin embargo, a William III, la corona inglesa, se le ocurrió en apariencia reprimirlos y encomendó al gobernador de Massachusetts, conde de Bellomont, que armara un corsario legal para la tarea punitoria, con patente doble: para apresar a los piratas y -por otra o la misma parte- combatir a los buques franceses, por entonces en guerra con Inglaterra.
El elegido para capitanear la tarea fue un armador poseedor de varios buques mercantes, un burgués honorable: William Kidd. Nacido en Greenock, Escocia, hacia 1645, hijo de un ministro calvinista, el joven Kidd fue durante un tiempo corsario inglés en aguas americanas. Prosperó, se relacionó, y hacia
1696, cuando partió a cazar piratas ilegales y buques franceses, era un gordito cincuentón de peluca empolvada para los retratos. Quedaron esperándolo mujer e hijos en Nueva York. Su barco, la Adventure Galley (algo así como "La goleta audaz"), portaba treinta cañones y algo más de ciento
cincuenta hombres. Todo bien.
Pero todo mal, porque la tarea represora tenía su consigna tácita: "Si no pillas (de pillaje), no cobras". El gobierno no equipó oficialmente la empresa, sino que se armó una compañía privada con distintos socios más o menos secretos que compartían gastos y aspiraban a repartirse el esperado botín del barco recaudador. Entre los socios, Bellomont iba como principal testaferro de encumbrados nobles de la aristocracia y el gobierno británico; además de la Corona, claro, y del mismo Kidd, minoritario.
La cuestión, brevemente, es que tras pasar por Madeira, Cabo Verde y entrar en el Indico nueve meses después de la partida, el desconcertante Capitán Kidd, al no encontrar a quién apresar, pasó de la represión del delito a la acción directa en su provecho: el 30 de septiembre de 1697 confiscó
provisiones a un barco moro -pecado venial-, el 27 de noviembre saqueó ya sin ambages al Maiden tras abordarlo y luego -la presa que terminó de cebarlo- se apropió de todo lo que traía el armenio Quedagh Merchant: sedas, muselinas, azúcar, hierro, salitre y oro. Ambos barcos tenían patentes de corsario francesas, diría después en su defensa. No pudo probarlo.
Pero en el fondo, lo fatal para el destino de Kidd no fue su desafuero pirata, sino una reyerta fatal a bordo: saldó una discusión con su condestable William Moore, al que trató de "perro piojoso", con un certero mamporro con un balde de metal. Le partió la cabeza. Lo mató, con toda la tripulación como testigo. Eso, más los cargos por piratería, serían fatales para él.
Ya pegando la vuelta, recaló en Madagascar, cuna consuetudinaria de piratas y allí, tras repartir el botín del Quedagh Merchant entre su gente, intimó con el malafamado filibustero Culliford, con quien
-cuenta Johnson/Defoe- bebió "bamboo", una bebida no habitual entre los consumidores de barba negra y pata de palo adictos al brandy y al ron.
Cuando, camino a casa, ancló en la isla de la Anguila, se enteró de lo que se decía de él en Londres, de que el escándalo de la identidad de los financistas había estallado y siguió rumbo a Nueva York a buscar consejo y -se supone- comprensión, en el conde de Bellomont. Nada de eso. No bien amarró en Boston en julio de 1699 -casi tres años después de su partida-, el gobernador lo mandó engrillado a Inglaterra en el Advice.
Lo juzgaron por pirata y por asesinato. Entrampado por sus nobles socios, para los que era un peligro, no pudo probar que había atacado "legalmente" a naves corsario francesas (le escondieron las patentes) ni que la muerte de William Moore había sido en defensa propia.
Lo colgaron el 23 de mayo de 1701, hace hoy 310 años, junto a otros cuatro, en Wipping Old Stairs, el lugar de las ejecuciones, sobre el Támesis, y lo dejaron ahí un montón de días para ejemplo de paseantes de a pie o navegantes por el río.
Esa fue la verdadera y triste historia del Capitán Kidd, una vergüenza en todos los sentidos.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-168679-2011-05-23.html








LAS INFINITAS HUELLAS*


" cuando te duermas
con tu mejilla de aves de paz roja sobre mi pecho
sentiré tus cabellos crecer y tus uñas crecer
y tomaré de tu aliento la redondez terrestre
para que en nuestro sueño no falten los duraznos."
HUGO TOSCADARAY



¿Adonde van las golondrinas?
¿Cuando calla el verano, adonde van?
Ojos furia. Encendidas mareas.
Tormentas, dudas, maremotos.


¿Y las risas y los soles y los latidos de ámbar?
¿Y el dibujo inconcluso? Boca de adolescente triste.
¿Y la magia? No hay conejos saltando la galera.


Sin embargo salta. Desnudo. Ciego. Espejo. Río.
Se acoplan en una profunda vocación de greda.
Universo con los pies en el aire.
Heredades de huertos. De secretos cristales.
Presagios. Quijotescos duelos.
Números impares. Abril. Enero.
Lluvia de azahares. Argolla que retiene.
Duraznos de febrero.
Zumos de una naranja triste.


Saben los nombres más hondos de la noche.
El nombre del gemido.
El grito del puñal


Saben las respuestas, las preguntas cambiadas
Las dudas.
La certeza habitada en una hoja seca.
Las voces. En papel. En humo. En buzones de viento
Las eternas, perpetuas resonancias.
Los códigos. Las señales de humo.
Las infinitas huellas, lluvia arena, estrella matutina.
Las semejanzas.
El conjuro contra las soledades.
Los pasillos despoblados de miedo.
Los olores. Los zumos.
¿Importa, acaso?
¿Importa acaso, amor?
¿No saber, donde van la golondrinas cuando el verano calla?



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar



*

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